Prohibido vivir [1]

                                                                                                                                                                                                          

                                                      entrar entrando adentro de una música
                                                       del suicidio al nacimiento - Alejandra Pizarnik

                                                                                                                                                                                                                                 

    Hace algunos años, a mediados de un frío invierno porteño, me llamó Roxana pidiéndome una consulta. Es necesario que me detenga en relatar algunos de los momentos más relevantes de las entrevistas iniciales,  ya que es en esos encuentros cuando se presentan los temas fundamentales por los que girará luego el tratamiento.

    Me encontré con una mujer de 41 años, atractiva, con algo de sobrepeso, de bellos ojos verdes y elegantemente vestida. Relata que tuvo  una experiencia previa de análisis de la que fue dada de alta hace menos de un año. Aunque enseguida agrega: "Fui una paciente difícil y no daba para más". Volvió a su analista anterior pero prefiere ahora analizarse con una mujer.

    Consulta porque está muy tensa, tanto que "siento que voy a remontar vuelo". Está encerrada en un círculo vicioso y se pregunta hasta qué punto se pueden modificar ciertas "estructuras: dependencia, pegoteo y parálisis."

    En la primera versión que trae de su madre la describe como muy particular, una idishe mame en caricatura que vive encerrada en la casa. Más adelante agrega que ella es una persona muy inestable que hace varios años está en tratamiento psicoanalítico y psiquiátrico. Protesta por tener que ir  a análisis y falta mucho a sus sesiones. "Mi madre nunca me quiso- agrega más adelante, un tanto más confidente- desde que yo  recuerdo, ella vive en la cama".

    Cuando la madre estaba embarazada de su único hermano -Alberto, al que Roxana le lleva seis años -  tuvo un brote psicótico por el que la trató un médico clínico. Intentaron provocarle un aborto con una inyección de formol. Cuando se refiere a su padre afirma que él hizo de padre y madre. Roxana siempre había creído que él era como Superman, "que le rebotaban las balas." Cuando hace algunos años sus padres tuvieron un accidente automovilístico y él resultó con fracturas por las que tuvo que estar enyesado, Roxana descubrió que su padre era vulnerable. Por otra parte,  ella nunca pudo valerse por sus propios medios, siempre depende económicamente de su hermano y de su padre. Trabaja en un negocio que es de su hermano. El padre ha tenido épocas de ganar mucho dinero y otras de fundirse.  Una vez le compró un departamento que ella arregló dejándolo hecho "una maravilla." En una de esas épocas de cataclismo económico o diluvio, como Roxana llama a ciertas crisis familiares, el padre vendió el departamento, por eso actualmente ella vive en uno alquilado.

    Estuvo casada durante 4 años y hace 11 que se separó. "Me casé de prolija, porque tenía la edad adecuada. No estaba enamorada. Tenía dos festejantes, uno en Brasil y otro acá. Me casé con el que estaba más cerca". Hasta hace un año tuvo una relación afectiva importante con un hombre mayor que ella, casado. "Fue una relación hermosa y dolorosa". Durante su casamiento no quedó embarazada. Hizo tratamientos que no dieron resultado. Luego de separada, en una de las esporádicas relaciones que mantenía con su ex marido quedó embarazada. Abortó. Luego volvió a quedar embarazada y volvió a abortar.

    Empieza a notar que hace un tiempo que se queda mucho encerrada en su casa, no sale, no habla, desconecta el teléfono. Pensaba esperar para un re- análisis pero la amiga que le dio mi nombre la "apuró" para que consultara. "Yo quería analizarme con una mujer grande o por lo menos con muchos años de profesión". Tiene insomnio e hizo varias pericarditis por las que el cardiólogo recomendó sedantes. Su ex analista la medicó con Trapax. Actualmente toma Roiphnol y con eso puede dormir.

    Roxana cree que, durante su análisis anterior, ocho años y tres cuartos estuvo hablando de su padre. A raíz de eso expresa: "No tengo espacio, necesito hacerme un espacio". De nena y adolescente era retraída. "La idiota que la familia escondía en el desván. Gordita. Tímida. Incapaz de pedir ayuda". Siempre le gustó leer mucho. A los 6 años ya había leído "Piel de Asno", aunque no recuerda cómo era el cuento. Su madre no quería que ella leyera tanto. De chica era machona, siempre jugaba con los varones. "Tenía un amiguito que era maricón. Nos peleábamos por quién era la mamá".

