Primer
Encuentro de Literatura Uruguaya de Mujeres. Montevideo, Uruguay.
27 al 30 de noviembre de 2003.
Auspiciado por la Intendencia Municipal de Montevideo y la
Embajada de la República Argentina.
La
oscilación entre la neutralidad y el énfasis en la diferencia:
estrategias discursivas.
Los materiales de trabajo utilizados con frecuencia
por mujeres escritoras se encuentran, por variadas razones –como se ha señalado
de diferente modo en lo que va de este encuentro– históricamente demarcados
por lo autobiográfico y lo íntimo: fuentes supremas de inspiración por su cercanía
con los sitios tradicional y socialmente “permitidos” o “designados” para el
dominio de la mujer, ocupados mayoritariamente por ella y desde los cuales escribe,
configurando atributos rastreables –o previamente adjudicados por la mirada
crítica– en la escritura.
La supuesta naturalidad con que las mujeres han asumido
los roles que las confinan al ámbito doméstico y privado por múltiples causas
tiene su origen en el determinismo biológico, que considera que hay una correspondencia
entre diferencias anatómicas y roles y ocupaciones.
Aún bajo la persistencia de la búsqueda de un lugar
como creadoras en la historia bajo los velos impuestos desde la mirada condescendiente
que “admite”, tanto para juzgar con complacencia a una literatura menor (como
si se tratara de adornos) como para incorporarla socialmente sólo a condición
de su trivialización como expresión de género –así puede leerse el reciente
“boom” de escritoras “para” mujeres– pero sin propósito serio de inclusión-,
el núcleo fluctuante de los discursos literarios femeninos parece volverse fácilmente
identificable en tanto maneje con estridencia la denuncia de su condición de
segunda voz, ya sea embanderándose con una declaración explícita de reivindicaciones,
o adolesciendo de todas las características dispuestas a invadir dicho discurso,
e invalidarlo.
La oscilación entre los dos polos en el discurso
aparece como una estrategia de sobrevivencia del mismo: tanto a través de la
búsqueda de neutralidad como renuncia a toda diferencia para eludir así la subestimación
inherente (uniformizándose de manera inconsciente para lograr decir lo que se
quiere y obtener legitimación a pesar de ello) como refugiándose enfáticamente
en las características atribuidas(las que están más “a mano” en la vida impuesta
socialmente a las mujeres), a modo de rejas suntuosas de un reinado al que se
es relegada por fuerzas solapadamente “naturales".
Así nos encontramos con la
supuesta imposibilidad de describir objetivamente el mundo: tiene permiso
el balbuceo, la fragmentación suele
convertirse en rasgo; los climas prevalecen sobre la culminación –todos ellos
originados en la vivencia personal– flanqueados por lo afectivo. Se filtra inquebrantablemente
la ausencia de propósito, la vaguedad, la “hemorragia”, el desdén por la anécdota
y los datos precisos: la recurrencia y la insistencia, sin lectura de lo que
se dice debajo de ellas, lo que está detrás, y cuya reiteración es todo un mensaje.
Todo ello construye una complejidad y riqueza poco
comprensibles o aceptables, o al menos distantes del modo “universal” de hacer
literatura. Las consagraciones suelen tener, en la historia como en el presente,
un dejo de “concesiones” –tanto en poesía como en narrativa– en comparación
con lo establecido como naturalmente valioso.
Donde se priorizan el orden y la sistematización,
el nombrar con propiedad y sin matices, lo confesional y testimonial suele ser
visto como flaqueza, debilidad, imposibilidad, así como su intento de superarlo,
permaneciendo el mundo “exterior” como de pertenencia “naturalmente” masculina
sin que haya que detenerse demasiado en ello, e imposibilitándose simultáneamente
la valoración de esa otra manera particular de abordarlo con la carga que implica
el adjudicado dominio del mundo “privado”: la responsabilidad moral sobre los
afectos, el cuidado, la educación, las tareas domésticas.
La fuerza de la voz que se resiste a lo permitido
–aún desde su letanía–, a lo que pronto logra lugar destacado en las vidrieras
de las librerías una vez establecido el consenso trivializador de lo que es
literatura para mujeres (como si se
tratara de un subgénero) y no de y
desde mujeres es, a pesar de todo
ello, ostensible.
Por otra parte, la abundancia de mujeres poetas en
relación al número de narradoras, y la frecuente dificultad para ingresar en
un género literario luego de obtener reconocimiento por otro (poesía y prosa),
que cimenta la categoría de “inclasificable” con que muchas escritoras se acostumbran
a convivir puede ser, en paralelo, una expresión de cómo la problemática que
plantea el género sexual se cruza con la de la “jerarquía” de los géneros literarios,
mayoritariamente y siempre mejor representados por los dueños del discurso,
por quienes – se considera– se manejan con mayor soltura con él.
