En
el prólogo a su libro: Sor Juana Inés de la Cruz. Las trampas de la fe,
Octavio Paz dice:
“Cuando
yo comencé a escribir, hacia 1930, la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz había
dejado de ser una reliquia histórica para convertirse en un texto vivo. El que
encendió la chispa del reconocimiento, en México, fue un poeta: Amado Nervo.
Su libro (Juana de Asbaje,1910) está dedicado ‘a las mujeres todas de mi país
y de mi raza’.”
Juana
Ramírez de Albaje nació el 12 de noviembre de 1651, en San Miguel Nepatla, una
alquería en las faldas del Popocatépetl.( México). Pero esa fecha de su nacimiento
no es del todo cierta, en tanto que otro testimonio, al que Paz le da más fe,
asegura que Juana nació el 2 de diciembre de 1648.
Nací,
dice Sor Juana en un romance:
donde
los rayos solares
me
mirasen de hito en hito
no
bizcos, como a otras partes.
Desde
Amado Nervo hasta la fecha, agosto de 2002, mucho se ha escrito y hasta filmado
sobre Sor Juana Inés de la Cruz. Yo, la peor de todas, una película dirigida
por María Luisa Bemberg, es uno de esos testimonios que dan cuenta de la vida
y personalidad de esta peculiar y talentosa escritora.
A
modo de homenaje, hago públicos en esta web los siguientes textos.
De
Sor Juana: su “Carta Atenagórica”, de sor Filotea (quien era, en realidad, el Obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa
Cruz) una carta que le escribiera a Sor Juana a raíz de la Carta Atenagórica
y la respuesta de Sor Juana a Sor Filotea.
Isabel Monzón, agosto de 2002.
CARTA ATENAGÓRICA
Carta de la Madre Juana Inés de la Cruz, religiosa del convento de San Jerónimo de la ciudad de Méjico, en que hace juicio de un sermón del Mandato que predicó el Reverendísimo P. Antonio de Vieyra, de la Compañía de Jesús, en el Colegio de Lisboa.(México, 1690)
Y para que V. md. vea cuán purificado va de toda pasión mi sentir, propongo
tres razones que en este insigne varón concurren de especial amor y reverencia
mía. La primera es el cordialísimo y filial cariño a su Sagrada Religión, de
quien, en el afecto, no soy menos hija que dicho sujeto. La segunda, la grande
afición que este admirable pasmo de los ingenios me ha siempre debido, en tanto
grado que suelo decir (y lo siento así), que si Dios me diera a escoger talentos,
no eligiera otro que el suyo. La tercera, el que a su generosa nación tengo
oculta simpatía. Que juntas a la general de no tener espíritu de contradicción
sobraban para callar (como lo hiciera a no tener contrario precepto); pero no
bastarán a que el entendimiento humano, potencia libre y que asiente o disiente
necesario a lo que juzga ser o no ser verdad, se rinda por lisonjear el comedimiento
de la voluntad.
En cuya suposición, digo que esto no es replicar, sino referir simplemente mi
sentir; y éste, tan ajeno de creer de sí lo que del suyo pensó dicho orador
diciendo que nadie le adelantaría (proposición en que habló más su nación, que
su profesión y entendimiento), que desde luego llevo pensado y creído que cualquiera
adelantará mis discursos con infinitos grados.
Y no puedo dejar de decir que a éste, que parece atrevimiento, abrió él mismo
camino, y holló él primero las intactas sendas, dejando no sólo ejemplificadas,
pero fáciles las menores osadías, a vista de su mayor arrojo. Pues si sintió
vigor en su pluma para adelantar en uno de sus sermones (que será solo el asunto
de este papel) tres plumas, sobre doctas, canonizadas, ¿qué mucho que haya quien
intente adelantar la suya, no ya canonizada, aunque tan docta? Si hay un Tulio
moderno que se atreva a adelantar a un Augustino, a un Tomás y a un Crisóstomo,
¿qué mucho que haya quien ose responder a este Tulio? Si hay quien ose combatir
en el ingenio con tres más que hombres, ¿qué mucho es que haya quien haga cara
a uno, aunque tan grande hombre? Y más si se acompaña y ampara de aquellos tres
gigantes, pues mi asunto es defender las razones de los tres Santos Padres.
Mal dije. Mi asunto es defenderme con las razones de los tres Santos Padres.
(Ahora creo que acerté.)
Y entrando en él, digo que seguiré en la respuesta el método mismo que siguió
el orador en el sermón citado, que es del Mandato; y es en esta forma:
Habla de las finezas de Cristo en el fin de su vida: in finem dilexit eos (Ioan.
13 cap.); y propone el sentir de tres Santos Padres, que son Augustino, Tomás
y Crisóstomo, con tan generosa osadía, que dice: "El estilo que he de guardar
en este discurso será éste: referiré primero las opiniones de los Santos, y
después diré también la mía; mas con esta diferencia: que ninguna fineza de
amor de Cristo dirán los Santos, a que yo no dé otra mayor que ella; y a la
fineza de amor de Cristo que yo dijere, ninguno me ha de dar otra que la iguale".
Éstas son sus formales palabras, ésta su proposición, y ésta la que motiva la
respuesta.
La opinión primera es de Augustino, que siente que la mayor fineza de Cristo
fue morir, probándolo con el texto: Maiorem hac dilectionem nemo habet, ut animam
suam ponat quis pro amicis suis. (Ioan. 15 cap. I.)
Dice
este orador que mayor fineza fue en Cristo ausentarse que morir. Pruébalo por
discurso: porque Cristo amaba más a los hombres que a su vida, pues da la vida
por ellos; luego más fineza es ausentarse que morir. Pruébalo con el texto de
la Magdalena, que llora en el Sepulcro y no al pie de la Cruz; porque aquí ve
a Cristo muerto y allí ausente, y es mayor dolor la ausencia que la muerte.
Pruébalo más, con que Cristo no hace demostraciones de sentimiento en la Cruz
cuando muere: Inclinato capite emisit spiritum y las hace en el Huerto, porque
se aparta: factus in agonia, porque le es más sensible la ausencia que la muerte.
Pruébalo con que, pudiendo Cristo resucitar al segundo instante que murió y
sacramentarse después de la Resurrección --que lo primero era el remedio de
la muerte y lo segundo de la ausencia--, dilata el remedio de la muerte hasta
el tercero día, y el de la ausencia no sólo no lo dilata, sino que le anticipa,
sacramentándose el día antes de morir; luego siente más Cristo la ausencia que
la muerte.
Prueba más. Dice que Cristo murió una vez y se ausentó una vez; pero que a la
muerte no le dio más que un remedio, resucitando una vez, mas que a la ausencia
le buscó infinitos, sacramentándose. Y así, a la muerte dio una resurrección
por remedio; pero por una ausencia multiplica infinitas presencias. Luego siente
más la ausencia que la muerte. Dice más: que siente Cristo tanto más la ausencia
que la muerte, que --siendo así que el Sacramento de la Eucaristía, en cuanto
sacramento, es presencia, y en cuanto sacrificio es muerte, en que muere Cristo
tantas veces cuantas se hace presente-- no repara en que cada presencia le cuesta
una muerte. De manera que siente tanto más Cristo el ausentarse que el morir,
que se sujetó a una perpetuidad de muerte por no sufrir un instante de ausencia.
Luego fue mayor fineza ausentarse que morir.
Éstas son, en substancia, sus razones y pruebas, aunque por no dilatarme las
estrecho a la tosquedad de mi estilo, en que no poco pierden de su energía y
viveza; y será preciso hacerlo así en todos los discursos, pues V. md. los podrá
leer despacio en el mismo autor a que me refiero, y esto no es más que unos
apuntamientos o reclamos para dar claridad a la respuesta, que es ésta:
Siento con San Agustín que la mayor fineza de Cristo fue morir. Pruébase por
discurso: porque lo más apreciable en el hombre es la vida y la honra, y ambas
cosas da Cristo en su afrentosa muerte. En cuanto Dios, ya había hecho con el
hombre finezas dignas de su Omnipotencia, como fue el criarle, conservarle,
etc.; pero en cuanto hombre, no tiene más que poder dar, que la vida. Pruébase
no sólo con el texto: Maiorem hac dilectionem, etc., el cual se puede entender
de otros amores; sino con otros infinitos. Sea uno el en que Cristo dice que
es buen Pastor: Ego sum pastor bonus. Bonus pastor animam suam dat pro ovibus
suis, donde Cristo habla de sí mismo y califica su fineza con su muerte. Y siendo
Cristo quien solo sabe cuál es la mayor de sus finezas, claro es que cuando
se pone a ejecutoriarlas Él mismo, a haber otra mayor, la dijera; y no ostenta
para prueba de su amor más que la prontitud a la muerte. Luego es la mayor de
las finezas de Cristo.
Más. Dos términos tiene una fineza que la pueden constituir en el ser de grande:
el término a quo, de quien la ejecuta, y el término ad quem, de quien la logra.
El primero hace grande una fineza, por el mucho costo que tiene al amante; el
segundo, por la mucha utilidad que trae al amado.
Hay muchas finezas que tienen el un término, pero carecen del otro. Sea ejemplo
de las primeras Jacob sirviendo catorce años. ¡Oh qué trabajos! ¡Oh qué hielos!
¡Oh qué soles! Gran fineza de parte de Jacob. Pero veamos qué utilidad trae
eso a Raquel (que es el otro término). Ninguna: pues el tener esposo, sin esas
diligencias lo lograría su belleza. Esta fineza tiene sólo el término a quo.
Sea ejemplo de las segundas, Ester, elevada al trono real en lugar de la reina
Vasti. ¡Gran dicha, por cierto! ¡Gran ventura! ¡Grande utilidad para Ester!
Pero veamos el otro término. ¿Qué costo le tiene a Asuero esa fineza? Ninguno:
sólo querer. Esta fineza tiene sólo el término ad quem. Luego para ser del todo
grande una fineza ha de tener costos al amante y utilidades al amado. Pues pregunto,
¿cuál fineza para Cristo más costosa que morir? ¿Cuál más útil para el hombre
que la Redención que resultó de su muerte? Luego es, por ambos términos, la
mayor fineza morir.
Encarna el Verbo, y mide por nuestro amor la inmensa distancia de Dios a hombre;
muere, y mide la limitada que hay de hombre a muerte. Y siendo así que aquélla
es mayor distancia, cuando nos representa sus finezas y nos recomienda su memoria,
no nos acuerda que encarnó y nos representa que murió: Hoc est Corpus meum,
quod pro vobis tradetur; hoc facite in meam commemorationem. Pues ¿no nos podía
decir Cristo: éste es mi Cuerpo, que por vuestro amor le tomé y me hice hombre?
No, que la Encarnación no le fue penosa, ni obró luego nuestra redención; y
quiere Cristo acordarnos su costo y nuestra utilidad, que son los dos términos
que hacen perfecta una fineza, y que sólo comprende su Muerte, que es la mayor
de sus finezas.
Porque la Encarnación fue mayor maravilla, pero no fue tan grande fineza: pues
en cuanto a maravilla, mayor maravilla fue hacerse Dios hombre, que morir siendo
hombre; pero en cuanto a fineza, mayor costo le tuvo morir que encarnar, porque
en encarnar no perdió nada del ser de Dios cuando se hizo Cristo, y en morir
dejó de ser Cristo, desuniéndose el cuerpo del alma, de que se hacía Cristo.
Luego fue mayor fineza el morir.
Y parece que el mismo Señor lo reguló así. Pruébase por discurso. Todos aquellos
que se eligen por medios para algún fin, se tienen por de menor aprecio que
el fin a que se dirigen. La Encarnación fue medio para la muerte, pues Cristo
se hizo hombre para morir por el hombre; conque fue mayor fineza morir que encarnar,
aunque sea mayor maravilla encarnar que morir. Luego morir fue la mayor fineza
en la graduación del mismo Cristo, siendo su Majestad quien únicamente las sabe
graduar. Por eso al expirar Cristo dice: Consummatum est, porque el expirar
fue la consumación de sus finezas.
Compra Cristo (dice el autor) cada presencia con una muerte en el Sacramento;
yo entiendo que compra la muerte con la presencia, pues tiene la presencia por
acordarnos su muerte: Quotiescumque feceritis, in mei memoriam facietis. Aquella
fineza que el amante desea que se imprima en la memoria del amado, es la que
tiene por mayor. Cristo dice: Acordaos de que morí; y no dice: Acordaos de que
os crié, de que encarné, de que me sacramenté, etc. Luego la mayor es morir.
Confírmase esta verdad. Aquella fineza que el amante ostenta y reitera más,
tiene por la mayor. Cristo reitera su muerte, y no otra. Luego ésta fue la mayor.
Y teniendo infinitos beneficios que podernos acordar, sólo nos acuerda que murió.
Luego ésta es la mayor.
Más. Las demás finezas de Cristo se refieren, pero no se representan. La muerte
se refiere, se recomienda y se representa. Luego no sólo es la mayor fineza,
pero es compendio de todas las finezas. Pruébolo. Cristo en su muerte nos repite
el beneficio de la Creación, pues nos restituye con ella al primitivo ser de
la gracia. Cristo con su muerte nos reitera el de la Conservación, pues no sólo
nos conserva vida temporal, muriendo porque vivamos, sino que nos da su Carne
y Sangre por sustento. Cristo en su muerte nos reitera el beneficio de la Encarnación,
pues uniéndose en la Encarnación a la carne purísima de su madre, en la muerte
se une a todos, derramando en todos su sangre. Sólo el Sacramento parece que
no se representa en la muerte: y es porque el Sacramento es la representación
de su muerte. Y esto mismo prueba ser la mayor fineza la muerte: pues siendo
tan grande fineza el Sacramento, es sólo representación de la muerte.
Pues en verdad que hasta ahora no hemos respondido al autor, sino sólo defendido
el sentir de Augustino, de que la mayor fineza de Cristo fue morir. Vamos a
las razones del autor, pues ya dejamos dichos sus fundamentos. A que, desde
luego, le concedemos que Cristo amó más a los hombres que a su vida, pues la
dio por ellos. Pero le negamos el supuesto de que Cristo se ausentó; y dado
que se ausentase, negamos también el que la ausencia sea mayor dolor que la
muerte.
Vamos a lo primero que es probar que Cristo no se ausentó. Sirva de prueba,
al mío, su propio argumento. Si dice que Cristo siente tanto el ausentarse y
tan poco el morir, que dilata el remedio de la muerte en la Resurrección hasta
el tercero día y anticipa el de la ausencia en el Sacramento, ¿por qué suda
en el Huerto: factus est sudor eius? ¿Por qué agoniza de congoja: factus in
agonia? ¿Porque se ausenta, si queda ya presente Sacramentado en el Cenáculo?
Y si remedia la ausencia antes que llegue, ¿cuál ausencia es la que siente,
ya remediada? Luego la agonía no es de que se aparta quien deja ya asegurado
el que se queda. Luego, de todo esto, se infiere que el ausentarse no sólo no
se debe contar por la mayor fineza de Cristo, pero ni por fineza, pues nunca
llegó el caso de ejecutarla. Dice el autor que Cristo se va porque nos importa:
Expedit vobis ut ego vadam. Es verdad que se va, pero es falso que se ausenta.
No gastemos tiempo: ya sabemos la infinidad de sus presencias.
Probado el que Cristo no se ausentó, no sirve la prueba de la Magdalena para
esta conclusión, pues sólo sirviera suponiendo el autor la ausencia que yo niego.
Y mi argumento es que la muerte de Cristo fue la mayor fineza de las finezas
que obró: no de la supuesta ausencia, que en ésa niego todo el supuesto y no
hay relativo de comparación entre lo que tiene ser y lo que no le tiene. Pero
porque propuse probar que no es la ausencia mayor dolor que la muerte, y por
consiguiente, ni mayor fineza, sino al contrario, será preciso responder a la
prueba de la Magdalena. Y así digo: que de llorar la Magdalena en el sepulcro
y no llorar al pie de la Cruz, no se infiere que sea mayor dolor el de la ausencia
que el de la muerte; antes lo contrario.
Pruébolo. Cuando se recibe algún grande pesar, acuden los espíritus vitales
a socorrer la agonía del corazón que desfallece; y esta retracción de espíritus
ocasiona general embargo y suspensión de todas las acciones y movimientos, hasta
que, moderándose el dolor, cobra el corazón alientos para su desahogo y exhala
por el llanto aquellos mismos espíritus que le congojan por confortarle, en
señal de que ya no necesita de tanto fomento como al principio. De donde se
prueba, por razón natural, que es menor el dolor cuando da lugar al llanto,
que cuando no permite que se exhalen los espíritus porque los necesita para
su aliento y confortación.
Pruébase con que este mismo efecto suele ocasionar un gozo; luego no son indicio
de muy grave dolor las lágrimas, pues es un signo tan común, que indiferentemente
sirven al pesar y al gusto.
A dos hombres gradúa Cristo con el dulce título de amigos. El uno es Lázaro:
Lazarus amicus noster dormit. El otro es Judas: Amice, ad quid venisti? Suceden,
a los dos, dos infortunios: muere Lázaro muerte temporal; muere Judas muerte
temporal y eterna. Bien claro se ve que ésta sería más sensible para Cristo;
y vemos que llora por Lázaro: lacrymatus est Iesus, y no llora por Judas: porque
aquí el mayor dolor embargó al llanto, y allí el menor le permitía.
Dentro del mismo caso de la Magdalena hallaremos otra prueba. No hay duda que
la Magdalena amó mucho a Cristo; el mismo Señor lo testifica: Remittuntur ei
peccata multa, quia dilexit multum. Pues siendo este amor tan meritorio, claro
está que sería perfecto; y el perfecto, claro está que es amar a Dios sobre
todas las cosas. Luego amaba la Magdalena más a Cristo que a Lázaro su hermano.