    Roxana sentía que tenía dos caminos: ser homosexual o permanecer infantil. Ser mujer para ella era ser tonta ya que sólo los hombres eran inteligentes. Y para no ser mujer tonta ni homosexual decidió permanecer infantil.     

 

                                                    Piel de Asno: Una escena temida

 

    Al inicio de una sesión me dice que no tiene dinero para pagarme, que podrá hacerlo en días subsiguientes. Ese fin de semana tiene un ataque de miedo por el se queda encerrada en su casa sin atender siquiera el teléfono. A medida que va transcurriendo la sesión sus fantasías persecutorias y su desconfianza se van desplegando en la relación transferencial conmigo.  Manifiesta una vez más la idea de interrumpir el tratamiento. ¡Tantos años de análisis y sigue teniendo miedo! Siente, a mi entender,  que mi trabajo analítico con ella es veneno, algo dañino.[2]

    Ella no ha podido pagarme esas últimas sesiones, privándome - desde su inconsciente -  de sus valiosas heces. Como consecuencia, ella cree que yo me vengo de ella dándole interpretaciones venenosas y dañinas. De esa manera no sólo no le calmo el miedo sino que la asusto aún más. Roxana expresa que ella tiene una idea anal acerca de los intercambios.

Su caca- valiosa como las heces de oro de aquel asno del cuento- es retenida por ella. Eso explica además su pertinaz constipación. Dos sesiones después, en la sesión a la que bauticé "sesión de enemas y ventosas" comienza diciendo: "Cuando venía para acá me sentía  durita y a la vez necesito que me mime y que me cuide". Le interpreto que ella me anuncia que "durita" quiere decir a la defensiva porque como está necesitada de cuidados míos le asusta que yo le haga algo dañino. Y es en este momento que como producto de una intuición le pregunté  si a ella, durante la infancia, le ponían enemas. Para su asombro - confesado -  y el mío -  secreto-  me dice que sí y que también solían aplicarle ventosas.[3] A partir de ese momento llora mucho, prácticamente toda la sesión. A veces no puede hablar por la intensidad de su llanto. Se acuerda de una jeringa de goma. Y de las ventosas que ella en media lengua decía "tema" por "quema". " ¿Era necesario, servían para algo? " pregunta y agrega " estoy llorando como si tuviera meses o  dos o tres años". Se evidencia claramente que transfiere sobre mi la imagen de una madre peligrosamente invasora y enormemente necesitada. Asimismo,  su temor a  recibir de mí algo venenoso y nocivo queda más clara. Yo le sacaría sus valiosas heces por la fuerza, invadiéndola a través del esfínter anal e inoculándole una venenosa leche. Ella, como defensa, estaba durita, contraía el esfínter. También quedó claro que mi pregunta acerca de si le aplicaban enemas no fue sacada de la galera psicoanalítica. Ella me había estado dando pistas para que yo supiera que su ano era un orificio por el que transcurrían relaciones con los otros sumamente peligrosas. Las ventosas también simbolizaban modos invasores y absorbentes de vaciarla "a sus espaldas".

    Encerrarse  en  su casa cuando tenía miedo me remite nuevamente al cuento de Perrault. La princesa se escondía dentro de la piel del asno buscando protección. Y Roxana se metía en su casa. Pero, al ser ésta también la conducta de  su madre,  quedaba en evidencia el deseo de hallar un protector encierro dentro de una madre idealizada, a la vez que expresaba otra forma de identificación con la figura materna. Cuando se sentía abandonada por mí "fines de semana"– recurría a esa defensa. Estas escenas, que transcurrían ahora en su mundo interno y se desplegaban en la transferencia, correspondían a experiencias pasadas vividas en la relación con su madre. Una madre que realmente la había abandonado, debido a que su grave perturbación psíquica no le permitía amar y atender a su hija como ésta lo necesitaba. Roxana tuvo que conformarse con una deficitaria y prematura relación con el padre y a aprender a autoabastecerse como podía. Esta precoz relación tenía un aspecto idealizado y otro persecutorio. Manifestaba su apego cariñoso al padre de múltiples maneras. Era él quien la curaba si ella se lastimaba. Cuando de chica la alzaba,  le decía que con los besos que Roxana le diera él tendría más fuerza. El aspecto peligroso, que permanecía inconsciente, se expresa también a través del cuento: la princesa se esconde disfrazándose con la piel del asno debido al asedio incestuosamente sexual de su padre. Roxana sentía que su mamá la había privado de sus cuidados cuando todavía era muy pequeña para carecer de ellos y la había entregado prematuramente al padre. También el hombre representaba una imagen peligrosamente invasora, ya que a través de su enema-ventosa- pene podía entrar destructivamente en ella.[4]

