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Textos
de Fernando Pessoa
(1888 - 1935)
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FERNANDO
PESSOA (1888 - 1935)
Nació en Lisboa. Poeta, periodista, tipógrafo y traductor. Escribió indistintamente
en inglés y en portugués y publicó casi toda su obra con seudónimos o, más bien,
con heterónimos.
De Odas
Ricardo Reis (heterónimo de Fernando Pessoa)
44
Bajo leve tutela
de dioses impasibles
quiero gastar las concedidas horas,
de esta emplazada vida.
Nada pudiendo contra
el ser que me formaron,
deseo que me haya el Hado al menos
dado paz por destino.
De la verdad no quiero
mas que vida: los dioses
dan vida y no verdad, y acaso ni ellos
conozcan la verdad.
Si yo pudiera morder la tierra toda
Si yo pudiera morder la tierra toda
y sentirle el sabor sería más feliz por un momento...
Pero no siempre quiero ser feliz
es necesario ser de vez en cuando infeliz para poder ser natural...
No todo es días de sol
y la lluvia cuando falta mucho, se pide.
Por eso tomo la infelicidad con la felicidad.
Naturalmente como quien no se extraña
con que existan montañas y planicies y que haya rocas y hierbas...
Lo que es necesario es ser natural y calmado en la felicidad o en la
infelicidad.
Sentir como quien mira. Pensar como quien anda,
y cuando se ha de morir,
Recordar que el día muere y que el poniente
es bello y es bella la noche que queda.
Así es y así sea.
El poeta es un fingidor
El
poeta es un fingidor.
Finge tan profundamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.
Y quienes leen lo que escribe
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta vive,
Sino aquél que no han tenido.
Y así va por su camino,
Distrayendo a la razón,
Ese tren sin real destino
Que se llama corazón.
Poema en línea recta
Nunca
conocí a nadie a quien le hubiesen roto la cara.
Todos mis conocidos fueron campeones en todo.
Y yo, que fui ordinario, inmundo, vil,
un parásito descarado,
un tipo imperdonablemente sucio
al que tantas veces le faltó paciencia para bañarse;
yo que fui ridículo, absurdo,
que me llevé por delante las alfombras de la formalidad,
que fui grotesco, mezquino, sumiso y arrogante,
que recibí insultos sin abrir la boca
y que cuando la abrí fui más ridículo todavía;
yo que resulté cómico a las mucamas de hotel,
yo que sentí los guiños de los changadores,
yo que estafé, que pedí prestado y no devolví nunca,
que aparté el cuerpo cuando hubo que enfrentarse a puñetazos,
yo que sufrí la angustia de las pequeñas cosas ridículas,
me doy cuenta que no hay en este mundo otro como yo.
La gente que conozco y con quien hablo
nunca cayó en ridículo, nunca sufrió un insulto,
nunca fue sino príncipe -todos ellos príncipes- en la vida...
¡Ah, quién pudiera oír una voz humana
que confiese no un pecado sino una infamia;
que cuente no una violencia sino una cobardía!
Pero no, son todos la Maravilla si los escucho.
¿Es que no hay nadie en este ancho mundo capaz de confesar que una vez
fue vil?
¡Oh príncipes, mis hermanos!
¡Basta, estoy harto de semidioses!
¿Dónde está la gente de este mundo?
¿Así que en esta tierra sólo yo soy vil y me equivoco?
Admitirán que las mujeres no los amaron,
aceptarán que fueron traicionados -¡pero ridículos nunca!-
Y yo que fui ridículo sin haber sido traicionado,
¿cómo puedo dirigirme a mis superiores sin titubear?
Yo que fui vil, literalmente vil,
vil en el sentido mezquino e infame de la vileza.
La melancolía es el placer de estar triste. VICTOR HUGO
Libro del desasosiego (Fragmento I)
Álvaro de Campos
Nubes... Hoy tengo conciencia del cielo, pues hace días que no lo miro pero
lo siento, viviendo en la ciudad y no en la naturaleza que la incluye. Nubes...
Son ellas hoy la principal realidad, y me preocupan como si el velarse del cielo
fuese uno de los grandes peligros de mi destino. Nubes... Pasan desde la barra
hacia el Castillo, de Occidente a Oriente, en un tumulto disperso y desnudo,
blanco a veces, se ven desarrapadas en la vanguardia de no sé qué; medio-negro
otras, si, más lentas, tardan en ser barridas por el viento audible; negras
de un blanco sucio, si, como si quisiesen quedarse, ennegrecen más de la venida
que de la sombra lo que las calles abren de falso espacio entre las líneas cerradas
de las casas.