Pues ¿cómo llora en la muerte de su hermano: ut vidit eam Iesus flentem, etc.,
y no llora en la muerte de Cristo? Es porque tuvo menor dolor en la muerte de
Lázaro que en la muerte de su Maestro. Luego se prueba ser mayor dolor el que
no deja llorar, que el que llora.
Pruébolo más. ¿Qué dolor hay en la ausencia, sino una carencia de la vista de
lo que se ama? Pues éste, claro está que le tiene la muerte más circunstanciado:
porque la ausencia trae una carencia limitada; la muerte, una carencia perpetua.
Luego es mayor dolor el de la muerte que el de la ausencia, pues es una mayor
ausencia.
Aprieto más. El ausente siente sólo no ver lo que ama, pero ni siente otro daño
en sí, ni en lo que ama; el que muere, o ve morir, siente la carencia y siente
la muerte de su amado, o siente la carencia de su amado y la muerte propia.
Luego es mayor dolor la muerte que la ausencia: porque la ausencia es sólo ausencia;
la muerte, es muerte y es ausencia. Luego, si la comprende con aditamento, mayor
dolor será.
Vamos al segundo sentir, que es de Santo Tomás. Dice este Angélico Doctor que
la mayor fineza de Cristo fue el quedarse con nosotros Sacramentado, cuando
se partía a su Padre glorioso. (Ajustadme esto con aquella tan ponderada ausencia
del discurso pasado.) Vamos al caso.
Dice este sutilísimo ingenio, que no fue la mayor fineza de Cristo sacramentarse,
sino quedar en el Sacramento sin uso de sentidos. Pruébalo con el lugar de Absalón,
cuando vuelto de Gesur a la Corte y no enteramente reducido a la gracia de David,
quería más la muerte que tan penosa ausencia. Allá verá V. md. en el sermón
lo elegante de esta prueba; que a mí me importa, primero, averiguar la forma
de este silogismo, y ver cómo arguye el Santo y cómo replica el autor.
El Santo dice: Sacramentarse fue la mayor fineza de Cristo. Replica el autor:
No fue, sino quedar sin uso de sentidos en ese Sacramento. ¿Qué forma de argüir
es ésta? El Santo propone en género; el autor responde en especie. Luego no
vale el argumento. Si el Santo hablara de una de las especies infinitas de finezas
que se encierran en aquel erario riquísimo del Divino Amor debajo de los accidentes
de pan, fuera buena la oposición; pero si las comprende todas en la palabra
Sacramentarse, ¿cómo le responde oponiéndole una de las mismas finezas que el
Santo comprende?
Si uno dijese que la más noble categoría era la de substancia, y otro le replicase
que no, sino el hombre, aunque para esto trajese muy elegantes pruebas (cuales
son las que trae el autor), ¿no diríamos que no servían, porque era sofístico
el argumento y pecaba en la forma, pues el hombre es especie del género substancia
y está comprendido debajo de ella? Claro está. Pues así juzgo yo éste, si no
es que me engaño: que bien podrá ser, pero lo que aseguro es que no será por
pasión. Véalo V. md.; que yo me sujeto en esto (como en todo) a su corrección.
Paréceme que quitadas las primeras basas sobre que estribaba la proposición,
cae en tierra el edificio de las pruebas: que cuanto eran más fuertes, tanto
son más prontas al precipicio, saliendo flaco el fundamento.
Ya pienso que he satisfecho, en lo que toca a la defensa de Santo Tomás, cuya
proposición abraza y comprende todas las finezas Sacramentales. Pero si yo hubiera
de argüir de especie a especie con el autor dijera: que de las especies de fineza
que Cristo obró en el Sacramento, no es la mayor el estar sin uso de sentidos,
sino estar presente al desaire de las ofensas.
Porque privarse del uso de los sentidos, es sólo abstenerse de las delicias
del amor, que es tormento negativo; pero ponerse presente a las ofensas, es
no sólo buscar el positivo de los celos, pero (lo que más es) sufrir ultrajes
en el respeto. Y es ésta tanto mayor fineza que aquélla, cuanto va de un amor
agraviado a un amor reprimido; y lo que dista el dolor de un deleite que no
se goza, a una ofensa que se tolera, dista el de privarse de los sentidos al
de hacer cara a los agravios. No ver lo que da gusto, es dolor; pero mayor dolor
es ver lo que da disgusto.
Venden a José sus hermanos en Egipto y privan a Jacob del deleite de su vista.
Atrévese Rubén a violar el lecho de su padre. ¡Grandes delitos ambos! Pero veamos
los castigos que Jacob les previene. A Rubén priva de la primogenitura, expresando
por causal el agravio; maldícele y quiere que no crezca: Effusus es sicut aqua,
non crescas; quia ascendisti cubile patris tui, et maculasti stratum eius. ¡Bien
merecida pena a su culpa! Pero, veamos, ¿qué castigo asigna a los demás por
haber vendido a José? Ninguno; ni vuelve a hacer mención de tal cosa.
Pues ¿cómo? ¿Un delito tan enorme se queda así? ¿Vender a su hermano, y a un
hermano tal como José, delicias y consuelo de Jacob y después amparo de todos?
¿Y esto se olvida y a Rubén castigan? Sí, que en la venta de José privaron a
Jacob sólo del deleite de su amor; pero Rubén ofendió su amor y su respeto.
Y es menos dolor privarse del logro del amor, que sufrir agravios del amor y
del respeto. Luego es en Cristo mayor fineza ésta que aquélla. Esto he dicho
de paso, que ya digo que es argumento de especie a especie, que puede hacerse
al autor, no al Santo.
Vamos a la tercera, que es de San Juan Crisóstomo. Dice el Santo: que la mayor
fineza de Cristo fue lavar los pies a los discípulos. Dice el autor: que no
fue la mayor fineza lavar los pies, sino la causa que le movió a lavarlos.
Otra tenemos, no muy diferente de la pasada: aquélla, de especie a género; ésta,
de efecto a causa. ¡Válgame Dios! ¿Pudo pasarle por el pensamiento al divino
Crisóstomo, que Cristo obró tal cosa sin causa, y muy grande? Claro está que
no pudo pensar tal cosa. Antes no sólo una causa sino muchas causas manifiesta
en tan portentoso efecto como humillarse aquella Inmensa Majestad a los pies
de los hombres. Éste es el efecto; y con su energía, el Crisóstomo quiere que
infiramos de él lo grande de las causas, sin expresarlas, porque no pudo hallar
más viva expresión que referir tan humilde ministerio en tanta soberanía, como
diciendo: Mirad cómo nos amó Cristo, pues se humilló a lavarnos los pies; mirad
lo que deseó enseñarnos con su ejemplo, pues se abatió hasta lavarnos los pies;
mirad cuánto solicitó la conversión de Judas, pues llegó a lavarle los pies.
Y otras muchas más causas que el Evangelio expresa y muchas más que calla, y
que el Crisóstomo incluye en aquel: Lavó los pies a sus discípulos.
Pues si el motivo de lavar los pies y la ejecución de lavarlos se han como causa
y efecto, y la causa y efecto son relativos, que aquí no pueden separarse, ¿dónde
está esta mayoría que el autor halla entre lavar y la causa de lavar, si sólo
su diferencia es ser generante la causa y el efecto engendrado? ¿Ni cuál es
la mayor fineza que da a lo que el Santo dice? Pues al fin se refunde en que
Cristo se abatió a los pies de Judas, cuyo corazón era trono de Satanás, y éste
es el efecto que el Santo pondera y expresa; y que la causa fue reducirle, y
ésta es la causa, o una de las causas, que el Santo incluyó, refiriendo el efecto,
con más misteriosa ponderación que si las expresara.
Quiere el Evangelista San Juan dar pruebas del amor del Eterno Padre y lo prueba
con el efecto: Sic Deus dilexit mundum ut Filium suum Unigenitum daret. Amó
Dios de manera al Mundo que le dio a su hijo. Luego el efecto es el que prueba
la causa. Para encender nuestros deseos en los bienes eternos, se nos dice que
ni ojos vieron, ni oídos oyeron, ni corazón humano puede comprender cómo es
aquella felicidad eterna. Pues ¿no fuera mejor, para excitarnos el deseo, pintarnos
la Gloria? No, que lo que no cabe en las voces queda más decente en el silencio;
y expresa y da a entender más un: no se puede explicar cómo es la Gloria, que
un: así es la Gloria. Así el Crisóstomo: la obra, que es exterior, expresa;
la causa, la supone, y como inexplicable la deja de decir.
Para dar mayor claridad a lo dicho y apoyar más la propiedad con que habló el
Santo, apuremos qué cosa es fineza. ¿Es fineza, acaso, tener amor? No, por cierto,
sino las demostraciones del amor: ésas se llaman finezas. Aquellos signos exteriores
demostrativos, y acciones que ejercita el amante, siendo su causa motiva el
amor, eso se llama fineza. Luego si el Santo está hablando de finezas y actos
externos, con grandísima propiedad trae el Lavatorio, y no la causa: pues la
causa es el amor, y el Santo no está hablando del amor, sino de la fineza, que
es el signo exterior. Luego no hay para qué ni por qué argüirle, pues lleva
el Santo supuesto lo que después le sacan como nuevo.
Ya hemos respondido por los tres Santos. Ahora vamos a lo más arduo, que es
a la opinión que últimamente forma el autor: al Aquiles de su sermón; a la que,
en su sentir, tiene por la mayor fineza de Cristo, y a la que dice que "ninguno
le dará otra que le iguale", que es decir que "Cristo no quiso la
correspondencia de su amor para sí, sino para los hombres, y que ésta fue la
mayor fineza: amar sin correspondencia".
Pruébalo con aquellas palabras: Et vos debetis alter alterius lavare pedes.
De donde infiere que Cristo no quiere que le correspondamos ni que le amemos,
sino que nos amemos unos a otros; y dice que es la mayor fineza de Cristo ésta,
porque es fineza sin interés de correspondencia. Para esto no trae pruebas de
Sagrada Escritura, porque dice que la mayor prueba de esta fineza es el carecer
de pruebas, porque es fineza sin ejemplar.
Conque bien mirada la proposición, tiene dos miembros a que responder. El uno
es que Cristo no quiso nuestra correspondencia. El otro, que no tiene prueba
esta fineza de Cristo. Conque serán dos las respuestas. Una, probar que no sólo
no fue fineza la que el autor dice; pero que fue fineza lo contrario, que es
que Cristo quiere nuestra correspondencia, y que ésta es la fineza. La otra,
probar que cuando supusiéramos que era fineza la que dice el autor, no le faltaran
pruebas en la Sagrada Escritura, ni ejemplares donde nada falta.
Vamos a lo primero, que es probar que no fue fineza la que dice el autor, ni
Cristo la hizo. El probar que Cristo quiso nuestra correspondencia y no la renunció,
sino que la solicitó, es tan fácil, que no se halla otra cosa en todas las Sagradas
Letras que instancias y preceptos que nos mandan amar a Dios. Ya se ve que el
primer precepto es: Diliges dominum Deum tuum ex toto corde tuo, et ex tota
anima tua, et ex tota mente tua. Pues ¿cómo se puede entender que Cristo no
quiere nuestra correspondencia cuando con tanto aprieto la encarga y manda?
Claro está que el autor sabrá esto mejor que yo, sino que quiso hacer ostentación
de su ingenio, no porque sintiese que lo podría probar; pues aunque en la cláusula:
et vos debetis alter alterius lavare pedes, no se expresa el amor que nos pide
Cristo para sí y se expresa el que nos manda tener al prójimo, se incluye y
envuelve en ella misma el amor de Dios, aunque no se expresa con mayor eficacia
que el del prójimo, que se manda.
Pruébolo por razón. Manda Dios amar al prójimo y quiere que lo hagamos porque
él lo manda. Luego deja supuesto que debemos amar más a Dios, pues por su obediencia
hemos de amar al prójimo. Cuando se hace, por respeto de alguno, alguna acción
a favor de otro, más se aprecia aquél por cuya atención se hace, que al con
quien se hace.
Quiere Dios destruir al pueblo por el pecado de la idolatría. Interpónese Moisés
diciendo: "O perdónales o bórrame del Libro de la Vida". Perdona Dios
a aquel pueblo ingrato por esta interposición. ¿Quién quedó aquí --pregunto--
más obligado a Dios, Moisés o el pueblo? Claro está que Moisés, pues aunque
el beneficio resultó en bien del pueblo y quedó muy obligado a Dios, más lo
quedó Moisés, pues lo hizo Dios por su respeto. Quiere Cristo que nos amemos,
pero que nos amemos en él y por él. Luego su amor es primero. Y si no, veamos
cómo lleva el que nos amemos sin su respeto. Manda Cristo amar a los padres:
Honora patrem tuum; manda amar al prójimo: Diliges proximum tuum, sicut te ipsum.
Bien, ¿pero cómo ha de ser este amor? Anteponiendo siempre el suyo no sólo a
los amores prohibidos, no sólo a los viciosos, sino a los lícitos, a los obligatorios,
a los que él mismo nos manda tener, como entre el padre y el hijo, entre la
mujer y el marido. Y todos los demás que Su Majestad quiere, no los quiere en
no siendo por su respeto; antes los aborrece y los separa. Y si no, véase el
admirable orden con que en el Evangelio nos va enseñando el modo de cumplir
y de practicar aquel primer precepto: Diliges Dominum Deum tuum, etc. Ha mandado
Su Majestad amar a los padres: Honora patrem tuum. Y para que no pensemos que
los podemos amar más que a Dios, dice: qui amat patrem, aut matrem plus quam
me, non est me dignus. Y aquí parece que se contenta Dios sólo con que no amemos
más a los padres que a su Majestad. Pues no; más adelante pasa la obligación,
pues hasta ahora sólo manda no amarlos más, pero después manda aborrecerlos
si son estorbo de su servicio: Si quis venit ad me, et non odit patrem suum,
et matrem, et uxorem, et filios, et fratres, et sorores, etc. He aquí que ya
nos manda aborrecer a todos los propincuos. Pues todavía falta, que aún quedamos
enteros, y ni aun a nuestros miembros hemos de perdonar si importa a su servicio:
Si autem manus tua, vel pes tuus scandalizat te, abscide eum, et proiice abs
te. En verdad que ya ni la mano, ni el pie, ni el ojo están exentos. Pero aún
hay vida; pues no, ni ésta tampoco: Qui non odit patrem suum, et matrem suam,
et uxorem, et filios, et fratres, et sorores, adhuc autem et animam suam, non
potest meus esse discipulus. ¡Válgame Dios, qué apretado precepto que no reserva
ni aun la vida! Pero aún nos queda el ser. ¿Cómo? ¡Ni el ser se reserva! Oigamos:
Si quis vult post me venire, abneget semetipsum. Si alguno quiere seguirme,
niéguese a sí mismo. Veis ahí como nada hay reservado en importando a su servicio.
Pues ¿cómo hemos de pensar que no quiere nuestro amor para sí, si vemos que
los más lícitos amores nos prohibe cuando se oponen al suyo? Y no como quiera,
sino que les hace guerra a sangre y fuego: ego veni ignem mittere in terram;
y en otra parte: non veni mittere pacem in terram, sed gladium. Veni enim separare hominem adversus patrem suum, et filiam
adversus matrem suam, et nurum adversus socrum suam; et inimici hominis, domestici
eius. En
que es para mí muy notable la circunstancia de decir Cristo que viene a apartar
la nuera de la suegra y a hacer a los criados enemigos de su dueño. Pues, Señor,
¿qué necesidad hay de que vos los apartéis y enemistéis? ¿Ellos no se están
separados y enemistados? Apartar al padre del hijo y a la hija de la madre,
al marido de la mujer, al hermano del hermano, bien está, porque todos éstos
se aman; pero ¿a la nuera de la suegra, a los criados del amo? No lo entiendo;
porque ¿qué nuera no aborrece a su suegra, qué criado no es necesario enemigo
de su dueño? Pues ¿qué necesidad hay de separarlos si ellos lo están? Ése es
el mayor aprieto del precepto: que habiendo tan pocas excepciones de buenos
criados y nueras amantes de suegras, no obstante los comprende, porque los pocos
que suele haber de esta línea no se tengan por exentos del precepto (que ya
vimos un Eliezer fiel criado de Abraham y una Rut amante de su suegra Noemí),
porque es Dios muy celoso de lo que toca a este punto de la primacía de su amor
y así apenas se halla plana sagrada en que no le repita: Ego sum Dominus Deus
tuus fortis, zelotes. Yo soy tu Señor y Dios fuerte y celoso. Y hace de manera
ostentación de su amor en sus celos que, después de haber hecho varias amenazas
a la Sinagoga por sus maldades, la última y más terrible es: Auferam a te zelum
meum. Como si le dijera: pues con tantos beneficios no te quieres reducir, ni
con tantos castigos te quieres enmendar, yo ejecutaré en ti el mayor de todos.
¿Y cuál es, Señor? ¿Cuál? Auferam a te zelum meum: quitaré de ti mis celos,
que es señal de que quito de ti mi amor.
Y si el sacrificio había de ser de un hijo, ¿no bastaba que fuese Ismael, o
al menos que Dios le dijera: Sacrifícame uno de tus hijos, sin señalar cuál,
y dejar libre la elección a su padre? Pues ¿por qué nombra a Isaac? Atiéndase
a las palabras: Tolle filium tuum, quem diligis, Isaac, et sacrifica mihi illum,
etc. ¿Así que el querido es Isaac? Pues sea Isaac el sacrificado; que parece
que está Dios celoso de que sea Isaac tan amado de su padre, y quiere probar
cuál amor puede más con Abraham, si el suyo o el del hijo.
