Hace algunos años, a mediados de un frío invierno porteño, me llamó Roxana
pidiéndome una consulta. Es necesario que me detenga en relatar algunos de los
momentos más relevantes de las entrevistas iniciales, ya que es en esos encuentros cuando se presentan los temas
fundamentales por los que girará luego el tratamiento.
Me encontré con una mujer de 41 años, atractiva, con algo de sobrepeso,
de bellos ojos verdes y elegantemente vestida. Relata que tuvo una experiencia previa de análisis de la que fue dada de alta
hace menos de un año. Aunque enseguida agrega: "Fui una paciente difícil
y no daba para más". Volvió a su analista anterior pero prefiere ahora
analizarse con una mujer.
Consulta porque está muy tensa, tanto que "siento que voy a remontar
vuelo". Está encerrada en un círculo vicioso y se pregunta hasta qué punto
se pueden modificar ciertas "estructuras: dependencia, pegoteo y parálisis."
En la primera versión que trae de su madre la describe como muy particular,
una idishe mame en caricatura que vive encerrada en la casa. Más adelante
agrega que ella es una persona muy inestable que hace varios años está en tratamiento
psicoanalítico y psiquiátrico. Protesta por tener que ir
a análisis y falta mucho a sus sesiones. "Mi madre nunca me quiso-
agrega más adelante, un tanto más confidente- desde que yo
recuerdo, ella vive en la cama".
Cuando la madre estaba embarazada de su único hermano -Alberto, al que
Roxana le lleva seis años - tuvo
un brote psicótico por el que la trató un médico clínico. Intentaron provocarle
un aborto con una inyección de formol. Cuando se refiere a su padre afirma que
él hizo de padre y madre. Roxana siempre había creído que él era como Superman,
"que le rebotaban las balas." Cuando hace algunos años sus padres
tuvieron un accidente automovilístico y él resultó con fracturas por las que
tuvo que estar enyesado, Roxana descubrió que su padre era vulnerable. Por otra
parte, ella nunca pudo valerse
por sus propios medios, siempre depende económicamente de su hermano y de su
padre. Trabaja en un negocio que es de su hermano. El padre ha tenido épocas
de ganar mucho dinero y otras de fundirse.
Una vez le compró un departamento que ella arregló dejándolo hecho "una
maravilla." En una de esas épocas de cataclismo económico o diluvio, como
Roxana llama a ciertas crisis familiares, el padre vendió el departamento, por
eso actualmente ella vive en uno alquilado.
Estuvo casada durante 4 años y hace 11 que se separó. "Me casé de
prolija, porque tenía la edad adecuada. No estaba enamorada. Tenía dos festejantes,
uno en Brasil y otro acá. Me casé con el que estaba más cerca". Hasta hace
un año tuvo una relación afectiva importante con un hombre mayor que ella, casado.
"Fue una relación hermosa y dolorosa". Durante su casamiento no quedó
embarazada. Hizo tratamientos que no dieron resultado. Luego de separada, en
una de las esporádicas relaciones que mantenía con su ex marido quedó embarazada.
Abortó. Luego volvió a quedar embarazada y volvió a abortar.
Empieza a notar que hace un tiempo que se queda mucho encerrada en su
casa, no sale, no habla, desconecta el teléfono. Pensaba esperar para un re-
análisis pero la amiga que le dio mi nombre la "apuró" para que consultara.
"Yo quería analizarme con una mujer grande o por lo menos con muchos años
de profesión". Tiene insomnio e hizo varias pericarditis por las que el
cardiólogo recomendó sedantes. Su ex analista la medicó con Trapax. Actualmente
toma Roiphnol y con eso puede dormir.
Roxana cree que, durante su análisis anterior, ocho años y tres cuartos
estuvo hablando de su padre. A raíz de eso expresa: "No tengo espacio,
necesito hacerme un espacio". De nena y adolescente era retraída. "La
idiota que la familia escondía en el desván. Gordita. Tímida. Incapaz de pedir
ayuda". Siempre le gustó leer mucho. A los 6 años ya había leído "Piel
de Asno", aunque no recuerda cómo era el cuento. Su madre no quería que
ella leyera tanto. De chica era machona, siempre jugaba con los varones. "Tenía
un amiguito que era maricón. Nos peleábamos por quién era la mamá".
