
Silvina
Ocampo

El
pecado mortal
Los
símbolos de la pureza y del misticismo son a veces más afrodisíacos que las
fotografías o los cuentos pornográficos, por eso ¡oh sacrílega! los días
próximos a tu primera comunión, con la promesa del vestido blanco, lleno
de entredoses, de los guantes de hilo y del rosario de perlitas, fueron tal
vez los verdaderamente impuros de tu vida. Dios me lo perdone, pues fui en cierto
modo tu cómplice y tu esclava.
Con una flor roja llamada plumerito, que traías del campo los domingos, con
el libro de misa de tapas blancas (un cáliz estampado en el centro de la primera
página y listas de pecados en otra), conociste en aquel tiempo el placer –diré-
del amor, por no mencionarlo con su nombre técnico; tampoco tú podrías darle
un nombre técnico, pues ni siquiera sabías dónde colocarlo en la lista de pecados
que tan aplicadamente estudiabas. Ni siquiera en el catecismo estaba todo previsto
y aclarado.
Al ver tu rostro inocente y melancólico, nadie sospechaba que la perversidad
o más bien el vicio te apresaba ya en su tela pegajosa y compleja.
Cuando alguna amiga llegaba para jugar contigo, le relatabas primero, le demostrabas
después, la secreta relación que existía entre la flor del plumerito, el libro
de misa y tu goce inexplicable. Ninguna amiga lo comprendía, ni intentaba participar
de él, pero todas fingían lo contrario, para contentarte, y sembraban en tu
corazón esa pánica soledad (mayor que tú) de saberte engañada por el prójimo.
En la enorme casa donde vivías (de cuyas ventanas se divisaba más de una iglesia,
más de un almacén, el río con barcos, a veces procesiones de tranvías o de victorias
de plaza y el reloj de los ingleses), el último piso estaba destinado a la pureza
y a la esclavitud: a la infancia y a la servidumbre. (A ti te parecía que la
esclavitud existía también en los otros pisos y la pureza en ninguno.)
Oíste
decir en un sermón: “Más grande es el lujo, más grande es la corrupción”; quisiste
andar descalza, como el niño Jesús, dormir en un lecho rodeada de animales,
comer miguitas de pan, recogidas del suelo, como los pájaros, pero no te fue
dada esa dicha: para consolarte de no andar descalza, te pusieron un vestido
de tafetas tornasolado y zapatos de cuero mordoré;
para consolarte de no dormir en un lecho de paja, rodeada de animales, te llevaron
al teatro Colón, el teatro más grande del mundo; para consolarte de no comer
miguitas recogidas del suelo, te regalaron una casa lujosa con puntillas de
papel plateado, llena de bombones que apenas cabían en tu boca.
Rara
vez las señoras, con tocados de plumas y de pieles, durante el invierno se aventuraban
por ese último piso de la casa, cuya superioridad (indiscutible para ti) las
atraía en verano, con vestidos ligeros y anteojos de larga vista, en busca de
una azotea, de donde mirar aeroplanos, un eclipse o simplemente la aparición
de Venus; acariciaban tu cabeza al pasar, y exclamaban con voz de falsete:
“¡Qué lindo pelo!”. “¡Pero qué lindo pelo!”
Contiguo al cuarto de juguetes, que era a la vez el cuarto de estudio,
estaban las letrinas de los hombres, letrinas que nunca viste sino de lejos,
a través de la puerta entreabierta. El primer visitante, Chango, el hombre de
confianza de la casa, que te había puesto de apodo Muñeca, se demoraba más que
sus compañeros en el recinto. Lo advertiste porque a menudo cruzabas por el
corredor, para ir al cuarto donde planchaban la ropa, lugar atrayente para ti.
Desde allí, no sólo se divisaba la entrada vergonzosa: se oía el ruido intestinal
de las cañerías que bajaban a los innumerables dormitorios y salas de la casa,
donde había vitrinas, un altarcito con vírgenes, y una puesta de sol en un cielo
raso.
En el ascensor, cuando la niñera te llevaba al cuarto de juguetes, repetidas
veces viste a Chango que entraba en el recinto vedado, con mirada ladina, el
cigarrillo entre los bigotes, pero
más veces aún lo viste solo, enajenado, deslumbrado, en distintos lugares de
la casa, de pie arrimándose incesantemente a la punta de cualquier mesa, lujosa
o modesta (salvo a la de mármol de la cocina, o a la de hierro con lirios de
bronce del patio). “¿Qué hará Chango, que no viene?” Se oían voces agudas, llamándolo.