Más. Bien sabemos que Dios sabía lo que Abraham había de hacer y que le amaba
más a él que a Isaac; pues ¿para qué es este examen? Ya lo sabe, pero quiere
que lo sepamos nosotros, porque es Dios tan celoso, que no sólo quiere ser amado
y preferido a todas las cosas, pero quiere que esto conste y lo sepa todo el
mundo; y para esto examina a Abraham. De todo esto juzgo que se puede conocer
el grande aprieto con que Cristo pide nuestro amor y que cuando manda que nos
amemos, es siendo su Majestad el medio de este amor. De manera que para amarnos
unos a otros ha de ser Su Majestad el medio y la unión. Y nadie ignora que el
medio que une dos términos, se une él más estrecha e inmediatamente con ellos,
que a ellos entre sí. Cristo se pone por medio y unión: luego quiere que le
amemos, cuando manda que amemos al prójimo.
Dice más Cristo: que su precepto es que amemos al prójimo como su Majestad nos
ama: Hoc est praeceptum meum, ut diligatis invicem, sicut dilexi vos. Aquí sólo
manda que nos amemos unos a otros. Pero para poder cumplir nosotros este precepto,
¿qué disposición hemos menester? El mismo Cristo la enseña: Qui diligit me,
mandatum meum servabit; y el evangelista San Juan, en la Epístola I, capítulo
5, dice: Haec est enim charitas Dei, ut mandata eius custodiamus. Luego para
cumplir el precepto de amar al prójimo hemos de amar primero a Dios. Si Cristo
(como dice en otro sermón el mismo autor) se llama Vid y a nosotros Sarmientos:
Ego sum vitis, vos palmites, y los sarmientos primero se unen a la vid que ellos
entre sí; luego quiere Cristo, luego solicita Cristo, luego manda Cristo que
le amemos.
Creo que me he alargado superfluamente en lo que por sí está tan claro; pero
eso mismo causa el que ocurra tanto que decir en la materia, que se trabaja
más en dejarlo que en ponerlo. De lo dicho juzgo que sale por legítima consecuencia
que Cristo no hizo por nosotros la fineza que el autor supone de no querer correspondencia.
Podránme replicar que si hay fineza que sea digna de tal nombre que Cristo dejase
de hacer por nosotros con su inmenso amor. Y diré yo que sí hay, porque hay
finezas que les ocasiona a serlo nuestra limitada naturaleza; y ésas no hizo
Cristo, porque no eran conformes a su perfección infinita, ni decentes a su
inmensa Majestad, ni a la dignidad y soberanía suya. Verbi gratia: Los justos
hacen por Cristo algunas finezas que Cristo no hizo por ellos, como es resistir
tentaciones luchando con nuestra naturaleza, que coinquinada con el pecado,
está propensa al mal, y a más de esto, el temor y peligro de ser de ellas vencido
y pelear con incertidumbre de la victoria o la pérdida. Ninguna de estas dos
especies de finezas pudo hacer Cristo, pues ni pudo ser tentado ni menos temer
peligros de pecar. Pues aunque su Majestad fue llevado al desierto, ut tentaretur
a diabolo, bien saben los doctos cómo se entiende este lugar, y lo explica el
glorioso doctor San Gregorio sobre el mismo, diciendo que la tentación es en
tres maneras: por sugestión, delectación o consentimiento.
Del primer modo --dice-- solamente pudo Cristo ser tentado del Demonio. Porque
nosotros, cuando somos tentados, las más veces caemos o en el consentimiento
o en la delectación, o podemos, al menos, caer en una de las dos cosas o en
ambas; porque como hijos de pecado y concebidos en él, tenemos en nosotros mismos
la semilla de la culpa, que es el fomes peccati que nos inclina a pecar. Pero
Cristo, nacido de madre virgen y por concepción milagrosa, era impecable; por
lo cual no pudo sentir en sí ninguna repugnancia ni contradicción al obrar bien,
y así sólo pudo ser tentado por sugestión, que es una tentación extrínseca y
que estaba muy lejos de su mente y no le podía inclinar, ni hacer guerra ninguna.
Y no teniendo ni la lucha ni el riesgo, no pudo hacer la fineza de resistir
ni temer el riesgo de pecar. Por lo cual dice el Apóstol: adimpleo ea quae desunt
passionum Christi, in carne mea pro corpore eius, quod est Ecclesia. ¿Pues cómo,
si fue copiosa la Redención: copiosa apud eum redemptio, dice San Pablo que
añade o que llena la pasión de Cristo? ¿A la Pasión pudo faltarle algo? ¿Qué
hizo San Pablo que no hizo Cristo? El mismo Apóstol lo dice: Datus est mihi
stimulus carnis meae angelus Satanae, qui me colaphizet. Esto es lo que faltó
a la pasión de Cristo: luchar con tentaciones y temer peligros de pecar; y esto
es lo con que dice San Pablo que llena la pasión de Cristo; y éstas son las
finezas que no pudo hacer Cristo y podemos hacer nosotros.
Pues así, el no querer correspondencia fuera fineza en un amor humano, porque
fuera desinterés; pero en el de Cristo no lo fuera, porque no tiene interés
ninguno en nuestra correspondencia. Pruébolo. El amor humano halla en ser correspondido,
algo que le faltara si no lo fuera, como el deleite, la utilidad, el aplauso,
etc. Pero al de Cristo nada le falta aunque no le correspondamos. En sí y consigo
se tiene todos sus deleites, todas sus riquezas y todos sus bienes. Luego nada
renunciara si renunciara nuestra correspondencia, pues nada le añade; y el renunciar
lo que era nada no era ninguna fineza; y como no era fineza en Cristo, por eso
no la hace Cristo por nosotros. En el libro de Job, al capítulo XXXV, se lee,
hablando de la soberanía con que Dios no nos ha menester: Porro si iuste egeris,
quid donabis ei, aut quid de manu tua accipiet? Homini, qui similis tui est,
nocebit impietas tua; et filium hominis adiuvabit iustitia tua. De donde sale
claro que nosotros necesitamos de correspondencias porque nos traen utilidades,
y por tanto fuera fineza y muy grande el renunciarlas. Pero en Cristo que no
le resulta ninguna de nuestra correspondencia, no fuera fineza el no quererla.
Y por eso, como ya dije, no la hace Cristo por nosotros; y antes hace lo contrario,
que es solicitar nuestra correspondencia sin haberla menester, y ésa es la fineza
de Cristo.
Es el amor de Cristo muy al revés del de los hombres. Los hombres quieren la
correspondencia porque es bien propio suyo; Cristo quiere esa misma correspondencia
para bien ajeno, que es el de los propios hombres. A mi parecer el autor anduvo
muy cerca de este punto, pero equivocólo y dijo lo contrario; porque, viendo
a Cristo desinteresado, se persuadió a que no quería ser correspondido. Y es
que no dio el autor distinción entre correspondencia y utilidad de la correspondencia.
Y esto último es lo que Cristo renunció, no la correspondencia. Y así, la proposición
del autor es que Cristo no quiso la correspondencia para sí sino para los hombres.
La mía es que Cristo quiso la correspondencia para sí, pero la utilidad que
resulta de esa correspondencia la quiso para los hombres.
Acá el amante hace la correspondencia medio para su bien; Cristo hace la correspondencia
medio para bien de los hombres. De manera que divide la correspondencia y el
fin de la correspondencia. La correspondencia reserva para sí. El fin de ella,
que es la utilidad que de ella resulta, se lo deja a los hombres. Acá los amantes
recíprocos quieren el bien de su amor para su amado, pero el bien del amor del
amado para sí; Cristo, el bien del amor que tiene al hombre y el bien del amor
que el hombre le tiene, todo quiere que sea para el hombre. Examina Cristo a
Pedro de su amor y dícele: Petre, amas me? Responde Pedro con aquellas ardientes
ponderaciones que brotaba su encendido corazón, que sí y que pondrá la vida
por su amor. Veamos para qué es este examen tan apretado de Cristo. Sin duda
que quiere que Pedro le haga algún gran servicio. Sí quiere. ¿Y cuál es? Pasce oves meas. Esto
es lo que quiere Cristo: que el amor de Pedro sea suyo, pero que la utilidad
resulte en las ovejas. Bien pudiera Cristo decirle a Pedro, y parece que era
más congruente: Pedro, ¿amas a las ovejas? Pues apaciéntalas; y no dice sino:
Pedro, ¿me amas a mí? Pues guarda mis ovejas. Luego quiere el amor para sí,
y la utilidad para los hombres.
Pudiéranme, ahora, replicar diciendo: Si Cristo no ha menester el amor del hombre
para bien suyo, sino para el bien del mismo hombre, y para este bien basta el
amor de Cristo, que es quien nos ha de hacer el bien, ¿para qué solicita el
amor del hombre, pues sin que el hombre le ame, puede Cristo hacerle bien?
Para responder a esta réplica es menester acordarnos que Dios dio al hombre
libre albedrío con que puede querer y no querer obrar bien o mal, sin que para
esto pueda padecer violencia, porque es homenaje que Dios le hizo y carta de
libertad auténtica que le otorgó. Pues ahora, de la raíz de esta libertad nace
que no basta que Dios quiera ser del hombre, si el hombre no quiere que Dios
sea suyo. Y como el ser Dios del hombre es el sumo bien del hombre y esto no
puede ser sin que el hombre quiera, por eso quiere Dios, solicita y manda al
hombre que le ame, porque el amar a Dios es el bien del hombre. Dice el Real
Profeta David que Dios es Dios y Señor porque no necesita de nuestros bienes:
Dixi Domino: Deus meus es tu, quoniam bonorum meorum non eges. Aquí se conoce
claro que Dios no necesita de nuestros bienes. Después, hablando en persona
del mismo Señor dice, haciendo ostentación de su poder: "Yo no he menester
vuestros sacrificios, ni vuestros holocaustos. Yo no recibo vuestros becerros
ni vuestros hircos. Mías son todas las aves que vuelan y las fieras que pacen;
mía toda la abundancia que produce en sus frutos la tierra; mía, en fin, toda
la máquina del orbe. ¿Por ventura pensáis que me sustentan las carnes de los
toros o que bebo la sangre vertida de los cabritos?" Pues, Señor Altísimo
--le pudiéramos responder--, si de nada necesitáis porque todo es vuestro; si
desdeñáis todas las víctimas y no aceptáis los sacrificios; si sois todopoderoso
e infinitamente rico, ¿qué podremos hacer en vuestro servicio, vuestras pobres
criaturas? Ved que es desconsuelo nuestro el no poderos ofrecer nada, porque
lo tenéis todo, cuando nos tenéis tan obligados con vuestros infinitos beneficios.
Sí podéis --parece que nos responde al verso 14 del mismo salmo--: Immola Deo
sacrificium laudis; et redde Altissimo vota tua. Et invoca me in die tribulationis;
eruam te, et honorificabis me. Como si dijera: Hombre, ¿quieres corresponder
a lo mucho que te he dado? Pues pídeme más, y eso recibo yo por paga. Llámame
en tus trabajos para que te libre de ellos; que esa confianza tuya tengo yo
por honra mía. ¡Oh primor del Divino Amor: decir que es honor suyo lo que es
provecho nuestro! ¡Oh sabiduría de Dios! ¡Oh liberalidad de Dios! Y ¡oh finezas
sólo de Dios y sólo dignas de Dios! Para esto quiere Dios nuestro amor: para
nuestro bien, no para el suyo. Y esto fue el primor de su fineza: no el no querer
nuestra correspondencia-- como quiere el autor--, sino el quererla para bien
nuestro.
Ya queda probado que Cristo quiso nuestra correspondencia y que su fineza mayor
fue el quererla. Falta ahora el probar lo que prometí, que es que, cuando supongamos
que fuera fineza el no quererla, no le faltaran --como quiere el autor-- pruebas,
ni ejemplares, a esa fineza en la Sagrada Escritura; aunque el autor la hace
tan grande y tan sin ejemplar, que dice que no ha habido quien del amor que
tiene quiera para otro la correspondencia. Veamos si yo hallo alguno que lo
haya hecho. Mata Absalón a su hermano Amnón por el estupro de Tamar. ¿Y qué
hace su padre, el rey David? Se indigna tanto que obliga a Absalón a salir,
huyendo de la muerte, a Gesur; y permanece tan airado el rey, que aun Joab,
su primer ministro, no se atreve a hablar en su perdón si no es por medio de
la Tecuites; y aun después de todo no quiere David que Absalón le vea la cara.
¡Grande enojo! ¡Grande ira! Vuelve en fin Absalón a la gracia de su padre, y
apenas se ve en ella, cuando, traidor y rebelde a su amor y a su corona, se
hace aclamar rey en Hebrón; procura no sólo quitar a su padre el reino, pero
la vida y la honra profanando públicamente sus lechos. ¡Oh qué ofensas! ¡Oh
qué ingratitudes! ¡Oh qué ultrajes! ¡Qué tal podemos esperar que esté David
de indignado, de ofendido, de airado contra tan mal hijo, contra tan traidor
vasallo! ¿Desabrocha las Euménides irritadas de su pecho? Poco falta para que
lo veamos, que ya la fortuna de las armas está en favor de David y se podrá
vengar a su satisfacción. Oigamos el orden que para esto da al general Joab:
Servate mihi puerum Absalom. ¡Jesús! ¿Qué orden es ésta tan al revés de lo que
se esperaba? Pues no para ahí. Quebranta Joab, inobediente, el orden; mata a
Absalón. ¿Y qué hace David? ¿Qué? Llora, y se vuelve toda la victoria en llanto;
y no como quiera, sino que desea ser él el muerto, porque sea Absalón el vivo:
Fili mi Absalom, quis mihi det, ut ego moriar pro te? ¿Qué es esto, David; así
lloráis por un hijo tan enemigo; por un vasallo tan traidor? ¿Por quien os quería
quitar la vida queréis vos dar la vuestra? Y ya que es tan grande vuestro amor
que le queráis perdonar tan execrables maldades contra vos, ¿cómo cuando mató
a su hermano Amnón, no mostrasteis esa ternura, sino que le queríais matar a
él? Éste es el mismo Absalón: pues ¿cómo ahí estáis airado por la menor ofensa
que fue matar a su hermano, y aquí, por la mayor que es quereros matar a vos,
no sólo no estáis enojado, mas estáis tierno? ¿Más sentimiento hicisteis de
que Absalón fuese cruel con Amnón, que no de que lo fuese con vos? ¿Más sentís
que faltase Absalón al amor de Amnón que al vuestro? Sí, así pasó. Pues ahora,
¿para quién pedía David la correspondencia de su amor? Bien claro se ve que
para Amnón y no para sí. Luego hay prueba y ejemplares de quien busca para otro
la correspondencia que se le debe. Luego cuando fuera fineza en Cristo no buscar
correspondencia, no carecería de prueba, como dijo el autor; que es la segunda
parte a que prometí responder.
Con lo cual me parece que, aunque con mi rudeza, cortedad y poco estudio, he
obedecido a V. md. en lo que me mandó. La demasiada prisa con que lo he escrito
no ha dado lugar a pulir algo más el discurso, porque festinans canis caecos
parit catulos. Remítole en embrión, como suele la osa parir sus informes cachorrillos;
y así lleva este defecto más, entre los muchos que V. md. le reconocerá. Pero
todos van a sus manos de V. md. Unos corregirá con discreción y otros suplirá
con su amistad. El asunto también, con su dificultad, deja disculpado el no
conseguirse; pues en blanco inaccesible no queda tan desairado el yerro del
tiro como en los comunes, y basta para bizarría en los pigmeos atreverse a Hércules.
A vista del elevado ingenio del autor aun los muy gigantes parecen enanos. ¿Pues
qué hará una pobre mujer? Aunque ya se vio que una quitó la clava de las manos
a Alcides, siendo uno de los tres imposibles que veneró la antigüedad. Y hablando
más a lo cristiano, quae stulta sunt mundi elegit Deus, ut confundat sapientes;
et infirma mundi elegit Deus, ut confundat fortia; et ignobilia mundi et contemptibilia
elegit Deus, et ea quae non sunt, ut ea quae sunt destrueret: ut non glorietur
omnis caro in conspectu eius. Creo cierto que si algo llevare de acierto este
papel, no es obra de mi entendimiento, sino sólo que Dios quiere castigar con
tan flaco instrumento la, al parecer, elación de aquella proposición: que no
habría quien le diese otra fineza igual, con que cree el orador que puede aventajar
su ingenio a los de los tres Santos Padres y no cree que puede haber quien le
iguale. Y pensando que no se estrechó la mano de Dios a Augustino, Crisóstomo
y Tomás, piensa que se abrevió a él para no poder criar quien le responda. Que
cuando yo no haya conseguido más que el atreverme a hacerlo, fuera bastante
mortificación para un varón tan de todas maneras insigne; que no es ligero castigo
a quien creyó que no habría hombre que se atreviese a responderle, ver que se
atreve una mujer ignorante, en quien es tan ajeno este género de estudio, y
tan distante de su sexo; pero también lo era de Judit el manejo de las armas
y de Débora la judicatura. Y si con todo, pareciere en esto poco cuerda, con
romper V. md. este papel quedará multado el error de haberlo escrito.
Finalmente, aunque este papel sea tan privado que sólo lo escribo porque V.
md. lo manda y para que V. md. lo vea, lo sujeto en todo a la corrección de
nuestra Santa Madre Iglesia Católica, y detesto y doy por nulo y por no dicho
todo aquello que se apartare del común sentir suyo y de los Santos Padres. Vale.