 

Miedo - Desamparo - Peligro

 

    El vínculo psicoanalítico con Roxana era como estar con una niña aterrorizada. Como tener que despertarla de un sueño-pesadilla que confundía con la realidad. Despertarla de los "sueños feos", como es necesario hacer con los niños. Su madre no sólo la dejó prisionera de las pesadillas infantiles sino que, con sus características, confirmó la aterrorizadora imagen de la bruja. Roxana relató repetidas veces un recuerdo de adolescencia. Todavía no estaba del todo despierta cuando una mañana su madre, despeinada y desarreglada, entró en la habitación. Era una bruja. Juntas vimos que esa escena condensaba una serie de situaciones vividas, sobre todo en su infancia, con una madre loca. Esa madre que, como consecuencia de haber tenido un brote psicótico durante el embarazo de su hermanito, no pudo contener los tumultuosos sentimientos que Roxana - nena  sintió tanto hacia su madre como hacia su hermano y su padre. Poblada de personajes internos aterrorizadores, su yo se hallaba tan desamparado como el de aquel niño protagonista de una película que ella mencionaba frecuentemente: Padre Padrone, de los hermanos Taviani. En una de las sesiones, Roxana me relató que la noche anterior recordó una escena en la que Gabino - el niño protagonista de esa película - era  retirado  de la escuela por  su padre, quien lo llevó a la montaña para cuidar ovejas. "Se hamacaba solo", recuerda Roxana. Ella, a pesar de estar estirada en su cama durante esa noche, se imaginaba en posición fetal. Había comprendido, por identificación con Gabino,  el significado del "rocking". [5] Cuando tenía pánico, recurría a la creencia que estaba dentro de su mamá, segura y protegida. Se metía dentro de la cama, como hacía su propia madre, creyendo que allí iba a encontrarla. En momentos de terror, recurría a pastillas somníferas y  sedantes que, según palabras de Roxana, más que para dormir eran para no sentir. En su relación con las pastillas también se ponía en evidencia una peligrosa identificación con la madre ya que, como ésta, mezclaba medicamentos y los tomaba en dosis inadecuadas. 

    Miedo, desamparo, peligro: esta ecuación, permanente en la vida de Roxana, me trae a la memoria uno de sus sueños. Fue soñado durante un fin de semana, en los comienzos del otoño del año siguiente de iniciado el tratamiento. Había tenido pesadillas mezcladas con cosas reales claritas de trabajo. Y después un sueño, también en parte realidad pero lo demás fantaseado.

La cocina de Sarmiento[6] no está en buenas condiciones. Sucia, picada. De una hornalla, la que uso siempre, sale una llama por la llave. Sigo usando esa en lugar de las otras dos. Si me fijo, la puedo arreglar. Por ahí no está bien calzado el quemador. En el sueño yo estaba sentada en el piso y encendía un cigarrillo con un encendedor que perdía gas. Se prendió fuego el encendedor. Lo tiro al suelo, había papeles, se hizo fuego. Yo siempre sentada en el piso. Dije: "Alberto! .-por mi socio-¡ fuego!.  Y él, con agua, lo apagó. Con Alberto no puedo contar para ciertas cosas del trabajo. . Cuando sueño lo del fuego me despierto. Pero para ese tipo de cosas con Alberto cuento. Pero yo me quedé sentada y el fuego así no se apagaba. No me movía ni tuve ocurrencias para buscar solución más práctica. Estaba tan angustiada.....Y es real que Alberto no se mueve.

  Describe luego  algunas de las cosas que tiene que hacer relacionadas con su trabajo. Y agrega: "Dormí muy angustiada, era un estado intermedio. Maquinaba con cosas que faltaba hacer. Sentía miedo, angustia e impotencia. No eran pesadillas. Era recordar  y fantasear en la realidad pero sentido como pesadilla. Como en las noches previas a un examen. Es una pesadilla trabajar sin respaldo".

