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Alejandra Pizarnik
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Del libro: Árbol de Diana |
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20
dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe
22
en la noche
un espejo para la pequeña muerta
un espejo de cenizas
25
un agujero en la noche
súbitamente invadido por un ángel
37
más allá de cualquier zona prohibida
hay un espejo para nuestra triste transparencia
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Del libro: Los trabajos y las noches |
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Presencia
tu voz
en este no poder salirse de las cosas
de mi mirada
ellas me desposeen
hacen de mí un barco sobre un río de piedras
si no es tu voz
lluvia sola en mi silencio de fiebres
tú me desatas los ojos
y por favor que me hables
siempre
Encuentro
Alguien entra en el silencio y me abandona.
Ahora la soledad no está sola.
Tú hablas como la noche.
Tú anuncias como la sed.
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Del libro: Textos de Sombra |
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en
el centro puntual de la maraña
Dios, la araña
BUSCAR
No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro
de alguien sino yacer porque alguien no viene.
A TIEMPO Y NO
A Enrique Pezzoni
-No he visto aún a la reina loca-dijo la niña.
-Pues acompáñame, y ella te contará su historia-dijo la muerte.
Mientras se alejaban, la niña oyó que la muerte decía, dirigiéndose a un grupo
de gente que esperaba: "Hoy están perdonados porque estoy ocupada"., cosa que
la alegró, pues el saber que eran tan pocos los que iban a morir la ponía algo
triste.
Al poco rato vieron, a lo lejos, a la reina loca que estaba sentada muy triste
sobre una roca.
-¿Qué le pasa?- preguntó la niña a la muerte.
-Todo es imaginación-replicó la muerte-, en realidad no tiene la menor tristeza.
-Pero sufre igual, entonces no hay ninguna diferencia-dijo la niña.
-Vamos-dijo la muerte.
Se acercaron, pues, a la reina loca, que las miró en silencio.
-Esta niña desea conocer tu historia-dijo la muerte.
-Yo también quisiera conocer mi historia si yo fuera ella y ella yo-dijo la
reina loca. Y agregó-: Siéntense las dos y no digan una sola palabra hasta que
haya terminado.
La muerte y la niña se sentaron y, durante unos minutos, nadie pronunció una
sola palabra. La muñeca cerró los ojos.
-No veo cómo podrá terminar si no empieza-dijo la niña.
Se hizo un gran silencio.
-Una vez fui reina-empezó al fin la reina loca.
A esas palabras el silencio se volvió a unificar y se hizo denso como una caverna
o cualquier otro abrigo de piedra: dentro, entre las paredes milenarias, la
joven reina rodeada de unicornios sonríe a su espejo mágico. La niña sentía
deseos de prosternarse ante la narradora en harapos y decirle: "Muchas gracias
por su interesante historia, señora", pero algo le hacía suponer que la historia
de la reina loca aún no estaba terminada y por lo tanto permaneció quieta y
callada.
La reina loca suspiró profundamente. La muñeca abrió los ojos.
-"Hijo mío, tráeme la preciosa sangre de tu hija, su cabeza y sus entrañas,
sus fémures y sus brazos que te dije encerraras en la olla nueva y la taparas,
enséñamelo, tengo deseos de mirar todo eso; hace tiempo te lo di, cuando ante
mí gemiste, cuando ante mí estalló tu llanto"-dijo la reina loca.
-No le hagas caso-dijo la muerte-, está loca.
-¿Y cómo no va a estarlo si es la reina loca?-dijo la niña.
-Siempre divaga sobre lo que no tuvo. Lo que no tuvo la atraganta como un hueso-dijo
la muerte.
Con los ojos llenos de lágrimas prosiguió la reina loca:
-Niña, tú que no has tenido un reino, no puedes saber por qué voy bajo la lluvia
con mi corona de papel dorado y la protejo....
-Para que no se moje-dijo la niña. Y empezó a contar: Una vez mi primo y yo.
Pero se contuvo pues la muerte mordía con impaciencia un pétalo de rosa que
tenía en la boca.
-No, no puedo saber-dijo la niña.
-Pues cuenta la historia de una vez y basta -dijo la muerte consultando su reloj
que en ese momento se abrió e hizo aparecer a un pequeño caballero con una pistola
en la mano que disparó seis tiros al aire: eran las seis en punto de la tarde
y el crepúsculo no dejaba de revelarse algo siniestro, sobre todo por la fugaz
aparición del caballerito del reloj y por la presencia de la muerte, aún si
ésta jugaba con una rosa que lamía y mordía. A lo lejos, cantaban acompañándose
de aullidos y tambores. Alguien cantaba una canción en alabanza de las florecillas
del campo, del cielito blanco y azul, del arroyuelo que mana agüita pura. Pero
otra voz cantaba otra cosa:
Et en bas, come au bas de la pente amère,
cruellement désespéré du coeur,
s'ouvre le cercle des six croix,
trés en bas
comme encastré dans la terre mère,
desencontré de l´ entreinte inmonde de la mèr
qui bave.
La reina loca suspiró.
-Me he acostado con mi madre. Me he acostado con mi padre. Me he acostado con
mi hijo. Me he acostado con mi caballo-dijo. Y agregó-: ¿Y qué?
La muerte escupió otro pétalo y bostezó.
-Qué interesante-dijo la niña con temor de que su muñeca hubiese escuchado.