Bien habrá V. md. creído, viéndome clausurar este discurso, que me he olvidado
de esotro punto que V. md. me mandó que escribiese: Que cuál es, en mi sentir,
la mayor fineza del Amor Divino. Lo cual me oyó V. md. discurrir en la misma
conversación citada. Pues no ha sido olvido sino advertencia, porque allí, como
era una conversación sucesiva, fueron llamando unos discursos a otros, aunque
no fuesen muy del caso, y aquí es necesario hacer separación de los que no lo
son, para no confundir uno con otro. Explícome. Como hablamos de finezas, dije
yo que la mayor fineza de Dios, en mi sentir, eran los beneficios negativos;
esto es, los beneficios que nos deja de hacer porque sabe lo mal que los hemos
de corresponder. Ahora, este modo de opinar tiene mucha disparidad con el del
autor, porque él habla de finezas de Cristo, y hechas en el fin de su vida,
y esta fineza que yo digo es fineza que hace Dios en cuanto Dios, y fineza continuada
siempre; y así no fuera razón oponer ésta a las que el autor dice, antes bien
fuera una muy viciosa argumentación y muy censurable; por lo cual me pareció
separarla, y como discurso suelto e independiente de lo demás, ponerlo aquí
para que V. md. logre del todo el deseo, pues el mío es sólo obedecerle.
La mayor fineza del Divino Amor, en mi sentir, son los beneficios que nos deja
de hacer por nuestra ingratitud. Pruébolo. Dios es infinita bondad y bien sumo,
y como tal es de su propia naturaleza comunicable y deseoso de hacer bien a
sus criaturas. Más, Dios tiene infinito amor a los hombres, luego siempre está
pronto a hacerles infinitos bienes. Más, Dios es todopoderoso y puede hacerles
a los hombres todos los bienes que quisiere, sin costarle trabajo, y su deseo
es hacerlos. Luego Dios, cuando les hace bienes a los hombres, va con el corriente
natural de su propia bondad, de su propio amor y de su propio poder, sin costarle
nada. Claro está. Luego cuando Dios no le hace beneficios al hombre, porque
los ha de convertir el hombre en su daño, reprime Dios los raudales de su inmensa
liberalidad, detiene el mar de su infinito amor y estanca el curso de su absoluto
poder. Luego, según nuestro modo de concebir, más le cuesta a Dios el no hacernos
beneficios que no el hacérnoslos y, por consiguiente, mayor fineza es el suspenderlos
que el ejecutarlos, pues deja Dios de ser liberal --que es propia condición
suya--, porque nosotros no seamos ingratos-- que es propio retorno nuestro--;
y quiere más parecer escaso, porque los hombres no sean peores, que ostentar
su largueza con daño de los mismo beneficiados. Y siendo así que ésta es una
como nota en la opinión de liberal, antepone el aprovechamiento de los hombres
a su propia opinión y a su propio natural.
Predica el Redentor su milagrosa doctrina, y habiendo hecho en tantos lugare
tantos milagros y maravillas, llega a su patria, que parece que debía ser preferida
en el cariño, y apenas llega, cuando en vez de aplaudirle sus vecinos y compatriotas,
empiezan a censurarle y a sacarle las que, a su parecer de ellos, eran faltas,
diciendo: Nonne hic est fabri filius? Nonne mater eius dicitur Maria, et fratres
eius, Iacobus, et Ioseph, et Simon, et Iudas: et sorores eius, nonne omnes apud
nos sunt? Unde ergo huic omnia ista? Y prosigue el Evangelista: Non fecit ibi
virtutes multas propter incredulitatem illorum. De manera que Cristo bien quería
hacer milagros en su patria, bien quería hacerles beneficios, pero mostraron
ellos luego su dañado ánimo en la murmuración y el modo con que recibirían los
favores de Cristo, y por eso se contuvo Cristo en hacerlos: por no darles ocasión
de ser más malos, como lo expresa el Evangelista: que no hizo muchas maravillas
por su incredulidad. Y bien sabía Cristo que también le habían ellos de murmurar
el no hacerlas, y tener por escaso y avaro, y así les adelantó él mismo lo que
ellos habían de decir y les dijo: Utique dicetis mihi hanc similitudinem: Medice,
cura te ipsum: quanta audivimus facta in Capharnaum, fac et hic in patria tua.
Y para satisfacer a la calumnia antevista les dice que en tiempo de Elías había
muchas viudas y sola una fue remediada, y que muchos leprosos había en tiempo
de Eliseo y sólo curó a Naamán sirio, y que ningún profeta es acepto en su patria.
Ellos, no entendiendo la satisfacción y prosiguiendo en la calumnia, le quisieron
precipitar, confirmando con esta maldad el motivo por que Cristo no les hacía
beneficios positivos, sino el negativo de no darles ocasión de cometer mayor
pecado. Y éste fue el mayor beneficio que pudo Cristo hacer por entonces a su
ingrata patria, en que la prefirió a aquellas dos ciudades que el mismo Señor
amenaza por haber sido ingratas a las maravillas que en ellas obró, diciendo:
Vae tibi Corozain, vae tibi Bethsaida: quia, si in Tyro et Sidone factae essent
virtutes, quae factae sunt in vobis, olim in cilicio, et cinere poenitentiam
egissent. Verumtamen dico vobis: Tyro et Sidoni remissius erit in die iudicii,
quam vobis. ¡Ay de vosotras, que si en Tiro y Sidón se hubieran hecho las maravillas
que se han hecho en vosotras, se hubieran ya convertido! Pero yo os aseguro
que en el juicio tremendo serán ellas menos castigadas que vosotras.
Luego de este mayor cargo excusa el Señor a Nazaret con no hacerle beneficios,
y entonces es el mayor beneficio el no hacerlos, porque excusa el mayor cargo
que de él le resultara. Gravius --dice el glorioso San Gregorio-- inde iudicemur,
cum enim augentur dona, rationes etiam crescunt donorum. Mientras más es lo
recibido más grave es el cargo de la cuenta. Luego es beneficio el no hacernos
beneficios cuando hemos de usar mal de ellos.
Hizo Dios a Judas, fuera de los beneficios generales, muchos particulares, y
llegando el caso de su sacrílega traición, lamentando Cristo, no su muerte,
sino el daño del ingrato discípulo, dice: Vae homini illi, per quem tradar ego,
bonum erat ei, si natus non fuisset. Con que parece que se arrepiente de haberle
hecho el beneficio de la creación, porque le estuviera mejor el no haber nacido
que nacer para ser tan malo. Más claro se da a entender esto cuando ofendido
Dios de las maldades de los hombres determinó acabar el mundo por agua; pues,
usando de las humanas locuciones, dice el texto que dijo: Delebo, inquit, hominem,
quem creavi a facie terrae, ab homine usque ad animantia, a reptili usque ad
volucres coeli: poenitet enim me fecisse eos.
De manera que se arrepiente Dios de haber hecho beneficios al hombre que han
de ser para mayor daño del hombre. Luego es mayor beneficio el no hacerle beneficios.
¡Ah, Señor y Dios mío, qué torpes y ciegos andamos cuando no os reconocemos
esta especie de beneficio negativo que nos hacéis!
Tiene el otro corta fortuna y, cuando mucho, dice que es castigo de Dios. Cuando
sea castigo, el castigo también es beneficio, pues mira a nuestra enmienda,
y Dios castiga a quien ama. Pero no es sólo el beneficio de castigarnos el que
nos hace, sino el beneficio de exonerarnos de mayor cuenta. Tiene el otro poca
salud y le parece que está Dios sordo, porque no oye sus lamentos. No está tal,
sino haciéndoos el beneficio de no daros salud, porque la habéis de emplear
mal. Envidiamos en nuestros prójimos los bienes de fortuna, los dotes naturales.
¡Oh, qué errado va el objeto de la envidia, pues sólo debía serlo de la lástima
el gran cargo que tiene, de que ha de dar cuenta estrecha! Y ya que, queramos
envidiar, no envidiemos las mercedes que Dios le hizo, sino lo bien que corresponde
a ellas, que esto es lo que se debe envidiar, que es lo que le da mérito; no
el haberlas recibido, que eso es cargo. Estimemos el beneficio que Dios nos
hace en no hacernos todos los beneficios que queremos, y los que también Su
Majestad quiere hacernos y suspende por no darnos mayor cargo. Agradezcamos
y ponderemos este primor del Divino Amor en quien el premiar es beneficio, el
castigar es beneficio y el suspender los beneficios es el mayor beneficio, y
el no hacer finezas la mayor fineza . Y si no, díganme: Dios, que dio al Mundo
su Unigénito que encarnó y murió por el hombre, ¿qué podrá negar al hombre?
Nada. Él mismo dice: Quis est ex vobis homo, quem si petierit filius suus panem,
numquid lapidem porriget ei? Aut
si piscem petierit, numquid serpentem porriget ei? Si
ergo vos, cum sitis mali, nostis bona data dare filiis vestris: quanto magis
Pater vester, qui in coelis est, dabit bona petentibus se? Pues, Señor, ¿cómo
la madre de los hijos del Zebedeo os pide las sillas y no se las dais? Porque
no saben lo que se piden, y en Dios mayor beneficio es no dar, siendo su condición
natural, porque no nos conviene, que dar siendo tan liberal y poderoso.
Y así juzgo ser ésta la mayor fineza que Dios hace por los hombres. Su Majestad
nos dé gracia para conocerlas, correspondiéndolas, que es mejor conocimiento;
y que el ponderar sus beneficios no se quede en discursos especulativos, sino
que pase a servicios prácticos, para que sus beneficios negativos se pasen a
positivos hallando en nosotros digna disposición que rompa la presa a los estancados
raudales de la liberalidad divina, que detiene y represa nuestra ingratitud.
Y a V. md. me guarde muchos años. Vuelvo a poner todo lo dicho debajo de la
censura de nuestra Santa Madre Iglesia Católica, como su más obediente hija.
Iterum vale.
Carta de Sor Filotea de la Cruz a Sor Juana Inés de la Cruz.(1690)*
(*Sor
Filotea era, en realidad, el Obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz.)
Señora mía:
He visto la carta
de V. md. en que impugna las finezas de Cristo que discurrió el Reverendo Padre
Antonio de Vieira en el Sermón del Mandato con tal sutileza que a los más eruditos
ha parecido que, como otra Águila del Apocalipsis, se había remontado este singular
talento sobre sí mismo, siguiendo la planta que formó antes el Ilustrísimo César
Meneses, ingenio de los primeros de Portugal; pero a mi juicio, quien leyere
su apología de V. md. no podrá negar que cortó la pluma más delgada que ambos
y que pudieran gloriarse de verse impugnados de una mujer que es honra de su
sexo.
Yo, a lo menos, he admirado la viveza de los conceptos, la discreción de sus
pruebas y la enérgica claridad con que convence el asunto, compañera inseparable
de la sabiduría; que por eso la primera voz que pronunció la Divina fue luz,
porque sin claridad no hay voz de sabiduría. Aun la de Cristo, cuando hablaba
altísimos misterios entre los velos de las parábolas, no se tuvo por admirable
en el mundo; y sólo cuando habló claro, mereció la aclamación de saberlo todo.
éste es uno de los muchos beneficios que debe V. md. a Dios; porque la claridad
no se adquiere con el trabajo e industria: es don que se infunde con el alma.
Para que V. md. se vea en este papel de mejor letra, le he impreso; y para que
reconozca los tesoros que Dios depositó en su alma, y le sea, como más entendida,
más agradecida: que la gratitud y el entendimiento nacieron siempre de un mismo
parto. Y si como V. md. dice en su carta, quien más ha recibido de Dios está
más obligado a la correspondencia, temo se halle V. md. alcanzada en la cuenta;
pues pocas criaturas deben a Su Majestad mayores talentos en lo natural, con
que ejecuta al agradecimiento, para que si hasta aquí los ha empleado bien (que
así lo debo creer de quien profesa tal religión), en adelante sea mejor.
No es mi juicio tan austero censor que esté mal con los versos -en que V. md.
se ha visto tan celebrada-, después que Santa Teresa, el Nacienceno y otros
santos canonizaron con los suyos esta habilidad; pero deseara que les imitara,
así como en el metro, también en la elección de los asuntos.
No apruebo la vulgaridad de los que reprueban en las mujeres el uso de las letras,
pues tantas se aplicaron a este estudio, no sin alabanza de San Jerónimo. Es
verdad que dice San Pablo que las mujeres no enseñen; pero no manda que las
mujeres no estudien para saber; porque sólo quiso prevenir el riesgo de elación
en nuestro sexo, propenso siempre a la vanidad. A Sarai la quitó una letra la
Sabiduría Divina, y puso una más al nombre de Abraham, no porque el varón ha
de tener más letras que la mujer, como sienten muchos, sino porque la “i” añadida
al nombre de Sara explicaba temor y dominación. Señora mía se interpreta Sarai;
y no convenía que fuese en la casa de Abraham señora la que tenía empleo de
súbdita.
Letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba
el Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente. Notorio es a
todos que el estudio y saber han contenido a V. md. en el estado de súbdita,
y que la han servido de perfeccionar primores de obediente; pues si las demás
religiosas por la obediencia sacrifican la voluntad, V. md. cautiva el entendimiento,
que es el más arduo y agradable holocausto que puede ofrecerse en las aras de
la Religión.
No pretendo, según este dictamen, que V. md. mude el genio renunciando los libros,
sino que le mejore, leyendo alguna vez el de Jesucristo. Ninguno de los evangelistas
llamó libro a la genealogía de Cristo, si no es San Mateo, porque en su conversión
no quiso este Señor mudarle la inclinación, sino mejorarla, para que si antes,
cuando publicano, se ocupaba en libros de sus tratos e intereses, cuando apóstol
mejorase el genio, mudando los libros de su ruina en el libro de Jesucristo.
Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas; ya será
razón que se perfeccionen los empleos y que se mejoren los libros.
¿Qué pueblo hubo más erudito que Egipto? En él empezaron las primeras letras
del mundo, y se admiraron los jeroglíficos.
Por grande ponderación de la sabiduría de José, le llama la Sagrada Escritura
consumado en la erudición de los egipcios. Y con todo eso, el Espíritu Santo
dice abiertamente que el pueblo de los egipcios es bárbaro: porque toda su sabiduría,
cuando más, penetraba los movimientos de las estrellas y cielos, pero no servía
para enfrenar los desórdenes de las pasiones; toda su ciencia tenía por empleo
perfeccionar al hombre en la vida política, pero no ilustraba para conseguir
la eterna. Y ciencia que no alumbra para salvarse, Dios, que todo lo sabe, la
califica por necedad.
Así lo sintió Justo Lipsio (pasmo de la erudición), estando vecino a la muerte
y a la cuenta, cuando el entendimiento está más ilustrado; que consolándole
sus amigos con los muchos libros que había escrito de erudición, dijo señalando
a un santocristo: Ciencia que no es del Crucificado, es necedad y sólo vanidad.
No repruebo por esto la lección de estos autores; pero digo a V. md. lo que
aconsejaba Gersón: Préstese V. md., no se venda, ni se deje robar de estos estudios.
Esclavas son las letras humanas y suelen aprovechar a las divinas; pero deben
reprobarse cuando roban la posesión del entendimiento humano a la Sabiduría
Divina, haciéndose señoras las que se destinaron a la servidumbre. Comendables
son, cuando el motivo de la curiosidad, que es vicio, se pasa a la estudiosidad,
que es virtud.
A San Jerónimo le azotaron los ángeles porque leía en Cicerón, arrastrado y
no libre, prefiriendo el deleite de su elocuencia a la solidez de la Sagrada
Escritura; pero loablemente se aprovechó este Santo Doctor de sus noticias y
de la erudición profana que adquirió en semejantes autores.
No es poco el tiempo que ha empleado V. md. en estas ciencias curiosas; pase
ya, como el gran Boecio, a las provechosas, juntando a las sutilezas de la natural,
la utilidad de una filosofía moral.
Lástima es que un tan gran entendimiento, de tal manera se abata a las rateras
noticias de la tierra, que no desee penetrar lo que pasa en el Cielo; y ya que
se humille al suelo, que no baje más abajo, considerando lo que pasa en el Infierno.
Y si gustare algunas veces de inteligencias dulces y tiernas, aplique su entendimiento
al Monte Calvario, donde viendo finezas del Redentor e ingratitudes del redimido,
hallará gran campo para ponderar excesos de un amor infinito y para formar apologías,
no sin lágrimas contra una ingratitud que llega a lo sumo. O que útilmente,
otras veces, se engolfara ese rico galeón de su ingenio de V. md. en la alta
mar de las perfecciones divinas. No dudo que sucedería a V. md. lo que a Apeles,
que copiando el retrato de Campaspe, cuantas líneas corría con el pincel por
el lienzo, tantas heridas hacía en su corazón la saeta del amor, quedando al
mismo tiempo perfeccionado el retrato y herido mortalmente de amor del original
el corazón del pintor.
Estoy muy cierta y segura que si V. md., con los discursos vivos de su entendimiento,
formase y pintase una idea de las perfecciones divinas (cual se permite entre
las tinieblas de la fe), al mismo tiempo se vería ilustrada de luces su alma
y abrasada su voluntad y dulcemente herida de amor de su Dios, para que este
Señor, que ha llovido tan abundantemente beneficios positivos en lo natural
sobre V. md., no se vea obligado a concederla beneficios solamente negativos
en lo sobrenatural; que por más que la discreción de V. md. les llame finezas,
yo les tengo por castigos: porque sólo es beneficio el que Dios hace al corazón
humano previniéndole con su gracia para que le corresponda agradecido, disponiéndose
con un beneficio reconocido, para que no represada, la liberalidad divina se
los haga mayores.
Esto desea a V. md. quien, desde que la besó, muchos años ha, la mano, vive
enamorada de su alma, sin que se haya entibiado este amor con la distancia ni
el tiempo; porque el amor espiritual no padece achaques de mudanza, ni le reconoce
el que es puro si no es hacia el crecimiento. Su Majestad oiga mis súplicas
y haga a V. md. muy santa, y me la guarde en toda prosperidad.
De este Convento de la Santísima Trinidad, de la Puebla de los Ángeles, y noviembre
25 de 1690.