    Cuando Roxana relató este sueño, lo entendí como el anuncio de una crisis depresiva. Estas crisis se desencadenan regularmente durante el invierno anunciándose desde el otoño. En esta ocasión fue leve. El frío era la falta de contacto, la soledad sentida a través de su piel. "En el invierno hay una especie de compenetración con la naturaleza, se siente que todo decae, todo es opaco, todo se pierde. En personas muy perturbadas se movilizan en esta época todos los recuerdos de falta de acunamiento y de contacto, fundamentalmente de parte de la madre", dice Susana Dupetit. También para Roxana. Asimismo,  denuncia claramente, a través del sueño, una peligrosa conducta que solía tener: al llegar el frío, ella se iba a dormir dejando las hornallas de la cocina encendidas. Insistentemente yo le mostraba que esa era la trampa de la maléfica identificación con una madre asesina de sus hijos ya que, buscando el calor del cuerpo materno,  corría el peligro de encontrar la muerte. Roxana reiteradamente le restaba importancia a la peligrosidad de estas conductas. Evidenciaba también su fusión  con esa madre desconectada, el hecho del  no escuchar los mensajes de alarma que a sí misma se daba- Siempre se quejaba de que su madre no la veía. Una vez, siendo Roxana una bebita, su madre la sacó a pasear en cochecito. La subió al refugio que hacía de parada de tranvía. La manija del cochecito quedó sobresaliendo, de tal modo que el tranvía lo enganchó, yendo a parar a la parrilla delantera. Esto impidió que Roxana fuese arrollada. Esta fue una de las primeras veces que su vida, por la desconexión de su madre, corrió un peligro mortal. Para Barrie, el autor de Peter Pan, Roxana sería uno de los Niños Perdidos de la Tierra del Nunca Jamás. Eran "los que se les caían de los cochecitos a sus niñeras cuando ellas estaban distraídas."   

    Continuando con el sueño, puede pensarse a Alberto-socio  como una figura que condensa los personajes del padre y del hermano. El apagar el fuego,  representa el movimiento de la figura masculina. Para eso el hombre "sirve." Pero no puede evitar que Roxana, identificada con la imagen materna, provoque el incendio. Es la desmentida e impotencia del padre ante la locura de la madre. Más aún, él deja a los hijos a merced de la peligrosamente irresponsable madre psicótica. Es notable, además, como Roxana describe esa sensación de estar dormida y a la vez despierta. Una muy intensa angustia le impide dormirse y entregarse del todo al sueño. Tiene que estar alerta. Así se manifiesta un aspecto suyo que se alarma pero que a la vez no puede vencer la impotencia. Junto con esta también queda en evidencia otra de las características de Roxana: su pasividad, a la que dedicaré un capítulo aparte.

 

La ceguera: causa y efecto de un crimen

 

    Durante su segundo año de análisis Roxana relata este sueño: 

Mi hermano y yo teníamos un hermanito más chico. Y Alberto, no me acuerdo por qué, había estado jugando con los ojos del bebé y  se los había reventado y  el bebé había muerto. Yo estaba muy preocupada, no me acordaba si Alberto tenía ocho años o doce. Si tenía doce  iba a ser terriblemente castigado pero si tenía ocho no, lo terrible  iba a ser la culpa. Era mi preocupación mayor, más que la muerte del bebé. También me preocupaba cuántos años más que el bebé tenía Alberto, tenía relación con el castigo que podía recibir. Me desperté acordándome perfectamente del sueño y muy desconcertada. Sentía que yo tenía que estar más angustiada con ese sueño y me preguntaba qué me pasaba que no sentía tal  angustia. Además, mucho después de despertarme recordé claramente el sueño, muy preocupada. Pensé varias veces en eso. Me acordé de los celos que nunca sentí por mi hermano. Lo asocié con eso. El bebé tenía ojitos muy claros como tiene Albertito. Entre mi hermano y yo mi madre estuvo varias veces embarazada y no quiso continuar esos embarazos.