Nubes... Existo sin saberlo y moriré‚ sin quererlo. Soy el intervalo entre
lo que soy y lo que no soy, entre el sueño y lo que la vida ha hecho de mí,
la medida abstracta y carnal entre cosas que no son nada, siendo yo también
nada. Nubes... ¡Qué desasosiego si siento, qué desconsuelo si pienso, qué inutilidad
si quiero! Nubes... Están pasando siempre, unas muy grandes, pareciendo, porque
las casas no dejan ver si son menos grandes de lo que parecen, que van a ocupar
todo el cielo; otras de tamaño incierto, que pueden ser dos juntas o una que
va a partirse en dos, sin sentido en el aire alto contra el cielo cansado; otras
aún, pequeñas, que parecen juguetes de poderosas cosas, bolas irregulares de
un juego absurdo, sólo hacia un lado, en un gran aislamiento, frías.
Nubes... Me interrogo y me desconozco. Nada he hecho de útil ni haré de justificable.
He gastado la parte de la vida que no perdí en interceptar confusamente cosa
ninguna, haciendo versos en prosa a las sensaciones intransmisibles con que
hago mío el universo desconocido. Estoy harto de mí, objetiva y subjetivamente.
Estoy harto de todo, y del todo de todo. Nubes... Son todo, desarreglos de lo
alto, cosas hoy sólo ellas reales entre la tierra nula y el cielo que no existe;
harapos indescriptibles del tedio que les supongo; niebla condensada en amenazas
de color ausente; algodones en rama sucios de un hospital sin paredes.
Nubes... Son como yo, un pasar desfigurado entre el cielo y la tierra, al sabor
de un impulso invisible, tronando o no tronando, alegrando blancas u obscureciendo
negras, ficciones del intervalo y del error, lejos del ruido de la tierra y
sin tener el silencio del cielo. Nubes... Siguen pasando, siguen siempre pasando,
pasarán siempre siguiendo, en un enrollamiento discontinuo de madejas empañadas,
en un alargamiento difuso de falso cielo deshecho.
15-9-1931.
Libro del desasosiego (Fragmento II)
Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es que otra gente
existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi
conciencia, que, por ser conciencia, me parece ser la única. Comprendo bien
que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las
mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea
de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados
que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con
los personajes dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores
que los representan.
Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede
conceder que esa persona está viva, que siente y piense como él; pero habrá
siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Hay
figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros
realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros
por encima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o
nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para
nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida.
Tengo por más mías, con mayor parentesco e intimidad, ciertas figuras que están
escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas, que muchas
personas, a las que llaman reales, que son de esa inutilidad metafísica llamada
carne y hueso. Y "carne y hueso", en efecto, las describe bien: parecen cosas
recortadas puestas en el exterior marmóreo de una carnicería, muertes que sangran
como vidas, piernas y chuletas del Destino.
No me avergüenzo de sentir así porque ya he visto que todos sienten así. Lo
que parece haber de desprecio entre hombre y hombre, de indiferente que permite
que se mate gente sin que se sienta que se mata, como entre los asesinos, o
sin que se piense que se está matando, como entre los soldados, es que nadie
presta la debida atención al hecho, parece que abstruso, de que los demás también
son almas.
Ciertos días, a ciertas horas, traídas mí por no sé qué brisa, abiertas a mí
por el abrirse de no sé qué puerta, siento de repente que el tendero de la esquina
es un ente espiritual, que el hortera, que en este momento se inclina a la puerta
sobre el saco de patatas, es, verdaderamente, un alma capaz de sufrir.
Cuando ayer me dijeron que el dependiente de la tabaquería se había suicidado,
sentí una impresión de mentira. ¡Pobrecillo, también existía! Lo habíamos olvidado,
todos nosotros, todos nosotros que le conocíamos del mismo modo que todos los
que no le conocieron. Mañana le olvidaremos mejor. Pero que tenía alma, la tenía,
para que se matase ¿Amores? ¿Angustias? Sin duda... Pero a mí, como a la humanidad
entera, me queda sólo el recuerdo de una sonrisa tonta por encima de una chaqueta
de mezclilla, sucia, y desigual en los hombros. Es cuanto me queda, a mí, de
quien tanto sintió que se mató de sentir porque, en fin, de otra cosa no debe
de matarse nadie... Pensé una vez, al comprarle cigarrillos, que se quedaría
calvo pronto. Al final, no ha tenido tiempo de quedarse calvo. Es uno de los
recuerdos que me quedan de él. ¿Qué otro me había de quedar si éste, después
de todo, no es suyo, sino de un pensamiento mío? Tengo súbitamente la visión
del cadáver, del ataúd en que le han metido, de la tumba, enteramente ajena,
a la que tenían que haberle llevado. Y veo, de repente, que el dependiente de
la tabaquería era, de cierta manera, chaqueta torcida y todo, la. humanidad
entera.