Roxana sentía que tenía dos caminos: ser homosexual o permanecer infantil.
Ser mujer para ella era ser tonta ya que sólo los hombres eran inteligentes.
Y para no ser mujer tonta ni homosexual decidió permanecer infantil.
Al inicio de una sesión me dice que no tiene dinero para pagarme, que
podrá hacerlo en días subsiguientes. Ese fin de semana tiene un ataque de miedo
por el se queda encerrada en su casa sin atender siquiera el teléfono. A medida
que va transcurriendo la sesión sus fantasías persecutorias y su desconfianza
se van desplegando en la relación transferencial conmigo. Manifiesta una vez más la idea de interrumpir el tratamiento.
¡Tantos años de análisis y sigue teniendo miedo! Siente, a mi entender,
que mi trabajo analítico con ella es veneno, algo dañino.[2]
Ella no ha podido pagarme esas últimas sesiones, privándome - desde su
inconsciente - de sus valiosas
heces. Como consecuencia, ella cree que yo me vengo de ella dándole interpretaciones
venenosas y dañinas. De esa manera no sólo no le calmo el miedo sino que la
asusto aún más. Roxana expresa que ella tiene una idea anal acerca de los intercambios.
Su caca- valiosa como las heces de oro de aquel asno
del cuento- es retenida por ella. Eso explica además su pertinaz constipación.
Dos sesiones después, en la sesión a la que bauticé "sesión de enemas y
ventosas" comienza diciendo: "Cuando venía para acá me sentía
durita y a la vez necesito que me mime y que me cuide". Le interpreto
que ella me anuncia que "durita" quiere decir a la defensiva porque
como está necesitada de cuidados míos le asusta que yo le haga algo dañino.
Y es en este momento que como producto de una intuición le pregunté
si a ella, durante la infancia, le ponían enemas. Para su asombro - confesado
- y el mío -
secreto- me dice que sí
y que también solían aplicarle ventosas.[3]
A partir de ese momento llora mucho, prácticamente toda la sesión. A veces no
puede hablar por la intensidad de su llanto. Se acuerda de una jeringa de goma.
Y de las ventosas que ella en media lengua decía "tema" por "quema".
" ¿Era necesario, servían para algo? " pregunta y agrega " estoy
llorando como si tuviera meses o dos
o tres años". Se evidencia claramente que transfiere sobre mi la imagen
de una madre peligrosamente invasora y enormemente necesitada. Asimismo,
su temor a recibir de mí
algo venenoso y nocivo queda más clara. Yo le sacaría sus valiosas heces por
la fuerza, invadiéndola a través del esfínter anal e inoculándole una venenosa
leche. Ella, como defensa, estaba durita, contraía el esfínter. También quedó
claro que mi pregunta acerca de si le aplicaban enemas no fue sacada de la galera
psicoanalítica. Ella me había estado dando pistas para que yo supiera que su
ano era un orificio por el que transcurrían relaciones con los otros sumamente
peligrosas. Las ventosas también simbolizaban modos invasores y absorbentes
de vaciarla "a sus espaldas".
Encerrarse en
su casa cuando tenía miedo me remite nuevamente al cuento de Perrault.
La princesa se escondía dentro de la piel del asno buscando protección. Y Roxana
se metía en su casa. Pero, al ser ésta también la conducta de
su madre, quedaba en evidencia
el deseo de hallar un protector encierro dentro de una madre idealizada, a la
vez que expresaba otra forma de identificación con la figura materna. Cuando
se sentía abandonada por mí "fines de semana"– recurría a esa defensa.