 

    Jugar con un bebé como si fuera un muñeco y no un ser vivo... Esa es la conducta de una criatura muy pequeña o de una madre muy loca. Ambos, seres sin responsabilidad ante la ley. Esto estaba escondido detrás de la cuenta de los años. Pero la culpa persecutoria existirá independientemente de la sanción. Cuando Alberto era chico, Roxana se hacía cargo de él, de curarlo si se lastimaba, de darle de comer, de higienizarlo. Un muñeco de carne y hueso. Cuando ella cuenta su sueño me relata, al mismo tiempo, una fantasía y un recuerdo. Y me pide que yo, conociendo sus sentimientos, la proteja a ella y a sus hermanitos de las consecuencias de los mismos. Que yo si me preocupe. Que no la deje caer del cochecito. El bebé es ella misma expuesta a la madre-loca interna. Es también su hermano y todos los otros bebés no nacidos por su deseo de poseer en exclusividad a su madre. Son sus abortos y todo aquello que empieza y no concluye, atacando así su creatividad. Cuando, en la transferencia, represento a la figura materna, el bebé es ella misma poniendo en riesgo su vida con las peligrosas hornallas y las asesinas pastillas.

    Roxana me muestra con este sueño la peligrosa convivencia que en su mundo interno tienen la nena celosa y posesiva con la madre-loca-asesina. El resultado es una mezcla explosiva. Y se evidencia la preocupante ausencia de una madre protectora,  ya que no hay quien salve a ese bebé que termina muriendo. Además, me anuncia el crimen que llevará a cabo produciendo pocos meses después la primera interrupción del tratamiento. El método elegido es la ceguera, el ataque al conocimiento. Como Edipo, destruye su capacidad de saber. Pero creo que no sólo como auto -  castigo por sus crímenes sino también para no ver el siniestro crimen materno y paterno.

 

La identificación con la madre

 

    Las identificaciones de Roxana con su madre son una trampa mortífera. Roxana escondida-protegida dentro de la casa-cama-mamá. Acunándose en el vientre materno. Huyendo del frío de la soledad. El encierro en su casa, el aislamiento, la parálisis, las pastillas, las hornallas encendidas, son todos caminos que la conducen al encuentro con su idealizada madre. Aunque nunca la llamara cariñosamente "mamá", aunque siempre hablara de ella con la distancia impersonal de un  "mi madre", aunque dijera que ella era una ciénaga, una planta carnívora, tenía con ella un vínculo muy intenso que le costaba hacer  consciente. Roxana decía que su madre era sensual. Esto hizo que yo comprendiera no sólo la propia sensualidad de mi paciente sino también otra de las razones de la fuerte atracción inconsciente que su madre ejercía sobre ella. Entiendo esta sensualidad como una experiencia emocional muy primitiva que lleva a acariciar por el placer de sentir la otra piel, que tiene el sentido de producirse placer a sí mismo. Solo eso. Pero que, sin proponérselo produce placer en el otro. La madre de Roxana la colmaba de caricias, narcisistas, pero caricias al fin. Ellas lograban, por un lado, que Roxana se sintiera devorada por una planta carnívora o atrapada por una ciénaga pero tenían, por otro lado, la atracción de hacerla sentir, como diría Luce Irigaray,  "una con la madre"  y para siempre.

    Tomando pastillas, encendiendo las hornallas, exponiéndose a ser tragada por la ciénaga, Roxana no busca la muerte. Busca, en el encuentro con su madre, la vida. Aunque, sin quererlo, una madre con esas características pueda llegar a conducirla a la muerte.  Cuando ese vínculo interno prevalecía,  se conducía conmigo algunas veces de una manera despreciativa y arrogante y otras de forma desesperanzada y derrotista. En el primer caso yo, depositaria de su aspecto infantil, me sentía impotente y  desvalorizada. En el segundo, sentía que una tenebrosa fuerza me atraía para arrastrarme a mí también a ese "pantano de la melancolía." Era en esos momentos cuando me desafiaba asegurándome, como en las entrevistas iniciales, que no  se podían cambiar estructuras. A pesar de que yo estaba en la realidad analítica como nueva alternativa para un vínculo de apego y como otra variante de imagen identificatoria, era más lo que ella temía perder que lo que sin certeza podría llegar a conseguir.           