B. L. M. de V.
md. su afecta servidora
Filotea de la Cruz.
Muy Ilustre Señora, mi Señora:
Cuando la felizmente estéril para ser milagrosamente fecunda, madre del Bautista
vio en su casa tan desproporcionada visita como la Madre del Verbo, se le entorpeció
el entendimiento y se le suspendió el discurso; y así, en vez de agradecimientos,
prorrumpió en dudas y preguntas: Et unde hoc mihi? ¿De dónde a mí viene tal
cosa? Lo mismo sucedió a Saúl cuando se vio electo y ungido rey de Israel: Numquid
non filius Iemini ego sum de minima tribu Israel, et cognatio mea novissima
inter omnes de tribu Beniamin? Quare igitur locutus es mihi sermonem istum?
Así yo diré: ¿de dónde, venerable Señora, de dónde a mí tanto favor? ¿Por ventura
soy más que una pobre monja, la más mínima criatura del mundo y la más indigna
de ocupar vuestra atención? ¿Pues quare locutus es mihi sermonem istum? ¿Et unde hoc mihi?
Ni al primer imposible
tengo más que responder que no ser nada digno de vuestros ojos; ni al segundo
más que admiraciones, en vez de gracias, diciendo que no soy capaz de agradeceros
la más mínima parte de lo que os debo. No es afectada modestia, Señora, sino
ingenua verdad de toda mi alma, que al llegar a mis manos, impresa, la carta
que vuestra propiedad llamó Atenagórica, prorrumpí (con no ser esto en mí muy
fácil) en lágrimas de confusión, porque me pareció que vuestro favor no era
más que una reconvención que Dios hace a lo mal que le correspondo; y que como
a otros corrige con castigos, a mí me quiere reducir a fuerza de beneficios.
Especial favor de que conozco ser su deudora, como de otros infinitos de su
inmensa bondad; pero también especial modo de avergonzarme y confundirme: que
es más primoroso medio de castigar hacer que yo misma, con mi conocimiento,
sea el juez que me sentencie y condene mi ingratitud. Y así, cuando esto considero
acá a mis solas, suelo decir: Bendito seáis vos, Señor, que no sólo no quisisteis
en manos de otra criatura el juzgarme, y que ni aun en la mía lo pusisteis,
sino que lo reservasteis a la vuestra, y me librasteis a mí de mí y de la sentencia
que yo misma me daría -que, forzada de mi propio conocimiento, no pudiera ser
menos que de condenación-, y vos la reservasteis a vuestra misericordia, porque
me amáis más de lo que yo me puedo amar.
Perdonad, Señora mía, la digresión que me arrebató la fuerza de la verdad; y
si la he de confesar toda, también es buscar efugios para huir la dificultad
de responder, y casi me he determinado a dejarlo al silencio; pero como éste
es cosa negativa, aunque explica mucho con el énfasis de no explicar, es necesario
ponerle algún breve rótulo para que se entienda lo que se pretende que el silencio
diga; y si no, dirá nada el silencio, porque ése es su propio oficio: decir
nada. Fue arrebatado el Sagrado Vaso de Elección al tercer Cielo, y habiendo
visto los arcanos secretos de Dios dice: Audivit arcana Dei, quae no licet homini
loqui. No dice lo que vio, pero dice que no lo puede decir; de manera que aquellas
cosas que no se pueden decir, es menester decir siquiera que no se pueden decir,
para que se entienda que el callar no es no haber qué decir, sino no caber en
las voces lo mucho que hay que decir. Dice San Juan que si hubiera de escribir
todas las maravillas que obró nuestro Redentor, no cupieran en todo el mundo
los libros; y dice Vieyra, sobre este lugar, que en sola esta cláusula dijo
más el Evangelista que en todo cuanto escribió; y dice muy bien el Fénix Lusitano
(pero ¿cuándo no dice bien, aun cuando no dice bien?), porque aquí dice San
Juan todo lo que dejó de decir y expresó lo que dejó de expresar. Así, yo, Señora
mía, sólo responderé que no sé qué responder; sólo agradeceré diciendo que no
soy capaz de agradeceros; y diré, por breve rótulo de lo que dejo al silencio,
que sólo con la confianza de favorecida y con los valimientos de honrada, me
puedo atrever a hablar con vuestra grandeza. Si fuere necedad, perdonadla, pues
es alhaja de la dicha, y en ella ministraré yo más materia a vuestra benignidad
y vos daréis mayor forma a mi reconocimiento.
No se hallaba digno Moisés, por balbuciente, para hablar con Faraón, y, después,
el verse tan favorecido de Dios, le infunde tales alientos, que no sólo habla
con el mismo Dios, sino que se atreve a pedirle imposibles: Ostende mihi faciem
tuam. Pues así yo, Señora mía, ya no me parecen imposibles los que puse al principio,
a vista de lo que me favorecéis; porque quien hizo imprimir la Carta tan sin
noticia mía, quien la intituló, quien la costeó, quien la honró tanto (siendo
de todo indigna por sí y por su autora), ¿qué no hará?, ¿qué no perdonará?,
¿qué dejará de hacer y qué dejará de perdonar? Y así, debajo del supuesto de
que hablo con el salvoconducto de vuestros favores y debajo del seguro de vuestra
benignidad, y de que me habéis, como otro Asuero, dado a besar la punta del
cetro de oro de vuestro cariño en señal de concederme benévola licencia para
hablar y proponer en vuestra venerable presencia, digo que recibo en mi alma
vuestra santísima amonestación de aplicar el estudio a Libros Sagrados, que
aunque viene en traje de consejo, tendrá para mí sustancia de precepto; con
no pequeño consuelo de que aun antes parece que prevenía mi obediencia vuestra
pastoral insinuación, como a vuestra dirección, inferido del asunto y pruebas
de la misma Carta. Bien conozco que no cae sobre ella vuestra cuerdísima advertencia,
sino sobre lo mucho que habréis visto de asuntos humanos que he escrito; y así,
lo que he dicho no es más que satisfaceros con ella a la falta de aplicación
que habréis inferido (con mucha razón) de otros escritos míos. Y hablando con
más especialidad os confieso, con la ingenuidad que ante vos es debida y con
la verdad y claridad que en mí siempre es natural y costumbre, que el no haber
escrito mucho de asuntos sagrados no ha sido desafición, ni de aplicación la
falta, sino sobra de temor y reverencia debida a aquellas Sagradas Letras, para
cuya inteligencia yo me conozco tan incapaz y para cuyo manejo soy tan indigna;
resonándome siempre en los oídos, con no pequeño horror, aquella amenaza y prohibición
del Señor a los pecadores como yo: Quare tu enarras iustitias meas, et assumis
testamentum meum per os tuum? Esta pregunta y el ver que aún a los varones doctos
se prohibía el leer los Cantares hasta que pasaban de treinta años, y aún el
Génesis: éste por su oscuridad, y aquellos porque de la dulzura de aquellos
epitalamios no tomase ocasión la imprudente juventud de mudar el sentido en
carnales afectos. Compruébalo mi gran Padre San Jerónimo, mandando que sea esto
lo último que se estudie, por la misma razón: Ad ultimum sine periculo discat
Canticum Canticorum, ne si in exordio legerit, sub carnalibus verbis spiritualium
nuptiarum Epithalamium non intelligens, vulneretur; y Séneca dice: Teneris in
annis haut clara est fides. Pues ¿cómo me atreviera yo a tomarlo en mis indignas
manos, repugnándolo el sexo, la edad y sobre todo las costumbres? Y así confieso
que muchas veces este temor me ha quitado la pluma de la mano y ha hecho retroceder
los asuntos hacia el mismo entendimiento de quien querían brotar; el cual inconveniente
no topaba en los asuntos profanos, pues una herejía contra el arte no la castiga
el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura; y ésta,
iusta vel iniusta, timenda non est, pues deja comulgar y oír misa, por lo cual
me da poco o ningún cuidado; porque, según la misma decisión de los que lo calumnian,
ni tengo obligación para saber ni aptitud para acertar; luego, si lo yerro,
ni es culpa ni es descrédito. No es culpa, porque no tengo obligación; no es
descrédito, pues no tengo posibilidad de acertar, y ad impossibilia nemo tenetur.
Y, a la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada y sólo por dar
gusto a otros; no sólo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque
nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación
de quien escribe; y así, es la ordinaria respuesta a los que me instan, y más
si es asunto sagrado: ¿Qué entendimiento tengo yo, qué estudio, qué materiales,
ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso
para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy
ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina
inteligencia de algún lugar. Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar
(que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro
menos. Así lo respondo y así lo siento.
El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; que les pudiera
decir con verdad: Vos me coegistis. Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno
porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho
Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la
primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras,
que ni ajenas reprensiones -que he tenido muchas-, ni propias reflejas -que
he hecho no pocas-, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que
Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido
que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar
su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aun hay quien diga
que daña. Sabe también Su Majestad que no consiguiendo esto, he intentado sepultar
con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele sólo a quien me le dio; y que
no otro motivo me entró en religión, no obstante que al desembarazo y quietud
que pedía mi estudiosa intención eran repugnantes los ejercicios y compañía
de una comunidad; y después, en ella, sabe el Señor, y lo sabe en el mundo quien
sólo lo debió saber, lo que intenté en orden a esconder mi nombre, y que no
me lo permitió, diciendo que era tentación; y sí sería. Si yo pudiera pagaros
algo de lo que os debo, Señora mía, creo que sólo os pagara en contaros esto,
pues no ha salido de mi boca jamás, excepto para quien debió salir. Pero quiero
que con haberos franqueado de par en par las puertas de mi corazón, haciéndoos
patentes sus más sellados secretos, conozcáis que no desdice de mi confianza
lo que debo a vuestra venerable persona y excesivos favores.
Prosiguiendo en la narración de mi inclinación, de que os quiero dar entera
noticia, digo que no había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando
mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de
las que llaman Amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo
que la daban lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que
engañando, a mi parecer, a la maestra, la dije que mi madre ordenaba me diese
lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; pero, por complacer al donaire,
me la dio. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas,
porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya
sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto
por entero y recibir el galardón por junto; y yo lo callé, creyendo que me azotarían
por haberlo hecho sin orden. Aún vive la que me enseñó (Dios la guarde), y puede
testificarlo.
Acuérdome que en estos tiempos, siendo mi golosina la que es ordinaria en aquella
edad, me abstenía de comer queso, porque oí decir que hacía rudos, y podía conmigo
más el deseo de saber que el de comer, siendo éste tan poderoso en los niños.
Teniendo yo después como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con
todas las otras habilidades de labores y costuras que aprenden las mujeres,
oí decir que había Universidad y Escuelas en que se estudiaban las ciencias,
en Méjico; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con instantes e importunos
ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, en casa de unos deudos
que tenía, para estudiar y cursar la Universidad; ella no lo quiso hacer, e
hizo muy bien, pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía
mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones a estorbarlo; de manera
que cuando vine a Méjico, se admiraban, no tanto del ingenio, cuanto de la memoria
y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para
aprender a hablar.
Empecé a aprender gramática, en que creo no llegaron a veinte las lecciones
que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres -y
más en tan florida juventud- es tan apreciable el adorno natural del cabello,
yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes,
e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal
o tal cosa que me había propuesto aprender en tanto que crecía, me lo había
de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía y yo no sabía
lo propuesto, porque el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio, y con efecto
le cortaba en pena de la rudeza: que no me parecía razón que estuviese vestida
de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible
adorno. Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de
las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con
todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado
y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de
mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y
sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer
vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad
de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis
libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinación, hasta que alumbrándome
personas doctas de que era tentación, la vencí con el favor divino, y tomé el
estado que tan indignamente tengo. Pensé yo que huía de mí misma, pero ¡miserable
de mí! trájeme a mí conmigo y traje mi mayor enemigo en esta inclinación, que
no sé determinar si por prenda o castigo me dio el Cielo, pues de apagarse o
embarazarse con tanto ejercicio que la religión tiene, reventaba como pólvora,
y se verificaba en mí el privatio est causa appetitus.
Volví (mal dije, pues nunca cesé); proseguí, digo, a la estudiosa tarea (que
para mí era descanso en todos los ratos que sobraban a mi obligación) de leer
y más leer, de estudiar y más estudiar, sin más maestro que los mismos libros.
Ya se ve cuán duro es estudiar en aquellos caracteres sin alma, careciendo de
la voz viva y explicación del maestro; pues todo este trabajo sufría yo muy
gustosa por amor de las letras. ¡Oh, si hubiese sido por amor de Dios, que era
lo acertado, cuánto hubiera merecido! Bien que yo procuraba elevarlo cuanto
podía y dirigirlo a su servicio, porque el fin a que aspiraba era a estudiar
Teología, pareciéndome menguada inhabilidad, siendo católica, no saber todo
lo que en esta vida se puede alcanzar, por medios naturales, de los divinos
misterios; y que siendo monja y no seglar, debía, por el estado eclesiástico,
profesar letras; y más siendo hija de un San Jerónimo y de una Santa Paula,
que era degenerar de tan doctos padres ser idiota la hija. Esto me proponía
yo de mí misma y me parecía razón; si no es que era (y eso es lo más cierto)
lisonjear y aplaudir a mi propia inclinación, proponiéndola como obligatorio
su propio gusto.
Con esto proseguí, dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio
a la cumbre de la Sagrada Teología; pareciéndome preciso, para llegar a ella,
subir por los escalones de las ciencias y artes humanas; porque ¿cómo entenderá
el estilo de la Reina de las Ciencias quien aun no sabe el de las ancilas? ¿Cómo
sin Lógica sabría yo los métodos generales y particulares con que está escrita
la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin Retórica entendería sus figuras, tropos y locuciones?
¿Cómo sin Física, tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los animales
de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras
muchas que hay? ¿Cómo si el sanar Saúl al sonido del arpa de David fue virtud
y fuerza natural de la música, o sobrenatural que Dios quiso poner en David?
¿Cómo sin Aritmética se podrán entender tantos cómputos de años, de días, de
meses, de horas, de hebdómadas tan misteriosas como las de Daniel, y otras para
cuya inteligencia es necesario saber las naturalezas, concordancias y propiedades
de los números? ¿Cómo sin Geometría se podrán medir el Arca Santa del Testamento
y la Ciudad Santa de Jerusalén, cuyas misteriosas mensuras hacen un cubo con
todas sus dimensiones, y aquel repartimiento proporcional de todas sus partes
tan maravilloso? ¿Cómo sin Arquitectura, el gran Templo de Salomón, donde fue
el mismo Dios el artífice que dio la disposición y la traza, y el Sabio Rey
sólo fue sobrestante que la ejecutó; donde no había basa sin misterio, columna
sin símbolo, cornisa sin alusión, arquitrabe sin significado; y así de otras
sus partes, sin que el más mínimo filete estuviese sólo por el servicio y complemento
del Arte, sino simbolizando cosas mayores? ¿Cómo sin grande conocimiento de
reglas y partes de que consta la Historia se entenderán los libros historiales?
Aquellas recapitulaciones en que muchas veces se pospone en la narración lo
que en el hecho sucedió primero. ¿Cómo sin grande noticia de ambos Derechos
podrán entenderse los libros legales? ¿Cómo sin grande erudición tantas cosas
de historias profanas, de que hace mención la Sagrada Escritura; tantas costumbres
de gentiles, tantos ritos, tantas maneras de hablar? ¿Cómo sin muchas reglas
y lección de Santos Padres se podrá entender la oscura locución de los Profetas?
Pues sin ser muy perito en la Música, ¿cómo se entenderán aquellas proporciones
musicales y sus primores que hay en tantos lugares, especialmente en aquellas
peticiones que hizo a Dios Abraham, por las Ciudades, de que si perdonaría habiendo
cincuenta justos, y de este número bajó a cuarenta y cinco, que es sesquinona
y es como de mi a re; de aquí a cuarenta, que es sesquioctava y es como de re
a mi; de aquí a treinta, que es sesquitercia, que es la del diatesarón; de aquí
a veinte, que es la proporción sesquiáltera, que es la del diapente; de aquí
a diez, que es la dupla, que es el diapasón; y como no hay más proporciones
armónicas no pasó de ahí? Pues ¿cómo se podrá entender esto sin Música? Allá
en el Libro de Job le dice Dios: Numquid coniungere valebis micantes stellas
Pleiadas, aut gyrum Arcturi poteris dissipare? Numquid producis Luciferum in
tempore suo, et Vesperum super filios terrae consurgere facis?, cuyos términos,
sin noticia de Astrología, será imposible entender. Y no sólo estas nobles ciencias;
pero no hay arte mecánica que no se mencione. Y en fin, cómo el Libro que comprende
todos los libros, y la Ciencia en que se incluyen todas las ciencias, para cuya
inteligencia todas sirven; y después de saberlas todas (que ya se ve que no
es fácil, ni aun posible) pide otra circunstancia más que todo lo dicho, que
es una continua oración y pureza de vida, para impetrar de Dios aquella purgación
de ánimo e iluminación de mente que es menester para la inteligencia de cosas
tan altas; y si esto falta, nada sirve de lo demás.