Estas escenas, que transcurrían ahora en su mundo interno y se desplegaban en
la transferencia, correspondían a experiencias pasadas vividas en la relación
con su madre. Una madre que realmente la había abandonado, debido a que
su grave perturbación psíquica no le permitía amar y atender a su hija como
ésta lo necesitaba. Roxana tuvo que conformarse con una deficitaria y prematura
relación con el padre y a aprender a autoabastecerse como podía. Esta precoz
relación tenía un aspecto idealizado y otro persecutorio. Manifestaba su apego
cariñoso al padre de múltiples maneras. Era él quien la curaba si ella se lastimaba.
Cuando de chica la alzaba, le decía
que con los besos que Roxana le diera él tendría más fuerza. El aspecto peligroso,
que permanecía inconsciente, se expresa también a través del cuento: la princesa
se esconde disfrazándose con la piel del asno debido al asedio incestuosamente
sexual de su padre. Roxana sentía que su mamá la había privado de sus cuidados
cuando todavía era muy pequeña para carecer de ellos y la había entregado prematuramente
al padre. También el hombre representaba una imagen peligrosamente invasora,
ya que a través de su enema-ventosa- pene podía entrar destructivamente en ella.[4]
El vínculo psicoanalítico con Roxana era como estar con una niña aterrorizada.
Como tener que despertarla de un sueño-pesadilla que confundía con la realidad.
Despertarla de los "sueños feos", como es necesario hacer con los
niños. Su madre no sólo la dejó prisionera de las pesadillas infantiles sino
que, con sus características, confirmó la aterrorizadora imagen de la bruja.
Roxana relató repetidas veces un recuerdo de adolescencia. Todavía no estaba
del todo despierta cuando una mañana su madre, despeinada y desarreglada, entró
en la habitación. Era una bruja. Juntas vimos que esa escena condensaba una
serie de situaciones vividas, sobre todo en su infancia, con una madre loca.
Esa madre que, como consecuencia de haber tenido un brote psicótico durante
el embarazo de su hermanito, no pudo contener los tumultuosos sentimientos que
Roxana - nena sintió tanto hacia
su madre como hacia su hermano y su padre. Poblada de personajes internos aterrorizadores,
su yo se hallaba tan desamparado como el de aquel niño protagonista de una película
que ella mencionaba frecuentemente: Padre Padrone, de los hermanos Taviani.
En una de las sesiones, Roxana me relató que la noche anterior recordó una escena
en la que Gabino - el niño protagonista de esa película - era
retirado de la escuela por su padre, quien lo llevó a la montaña para cuidar ovejas. "Se
hamacaba solo", recuerda Roxana. Ella, a pesar de estar estirada en su
cama durante esa noche, se imaginaba en posición fetal. Había comprendido, por
identificación con Gabino, el significado
del "rocking". [5]
Cuando tenía pánico, recurría a la creencia que estaba dentro de su mamá, segura
y protegida. Se metía dentro de la cama, como hacía su propia madre, creyendo
que allí iba a encontrarla. En momentos de terror, recurría a pastillas somníferas
y sedantes que, según palabras
de Roxana, más que para dormir eran para no sentir. En su relación con las pastillas
también se ponía en evidencia una peligrosa identificación con la madre ya que,
como ésta, mezclaba medicamentos y los tomaba en dosis inadecuadas.
Miedo, desamparo, peligro: esta ecuación, permanente en la vida de Roxana,
me trae a la memoria uno de sus sueños. Fue soñado durante un fin de semana,
en los comienzos del otoño del año siguiente de iniciado el tratamiento. Había
tenido pesadillas mezcladas con cosas reales claritas de trabajo. Y después
un sueño, también en parte realidad pero lo demás fantaseado.
La
cocina de Sarmiento[6]
no está en buenas condiciones. Sucia, picada. De una hornalla, la que uso siempre,
sale una llama por la llave. Sigo usando esa en lugar de las otras dos. Si me
fijo, la puedo arreglar. Por ahí no está bien calzado el quemador. En el sueño
yo estaba sentada en el piso y encendía un cigarrillo con un encendedor que
perdía gas. Se prendió fuego el encendedor. Lo tiro al suelo, había papeles,
se hizo fuego. Yo siempre sentada en el piso. Dije: "Alberto! .-por mi
socio-¡ fuego!. Y él, con agua,
lo apagó. Con Alberto no puedo contar para ciertas cosas del trabajo. . Cuando
sueño lo del fuego me despierto. Pero para ese tipo de cosas con Alberto cuento.