 

Femineidad-pasividad: Una sinonimia de muerte

 

    A medida que se desarrollaba la relación analítica, se fue haciendo claro que su pregunta (afirmación taxativa a veces) acerca de la posibilidad de cambiar estructuras, se relacionaba con el hecho de que ella había recibido mandatos, consignas de cómo "debe ser" que le iban señalando el camino hacia su identidad y los pasos de sus identificaciones. El sueño del "prohibido vivir" es un producto sumamente esclarecedor de esos mandatos. Roxana relata:

 

Cuando me desperté lo recordaba perfecto, después me olvidé qué había soñado y luego algo pasó que se me ocurrió una frase que era la consigna del sueño. Se  desarrollaba como en dos niveles, era como si yo soñaba que soñaba. Y entonces, en la parte del sueño que yo estaba despierta, iba corrigiendo las cosas que pasaban. La parte mía  que soñaba iba haciendo cuentas de cuánto es la deuda que tengo, entonces la parte despierta decía  no, eso está mal, en realidad la preocupación es válida pero la cuenta es del diez por ciento de lo que en el sueño aparece como deuda. Yo no sé cómo se relaciona esta historia de las cuentas, que era una cosa coherente, coherente incluso estando despierta, el caso es que yo estaba en un ascensor que subía. Había gente y yo estaba muy apretada e incómoda y la ascensorista a medida que iba marcando los pisos decía "prohibido vivir, prohibido vivir". Entonces, la parte mía que estaba despierta decía bueno, este es el problema. Y ahí me desperté.

 

 ¿Cuál podía ser la deuda? ¿Quién  el acreedor? ¿Y cómo se relacionaba la deuda con la prohibición de vivir, consigna del sueño? La ascensorista podía representar la figura materna. Vivir es sinónimo de amar, moverse, conocer. La madre la condena a ese encierro mortífero de una vida sin creatividad. Pero ¿por qué la condena? Como el producto de una "construcción analítica" tengo la hipótesis de que la madre podría haberse psicotizado también durante el  embarazo de Roxana. Cuando el médico de la familia había intentado provocar el aborto del segundo hijo utilizando una inyección de formol, parecía presentar una opción muy clara: la salud mental de la madre o el nacimiento del hijo. En esta familia en la que, según palabras de Roxana, se creía que también entre las personas podía existir un sistema de vasos comunicantes, la hija era, entonces,  la responsable de la pérdida de la salud mental de la madre. Esa era la deuda. Por eso, Roxana recibe como mandato pagar la deuda entregando su creatividad. Le está prohibido todo hacer. Queda vedado para ella todo movimiento de alejamiento de la figura materna- que en la fantasía infantil representa un matricidio – porque esa madre-planta carnívora la necesita para nutrirse de ella y como prolongación de sí misma. Como diría Winnicott, Roxana no pudo desarrollar la ilusión de haberle dado ella vida a la madre liberándose así de una figura materna que decide sobre la vida y la muerte. En consecuencia, no pudo adueñarse de su propia vida. Durante el sueño expresa el intento de desafío del mandato. Un aspecto despierto-cuerdo de ella cuestiona: la deuda no sólo no puede ser tan grande  sino que además es imposible que no pueda pagarse.

    Con respecto a los mandatos hay otros testimonios. Durante la primavera de su primer año de análisis llega un día Roxana mostrándome que adelgazó. Está arreglada y visiblemente más atractiva. ( Se han terminado los fríos y ella puede abandonar un poco la protectora piel de asno.) En algunas de las asociaciones de aquel momento también se expresan los mandatos. Se preguntaba cómo podía ser que hubiera salido del ostracismo al mismo tiempo que me cuenta que se levantó "un tipo" por la calle. También dice que cuando le hago una interpretación con humor siente que son travesuras mías. Ella nunca hizo travesuras. Era sometida. De chica también fue gordita. El padre la mandó a aprender baile pero, cuando iba a representar en un festival que organizaba la profesora, él no quiso dejarla participar, argumentando que ella estaba gorda y que así iba a hacer el ridículo. Durante la adolescencia, su padre  no la dejaba salir con muchachos, por eso la anotó en un club de mujeres católicas,  a pesar de que nunca quería que ella estuviera con chicas "goim".[7]

  No era  traviesa pero si "machona" - este era el calificativo de sus padres - ya que  le gustaba jugar con  varones. A través de este relato se puede ver cómo en Roxana adulta regían todavía esas consignas, siempre actualizadas. Las de su padre, que con mensajes contradictorios terminaba prohibiendo todo movimiento, toda actividad, toda exogamia. Mensajes paralizantes a los que se sumaban los mandatos de su madre: "No leas tanto". Y las conductas invasoras de esta maternal planta carnívora, que  atacaba la autonomía del esfínter anal de Roxana con enemas. Los mandatos de la madre loca y del padre enloquecedor estaban en parte elaborados con los valores de la sociedad en la que les tocó vivir.       