Él tardaba en separarse del mueble. Después, cuando acudía, naturalmente nadie
recordaba para qué lo llamaban.
Tú lo espiabas, pero él también terminó por espiarte: lo descubriste el día
en que desapareció de tu pupitre la flor del plumerito, que adornó más tarde
el ojal de su chaqueta de lustrina.
Pocas veces las mujeres de la casa te dejaban sola, pero cuando había fiestas
o muertes (se parecían mucho) te encomendaban a Chango. Fiestas y muertes consolidaron
esta costumbre, que al parecer agradaba a tus padres. “Chango es serio. Chango
es bueno, mejor que una niñera” decían a coro. “Es claro, se entretiene con
ella” agregaban. Pero yo sé que una lengua de víbora, de las que nunca faltan,
dijo: “Un hombre es un hombre, pero nada le importa a los señores, con tal de
hacer economías”. “¡Qué injusticia!”, musitaban las ruidosas tías. “Los padres
de la niñita son generosos, tan generosos que pagan un sueldo de institutriz
a Chango.”
Alguien murió, no recuerdo quién. Subía por el hueco del ascensor ese apasionado
olor a flores, que gasta el aire y las desacredita. La muerte, con numerosos
aparatos, llenaba los pisos bajos, subía y bajaba por los ascensores, con creces,
cofres, coronas, palmas y atriles. En el piso alto, bajo la vigilancia de Chango,
comías chocolates que él te regaló, jugabas con el pizarrón, con el almacén,
con el tren y con la casa de muñecas. Fugaz como el sueño de un relámpago, te
visitó tu madre y preguntó a Chango si hacía falta invitar a alguna niñita para
jugar contigo. Chango contestó que no convenía, porque entre las dos harían
bulla. Un color violeta pasó por sus mejillas. Tu madre te dio un beso y partió;
sonreía, mostrando sus preciosos dientes, feliz por un instante de verte juiciosa,
en compañía de Chango.
Aquel
día la cara de Chango estaba más borrosa que de costumbre: en la calle no lo
hubiéramos conocido ni tú ni yo, aunque tantas veces me lo describiste. De soslayo
lo espiabas: él, habitualmente tan erguido, arqueándose como signos de paréntesis;
ahora se arrimaba a la punta de la mesa y te miraba. Vigilaba de vez en cuando
los movimientos del ascensor, que dejaba ver a través de la armazón de hierro
negro, el paso de cables como serpientes. Jugabas con resignada inquietud. Presentías
que algo insólito había sucedido o iba a suceder en la casa. Como un perro,
husmeabas el horrible olor de las flores. La puerta estaba abierta: era tan
alta, que su abertura equivalía a la de tres puertas de un edificio actual,
pero eso no facilitaría tu huida; además no tenías la menor intención de huir.
Un ratón o una rana no huyen de la serpiente que los quiere, no huyen de animales
más grandes. Chango, arrastrando los pies, se alejó de la mesa por fin, se inclinó
sobre la balaustrada de la escalera para mirar hacia abajo. Una voz de mujer,
aguda, fría, retumbó desde el sótano:
-¿La Muñeca se porta bien?
El eco, seductor cuando le decías algo, repitió sin encanto la frase.
- Muy bien- respondió Chango, que oyó sonar sus palabras en los fondos oscuros
del sótano.
- A las cinco le llevaré la leche.
La respuesta de Chango: - No hace falta, se la prepararé yo -, se mezcló con
un –gracias- femenino, que se perdió en los mosaicos de los pisos bajos.
Chango volvió a entrar en el cuarto y te ordenó: - Mirarás por la cerradura
cuando yo esté en el cuartito de al lado. Voy a mostrarte algo muy lindo.
Se agachó junto a la puerta y arrimó el ojo a la cerradura, para enseñarte cómo
había que hacer. Salió del cuarto y te dejó sola. Seguiste jugando como si Dios
te mirara, por compromiso, con esa aplicación engañosa que a veces ponen en
su juego los niños. Luego, sin vacilar, te acercaste a la puerta. No tuviste
que agacharte, la cerradura se encontraba a la altura de tus ojos. ¿Qué mujeres
degolladas descubrirías? El agujero de la cerradura obra como un lente sobre
la imagen vista: los mosaicos relumbraron, un rincón de la pared blanca se iluminó
intensamente. Nada más. Un exiguo chiflón hizo volar tu pelo suelto y cerrar
tus párpados. Te alejaste de la cerradura, pero la voz de Chango resonó con
imperiosa y dulce obscenidad: “Muñeca, mira, mira”. Volviste a mirar. Un aliento
de animal se filtró por la puerta, no era ya el aire de una ventana abierta
en el cuarto contiguo. Qué pena siento al pensar que lo horrible imita lo hermoso.