Pero yo me quedé sentada y el fuego así no se apagaba. No me movía ni tuve ocurrencias
para buscar solución más práctica. Estaba tan angustiada.....Y es real que Alberto
no se mueve.
Describe
luego algunas de las cosas que
tiene que hacer relacionadas con su trabajo. Y agrega: "Dormí muy angustiada,
era un estado intermedio. Maquinaba con cosas que faltaba hacer. Sentía miedo,
angustia e impotencia. No eran pesadillas. Era recordar
y fantasear en la realidad pero sentido como pesadilla. Como en las noches
previas a un examen. Es una pesadilla trabajar sin respaldo".
Cuando Roxana relató este sueño, lo entendí como el anuncio de una crisis
depresiva. Estas crisis se desencadenan regularmente durante el invierno anunciándose
desde el otoño. En esta ocasión fue leve. El frío era la falta de contacto,
la soledad sentida a través de su piel. "En el invierno hay una especie
de compenetración con la naturaleza, se siente que todo decae, todo es opaco,
todo se pierde. En personas muy perturbadas se movilizan en esta época todos
los recuerdos de falta de acunamiento y de contacto, fundamentalmente de parte
de la madre", dice Susana Dupetit. También para Roxana. Asimismo,
denuncia claramente, a través del sueño, una peligrosa conducta que solía
tener: al llegar el frío, ella se iba a dormir dejando las hornallas de la cocina
encendidas. Insistentemente yo le mostraba que esa era la trampa de la maléfica
identificación con una madre asesina de sus hijos ya que, buscando el calor
del cuerpo materno, corría el peligro
de encontrar la muerte. Roxana reiteradamente le restaba importancia a la peligrosidad
de estas conductas. Evidenciaba también su fusión
con esa madre desconectada, el hecho del no escuchar los mensajes de alarma que a sí misma se daba-
Siempre se quejaba de que su madre no la veía. Una vez, siendo Roxana una bebita,
su madre la sacó a pasear en cochecito. La subió al refugio que hacía de parada
de tranvía. La manija del cochecito quedó sobresaliendo, de tal modo que el
tranvía lo enganchó, yendo a parar a la parrilla delantera. Esto impidió que
Roxana fuese arrollada. Esta fue una de las primeras veces que su vida, por
la desconexión de su madre, corrió un peligro mortal. Para Barrie, el autor
de Peter Pan, Roxana sería uno de los Niños Perdidos de la Tierra del Nunca
Jamás. Eran "los que se les caían de los cochecitos a sus niñeras cuando
ellas estaban distraídas."
Continuando con el sueño, puede pensarse a Alberto-socio
como una figura que condensa los personajes del padre y del hermano.
El apagar el fuego, representa
el movimiento de la figura masculina. Para eso el hombre "sirve."
Pero no puede evitar que Roxana, identificada con la imagen materna, provoque
el incendio. Es la desmentida e impotencia del padre ante la locura de la madre.
Más aún, él deja a los hijos a merced de la peligrosamente irresponsable madre
psicótica. Es notable, además, como Roxana describe esa sensación de estar dormida
y a la vez despierta. Una muy intensa angustia le impide dormirse y entregarse
del todo al sueño. Tiene que estar alerta. Así se manifiesta un aspecto suyo
que se alarma pero que a la vez no puede vencer la impotencia. Junto con esta
también queda en evidencia otra de las características de Roxana: su pasividad,
a la que dedicaré un capítulo aparte.