Ha sido tan sólo un momento. Hoy, ahora, claramente, como hombre que soy, él
ha muerto. Nada más.
Sí, los demás no existen... Es para mí para quien este ocaso remansa, pesadamente
alado, sus colores neblinosos y duros. Para mí, bajo el ocaso, tiembla, sin
que yo le vea correr, el río grande. Ha sido hecha para mí esta plaza abierta
sobre el río cuya marea se acerca. ¿Ha sido enterrado hoy en la fosa común el
dependiente de la tabaquería? No es para él el ocaso de hoy. Pero, de pensarlo,
y sin que yo quiera, también ha dejado de ser para mí...
26-1-1932.
Libro
del desasosiego (Fragmento III)
En las vagas sombras de luz por terminar antes que la tarde En las vagas
sombras de luz por terminar antes que la tarde sea pronto noche, disfruto de
errar sin pensar entre lo que la ciudad se vuelve, y ando como si nada tuviese
remedio. Me agrada, más a la imaginación que a los sentidos, la tristeza dispersa
que está conmigo. Vago, y hojeo en mí, sin leerlo, un libro intersperso de imágenes
rápidas, del que voy formándome indolentemente una idea que nunca se completa.
Hay quien lee con la misma rapidez con que mira, y concluye sin haberlo visto
todo. Así saco del libro que se me hojea en el alma una historia vaga por contar,
memorias de otro yo vagabundo, con avenidas de parques en medio, y figuras de
seda varias, pasando, pasando.
Indiscrimino con tedio y otro. Sigo, simultáneamente, por la calle, por la tarde
y por la lectura soñada, y los caminos son verdaderamente recorridos. Emigro
y descanso, como si estuviese a bordo con el navío ya en altamar.
Súbitamente, los faroles muertos coinciden luces en las prolongaciones dobles
de una calle larga y curva. Como un batacazo, mi tristeza aumenta. Es que se
ha terminado el libro. Hay tan sólo, en la viscosidad aérea de la calle abstracta,
un hilo exterior de sentimiento, como la baba del Destino idiota, goteando en
la conciencia del alma.
Otra vida de la ciudad que anochece. Otra alma la de quien mira a la noche.
Sigo inseguro y alegórico, irrealmente sintiente.
Soy como una historia que alguien hubiese contado y, de tan bien contada, anduviese
carnal, pero no mucho, en este mundo novela, en el principio de un capítulo:
"En este momento, se podía ver a un hombre avanzar lentamente por la calle de..."
¿Qué tengo yo que ver con la vida?
13-7-1931.
Libro del desasosiego (Fragmento IV)
No creo en voz alta en la felicidad de los animales, sino cuando me apetece
hablar de ella como marco de un sentimiento que es la suposición derivada. Para
ser feliz es necesario saber que se es feliz. No hay felicidad en dormir sin
sueños, sino solamente en despertarse sabiendo que se ha dormido sin sueños.
La felicidad está fuera de la felicidad.
No hay felicidad sino con conocimiento. Pero el conocimiento de la felicidad
es infeliz; porque saberse feliz es conocerse pasando por la felicidad, y teniendo,
en seguida, que dejarla atrás. Saber es matar, en la felicidad como en todo.
No saber, sin embargo, es no existir.
Sólo el absoluto de Hegel ha conseguido, en las páginas, ser dos cosas al mismo
tiempo. El no-ser y el ser no se funden y confunden en las sensaciones y razones
de la vida: se excluyen, mediante una síntesis al revés.
¿Qué hacer? Aislar el momento como una cosa y ser feliz ahora, en el momento
en que se siente la felicidad, sin pensar más que en lo que se siente, excluyendo
lo demás, excluyéndolo todo. Enjaular al pensamiento en la sensación, (...)
la clara sonrisa maternal de la tierra plena, el esplendor cerrado de las tinieblas
altas, (...)
Es ésta mi creencia, esta tarde. Mañana por la mañana no será ésta, porque mañana
por la mañana seré ya otro. ¿Qué creyente seré mañana? No lo sé, porque sería
preciso estar allí para saberlo. Ni el Dios eterno en el que hoy creo la sabrá
mañana ni hoy, porque hoy soy yo y mañana quizás ya no haya existido él nunca.