Podría trazarse hipotéticamente un paralelo entre
género sexual (femenino-masculino) y género literario (poesía-prosa). Hay un
sinfín de rasgos que van desde los atributos de lo revelado y mágico de la poesía
vista como inaccesible en tanto involucra el ejercicio de un saber misterioso
y hasta místico, así como la marginalidad de la expresión poética (progresivamente
confinada) que implica el tremendo
esfuerzo de publicación, difusión y venta, en oposición con la producción de novelas y cuentos: su facilidad de
edición, difusión, exhibición y consecuente venta, que sirven como elementos
de correspondencia con lo que sucede con la producción observada desde los géneros
sexuales.
Aún en caso de acceso de mujeres al género prosa,
sobrevuela en torno a su escritura el atributo de subgénero literario, acompañado
de una sutilísima e intangible sonrisa complaciente, cuando no de un aparato
de producción que impone una tendencia, subvirtiendo forma y contenido.
En esta mesa cuyo título es “Memorias vivas”, precisamente
la experiencia personal es la que origina mi intervención. Recorriendo las críticas
a mis libros y presentaciones, entre más de 10 reseñas –escritas todas por hombres–
dos motivaron parte de esta reflexión: haré referencia a ellas para intentar
abordar una aproximación a cómo somos las mujeres escritoras leídas o escuchadas
por los hombres.
Discursos de identidad
es el título de uno de esos artículos, que años atrás oponía la escritura de
Andrea Blanqué con mi escritura (Luis Bravo, 1992). Allí se expresaba algo de
lo que he intentado sostener anteriormente en cuanto a la experiencia de la
mujer y sus variantes expresivas en la escritura: el modo estridente para investir
la denuncia y la intención de apropiación del discurso masculino, o el solapado,
cuya pretensión sería borrar toda referencia a la diferencia de género o incluir
aquello tradicionalmente permitido, considerablemente decente, elusivo sin pretenderlo.
Al señalarse en el artículo esa distancia entre una
y otra autora, los polos antes citados se hacen reconocibles. Hay un esfuerzo
en las elegidas por el crítico –seleccionadas por haber nacido en el mismo año
y a raíz de una lectura compartida, por la que se le hizo oportuno confrontar
estilos– tanto para acentuar como para borrar toda característica de género,
desde una misma rebeldía, expresada en la apropiación de la vivencia masculina
de dominio como en la negación de diferencia alguna a través de la elección
de temas de incumbencia del sujeto universal, el “hombre” y su experiencia con
lo trascendente.
El acierto o no de esta lectura crítica no está libre
de un dejo de “contemplación” sobre las dificultades entre las que se debate
una escritura que oscila en el intento de legitimación de su existencia como
tal, elemento primordial en juego
en la construcción de sí misma.
Y esta lectura no es deliberada, sino lógica, elocuente,
desde el observador legitimado desde siempre aunque no quiera serlo.
Adjetivos y expresiones como “arrullador”, “infinito
strip-tease“, “identidad en sombras”, “disolución del yo”, “aérea”, “inmaterial”,
”soñante”, son utilizados para ejemplificar lo que se sostiene sobre las escritoras
y constituyen un dato en relación al lugar desde el que el crítico
hace su lectura.
El segundo artículo, más allá de la valoración que
hace allí otro crítico de la calidad literaria de un libro mío (lo que no está
en juego aquí), adolece de una velada misoginia (Alfredo Fressia, 1997). Es
posible aislar allí el predominio de una mirada paternalista: el “permiso” se
da la mano con una serie de consideraciones sobre el “deber ser” en la escritura
que afectan, –aplicándose a fragmentos descontextualizados– al conjunto del
libro, puesto el énfasis en una lectura selectiva de lo que puede considerarse
rasgos con frecuencia presentes en la escritura de mujeres, notoriamente devaluatorios.
Se suma, como factor desfavorable, el anacronismo de la aparición de la nota,
publicada un año después de la presentación del libro.
Así, se le “perdona la vida” a poemas que son tratados
sólo como desbordes explícitos de una mala experiencia amorosa, y se señala
cómo bajo el dominio de esa pasión recaen una y otra vez en descuidos formales:
esto, planteado con condescendencia y sorna, casi como una ironía, contrasta
con los comentarios sobre los textos que tratan o pretenden tratar, con mayor
o menor habilidad y acierto, de temas “universales”, de interés del “ser humano”,
masculino por principio, al que lo femenino está “prendido” como un subgénero
que se acepta en condición de tal.
