El relato

Rasia Friedler [*]


Allí estaba yo, pálida y muda, con el cuerpo ocioso, mirando por el agujero de la cerradura de un portal inmenso de madera maciza, mientras un haz de luz se filtraba en la oscuridad recortada. Quería descubrir lo que sucedía del otro lado, en el lado incandescente de la existencia, más allá de esa esquina pausada, fuera de la blandura del sueño. Pasaba horas mirando a través de la claraboya que iluminaba la habitación donde yo giraba hasta desaparecer casi sin aire, entre las cortinas transparentes. Soltaba mis brazos tras el velo y hacía caer mi curiosidad sobre cada objeto de la casa. De esa forma disfrutaba de mi propia ausencia.
Por la ventana vacía, antes del cansancio, el sol calentaba el cuero del sillón envejecido donde te entregabas a tus propios rumores. Allí, mientras contemplaba tus manos ancladas en las mías, éramos más que cada uno con el otro, éramos un brillo de lágrimas en una esperada hibernación otoñal, casi dos huéspedes de lo inexpresable.
Podría decir que en mí había tres: una niña audaz, volcada hacia la libertad; otra callada, que no lograba librarse de sus derivas habituales y por último una racional, que pretendía nombrar el desorden allí grabado, entre ambos.
Recuerdo que una y otra vez me perdía- soñando siempre- por callejuelas mal iluminadas, hasta desembocar en una plazoleta donde individuos sin rostro me tapaban los ojos. Esa extrañeza retornaba irremediablemente, como un hilo conductor de esa larga interrogación infantil sobre el sentido de nuestros mínimos diques cotidianos. Cada silencio menor estaba atravesado por otro y se enroscaba en un espejo de brumas sin final, sin cambiar el aire de familia.
La antigua tienda sostenía con sobriedad lo que iba creciendo y había ciertos días en el año en que nos sentíamos particularmente agradecidos por el vaho de jazmines a través del cristal. Eran los días de unión festiva entre descendiente y antepasado, días rítmicos de promesas ancestrales, moduladas a puerta abierta, una especie de suplemento alimenticio regado con sal de lágrimas. Los retornos regulares estaban consagrados a una música obcecada por las raíces.
Allí encontré tu mirada azul intensa, ofreciéndome algunas escasas palabras que conservaste de tu infancia: “tenemos el relato” decías, y sin embargo, tu voz era sólo un eco de otra más lejana. ¿Cómo podía entonces recibir claridad de ese ojo que aún viendo, se rehusaba a ser mirado? Esa pupila que insistía en permanecer a oscuras, como un grito ahogado en su caída interminable. Como si fuéramos uno, como si fuéramos muchos, miraba a través del agujero de tu encierro esa plazoleta inmensa y deshabitada donde nuestras oleadas de silencio insistían en llevarnos.
Me hubiese gustado ser menos complaciente contigo y conmigo misma, haber dejado entrar más sol en los sitios más desbordantes de esa historia. No pretendía descubrir tus secretos sino desalojar esa seña de verdad cerrada sobre sí misma, sin habla alguna. Aún hoy, cuando intento recuperar la savia de tus palabras, cada hora adquiere otro verdor, brotan músicas acumuladas entre los labios y emergen olores subsumidos a lo lejos. La magia no cambia pero sí varía esa parcela reducida de evocación, ese pan sin levadura que pretendo recuperar a destiempo, como una deuda pendiente que en parte ignoro. Aún sabiendo que nuestros tiempos ya no confluirán, vuelvo a reclinarme otra vez en tu sillón para desatar ese nudo de pertenencias dispersas entre mañanas humildes.
“Tenemos el deber de relatar y quien amplíe tal relato será parte de esa historia” decías, mientras leías el español con dificultad junto a la mesa de mantel blanco, como quien hace una revelación inagotable en su versión autorizada. Y si bien no logro evocar el ritmo vahído de tus pasos –otro gesto perdurable- me asalta nuevamente tu legado urdido con monosílabos en aquella madriguera larga de violines errantes.


[ * ] Psicoanalista y escritora uruguaya

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