Durante su segundo año de análisis Roxana relata este sueño:
Mi
hermano y yo teníamos un hermanito más chico. Y Alberto, no me acuerdo por qué,
había estado jugando con los ojos del bebé y
se los había reventado y el
bebé había muerto. Yo estaba muy preocupada, no me acordaba si Alberto tenía
ocho años o doce. Si tenía doce iba
a ser terriblemente castigado pero si tenía ocho no, lo terrible
iba a ser la culpa. Era mi preocupación mayor, más que la muerte del
bebé. También me preocupaba cuántos años más que el bebé tenía Alberto, tenía
relación con el castigo que podía recibir. Me desperté acordándome perfectamente
del sueño y muy desconcertada. Sentía que yo tenía que estar más angustiada
con ese sueño y me preguntaba qué me pasaba que no sentía tal angustia. Además, mucho después de despertarme recordé claramente
el sueño, muy preocupada. Pensé varias veces en eso. Me acordé de los celos
que nunca sentí por mi hermano. Lo asocié con eso. El bebé tenía ojitos muy
claros como tiene Albertito. Entre mi hermano y yo mi madre estuvo varias veces
embarazada y no quiso continuar esos embarazos.
Jugar con un bebé como si fuera un muñeco y no un ser vivo... Esa es
la conducta de una criatura muy pequeña o de una madre muy loca. Ambos, seres
sin responsabilidad ante la ley. Esto estaba escondido detrás de la cuenta de
los años. Pero la culpa persecutoria existirá independientemente de la sanción.
Cuando Alberto era chico, Roxana se hacía cargo de él, de curarlo si se lastimaba,
de darle de comer, de higienizarlo. Un muñeco de carne y hueso. Cuando ella
cuenta su sueño me relata, al mismo tiempo, una fantasía y un recuerdo. Y me
pide que yo, conociendo sus sentimientos, la proteja a ella y a sus hermanitos
de las consecuencias de los mismos. Que yo si me preocupe. Que no la deje caer
del cochecito. El bebé es ella misma expuesta a la madre-loca interna. Es también
su hermano y todos los otros bebés no nacidos por su deseo de poseer en exclusividad
a su madre. Son sus abortos y todo aquello que empieza y no concluye, atacando
así su creatividad. Cuando, en la transferencia, represento a la figura materna,
el bebé es ella misma poniendo en riesgo su vida con las peligrosas hornallas
y las asesinas pastillas.
Roxana me muestra con este sueño la peligrosa convivencia que en su mundo
interno tienen la nena celosa y posesiva con la madre-loca-asesina. El resultado
es una mezcla explosiva. Y se evidencia la preocupante ausencia de una madre
protectora, ya que no hay quien
salve a ese bebé que termina muriendo. Además, me anuncia el crimen que llevará
a cabo produciendo pocos meses después la primera interrupción del tratamiento.
El método elegido es la ceguera, el ataque al conocimiento. Como Edipo, destruye
su capacidad de saber. Pero creo que no sólo como auto -
castigo por sus crímenes sino también para no ver el siniestro crimen
materno y paterno.
Las identificaciones de Roxana con su madre son una trampa mortífera.
Roxana escondida-protegida dentro de la casa-cama-mamá. Acunándose en el vientre
materno. Huyendo del frío de la soledad. El encierro en su casa, el aislamiento,
la parálisis, las pastillas, las hornallas encendidas, son todos caminos que
la conducen al encuentro con su idealizada madre. Aunque nunca la llamara cariñosamente
"mamá", aunque siempre hablara de ella con la distancia impersonal
de un "mi madre", aunque
dijera que ella era una ciénaga, una planta carnívora, tenía con ella un vínculo
muy intenso que le costaba hacer consciente.
Roxana decía que su madre era sensual. Esto hizo que yo comprendiera no sólo
la propia sensualidad de mi paciente sino también otra de las razones de la
fuerte atracción inconsciente que su madre ejercía sobre ella. Entiendo esta
sensualidad como una experiencia emocional muy primitiva que lleva a acariciar
por el placer de sentir la otra piel, que tiene el sentido de producirse placer
a sí mismo. Solo eso. Pero que, sin proponérselo produce placer en el otro.