Pero la muñeca sonreía, aunque tal vez con demasiado candor.
-Podría contarte mi historia a partir de la e de ¿Y qué?, que fue la última
frase que dije aunque ya no es más la última-dijo la reina loca-. Pero es inútil
contarte mi historia desde el principio de nuestra conversación, porque yo era
otra persona que no está más.
La muerte bostezó. La muñeca abrió los ojos.
-Qé bida!-dijo la muñeca, que aún no sabía hablar sin faltas de ortografía.
Todo el mundo sonrió y tomó el té sobre la roca, en el funesto crepúsculo, mientras
aguardaban a Maldoror que había prometido venir con su nuevo perro. Entretanto,
la muerte cerró los ojos, y tuvieron que reconocer que dormida quedaba hermosa.
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Una traición mística |
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| He aquí al idiota que recibía cartas |
| del extranjero |
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ÉLUARD
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Hablo de una traición, hablo de un místico embaucar, de la pasión de la irrealidad y de la realidad de las cartas mortuorias, de los cuerpos en sudarios y de los retratos nupciales.
Nada prueba que no clavó agujas en mi imagen, hasta resulta extraño que yo no le haya enviado mi fotografía acompañada de agujas y de un manual de instrucciones. ¿Cómo empezó esta historia? Es lo que quiero indagar pero con voz solamente mía y eliminando todo designio poético. No poesía sino policía.
Como una madre que no quiere dejar irse de sí a su niño que ya está nacido, así su absorción silenciosa. Yo me arrojo en su silencio; yo, ebria de presentimientos mágicos acerca de una unión con el silencio.
Recuerdo. Una noche de gritos. Yo subía y no tenía posibilidad de arrepentirme;
subía cada vez más alto sin saber si llegaría a un encuentro de fusión o si
me quedaría toda la vida con la cabeza clavada en un poste. Era como tragar
olas de silencio, mis labios se movían como debajo del agua, me ahogaba, era
como si estuviera tragando silencio. En mí éramos yo y el silencio. Esa noche
me arrojé desde la torre más alta. Y cuando estuvimos en lo alto de la ola,
supe que eso era lo mío, y aun lo que he buscado en los poemas, en los cuadros,
en la música, era un ser llevado a lo alto de la ola..
No sé cómo me abandoné, pero era como un poema genial: no podía ser escrito.
¿Y por qué no me quedé allí y no morir?. Era el sueño de la más alta muerte,
el sueño de morir haciendo el poema en un espacio ceremonial donde palabras
como amor, poesía y libertad eran actos en cuerpo vivo.
A esto pretende su silencio.
Crea un silencio en el que yo reconozca mi lugar de reposo cuando la prueba
de fuego de su afección tuvo que haber sido mantenerme lejos del silencio, tuvo
que haber sido vedarme el acceso a esa zona de silencio exterminador.
Comprendo, de nada sirve comprender, a nadie nunca le ha servido comprender,
y sé que ahora necesito remontarme a la raíz de esa fascinación silenciosa,
de esa oquedad que se abre para que yo entre, yo el holocausto, yo la víctima
propiciatoria. Su persona es menos que un fantasma, que un nombre, que vacío.
Alguien me bebe desde la otra orilla, alguien me succiona, me abandona exangüe.
Estoy muriendo porque alguien ha creado un silencio para mí.
Fue un trabajo magistral, una infiltración retórica, una lenta invasión
(tribu de palabras puras, hordas de discursos alados). Voy a intentar desenlazarme,
pero no en silencio, pues el silencio es un lugar peligroso. Tengo que escribir
mucho, que plasmar expresiones para que poco a poco se calle su silencio y entonces
se borre su persona que no quiero amar, ni siquiera se trata de amor sino de
fascinación imponderable y en consecuencia indecible (acercarme a la dura, a
la blanda niebla de su persona lejana, pero hunde el cuchillo, desgarra, y un
espacio circular hecho del silencio de tu poema, el poema que escribirás después,
en el lugar de la masacre). No es más que un silencio, pero esta necesidad de
enemigos reales y de amores mentales, ¿cómo la comprendió desde mis cartas?
Un juego magistral.
Ahora mis pasos de loba ansiosa en derredor del círculo de luz donde deslizan
la correspondencia. Sus cartas crean un segundo silencio más denso aun que el
de sus ojos desde la ventana de su casa frente al puerto. El segundo silencio
de sus cartas da lugar a un tercer silencio hecho de faltas de cartas. También
hay el silencio que oscila entre el segundo y el tercero: cartas cifradas en
las que dice para no decir. Toda la gama de los silencios en tanto de ese lado
beben la sangre que siento perder de este lado.
No obstante, si no existiera esta correspondencia vampírica, me moriría de falta de una correspondencia así. Alguien que amé en otra vida, en ninguna vida, en todas las vidas. Alguien a quien amar desde mi lugar de reminiscencias, a quien ofrendarme, a quien sacrificarme como si con ello cumpliera una justa devolución o restableciera el equilibrio cósmico.
Su silencio es un útero, es la muerte. Una noche soñé una carta cubierta
de sangre y heces; era en un páramo y la carta gemía como un gato. No. Voy a
romper el hechizo. Voy a escribir como llora un niño, es decir: no llora porque
esté triste sino que llora para informar, tranquilamente.
1966