Del Angélico Doctor Santo Tomás dice la Iglesia estas palabras: In difficultatibus
locorum Sacrae Scripturae ad orationem ieiunium adhibebat. Quin etiam sodali suo Fratri Reginaldo dicere solebat,
quidquid sciret, non tam studio, aut labore suo peperisse, quam divinitus traditum
accepisse. Pues yo, tan distante de la virtud
y las letras, ¿cómo había de tener ánimo para escribir? Y así por tener algunos
principios granjeados, estudiaba continuamente diversas cosas, sin tener para
alguna particular inclinación, sino para todas en general; por lo cual, el haber
estudiado en unas más que en otras, no ha sido en mí elección, sino que el acaso
de haber topado más a mano libros de aquellas facultades les ha dado, sin arbitrio
mío, la preferencia. Y como no tenía interés que me moviese, ni límite de tiempo
que me estrechase el continuado estudio de una cosa por la necesidad de los
grados, casi a un tiempo estudiaba diversas cosas o dejaba unas por otras; bien
que en eso observaba orden, porque a unas llamaba estudio y a otras diversión;
y en éstas descansaba de las otras: de donde se sigue que he estudiado muchas
cosas y nada sé, porque las unas han embarazado a las otras. Es verdad que esto
digo de la parte práctica en las que la tienen, porque claro está que mientras
se mueve la pluma descansa el compás y mientras se toca el arpa sosiega el órgano,
et sic de caeteris; porque como es menester mucho uso corporal para adquirir
hábito, nunca le puede tener perfecto quien se reparte en varios ejercicios;
pero en lo formal y especulativo sucede al contrario, y quisiera yo persuadir
a todos con mi experiencia a que no sólo no estorban, pero se ayudan dando luz
y abriendo camino las unas para las otras, por variaciones y ocultos engarces
-que para esta cadena universal les puso la sabiduría de su Autor-, de manera
que parece se corresponden y están unidas con admirable trabazón y concierto.
Es la cadena que fingieron los antiguos que salía de la boca de Júpiter, de
donde pendían todas las cosas eslabonadas unas con otras. Así lo demuestra el
R. P. Atanasio Quirqueiro en su curioso libro De Magnete. Todas las cosas salen
de Dios, que es el centro a un tiempo y la circunferencia de donde salen y donde
paran todas las líneas criadas.
Yo
de mí puedo asegurar que lo que no entiendo en un autor de una facultad, lo
suelo entender en otro de otra que parece muy distante; y esos propios, al explicarse,
abren ejemplos metafóricos de otras artes: como cuando dicen los lógicos que
el medio se ha con los términos como se ha una medida con dos cuerpos distantes,
para conferir si son iguales o no; y que la oración del lógico anda como la
línea recta, por el camino más breve, y la del retórico se mueve, como la corva,
por el más largo, pero van a un mismo punto los dos; y cuando dicen que los
expositores son como la mano abierta y los escolásticos como el puño cerrado.
Y así no es disculpa, ni por tal la doy, el haber estudiado diversas cosas,
pues éstas antes se ayudan, sino que el no haber aprovechado ha sido ineptitud
mía y debilidad de mi entendimiento, no culpa de la variedad. Lo que sí pudiera
ser descargo mío es el sumo trabajo no sólo en carecer de maestro, sino de condiscípulos
con quienes conferir y ejercitar lo estudiado, teniendo sólo por maestro un
libro mudo, por condiscípulo un tintero insensible; y en vez de explicación
y ejercicio muchos estorbos, no sólo los de mis religiosas obligaciones (que
éstas ya se sabe cuán útil y provechosamente gastan el tiempo) sino de aquellas
cosas accesorias de una comunidad: como estar yo leyendo y antojárseles en la
celda vecina tocar y cantar; estar yo estudiando y pelear dos criadas y venirme
a constituir juez de su pendencia; estar yo escribiendo y venir una amiga a
visitarme, haciéndome muy mala obra con muy buena voluntad, donde es preciso
no sólo admitir el embarazo, pero quedar agradecida del perjuicio. Y esto es
continuamente, porque como los ratos que destino a mi estudio son los que sobran
de lo regular de la comunidad, esos mismos les sobran a las otras para venirme
a estorbar; y sólo saben cuánta verdad es ésta los que tienen experiencia de
vida común, donde sólo la fuerza de la vocación puede hacer que mi natural esté
gustoso, y el mucho amor que hay entre mí y mis amadas hermanas, que como el
amor es unión, no hay para él extremos distantes.
En esto sí confieso que ha sido inexplicable mi trabajo; y así no puedo decir
lo que con envidia oigo a otros: que no les ha costado afán el saber. ¡Dichosos
ellos! A mí, no el saber (que aún no sé), sólo el desear saber me le ha costado
tan grande que pudiera decir con mi Padre San Jerónimo (aunque no con su aprovechamiento):
Quid ibi laboris insumpserim, quid sustinuerim difficultatis, quoties desperaverim,
quotiesque cessaverim et contentione discendi rursus inceperim; testis est conscientia,
tam mea, qui passus sum, quam eorum qui mecum duxerunt vitam. Menos los compañeros
y testigos (que aun de ese alivio he carecido), lo demás bien puedo asegurar
con verdad. ¡Y que haya sido tal esta mi negra inclinación, que todo lo haya
vencido!
Solía sucederme que, como entre otros beneficios, debo a Dios un natural tan
blando y tan afable y las religiosas me aman mucho por él (sin reparar, como
buenas, en mis faltas) y con esto gustan mucho de mi compañía, conociendo esto
y movida del grande amor que las tengo, con mayor motivo que ellas a mí, gusto
más de la suya: así, me solía ir los ratos que a unas y a otras nos sobraban,
a consolarlas y recrearme con su conversación. Reparé que en este tiempo hacía
falta a mi estudio, y hacía voto de no entrar en celda alguna si no me obligase
a ello la obediencia o la caridad: porque, sin este freno tan duro, al de sólo
propósito le rompiera el amor; y este voto (conociendo mi fragilidad) le hacía
por un mes o por quince días; y dando cuando se cumplía, un día o dos de treguas,
lo volvía a renovar, sirviendo este día, no tanto a mi descanso (pues nunca
lo ha sido para mí el no estudiar) cuanto a que no me tuviesen por áspera, retirada
e ingrata al no merecido cariño de mis carísimas hermanas.
Bien se deja en esto conocer cuál es la fuerza de mi inclinación. Bendito sea
Dios que quiso fuese hacia las letras y no hacia otro vicio, que fuera en mí
casi insuperable; y bien se infiere también cuán contra la corriente han navegado
(o por mejor decir, han naufragado) mis pobres estudios. Pues aún falta por
referir lo más arduo de las dificultades; que las de hasta aquí sólo han sido
estorbos obligatorios y casuales, que indirectamente lo son; y faltan los positivos
que directamente han tirado a estorbar y prohibir el ejercicio. ¿Quién no creerá,
viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en leche,
sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que no ha sido
muy así, porque entre las flores de esas mismas aclamaciones se han levantado
y despertado tales áspides de emulaciones y persecuciones, cuantas no podré
contar, y los que más nocivos y sensibles para mí han sido, no son aquéllos
que con declarado odio y malevolencia me han perseguido, sino los que amándome
y deseando mi bien (y por ventura, mereciendo mucho con Dios por la buena intención),
me han mortificado y atormentado más que los otros, con aquel: No conviene a
la santa ignorancia que deben, este estudio; se ha de perder, se ha de desvanecer
en tanta altura con su misma perspicacia y agudeza. ¿Qué me habrá costado resistir
esto? ¡Rara especie de martirio donde yo era el mártir y me era el verdugo!
Pues por la -en mí dos veces infeliz- habilidad de hacer versos, aunque fuesen
sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado o cuáles no me han dejado de dar?
Cierto, señora mía, que algunas veces me pongo a considerar que el que se señala
-o le señala Dios, que es quien sólo lo puede hacer- es recibido como enemigo
común, porque parece a algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen o que
hace estanque de las admiraciones a que aspiraban, y así le persiguen.
Aquella ley políticamente bárbara de Atenas, por la cual salía desterrado de
su república el que se señalaba en prendas y virtudes porque no tiranizase con
ellas la libertad pública, todavía dura, todavía se observa en nuestros tiempos,
aunque no hay ya aquel motivo de los atenienses; pero hay otro, no menos eficaz
aunque no tan bien fundado, pues parece máxima del impío Maquiavelo: que es
aborrecer al que se señala porque desluce a otros. Así sucede y así sucedió
siempre.
Y si no, ¿cuál fue la causa de aquel rabioso odio de los fariseos contra Cristo,
habiendo tantas razones para lo contrario? Porque si miramos su presencia, ¿cuál
prenda más amable que aquella divina hermosura? ¿Cuál más poderosa para arrebatar
los corazones? Si cualquiera belleza humana tiene jurisdicción sobre los albedríos
y con blanda y apetecida violencia los sabe sujetar, ¿qué haría aquélla con
tantas prerrogativas y dotes soberanos? ¿Qué haría, qué movería y qué no haría
y qué no movería aquella incomprensible beldad, por cuyo hermoso rostro, como
por un terso cristal, se estaban transparentando los rayos de la Divinidad?
¿Qué no movería aquel semblante, que sobre incomparables perfecciones en lo
humano, señalaba iluminaciones de divino? Si el de Moisés, de sólo la conversación
con Dios, era intolerable a la flaqueza de la vista humana, ¿qué sería el del
mismo Dios humanado? Pues si vamos a las demás prendas, ¿cuál más amable que
aquella celestial modestia, que aquella suavidad y blandura derramando misericordias
en todos sus movimientos, aquella profunda humildad y mansedumbre, aquellas
palabras de vida eterna y eterna sabiduría? Pues ¿cómo es posible que esto no
les arrebatara las almas, que no fuesen enamorados y elevados tras él?
Dice la Santa Madre y madre mía Teresa, que después que vio la hermosura de
Cristo quedó libre de poderse inclinar a criatura alguna, porque ninguna cosa
veía que no fuese fealdad, comparada con aquella hermosura. Pues ¿cómo en los
hombres hizo tan contrarios efectos? Y ya que como toscos y viles no tuvieran
conocimiento ni estimación de sus perfecciones, siquiera como interesables ¿no
les moviera sus propias conveniencias y utilidades en tantos beneficios como
les hacía, sanando los enfermos, resucitando los muertos, curando los endemoniados?
Pues ¿cómo no le amaban? ¡Ay Dios, que por eso mismo no le amaban, por eso mismo
le aborrecían! Así lo testificaron ellos mismos.
Júntanse en su concilio y dicen: Quid facimus, quia hic homo multa signa facit?
¿Hay tal causa? Si dijeran: éste es un malhechor, un transgresor de la ley,
un alborotador que con engaños alborota el pueblo, mintieran, como mintieron
cuando lo decían; pero eran causales más congruentes a lo que solicitaban, que
era quitarle la vida; mas dar por causal que hace cosas señaladas, no parece
de hombres doctos, cuales eran los fariseos. Pues así es, que cuando se apasionan
los hombres doctos prorrumpen en semejantes inconsecuencias. En verdad que sólo
por eso salió determinado que Cristo muriese. Hombres, si es que así se os puede
llamar, siendo tan brutos, ¿por qué es esa tan cruel determinación? No responden
más sino que multa signa facit. ¡Válgame Dios, que el hacer cosas señaladas
es causa para que uno muera! Haciendo reclamo este multa signa facit a aquel:
radix Iesse, qui stat in signum populorum, y al otro: in signum cui contradicetur.
¿Por signo? ¡Pues muera! ¿Señalado? ¡Pues padezca, que eso es el premio de quien
se señala!
Suelen en la eminencia de los templos colocarse por adorno unas figuras de los
Vientos y de la Fama, y por defenderlas de las aves, las llenan todas de púas;
defensa parece y no es sino propiedad forzosa: no puede estar sin púas que la
puncen quien está en alto. Allí está la ojeriza del aire; allí es el rigor de
los elementos; allí despican la cólera los rayos; allí es el blanco de piedras
y flechas. ¡Oh infeliz altura, expuesta a tantos riesgos! ¡Oh signo que te ponen
por blanco de la envidia y por objeto de la contradicción! Cualquiera eminencia,
ya sea de dignidad, ya de nobleza, ya de riqueza, ya de hermosura, ya de ciencia,
padece esta pensión; pero la que con más rigor la experimenta es la del entendimiento.
Lo primero, porque es el más indefenso, pues la riqueza y el poder castigan
a quien se les atreve, y el entendimiento no, pues mientras es mayor es más
modesto y sufrido y se defiende menos. Lo segundo es porque, como dijo doctamente
Gracián, las ventajas en el entendimiento lo son en el ser. No por otra razón
es el ángel más que el hombre que porque entiende más; no es otro el exceso
que el hombre hace al bruto, sino solo entender; y así como ninguno quiere ser
menos que otro, así ninguno confiesa que otro entiende más, porque es consecuencia
del ser más. Sufrirá uno y confesará que otro es más noble que él, que es más
rico, que es más hermoso y aun que es más docto; pero que es más entendido apenas
habrá quien lo confiese: Rarus est, qui velit cedere ingenio. Por eso es tan
eficaz la batería contra esta prenda.
Quiso
la misma Vida ir a dar la vida a Lázaro difunto; ignoraban los discípulos
el intento y le replicaron: Rabbi nunc quaerebant te Iudaei lapidare, et iterum
vadis illuc? Satisfizo el Redentor el temor: Nonne duodecim sunt horae diei?
Hasta aquí, parece que temían porque tenían el antecedente de quererle apedrear
porque les había reprendido llamándoles ladrones y no pastores de las ovejas.
Y así, temían que si iba a lo mismo (como las reprensiones, aunque sean tan
justas, suelen ser mal reconocidas), corriese peligro su vida; pero ya desengañados
y enterados de que va a dar vida a Lázaro, ¿cuál es la razón que pudo mover
a Tomás para que tomando aquí los alientos que en el huerto Pedro: Eamus et
nos, ut moriamur cum eo. ¿Qué dices, apóstol santo? A morir no va el Señor,
¿de qué es el recelo? Porque a lo que Cristo va no es a reprender, sino a hacer
una obra de piedad, y por esto no le pueden hacer mal. Los mismos judíos os
podían haber asegurado, pues cuando los reconvino, queriéndole apedrear: Multa
bona opera ostendi vobis ex Patre meo, propter quod eorum opus me lapidatis?,
le respondieron: De bono opere non lapidamus te, sed de blasphemia. Pues si
ellos dicen que no le quieren apedrear por las buenas obras y ahora va a hacer
una tan buena como dar la vida a Lázaro, ¿de qué es el recelo o por qué? ¿No
fuera mejor decir: Vamos a gozar el fruto del agradecimiento de la buena obra
que va a hacer nuestro Maestro; a verle aplaudir y rendir gracias al beneficio;
a ver las admiraciones que hacen del milagro? Y no decir, al parecer una cosa
tan fuera del caso como es: Eamus et nos, ut moriamur cum eo. Mas ¡ay! que el
Santo temió como discreto y habló como apóstol. ¿No va Cristo a hacer un milagro?
Pues ¿qué mayor peligro? Menos intolerable es para la soberbia oír las reprensiones,
que para la envidia ver los milagros. En todo lo dicho, venerable señora, no
quiero (ni tal desatino cupiera en mí) decir que me han perseguido por saber,
sino sólo porque he tenido amor a la sabiduría y a las letras, no porque haya
conseguido ni uno ni otro.
Hallábase
el Príncipe de los Apóstoles, en un tiempo, tan distante de la sabiduría como
pondera aquel enfático: Petrus vero sequebatur eum a longe; tan lejos de los
aplausos de docto quien tenía el título de indiscreto: Nesciens quid diceret;
y aun examinado del conocimiento de la sabiduría dijo él mismo que no había
alcanzado la menor noticia: Mulier, nescio quid dicis. Mulier,
non novi illum. Y
¿qué le sucede? Que teniendo estos créditos de ignorante, no tuvo la fortuna,
sí las aflicciones, de sabio. ¿Por qué? No se dio otra causal sino: Et hic cum
illo erat. Era afecto a la sabiduría, llevábale el corazón, andábase tras ella,
preciábase de seguidor y amoroso de la sabiduría; y aunque era tan a longe que
no le comprendía ni alcanzaba, bastó para incurrir sus tormentos. Ni faltó soldado
de fuera que no le afligiese, ni mujer doméstica que no le aquejase. Yo confieso
que me hallo muy distante de los términos de la sabiduría y que la he deseado
seguir, aunque a longe. Pero todo ha sido acercarme más al fuego de la persecución,
al crisol del tormento; y ha sido con tal extremo que han llegado a solicitar
que se me prohíba el estudio.
Una vez lo consiguieron una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el
estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos
tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en
cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo
pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las
cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina
universal. Nada veía sin refleja; nada oía sin consideración, aun en las cosas
más menudas y materiales; porque como no hay criatura, por baja que sea, en
que no se conozca el me fecit Deus, no hay alguna que no pasme el entendimiento,
si se considera como se debe. Así yo, vuelvo a decir, las miraba y admiraba
todas; de tal manera que de las mismas personas con quienes hablaba, y de lo
que me decían, me estaban resaltando mil consideraciones: ¿De dónde emanaría
aquella variedad de genios e ingenios, siendo todos de una especie? ¿Cuáles
serían los temperamentos y ocultas cualidades que lo ocasionaban? Si veía una
figura, estaba combinando la proporción de sus líneas y mediándola con el entendimiento
y reduciéndola a otras diferentes. Paseábame algunas veces en el testero de
un dormitorio nuestro (que es una pieza muy capaz) y estaba observando que siendo
las líneas de sus dos lados paralelas y su techo a nivel, la vista fingía que
sus líneas se inclinaban una a otra y que su techo estaba más bajo en lo distante
que en lo próximo: de donde infería que las líneas visuales corren rectas, pero
no paralelas, sino que van a formar una figura piramidal. Y discurría si sería
ésta la razón que obligó a los antiguos a dudar si el mundo era esférico o no.
Porque, aunque lo parece, podía ser engaño de la vista, demostrando concavidades
donde pudiera no haberlas.