La madre de Roxana la colmaba de caricias, narcisistas, pero caricias al fin.
Ellas lograban, por un lado, que Roxana se sintiera devorada por una planta
carnívora o atrapada por una ciénaga pero tenían, por otro lado, la atracción
de hacerla sentir, como diría Luce Irigaray,
"una con la madre" y
para siempre.
Tomando pastillas, encendiendo las hornallas, exponiéndose a ser tragada
por la ciénaga, Roxana no busca la muerte. Busca, en el encuentro con su madre,
la vida. Aunque, sin quererlo, una madre con esas características pueda llegar
a conducirla a la muerte. Cuando
ese vínculo interno prevalecía, se
conducía conmigo algunas veces de una manera despreciativa y arrogante y otras
de forma desesperanzada y derrotista. En el primer caso yo, depositaria de su
aspecto infantil, me sentía impotente y
desvalorizada. En el segundo, sentía que una tenebrosa fuerza me atraía
para arrastrarme a mí también a ese "pantano de la melancolía." Era
en esos momentos cuando me desafiaba asegurándome, como en las entrevistas iniciales,
que no se podían cambiar estructuras.
A pesar de que yo estaba en la realidad analítica como nueva alternativa para
un vínculo de apego y como otra variante de imagen identificatoria, era más
lo que ella temía perder que lo que sin certeza podría llegar a conseguir.
Con respecto a los mandatos hay otros testimonios. Durante la primavera
de su primer año de análisis llega un día Roxana mostrándome que adelgazó. Está
arreglada y visiblemente más atractiva. ( Se han terminado los fríos y ella
puede abandonar un poco la protectora piel de asno.) En algunas de las asociaciones
de aquel momento también se expresan los mandatos. Se preguntaba cómo podía
ser que hubiera salido del ostracismo al mismo tiempo que me cuenta que se levantó
"un tipo" por la calle. También dice que cuando le hago una interpretación
con humor siente que son travesuras mías. Ella nunca hizo travesuras. Era sometida.
De chica también fue gordita. El padre la mandó a aprender baile pero, cuando
iba a representar en un festival que organizaba la profesora, él no quiso dejarla
participar, argumentando que ella estaba gorda y que así iba a hacer el ridículo.
Durante la adolescencia, su padre no
la dejaba salir con muchachos, por eso la anotó en un club de mujeres católicas,
a pesar de que nunca quería que ella estuviera con chicas "goim".[7]
No era
traviesa pero si "machona" - este era el calificativo de sus
padres - ya que le gustaba jugar
con varones. A través de este relato
se puede ver cómo en Roxana adulta regían todavía esas consignas, siempre actualizadas.
Las de su padre, que con mensajes contradictorios terminaba prohibiendo todo
movimiento, toda actividad, toda exogamia. Mensajes paralizantes a los que se
sumaban los mandatos de su madre: "No leas tanto". Y las conductas
invasoras de esta maternal planta carnívora, que
atacaba la autonomía del esfínter anal de Roxana con enemas. Los mandatos
de la madre loca y del padre enloquecedor estaban en parte elaborados con los
valores de la sociedad en la que les tocó vivir.
En
este sentido, Roxana hacía una clara lectura "de género": decía que
la enfermedad de su familia era al revés que la hemofilia porque la transmitían
los hombres y la heredaban las mujeres. Pero ¿cuál era esa enfermedad? ¿La locura?