   En este sentido, Roxana hacía una clara lectura "de género": decía que la enfermedad de su familia era al revés que la hemofilia porque la transmitían los hombres y la heredaban las mujeres. Pero ¿cuál era esa enfermedad? ¿La locura? ¿La estupidez? En las entrevistas había expresado su decisión de no ser mujer porque esto implicaba también el ser tonta. Le quedaban entonces dos caminos posibles: ser homosexual o permanecer infantil. Eligió este último porque le parecía el más sano. Una multitud de ideas y vivencias quedaban condensadas aquí. La madre había perdido la razón durante el embarazo. Mujer era, entonces, sinónimo de locura. En cuanto a ser homosexual, para Roxana significaba transformarse en machona, perder la femineidad. Expresó que en el folklore de su familia las mujeres suficientes eran consideradas mari machos. Además, estableció una diferencia entre lesbiana y marimacho. La última era una mujer que no tenía desarrolladas las características femeninas, que era rústica y hombruna, y lesbiana era para ella una mujer "que tenía desplazado el objeto de interés sexual", aunque podía ser seductora y femenina. Es evidente que Roxana ha recibido como axioma que usar la inteligencia representaba la pérdida de la femineidad, es decir quedarse sin identidad. Ser inteligente, movediza, traviesa, curiosa, son transgresiones a los mandatos familiares. Mujer sólo podía representarse para ella en términos de "falta de", "carencia de". Falta de salud, ausencia de inteligencia, carencia de autonomía y actividad. Miradas las cosas desde el punto de vista de Roxana, era razonable su afirmar de que permaneciendo infantil había elegido el camino más sano. Lo que ella no había tenido en cuenta era que, en realidad, no elegía lo mejor sino lo menos malo ya que al permanecer infantil quedaba condenada a la parálisis, a seguir siendo "la idiota que la familia escondía en el desván". Como Peter Pan en la Tierra del Nunca Jamás,  al quedar detenida en el tiempo perdía el ejercicio de la sexualidad, quedaba encerrada en el mundo endogámico de su familia y fusionada con su madre. Siendo una mujer inteligente le estaba vedado ser mujer inteligente. El resultado inevitable era la depresión, de la que salía a veces con picos maníacos y otras, las menos, simplemente con proyectos optimistas. También manifestaba rasgos de carácter histéricos. Eran una forma de intentar rescatarse desobedeciendo el mandato de pasividad. Intento fallido pero intento al fin de tener alguna forma de poder.

    Roxana empezó a mejorar económicamente y a no depender del padre ni de su hermano. Los padres empezaron a dar cada vez más índice de deterioro. Fueron internados en distintos geriátricos. Ellos, que durante tantos años habían permanecido juntos formando una pareja extraña, terminaban viviendo separados. Roxana no soportaba ver a su querido papá en ese lugar, aunque fuese una institución donde estaba realmente cuidado. Tenía fantasías de internarse junto a él. Por otro lado, estaba permanentemente yendo de un geriátrico a otro. Se descubría ahora que había otro mandato que había permanecido solapadamente escondido: debía ser la hija soltera encargada de cuidar a los padres.[8] De nena y adolescente había tenido que atender a su hermano debido a la enfermedad de la madre. También a ésta, que utilizaba a su hija como lazarillo. Ahora, siendo una mujer madura y estando su padre anciano, también debía cuidarlo a él. Y con absoluta dedicación. Este destino le había estado marcado desde siempre y ella de alguna manera lo sabía, por eso en las entrevistas pedía conseguir un lugar propio. Ahora estaba perdiendo, una vez más, el poco espacio que había podido conseguir. Entonces, y de forma compulsiva, volvió a interrumpir el tratamiento.

 ¿Será el "prohibido vivir" un mandato que, de tan poderoso,  se vuelva definitivamente imposible desobedecer? Hace muchos años que no sé nada de Roxana. Ojalá haya podido transgredir esos mandatos y apropiarse de su vida.          


BIBLIOGRAFÍA

-Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires: Glosario sobre Identificación. Simposio 1984.

-Burín Mabel: Estudios sobre la subjetividad femenina. Mujeres y salud mental. Grupo        Editor Latinoamericano. Buenos Aires 1987.

-Dío Bleichmar, Emilce: El feminismo espontáneo de la histeria. Estudio de los trastornos narcisistas de la femineidad. Editorial Adotraf. Madrid 1985.