Este modo de reparos en todo me sucedía y sucede siempre, sin tener yo arbitrio
en ello, que antes me suelo enfadar porque me cansa la cabeza; y yo creía que
a todos sucedía esto mismo y el hacer versos, hasta que la experiencia me ha
mostrado lo contrario; y es de tal manera esta naturaleza o costumbre, que nada
veo sin segunda consideración. Estaban en mi presencia dos niñas jugando con
un trompo, y apenas yo vi el movimiento y la figura, cuando empecé, con esta
mi locura, a considerar el fácil moto de la forma esférica, y cómo duraba el
impulso ya impreso e independiente de su causa, pues distante la mano de la
niña, que era la causa motiva, bailaba el trompillo; y no contenta con esto,
hice traer harina y cernerla para que, en bailando el trompo encima, se conociese
si eran círculos perfectos o no los que describía con su movimiento; y hallé
que no eran sino unas líneas espirales que iban perdiendo lo circular cuanto
se iba remitiendo el impulso. Jugaban otras a los alfileres (que es el más frívolo
juego que usa la puerilidad); yo me llegaba a contemplar las figuras que formaban;
y viendo que acaso se pusieron tres en triángulo, me ponía a enlazar uno en
otro, acordándome de que aquélla era la figura que dicen tenía el misterioso
anillo de Salomón, en que había unas lejanas luces y representaciones de la
Santísima Trinidad, en virtud de lo cual obraba tantos prodigios y maravillas;
y la misma que dicen tuvo el arpa de David, y que por eso sanaba Saúl a su sonido;
y casi la misma conservan las arpas en nuestros tiempos.
Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto
estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por
contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve
fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo
u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias,
que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos
no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera
noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora, ¿qué podemos
saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que
bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas:
Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito. Y prosiguiendo en
mi modo de cogitaciones, digo que esto es tan continuo en mí, que no necesito
de libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron
los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos
dañoso el concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones,
que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros
en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese; y más, Señora mía,
que ni aun el sueño se libró de este continuo movimiento de mi imaginativa;
antes suele obrar en él más libre y desembarazada, confiriendo con mayor claridad
y sosiego las especies que ha conservado del día, arguyendo, haciendo versos,
de que os pudiera hacer un catálogo muy grande, y de algunas razones y delgadezas
que he alcanzado dormida mejor que despierta, y las dejo por no cansaros, pues
basta lo dicho para que vuestra discreción y trascendencia penetre y se entere
perfectamente en todo mi natural y del principio, medios y estado de mis estudios.
Si éstos, Señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres),
no lo hubieran sido en mí, porque obro necesariamente. Si son culpa, por la
misma razón creo que no la he tenido; mas, con todo, vivo siempre tan desconfiada
de mí, que ni en esto ni en otra cosa me fío de mi juicio; y así remito la decisión
a ese soberano talento, sometiéndome luego a lo que sentenciare, sin contradición
ni repugnancia, pues esto no ha sido más de una simple narración de mi inclinación
a las letras.
Confieso también que con ser esto verdad tal que, como he dicho, no necesitaba
de ejemplares, con todo no me han dejado de ayudar los muchos que he leído,
así en divinas como en humanas letras. Porque veo a una Débora dando leyes,
así en lo militar como en lo político, y gobernando el pueblo donde había tantos
varones doctos. Veo una sapientísima reina de Sabá, tan docta que se atreve
a tentar con enigmas la sabiduría del mayor de los sabios, sin ser por ello
reprendida, antes por ello será juez de los incrédulos. Veo tantas y tan insignes
mujeres: unas adornadas del don de profecía, como una Abigaíl; otras de persuasión,
como Ester; otras, de piedad, como Rahab; otras de perseverancia, como Ana,
madre de Samuel; y otras infinitas, en otras especies de prendas y virtudes.
Si revuelvo a los gentiles, lo primero que encuentro es con las Sibilas, elegidas
de Dios para profetizar los principales misterios de nuestra Fe; y en tan doctos
y elegantes versos que suspenden la admiración. Veo adorar por diosa de las
ciencias a una mujer como Minerva, hija del primer Júpiter y maestra de toda
la sabiduría de Atenas. Veo una Pola Argentaria, que ayudó a Lucano, su marido,
a escribir la gran Batalla Farsálica. Veo a la hija del divino Tiresias, más
docta que su padre. Veo a una Cenobia, reina de los Palmirenos, tan sabia como
valerosa. A una Arete, hija de Aristipo, doctísima. A una Nicostrata, inventora
de las letras latinas y eruditísima en las griegas. A una Aspasia Milesia que
enseñó filosofía y retórica y fue maestra del filósofo Pericles. A una Hipasia
que enseñó astrología y leyó mucho tiempo en Alejandría. A una Leoncia, griega,
que escribió contra el filósofo Teofrasto y le convenció. A una Jucia, a una
Corina, a una Cornelia; y en fin a toda la gran turba de las que merecieron
nombres, ya de griegas, ya de musas, ya de pitonisas; pues todas no fueron más
que mujeres doctas, tenidas y celebradas y también veneradas de la antigüedad
por tales. Sin otras infinitas, de que están los libros llenos, pues veo aquella
egipcíaca Catarina, leyendo y convenciendo todas las sabidurías de los sabios
de Egipto. Veo una Gertrudis leer, escribir y enseñar. Y para no buscar ejemplos
fuera de casa, veo una santísima madre mía, Paula, docta en las lenguas hebrea,
griega y latina y aptísima para interpretar las Escrituras. ¿Y qué más que siendo
su cronista un Máximo Jerónimo, apenas se hallaba el Santo digno de serlo, pues
con aquella viva ponderación y enérgica eficacia con que sabe explicarse dice:
Si todos los miembros de mi cuerpo fuesen lenguas, no bastarían a publicar la
sabiduría y virtud de Paula. Las mismas alabanzas le mereció Blesila, viuda;
y las mismas la esclarecida virgen Eustoquio, hijas ambas de la misma Santa;
y la segunda, tal, que por su ciencia era llamada Prodigio del Mundo. Fabiola,
romana, fue también doctísima en la Sagrada Escritura. Proba Falconia, mujer
romana, escribió un elegante libro con centones de Virgilio, de los misterios
de Nuestra Santa Fe. Nuestra reina Doña Isabel, mujer del décimo Alfonso, es
corriente que escribió de astrología. Sin otras que omito por no trasladar lo
que otros han dicho (que es vicio que siempre he abominado), pues en nuestros
tiempos está floreciendo la gran Cristina Alejandra, Reina de Suecia, tan docta
como valerosa y magnánima, y las Excelentísimas señoras Duquesa de Aveyro y
Condesa de Villaumbrosa.
El venerable Doctor Arce (digno profesor de Escritura por su virtud y letras),
en su Studioso Bibliorum excita esta cuestión: An liceat foeminis sacrorum Bibliorum
studio incumbere? eaque interpretari? Y trae por la parte contraria muchas sentencias
de santos, en especial aquello del Apóstol: Mulieres in Ecclesiis taceant, non
enim permittitur eis loqui, etc. Trae después otras sentencias, y del mismo
Apóstol aquel lugar ad Titum: Anus similiter in habitu sancto, bene docentes,
con interpretaciones de los Santos Padres; y al fin resuelve, con su prudencia,
que el leer públicamente en las cátedras y predicar en los púlpitos, no es lícito
a las mujeres; pero que el estudiar, escribir y enseñar privadamente, no sólo
les es lícito, pero muy provechoso y útil; claro está que esto no se debe entender
con todas, sino con aquellas a quienes hubiere Dios dotado de especial virtud
y prudencia y que fueren muy provectas y eruditas y tuvieren el talento y requisitos
necesarios para tan sagrado empleo. Y esto es tan justo que no sólo a las mujeres,
que por tan ineptas están tenidas, sino a los hombres, que con sólo serlo piensan
que son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras,
en no siendo muy doctos y virtuosos y de ingenios dóciles y bien inclinados;
porque de lo contrario creo yo que han salido tantos sectarios y que ha sido
la raíz de tantas herejías; porque hay muchos que estudian para ignorar, especialmente
los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios, amigos de novedades
en la Ley (que es quien las rehusa); y así hasta que por decir lo que nadie
ha dicho dicen una herejía, no están contentos. De éstos dice el Espíritu Santo:
In malevolam animam non introibit sapientia. A éstos, más daño les hace el saber
que les hiciera el ignorar. Dijo un discreto que no es necio entero el que no
sabe latín, pero el que lo sabe está calificado. Y añado yo que le perfecciona
(si es perfección la necedad) el haber estudiado su poco de filosofía y teología
y el tener alguna noticia de lenguas, que con eso es necio en muchas ciencias
y lenguas: porque un necio grande no cabe en sólo la lengua materna.
A éstos, vuelvo a decir, hace daño el estudiar, porque es poner espada en manos
del furioso; que siendo instrumento nobilísimo para la defensa, en sus manos
es muerte suya y de muchos. Tales fueron las Divinas Letras en poder del malvado
Pelagio y del protervo Arrio, del malvado Lutero y de los demás heresiarcas,
como lo fue nuestro Doctor (nunca fue nuestro ni doctor) Cazalla; a los cuales
hizo daño la sabiduría porque, aunque es el mejor alimento y vida del alma,
a la manera que en el estómago mal acomplexionado y de viciado calor, mientras
mejores los alimentos que recibe, más áridos, fermentados y perversos son los
humores que cría, así estos malévolos, mientras más estudian, peores opiniones
engendran; obstrúyeseles el entendimiento con lo mismo que había de alimentarse,
y es que estudian mucho y digieren poco, sin proporcionarse al vaso limitado
de sus entendimientos. A esto dice el Apóstol: Dico enim per gratiam quae data
est mihi, omnibus qui sunt inter vos: Non plus sapere quam oportet sapere, sed
sapere ad sobrietatem: et unicuique sicut Deus divisit mensuram fidei. Y en
verdad no lo dijo el Apóstol a las mujeres, sino a los hombres; y que no es
sólo para ellas el taceant, sino para todos los que no fueren muy aptos. Querer
yo saber tanto o más que Aristóteles o que San Agustín, si no tengo la aptitud
de San Agustín o de Aristóteles, aunque estudie más que los dos, no sólo no
lo conseguiré sino que debilitaré y entorpeceré la operación de mi flaco entendimiento
con la desproporción del objeto.
¡Oh si todos -y yo la primera, que soy una ignorante- nos tomásemos la medida
al talento antes de estudiar, y lo peor es, de escribir con ambiciosa codicia
de igualar y aun de exceder a otros, qué poco ánimo nos quedara y de cuántos
errores nos excusáramos y cuántas torcidas inteligencias que andan por ahí no
anduvieran! Y pongo las mías en primer lugar, pues si conociera, como debo,
esto mismo no escribiera. Y protesto que sólo lo hago por obedeceros; con tanto
recelo, que me debéis más en tomar la pluma con este temor, que me debiérades
si os remitiera más perfectas obras. Pero, bien que va a vuestra corrección;
borradlo, rompedlo y reprendedme, que eso apreciaré yo más que todo cuanto vano
aplauso me pueden otros dar: Corripiet me iustus in misericordia, et increpabit:
oleum autem peccatoris non impinguet caput meum.
Y volviendo a nuestro Arce, digo que trae en confirmación de su sentir aquellas
palabras de mi Padre San Jerónimo ad Laetam, de institutione filiae, donde dice:
Adhuc tenera lingua psalmis dulcibus imbuatur. Ipsa nomina per quae consuescit
paulatim verba contexere; non sint fortuita, sed certa, et coacervata de industria.
Prophetarum videlicet, atque Apostolorum, et omnis ab Adam Patriarcharum series,
de Matthaeo, Lucaque descendat, ut dum aliud agit, futurae memoriae praeparetur.
Reddat tibi pensum quotidie, de Scripturarum floribus carptum. Pues si así quería
el Santo que se educase una niña que apenas empezaba a hablar, ¿qué querrá en
sus monjas y en sus hijas espirituales? Bien se conoce en las referidas Eustoquio
y Fabiola y en Marcela, su hermana Pacátula y otras a quienes el Santo honra
en sus epístolas, exhortándolas a este sagrado ejercicio, como se conoce en
la citada epístola donde noté yo aquel reddat tibi pensum, que es reclamo y
concordante del bene docentes de San Pablo; pues el reddat tibi de mi gran Padre
da a entender que la maestra de la niña ha de ser la misma Leta su madre.
¡Oh cuántos daños se excusaran en nuestra república si las ancianas fueran doctas
como Leta, y que supieran enseñar como manda San Pablo y mi Padre San Jerónimo!
Y no que por defecto de esto y la suma flojedad en que han dado en dejar a las
pobres mujeres, si algunos padres desean doctrinar más de lo ordinario a sus
hijas, les fuerza la necesidad y falta de ancianas sabias, a llevar maestros
hombres a enseñar a leer, escribir y contar, a tocar y otras habilidades, de
que no pocos daños resultan, como se experimentan cada día en lastimosos ejemplos
de desiguales consorcios, porque con la inmediación del trato y la comunicación
del tiempo, suele hacerse fácil lo que no se pensó ser posible. Por lo cual,
muchos quieren más dejar bárbaras e incultas a sus hijas que no exponerlas a
tan notorio peligro como la familiaridad con los hombres, lo cual se excusara
si hubiera ancianas doctas, como quiere San Pablo, y de unas en otras fuese
sucediendo el magisterio como sucede en el de hacer labores y lo demás que es
costumbre.
Porque ¿qué inconveniente tiene que una mujer anciana, docta en letras y de
santa conversación y costumbres, tuviese a su cargo la educación de las doncellas?
Y no que éstas o se pierden por falta de doctrina o por querérsela aplicar por
tan peligrosos medios cuales son los maestros hombres, que cuando no hubiera
más riesgo que la indecencia de sentarse al lado de una mujer verecunda (que
aun se sonrosea de que la mire a la cara su propio padre) un hombre tan extraño,
a tratarla con casera familiaridad y a tratarla con magistral llaneza, el pudor
del trato con los hombres y de su conversación basta para que no se permitiese.
Y no hallo yo que este modo de enseñar de hombres a mujeres pueda ser sin peligro,
si no es en el severo tribunal de un confesonario o en la distante docencia
de los púlpitos o en el remoto conocimiento de los libros, pero no en el manoseo
de la inmediación. Y todos conocen que esto es verdad; y con todo, se permite
sólo por el defecto de no haber ancianas sabias; luego es grande daño el no
haberlas. Esto debían considerar los que atados al Mulieres in Ecclesia taceant,
blasfeman de que las mujeres sepan y enseñen; como que no fuera el mismo Apóstol
el que dijo: bene docentes. Demás de que aquella prohibición cayó sobre lo historial
que refiere Eusebio, y es que en la Iglesia primitiva se ponían las mujeres
a enseñar las doctrinas unas a otras en los templos; y este rumor confundía
cuando predicaban los apóstoles y por eso se les mandó callar; como ahora sucede,
que mientras predica el predicador no se reza en alta voz.
No hay duda de que para inteligencia de muchos lugares es menester mucha historia,
costumbres, ceremonias, proverbios y aun maneras de hablar de aquellos tiempos
en que se escribieron, para saber sobre qué caen y a qué aluden algunas locuciones
de las divinas letras. Scindite corda vestra, et non vestimenta vestra, ¿no
es alusión a la ceremonia que tenían los hebreos de rasgar los vestidos, en
señal de dolor, como lo hizo el mal pontífice cuando dijo que Cristo había blasfemado?
Muchos lugares del Apóstol sobre el socorro de las viudas ¿no miraban también
a las costumbres de aquellos tiempos? Aquel lugar de la mujer fuerte: Nobilis
in portis vir eius ¿no alude a la costumbre de estar los tribunales de los jueces
en las puertas de las ciudades? El dare terram Deo ¿no significaba hacer algún
voto? Hiemantes ¿no se llamaban los pecadores públicos, porque hacían penitencia
a cielo abierto, a diferencia de los otros que la hacían en un portal? Aquella
queja de Cristo al fariseo de la falta del ósculo y lavatorio de pies ¿no se
fundó en la costumbre que de hacer estas cosas tenían los judíos? Y otros infinitos
lugares no sólo de las letras divinas sino también de las humanas, que se topan
a cada paso, como el adorate purpuram, que significaba obedecer al rey; el manumittere
eum, que significa dar libertad, aludiendo a la costumbre y ceremonia de dar
una bofetada al esclavo para darle libertad. Aquel intonuit coelum, de Virgilio,
que alude al agüero de tronar hacia occidente, que se tenía por bueno. Aquel
tu nunquam leporem edisti, de Marcial, que no sólo tiene el donaire de equívoco
en el leporem, sino la alusión a la propiedad que decían tener la liebre. Aquel
proverbio: Maleam legens, quae sunt domi obliviscere, que alude al gran peligro
del promontorio de Laconia. Aquella respuesta de la casta matrona al pretensor
molesto, de: por mí no se untarán los quicios, ni arderán las teas, para decir
que no quería casarse, aludiendo a la ceremonia de untar las puertas con manteca
y encender las teas nupciales en los matrimonios; como si ahora dijéramos: por
mí no se gastarán arras ni echará bendiciones el cura. Y así hay tanto comento
de Virgilio y de Homero y de todos los poetas y oradores. Pues fuera de esto,
¿qué dificultades no se hallan en los lugares sagrados, aun en lo gramatical,
de ponerse el plural por singular, de pasar de segunda a tercera persona, como
aquello de los Cantares: osculetur me osculo oris sui: quia meliora sunt ubera
tua vino? Aquel poner los adjetivos en genitivo, en vez de acusativo, como Calicem
salutaris accipiam? Aquel poner el femenino por masculino; y, al contrario,
llamar adulterio a cualquier pecado?
Todo esto pide más lección de lo que piensan algunos que, de meros gramáticos,
o cuando mucho con cuatro términos de Súmulas, quieren interpretar las Escrituras
y se aferran del Mulieres in Ecclesiis taceant, sin saber cómo se ha de entender.