¿La estupidez? En las entrevistas había expresado su decisión de no ser mujer
porque esto implicaba también el ser tonta. Le quedaban entonces dos caminos
posibles: ser homosexual o permanecer infantil. Eligió este último porque le
parecía el más sano. Una multitud de ideas y vivencias quedaban condensadas
aquí. La madre había perdido la razón durante el embarazo. Mujer era, entonces,
sinónimo de locura. En cuanto a ser homosexual, para Roxana significaba transformarse
en machona, perder la femineidad. Expresó que en el folklore de su familia las
mujeres suficientes eran consideradas mari machos. Además, estableció una diferencia
entre lesbiana y marimacho. La última era una mujer que no tenía desarrolladas
las características femeninas, que era rústica y hombruna, y lesbiana era para
ella una mujer "que tenía desplazado el objeto de interés sexual",
aunque podía ser seductora y femenina. Es evidente que Roxana ha recibido como
axioma que usar la inteligencia representaba la pérdida de la femineidad, es
decir quedarse sin identidad. Ser inteligente, movediza, traviesa, curiosa,
son transgresiones a los mandatos familiares. Mujer sólo podía representarse
para ella en términos de "falta de", "carencia de". Falta
de salud, ausencia de inteligencia, carencia de autonomía y actividad. Miradas
las cosas desde el punto de vista de Roxana, era razonable su afirmar de que
permaneciendo infantil había elegido el camino más sano. Lo que ella no había
tenido en cuenta era que, en realidad, no elegía lo mejor sino lo menos malo
ya que al permanecer infantil quedaba condenada a la parálisis, a seguir siendo
"la idiota que la familia escondía en el desván". Como Peter Pan en
la Tierra del Nunca Jamás, al quedar
detenida en el tiempo perdía el ejercicio de la sexualidad, quedaba encerrada
en el mundo endogámico de su familia y fusionada con su madre. Siendo una mujer
inteligente le estaba vedado ser mujer inteligente. El resultado inevitable
era la depresión, de la que salía a veces con picos maníacos y otras, las menos,
simplemente con proyectos optimistas. También manifestaba rasgos de carácter
histéricos. Eran una forma de intentar rescatarse desobedeciendo el mandato
de pasividad. Intento fallido pero intento al fin de tener alguna forma de poder.
Roxana empezó a mejorar económicamente y a no depender del padre ni de
su hermano. Los padres empezaron a dar cada vez más índice de deterioro. Fueron
internados en distintos geriátricos. Ellos, que durante tantos años habían permanecido
juntos formando una pareja extraña, terminaban viviendo separados. Roxana no
soportaba ver a su querido papá en ese lugar, aunque fuese una institución donde
estaba realmente cuidado. Tenía fantasías de internarse junto a él. Por otro
lado, estaba permanentemente yendo de un geriátrico a otro. Se descubría ahora
que había otro mandato que había permanecido solapadamente escondido: debía
ser la hija soltera encargada de cuidar a los padres.[8]
De nena y adolescente había tenido que atender a su hermano debido a la enfermedad
de la madre. También a ésta, que utilizaba a su hija como lazarillo. Ahora,
siendo una mujer madura y estando su padre anciano, también debía cuidarlo a
él. Y con absoluta dedicación. Este destino le había estado marcado desde siempre
y ella de alguna manera lo sabía, por eso en las entrevistas pedía conseguir
un lugar propio. Ahora estaba perdiendo, una vez más, el poco espacio que había
podido conseguir. Entonces, y de forma compulsiva, volvió a interrumpir el tratamiento.
¿Será
el "prohibido vivir" un mandato que, de tan poderoso, se vuelva definitivamente imposible desobedecer? Hace muchos
años que no sé nada de Roxana. Ojalá haya podido transgredir esos mandatos y
apropiarse de su vida.
-Asociación
Psicoanalítica de Buenos Aires: Glosario sobre Identificación. Simposio 1984.
-Burín
Mabel: Estudios sobre la subjetividad femenina. Mujeres y salud mental.
Grupo
Editor Latinoamericano. Buenos Aires 1987.
-Dío
Bleichmar, Emilce: El feminismo espontáneo de la histeria. Estudio de
los trastornos narcisistas de la femineidad. Editorial Adotraf. Madrid 1985.
-Dupetit,
Susana: "La transferencia psicótica de pacientes psicóticos y de la parte
psicótica de la personalidad." Ateneo Clínico. Ateneo Psicoanalítico
de Psicólogos. 1985.
-Freud,
Sigmund: Obras completas. Amorrortu.
-Grinberg,
León: Teoría de la identificación. Paidós. Buenos Aires. 1978.