Como tú y Chango a través de esa puerta, Píramo y Tisbe se hablaban amorosamente
a través de un muro.
Te alejaste de nuevo de la puerta y reanudaste tus juegos mecánicamente.
Chango volvió al cuarto y te preguntó: “Viste?”. Sacudiste la cabeza y tu pelo
lacio giró desesperadamente. “¿Te gustó?”, insistió Chango, sabiendo que mentías.
No contestabas. Arrancaste con un peine la peluca de tu muñeca, pero de nuevo
Chango estaba arrimado a la punta de la mesa, donde tratabas de jugar. Con su
mirada turbia recorría los centímetros que te separaban de él y ya imperceptiblemente
se deslizaba a tu encuentro. Te echaste al suelo, con la cinta de la muñeca
en la mano. No te moviste. Baños consecutivos de rubor cubrieron tu rostro,
como esos baños de oro que cubren las joyas falsas. Recordaste a Chango hurgando
en la ropa blanca de los roperos de tu madre, cuando reemplazaba en sus tareas
a las mujeres de la casa. Las venas de sus manos se hincharon, como de tinta
azul. En la punta de los dedos viste que tenía moretones. Involuntariamente
recorriste con la mirada los detalles de su chaqueta de lustrina, tan áspera
sobre tus rodillas. Desde entonces verías para siempre las tragedias de tu vida
adornadas con detalles minuciosos. No te defendiste. Añorabas la pulcra flor
del plumerito, tu morbosidad incomprendida, pero sentías que aquella arcana
representación, impuesta por circunstancias imprevisibles, tenía que alcanzar
su meta: la imposible violación de tu soledad. Como dos criminales paralelos,
tú y Chango estaban unidos por objetos distintos, pero solicitados para idénticos
fines.
Durante noches de insomnio compusiste mentirosos informes, que servirían
para confesar tu culpa. Tu primera comunión llegó. No hallaste
fórmula pudorosa ni clara ni concisa de confesarte. Tuviste que comulgar
en estado de pecado mortal. Estaban en los reclinatorios no sólo tu familia,
que era numerosa, estaban Chango y Camila Figueroa, Valeria Ramos, Celina Eysaguirre
y Romagnoli, cura de otra parroquia. Con dolor de parricida, de condenada a
muerte por traición, entraste en la iglesia helada, mordiendo la punta
de tu libro de misa. Te veo pálica, ya no ruborizada frente al altar
mayor, con los guantes de hilo puestos y un ramito de flores artificiales, como
de novia, en tu cintura. Te buscaría por el mundo entero a pie como los
misioneros para salvarte si tuvieras la suerte, que no tienes,de ser mi contemporánea.
Yo sé que durante mucho tiempo oíste en la oscuridad de tu cuarto,
con esa insistencia que el silencio desata en los labios crueles de las furias
que se dedican a martirizar a los niños, voces inhumanas, unidas a la
tuya, que decían: es un pecado mortal, Dios mio, es un pecado mortal.
¿Cómo hiciste para sobrevivir? Sólo un milagro lo explica: el milagro
de la misericordia.
Nota
de Isabel Monzón: La primera vez que leí este cuento de Silvina Ocampo, fue
en una fotocopia de un libro llamado Selección de cuentos, Editorial
Plus Ultra, un compilado con textos de varios autores. Luego, “Pecado mortal”
fue publicado en: Silvina Ocampo, Cuentos Completos, en el Tomo I,
editado por Emecé en 1999. El comentario que sigue a mis palabras corresponde
a esa Selección de cuentos editada por Plus Ultra. Desconozco quien
es el autor, pero me parecieron tan adecuadas y esclarecedoras sus reflexiones
que me permito citarlas:
Comentario:
Sin entrar
a considerar el enfoque interpretativo de la autora, o el juicio que los hechos
de este cuento le sugieren, creemos que con sólo abordar un tema tan espinoso
se ubica a Silvina Ocampo en algún sector del cuento de avanzada. En esta
rara y profunda creación, “lo horrible imita lo hermoso”, según las palabras
de su propio texto. Aparentemente, no hay en esta pieza nada de vanguardista.
Pero luego no nos resulta difícil llegar a la conclusión de que por el atrevimiento
del asunto, la altura y la maestría con que está desarrollado y la delicadeza
y decoro de su lenguaje, no sólo es un cuento extraordinario, lindante a la
vez con lo crudamente sexual y con lo poético, sino que ninguna o muy escasa
afinidad ofrece con los cuentos comunes de la misma época.