Y de otro lugar: Mulier in silentio discat; siendo este lugar más en favor que
en contra de las mujeres, pues manda que aprendan, y mientras aprenden claro
está que es necesario que callen. Y también está escrito: Audi Israel, et tace;
donde se habla con toda la colección de los hombres y mujeres, y a todos se
manda callar, porque quien oye y aprende es mucha razón que atienda y calle.
Y si no, yo quisiera que estos intérpretes y expositores de San Pablo me explicaran
cómo entienden aquel lugar: Mulieres in Ecclesia taceant. Porque o lo han de
entender de lo material de los púlpitos y cátedras, o de lo formal de la universalidad
de los fieles, que es la Iglesia. Si lo entienden de lo primero (que es, en
mi sentir, su verdadero sentido, pues vemos que, con efecto, no se permite en
la Iglesia que las mujeres lean públicamente ni prediquen), ¿por qué reprenden
a las que privadamente estudian? Y si lo entienden de lo segundo y quieren que
la prohibición del Apóstol sea trascendentalmente, que ni en lo secreto se permita
escribir ni estudiar a las mujeres, ¿cómo vemos que la Iglesia ha permitido
que escriba una Gertrudis, una Teresa, una Brígida, la monja de Ágreda y otras
muchas? Y si me dicen que éstas eran santas, es verdad, pero no obsta a mi argumento;
lo primero, porque la proposición de San Pablo es absoluta y comprende a todas
las mujeres sin excepción de santas, pues también en su tiempo lo eran Marta
y María, Marcela, María madre de Jacob, y Salomé, y otras muchas que había en
el fervor de la primitiva Iglesia, y no las exceptúa; y ahora vemos que la Iglesia
permite escribir a las mujeres santas y no santas, pues la de Ágreda y María
de la Antigua no están canonizadas y corren sus escritos; y ni cuando Santa
Teresa y las demás escribieron, lo estaban: luego la prohibición de San Pablo
sólo miró a la publicidad de los púlpitos, pues si el Apóstol prohibiera el
escribir, no lo permitiera la Iglesia. Pues ahora, yo no me atrevo a enseñar
-que fuera en mí muy desmedida presunción-; y el escribir, mayor talento que
el mío requiere y muy grande consideración. Así lo dice San Cipriano: Gravi
consideratione indigent, quae scribimus. Lo que sólo he deseado es estudiar
para ignorar menos: que, según San Agustín, unas cosas se aprenden para hacer
y otras para sólo saber: Discimus quaedam, ut sciamus; quaedam, ut faciamus.
Pues ¿en qué ha estado el delito, si aun lo que es lícito a las mujeres, que
es enseñar escribiendo, no hago yo porque conozco que no tengo caudal para ello,
siguiendo el consejo de Quintiliano: Noscat quisque, et non tantum ex alienis
praeceptis, sed ex natura sua capiat consilium?
Si el crimen está en la Carta Atenagórica, ¿fue aquélla más que referir sencillamente
mi sentir con todas las venias que debo a nuestra Santa Madre Iglesia? Pues
si ella, con su santísima autoridad, no me lo prohíbe, ¿por qué me lo han de
prohibir otros? ¿Llevar una opinión contraria de Vieyra fue en mí atrevimiento,
y no lo fue en su Paternidad llevarla contra los tres Santos Padres de la Iglesia?
Mi entendimiento tal cual ¿no es tan libre como el suyo, pues viene de un solar?
¿Es alguno de los principios de la Santa Fe, revelados, su opinión, para que
la hayamos de creer a ojos cerrados? Demás que yo ni falté al decoro que a tanto
varón se debe, como acá ha faltado su defensor, olvidado de la sentencia de
Tito Lucio: Artes committatur decor; ni toqué a la Sagrada Compañía en el pelo
de la ropa; ni escribí más que para el juicio de quien me lo insinuó; y según
Plinio, non similis est conditio publicantis, et nominatim dicentis. Que si
creyera se había de publicar, no fuera con tanto desaliño como fue. Si es, como
dice el censor, herética, ¿por qué no la delata? y con eso él quedará vengado
y yo contenta, que aprecio, como debo, más el nombre de católica y de obediente
hija de mi Santa Madre Iglesia, que todos los aplausos de docta. Si está bárbara
-que en eso dice bien-, ríase, aunque sea con la risa que dicen del conejo,
que yo no le digo que me aplauda, pues como yo fui libre para disentir de Vieyra,
lo será cualquiera para disentir de mi dictamen.
Pero ¿dónde voy, Señora mía? Que esto no es de aquí, ni es para vuestros oídos,
sino que como voy tratando de mis impugnadores, me acordé de las cláusulas de
uno que ha salido ahora, e insensiblemente se deslizó la pluma a quererle responder
en particular, siendo mi intento hablar en general. Y así, volviendo a nuestro
Arce, dice que conoció en esta ciudad dos monjas: la una en el convento de Regina,
que tenía el Breviario de tal manera en la memoria, que aplicaba con grandísima
prontitud y propiedad sus versos, salmos y sentencias de homilías de los santos,
en las conversaciones. La otra, en el convento de la Concepción, tan acostumbrada
a leer las Epístolas de mi Padre San Jerónimo, y locuciones del Santo, de tal
manera que dice Arce: Hieronymum ipsum hispane loquentem audire me existimarem.
Y de ésta dice que supo, después de su muerte, había traducido dichas Epístolas
en romance; y se duele de que tales talentos no se hubieran empleado en mayores
estudios con principios científicos, sin decir los nombres de la una ni de la
otra, aunque las trae para confirmación de su sentencia, que es que no sólo
es lícito, pero utilísimo y necesario a las mujeres el estudio de las sagradas
letras, y mucho más a las monjas, que es lo mismo a que vuestra discreción me
exhorta y a que concurren tantas razones.
Pues si vuelvo los ojos a la tan perseguida habilidad de hacer versos -que en
mí es tan natural, que aun me violento para que esta carta no lo sean, y pudiera
decir aquello de Quidquid conabar dicere, versus erat-, viéndola condenar a
tantos tanto y acriminar, he buscado muy de propósito cuál sea el daño que puedan
tener, y no le he hallado; antes sí los veo aplaudidos en las bocas de las Sibilas;
santificados en las plumas de los Profetas, especialmente del Rey David, de
quien dice el gran expositor y amado Padre mío, dando razón de las mensuras
de sus metros: In morem Flacci et Pindari nunc iambo currit, nunc alcaico personat,
nunc sapphico tumet, nunc semipede ingreditur. Los más de los libros sagrados
están en metro, como el Cántico de Moisés; y los de Job, dice San Isidoro, en
sus Etimologías, que están en verso heroico. En los Epitalamios los escribió
Salomón; en los Trenos, Jeremías. Y así dice Casiodoro: Omnis poetica locutio
a Divinis scripturis sumpsit exordium. Pues nuestra Iglesia Católica no sólo
no los desdeña, mas los usa en sus Himnos y recita los de San Ambrosio, Santo
Tomás, de San Isidoro y otros. San Buenaventura les tuvo tal afecto que apenas
hay plana suya sin versos. San Pablo bien se ve que los había estudiado, pues
los cita, y traduce el de Arato: In ipso enim vivimus, et movemur, et sumus,
y alega el otro de Parménides: Cretenses semper mendaces, malae bestiae, pigri.
San Gregorio Nacianceno disputa en elegantes versos las cuestiones de Matrimonio
y la de la Virginidad. Y ¿qué me canso? La Reina de la Sabiduría y Señora nuestra,
con sus sagrados labios, entonó el Cántico de la Magnificat; y habiéndola traído
por ejemplar, agravio fuera traer ejemplos profanos, aunque sean de varones
gravísimos y doctísimos, pues esto sobra para prueba; y el ver que, aunque como
la elegancia hebrea no se pudo estrechar a la mensura latina, a cuya causa el
traductor sagrado, más atento a lo importante del sentido, omitió el verso,
con todo, retienen los Salmos el nombre y divisiones de versos; pues ¿cuál es
el daño que pueden tener ellos en sí? Porque el mal uso no es culpa del arte,
sino del mal profesor que los vicia, haciendo de ellos lazos del demonio; y
esto en todas las facultades y ciencias sucede.
Pues si está el mal en que los use una mujer, ya se ve cuántas los han usado
loablemente; pues ¿en qué está el serlo yo? Confieso desde luego mi ruindad
y vileza; pero no juzgo que se habrá visto una copla mía indecente. Demás, que
yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos
ajenos; de tal manera, que no me acuerdo haber escrito por mi gusto sino es
un papelillo que llaman El Sueño. Esa carta que vos, Señora mía, honrasteis
tanto, la escribí con más repugnancia que otra cosa; y así porque era de cosas
sagradas a quienes (como he dicho) tengo reverente temor, como porque parecía
querer impugnar, cosa a que tengo aversión natural. Y creo que si pudiera haber
prevenido el dichoso destino a que nacía -pues, como a otro Moisés, la arrojé
expósita a las aguas del Nilo del silencio, donde la halló y acarició una princesa
como vos-; creo, vuelvo a decir, que si yo tal pensara, la ahogara antes entre
las mismas manos en que nacía, de miedo de que pareciesen a la luz de vuestro
saber los torpes borrones de mi ignorancia. De donde se conoce la grandeza de
vuestra bondad, pues está aplaudiendo vuestra voluntad lo que precisamente ha
de estar repugnando vuestro clarísimo entendimiento. Pero ya que su ventura
la arrojó a vuestras puertas, tan expósita y huérfana que hasta el nombre le
pusisteis vos, pésame que, entre más deformidades, llevase también los defectos
de la prisa; porque así por la poca salud que continuamente tengo, como por
la sobra de ocupaciones en que me pone la obediencia, y carecer de quien me
ayude a escribir, y estar necesitada a que todo sea de mi mano y porque, como
iba contra mi genio y no quería más que cumplir con la palabra a quien no podía
desobedecer, no veía la hora de acabar; y así dejé de poner discursos enteros
y muchas pruebas que se me ofrecían, y las dejé por no escribir más; que, a
saber que se había de imprimir, no las hubiera dejado, siquiera por dejar satisfechas
algunas objeciones que se han excitado, y pudiera remitir, pero no seré tan
desatenta que ponga tan indecentes objetos a la pureza de vuestros ojos, pues
basta que los ofenda con mis ignorancias, sin que los remita a ajenos atrevimientos.
Si ellos por sí volaren por allá (que son tan livianos que sí harán), me ordenaréis
lo que debo hacer; que, si no es interviniendo vuestros preceptos, lo que es
por mi defensa nunca tomaré la pluma, porque me parece que no necesita de que
otro le responda, quien en lo mismo que se oculta conoce su error, pues, como
dice mi Padre San Jerónimo, bonus sermo secreta non quaerit, y San Ambrosio:
latere criminosae est conscientiae. Ni yo me tengo por impugnada, pues dice
una regla del Derecho: Accusatio non tenetur si non curat de persona, quae produxerit
illam. Lo que sí es de ponderar es el trabajo que le ha costado el andar haciendo
traslados. ¡Rara demencia: cansarse más en quitarse el crédito que pudiera en
granjearlo! Yo, Señora mía, no he querido responder; aunque otros lo han hecho,
sin saberlo yo: basta que he visto algunos papeles, y entre ellos uno que por
docto os remito y porque el leerle os desquite parte del tiempo que os he malgastado
en lo que yo escribo. Si vos, Señora, gustáredes de que yo haga lo contrario
de lo que tenía propuesto a vuestro juicio y sentir, al menor movimiento de
vuestro gusto cederá, como es razón, mi dictamen que, como os he dicho, era
de callar, porque aunque dice San Juan Crisóstomo: calumniatores convincere
oportet, interrogatores docere, veo que también dice San Gregorio: Victoria
non minor est, hostes tolerare, quam hostes vincere; y que la paciencia vence
tolerando y triunfa sufriendo. Y si entre los gentiles romanos era costumbre,
en la más alta cumbre de la gloria de sus capitanes -cuando entraban triunfando
de las naciones, vestidos de púrpura y coronados de laurel, tirando el carro,
en vez de brutos, coronadas frentes de vencidos reyes, acompañados de los despojos
de las riquezas de todo el mundo y adornada la milicia vencedora de las insignias
de sus hazañas, oyendo los aplausos populares en tan honrosos títulos y renombres
como llamarlos Padres de la Patria, Columnas del Imperio, Muros de Roma, Amparos
de la República y otros nombres gloriosos-, que en este supremo auge de la gloria
y felicidad humana fuese un soldado, en voz alta diciendo al vencedor, como
con sentimiento suyo y orden del Senado: Mira que eres mortal; mira que tienes
tal y tal defecto; sin perdonar los más vergonzosos, como sucedió en el triunfo
de César, que voceaban los más viles soldados a sus oídos: Cavete romani, adducimus
vobis adulterum calvum. Lo cual se hacía porque en medio de tanta honra no se
desvaneciese el vencedor, y porque el lastre de estas afrentas hiciese contrapeso
a las velas de tantos aplausos, para que no peligrase la nave del juicio entre
los vientos de las aclamaciones. Si esto, digo, hacían unos gentiles, con sola
la luz de la Ley Natural, nosotros, católicos, con un precepto de amar a los
enemigos, ¿qué mucho haremos en tolerarlos? Yo de mí puedo asegurar que las
calumnias algunas veces me han mortificado, pero nunca me han hecho daño, porque
yo tengo por muy necio al que teniendo ocasión de merecer, pasa el trabajo y
pierde el mérito, que es como los que no quieren conformarse al morir y al fin
mueren sin servir su resistencia de excusar la muerte, sino de quitarles el
mérito de la conformidad, y de hacer mala muerte la muerte que podía ser bien.
Y así, Señora mía, estas cosas creo que aprovechan más que dañan, y tengo por
mayor el riesgo de los aplausos en la flaqueza humana, que suelen apropiarse
lo que no es suyo, y es menester estar con mucho cuidado y tener escritas en
el corazón aquellas palabras del Apóstol: Quid autem habes quod non accepisti?
Si autem accepisti, quid gloriaris quasi non acceperis?, para que sirvan de
escudo que resista las puntas de las alabanzas, que son lanzas que, en no atribuyéndose
a Dios, cuyas son, nos quitan la vida y nos hacen ser ladrones de la honra de
Dios y usurpadores de los talentos que nos entregó y de los dones que nos prestó
y de que hemos de dar estrechísima cuenta. Y así, Señora, yo temo más esto que
aquello; porque aquello, con sólo un acto sencillo de paciencia, está convertido
en provecho; y esto, son menester muchos actos reflexos de humildad y propio
conocimiento para que no sea daño. Y así, de mí lo conozco y reconozco que es
especial favor de Dios el conocerlo, para saberme portar en uno y en otro con
aquella sentencia de San Agustín: Amico laudanti credendum non est, sicut nec
inimico detrahenti. Aunque yo soy tal que las más veces lo debo de echar a perder
o mezclarlo con tales defectos e imperfecciones, que vicio lo que de suyo fuera
bueno. Y así, en lo poco que se ha impreso mío, no sólo mi nombre, pero ni el
consentimiento para la impresión ha sido dictamen propio, sino libertad ajena
que no cae debajo de mi dominio, como lo fue la impresión de la Carta Atenagórica;
de suerte que solamente unos Ejercicios de la Encarnación y unos Ofrecimientos
de los Dolores, se imprimieron con gusto mío por la pública devoción, pero sin
mi nombre; de los cuales remito algunas copias, porque (si os parece) los repartáis
entre nuestras hermanas las religiosas de esa santa comunidad y demás de esa
ciudad. De los Dolores va sólo uno porque se han consumido ya y no pude hallar
más. Hícelos sólo por la devoción de mis hermanas, años ha, y después se divulgaron;
cuyos asuntos son tan improporcionados a mi tibieza como a mi ignorancia, y
sólo me ayudó en ellos ser cosas de nuestra gran Reina: que no sé qué se tiene
el que en tratando de María Santísima se enciende el corazón más helado. Yo
quisiera, venerable Señora mía, remitiros obras dignas de vuestra virtud y sabiduría;
pero como dijo el Poeta:
Ut desint vires, tamen est laudanda voluntas: hac ego contentos, auguror esse
Deos.
Si algunas otras cosillas escribiere, siempre irán a buscar el sagrado de vuestras
plantas y el seguro de vuestra corrección, pues no tengo otra alhaja con que
pagaros, y en sentir de Séneca, el que empezó a hacer beneficios se obligó a
continuarlos; y así os pagará a vos vuestra propia liberalidad, que sólo así
puedo yo quedar dignamente desempeñada, sin que caiga en mí aquello del mismo
Séneca: Turpe est beneficiis vinci. Que es bizarría del acreedor generoso dar
al deudor pobre, con que pueda satisfacer la deuda. Así lo hizo Dios con el
mundo imposibilitado de pagar: diole a su Hijo propio para que se le ofreciese
por digna satisfacción.
Si el estilo, venerable Señora mía, de esta carta, no hubiere sido como a vos
es debido, os pido perdón de la casera familiaridad o menos autoridad de que
tratándoos como a una religiosa de velo, hermana mía, se me ha olvidado la distancia
de vuestra ilustrísima persona, que a veros yo sin velo, no sucediera así; pero
vos, con vuestra cordura y benignidad, supliréis o enmendaréis los términos,
y si os pareciere incongruo el Vos de que yo he usado por parecerme que para
la reverencia que os debo es muy poca reverencia la Reverencia, mudadlo en el
que os pareciere decente a lo que vos merecéis, que yo no me he atrevido a exceder
de los límites de vuestro estilo ni a romper el margen de vuestra modestia.
Y mantenedme en vuestra gracia, para impetrarme la divina, de que os conceda
el Señor muchos aumentos y os guarde, como le suplico y he menester. De este
convento de N. Padre San Jerónimo de Méjico, a primero día del mes de marzo
de mil seiscientos y noventa y un años. B. V. M. vuestra más favorecida
Sor
Juana Inés de la Cruz