-Irigaray,
Luce: Ese sexo que no es uno. Editorial Saltés. Madrid 1982.
-Jacobson,
Edith: El self y el mundo objetal. Editorial Beta. Buenos Aires. 1969.
-Klein,
Melanie: Obras completas. Paidós.
-Levy
de Aguado; Beatriz; Monzón, Isabel: "La identificación". Monografía.
Cátedra de Psicología de la personalidad.
Facultad de Psicología. UNBA. Ediciones ORBE. 1970.
-Monzón,
Isabel: "Mora. La enfermedad de la muerte. Reflexiones acerca de un autismo
infantil y su restitución". X Encuentro de Discusión y V Simposium. La
Clínica Psicoanalítica. Asociación
Escuela de Psicoterapia para Graduados. 1988.
-Monzón,
Isabel: "Peter Pan y Wendy. Trampa narcisista o enamoramiento eterno."
Ensayo presentado en el Seminario de Teoría y Técnica de Psicoanálisis de Pareja.
Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupos. Noviembre de 1988.
-Olivier,
Christiane: Los hijos de Yocasta. La huella de la madre. Fondo de Cultura
Económica. México. 1984.
-Rosenfeld,
David: "Trastornos de la piel y el esquema corporal. Identificación proyectiva
y el cuento infantil Piel de Asno". Revista de Psicoanálisis. Año
1975 Nº 2. Tomo XXXII. Asociación
Psicoanalítica Argentina.
-Sinay,
Cecilia M. de: "Aportes para la comprensión del suicidio" Revista
Psicoanálisis. Año 1983.
Nº 3. Volumen V. Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires.
-Winnicott,
Donald: "La interrelación en términos de identificaciones cruzadas".
Revista de Psicoanálisis. Año 1968. Nº 3/4
Tomo XXV. Asociación Psicoanalítica Argentina.
-Winnicott, Donald: Realidad y Juego. Granica. 1972.
-Wisdom, J.O.: "Comparación y desarrollo de las teorías psicoanalíticas
sobre la melancolía". Publicación de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
[1] Este trabajo data de 1989. Aunque hoy no suscribo ciertas teorías que en esos momentos utilizaba, la historia clínica de la paciente a la que bauticé como Roxana, no deja de tener vigencia. Tampoco me interesa rescribir este ensayo, de allí que, salvo excepciones que aclararé en oportunos pie de páginas, el texto queda como el originario.
[2] Estas son las típicas interpretaciones que hoy consideraríamos "kleinianas" y que hoy evito. La idea teórica podría considerarse aún vigente, pero no el modo de trasmitírsela a una paciente.
[3] Dos prácticas muy comunes durante la época en la que transcurrió la infancia de Roxana
[4] En 1989, cuando escribí este breve ensayo, en mi tarea clínica yo aún no indagaba -ante ciertos indicios- acerca de la posibilidad de un abuso sexual. Hoy, en diciembre del año 2001, tomaría el cuento "Piel de asno" y otras las asociaciones que hizo Roxana, como uno de esos indicios, es decir como la posibilidad de un abuso sexual por parte del padre o, por lo menos, de un contacto con el cuerpo de su hija por el cual él no respetaba la intimidad de ese cuerpo infantil.
[5] Es frecuente que los niños que carecen en algún momento de contención afectiva, se hamaquen, como reviviendo una escena de estar en los muy deseados y añorados brazos maternos.
[6] Roxana hablaba de sus casas por el nombre de las calles. "Sarmiento" era la casa en la que vivía actualmente. Como sus casas no eran del todo "hogares" tenían nombre de calles. Además, siempre temía perderlas. Su estabilidad pendía de un hilo muy endeble.
[7] Con este doble mensaje, típico de las paradojas que emiten los padres que psicotizan a sus hijos, el padre de Roxana se aseguraba que ella fuera sólo propiedad de él, ya - durante la infancia de Roxana - en las escuelas católicas para niñas no podían ingresar varones.
[8] Como Elizabeth de R., de la cual Freud habla en sus historiales clínicos.