En este segundo caso los adjetivos y comentarios
descalificadores que el crítico utiliza son “encendida”, la señalada frecuencia
en el uso del verbo “arder”, y atribuye recurrencia, una
revisitada sinestesia, adjudica “desmesura”, “lugar común” y “exaltación”:
“Un poemario, en fin, que no debería quemarse”, dice el crítico, en alusión
al único comentario de la autora en la contratapa.
Las modalidades de la renuncia expresadas en
la búsqueda de neutralidad para que no pierda poder la palabra sólo por
el hecho de ser escrita por una mujer, pueden ser leídas como modos de sujeción
al dominio (renuncia a la diferencia, dificultades de identificación con los
rasgos del género de pertenencia), pero son recursos, enmascaramientos que despojan
el discurso de lo “accesorio” (del maquillaje, del decorado, el que padecen
y denuncian) de la condición genérica valiéndose así de un lugar menos amenazado
para decir, liberado de toda carga y prejuicio; mecanismo igualador que constituye
otra estrategia para ser escuchadas, frente al otro verdadero gran engranaje
igualador.
Al igual que el exceso, la acentuación buscada e
irónica de la condición femenina o la rebeldía implícita en la denuncia de la
desventaja social de las mujeres son estrategias que implican un sobreesfuerzo
ante el asordinado embate histórico de lo instituido y las dificultades para
alcanzar su pretendida “estatura”, su carácter de indiscutible, su ubicación
inquebrantable.
El efecto del estigma sobre lo femenino es tan fuerte
que muchas veces se devalúan de antemano, por parte de la propia creadora, las
herramientas que normalmente están bajo el dominio de su subjetividad, por femenina.
O se duda de ellas y se intenta “desbloquear” un supuesto “límite”, que no es
otra cosa que toda una manera de ver, percibir y describir el mundo desde otra
perspectiva, condicionada tal vez, pero erigida siempre como un acto de valentía;
una manera de ver particular y legítima aunque no legitimada.
Si , tratándose de la creación, donde la libertad
es condición elemental, habría tantos géneros como sujetos, dados los cruces
de las construcciones sociales y sus variables inherentes, no deja de asombrar
la uniformidad de rasgos y respuesta coherente del “afuera” para con la producción
literaria femenina, que va desde el comportamiento editorial (el boom, como
sosteníamos antes, a consecuencia de una trivialización de lo considerado de
consumo para la mujer, cuyo roce con el folletín, la telenovela y la revista
femenina suele ser indisimulable) hasta el consumo particular: ¿cuántos son
los hombres que compran libros de mujeres y se dignan sin prejuicios a considerarlos
modelos o textos “de cabecera”? ¿Cuántos y cuántas los leen sin ese prejuicio,
que de tan incorporado se hace invisible? ¿Cuántas mujeres deslegitiman, sin
notarlo, a las propias mujeres creadoras? ¿Cuán implícito está lo devaluado
y “perdonador” al enfrentarse a un libro escrito por una mujer?
Lo que resiste, (resistencia que ya es una trasgresión
una vez que se ha decidido escribir y cargar con la responsabilidad de desafiar
lo estandarizado y lo esperable) es un modo de alzar la voz: con la particularidad
de los elementos familiares a esa voz emergerá como resultado novedoso el manejo
de la intimidad, el entretejido de dictados misteriosos y la elaboración de
esos dictados, el ensimismamiento en la inspiración y el trabajo con ella, la
abstracción del universo concreto, y el confinamiento; rasgos arcaicos de cuyo
desprendimiento y negación depende toda una forma de decir que involucra a más
de la mitad de la humanidad.
Es la voz de una “inmensa
minoría” –en expresión de Juan Ramón Jiménez– que se encuentra encorsetada
aún con sus supuestos “logros” y “conquistas” (lo que de por sí supone un “en
relación a” que señala una problemática de subordinación), como histórica y
literalmente han estado los cuerpos y almas de las mujeres: ya sea por los usos
de época o los dictados de la moda que imponen la eterna juventud.
Esa voz, - como, de algún modo, toda voz- , se encuentra
permanentemente sometida al gran mecanismo igualador, negador de la diferencia,
que intenta reproducir para salvarse de él, y que contrasta de manera notable
con la explotación de los rasgos femeninos para consumo, uso y abuso que acentúan
el lugar de la mujer como objeto, y cuyo fin es evitar conflictos al ejercicio
del dominio. Habrá admisión y complacencia, a condición de relegamiento al poder establecido, porque una
legitimación de la diferencia implicaría la aceptación de la renuncia a la hegemonía
y a las referencias “clásicas” que la sostienen.
[1] Sobre la idea de Sabela Tezano, Melba Guariglia, Alicia Migdal y Tatiana Oroño, estas cuatro escritoras y críticas literarias fueron las organizadoras del Encuentro.