-Dupetit, Susana: "La transferencia psicótica de pacientes psicóticos y de la parte psicótica de la personalidad." Ateneo Clínico. Ateneo Psicoanalítico de Psicólogos. 1985.

-Freud, Sigmund: Obras completas. Amorrortu.

-Grinberg, León: Teoría de la identificación. Paidós. Buenos Aires. 1978.

-Irigaray, Luce: Ese sexo que no es uno. Editorial Saltés. Madrid 1982.

-Jacobson, Edith: El self y el mundo objetal. Editorial Beta. Buenos Aires. 1969.

-Klein, Melanie: Obras completas. Paidós.

-Levy de Aguado; Beatriz; Monzón, Isabel: "La identificación". Monografía. Cátedra de  Psicología de la personalidad. Facultad de Psicología. UNBA. Ediciones ORBE. 1970.

-Monzón, Isabel: "Mora. La enfermedad de la muerte. Reflexiones acerca de un autismo infantil y su restitución". X Encuentro de Discusión y V Simposium. La Clínica   Psicoanalítica. Asociación Escuela de Psicoterapia para Graduados. 1988.

-Monzón, Isabel: "Peter Pan y Wendy. Trampa narcisista o enamoramiento eterno." Ensayo presentado en el Seminario de Teoría y Técnica de Psicoanálisis de Pareja. Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupos. Noviembre de 1988.

-Olivier, Christiane: Los hijos de Yocasta. La huella de la madre. Fondo de Cultura Económica. México. 1984.

-Rosenfeld, David: "Trastornos de la piel y el esquema corporal. Identificación proyectiva y el cuento infantil Piel de Asno". Revista de Psicoanálisis. Año 1975  Nº 2. Tomo XXXII. Asociación Psicoanalítica Argentina.

-Sinay, Cecilia M. de: "Aportes para la comprensión del suicidio" Revista Psicoanálisis.   Año 1983. Nº 3. Volumen V. Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires.

-Winnicott, Donald: "La interrelación en términos de identificaciones cruzadas". Revista de Psicoanálisis. Año 1968. Nº 3/4  Tomo XXV. Asociación Psicoanalítica Argentina.

-Winnicott, Donald: Realidad y Juego.
Granica. 1972.

-Wisdom, J.O.: "Comparación y desarrollo de las teorías psicoanalíticas sobre la melancolía". Publicación de la Asociación Psicoanalítica Argentina. 


[1] Este trabajo data de 1989. Aunque hoy no suscribo ciertas teorías que en esos momentos utilizaba, la historia clínica de la paciente a la que bauticé como Roxana, no deja de tener vigencia. Tampoco me interesa rescribir este ensayo, de allí que, salvo excepciones que aclararé en oportunos pie de páginas, el texto queda como el originario. 

[2] Estas son las típicas interpretaciones que hoy consideraríamos "kleinianas" y que hoy evito. La idea teórica  podría considerarse aún vigente, pero no el modo de trasmitírsela a una paciente.

[3] Dos prácticas muy comunes durante la época en la que transcurrió la infancia de Roxana

[4] En 1989, cuando escribí este breve ensayo, en mi tarea clínica yo aún no indagaba -ante ciertos indicios- acerca de la posibilidad de un abuso sexual. Hoy, en diciembre del año 2001, tomaría el cuento "Piel de asno" y otras las asociaciones que hizo Roxana, como uno de esos indicios, es decir como la posibilidad de un abuso sexual por parte del padre o, por lo menos,  de un contacto con el cuerpo de su hija por el cual él no respetaba la intimidad de ese  cuerpo infantil. 

[5] Es frecuente que los niños que carecen en algún momento de contención afectiva, se hamaquen, como reviviendo una escena de estar en los muy deseados y añorados brazos maternos.

[6] Roxana hablaba de sus casas por el nombre de las calles. "Sarmiento" era la casa en la que vivía actualmente. Como sus casas no eran del todo "hogares" tenían nombre de calles. Además, siempre temía perderlas. Su estabilidad pendía de un hilo muy endeble. 

[7] Con este doble mensaje, típico de las paradojas que emiten los padres que psicotizan a sus hijos, el padre de Roxana se aseguraba que ella fuera sólo propiedad de él, ya - durante la infancia de Roxana -  en las escuelas católicas para niñas no podían ingresar varones.

[8] Como  Elizabeth de R., de la cual Freud habla en sus historiales clínicos.