Versión del libro: Los cuentos de Perrault. Bruno Bettelheim. Editorial Crítica.  España. 1980. 

 

PIEL DE ASNO

                                                                                                                Por Charles Perrault

 

   Había una vez un rey tan poderoso, tan amado por sus vasallos, tan respetado por todos sus vecinos y aliados, que de él podía decirse que era el más dichoso de todos los monarcas. Su felicidad se confirmaba aún más por la elección que hiciera de una princesa tan bella como buena; y la feliz pareja vivía en una unión perfecta. De su virtuoso matrimonio  había nacido una niña dotada de tanta gracia y de tales encantos que no echaban de menos una prole más numerosa.

   La magnificencia, el buen gusto y la abundancia reinaban en su palacio. Los ministros eran sabios y capaces; los cortesanos leales y de buenas costumbres, los criados fieles y trabajadores. Sus establos eran enormes y tenían los más hermosos caballos del mundo, cubiertos de ricas gualdrapas. Pero lo que más llamaba la atención de los extranjeros que venían a visitar estos hermosos establos, era que en el lugar más preferente y más visible un venerable asno desplegaba sus largas y enormes orejas.

   No era por capricho sino con toda la razón por lo que el rey le había asignado un lugar tan particular y distinguido. Las virtudes de este curioso animal merecían tal distinción, ya que la naturaleza lo había dotado de manera tan extraordinaria que su cama de paja en lugar de estar sucia aparecía, cada mañana, profusamente cubierta de escudos que brillaban al sol y de toda clase de luises de oro que eran recogidos a su despertar.

   Ahora bien, como las vicisitudes de la vida atañen tanto a los reyes como a los vasallos, y siempre los bienes se presentan mezclados con los males, quiso el cielo que la reina se viera repentinamente atacada de una penosa enfermedad para la cual, a pesar del talento y la destreza de los médicos, no se pudo encontrar ningún remedio.

   La consternación fue general. El rey, sensible y enamorado, a pesar del famoso proverbio según el cual el matrimonio es la tumba del amor, se entristeció sin límites. Hacía ardientes promesas en todos los templos de su reino, ofrecía su vida a cambio de la de su querida esposa; pero las hadas y los dioses eran invocados en vano.

 La reina, sintiendo que se acercaba su última hora, le dijo a su esposo, que estaba en un mar de lagrimas:

—Déjame que antes de morir te pida una cosa: y es que si acaso desearas volverte  a casar...

  Al oír estas palabras el rey empezó a quejarse lastimosamente, tomó las manos de su mujer, y bañándolas llanto, le aseguró  que era inútil hablarle de un segundo matrimonio:

 —No, no, mi reina querida, háblame más bien de seguirte.

—El Estado, repuso la reina con una firmeza que aumentaba el pesar de este príncipe, el Estado que exige sucesores, os debe exigir, ya que sólo os he dado una hija, que os  apresuréis a tener hijos varones a vuestra imagen y semejanza. Pero os ruego, por todo el amor que me habéis tenido, no ceder a los apremios de vuestros súbditos sino hasta que encontréis una princesa más bella y gentil que yo. Quiero vuestra promesa, y sólo entonces me moriré tranquila.

  Es de suponer que la reina, a quien no le faltaba el amor propio, había exigido este juramento pensando que el rey no se volvería a casar nunca, pues no creía que hubiera nadie en el mundo capaz de igualarla. Por fin murió. Nunca un marido manifestó tan estrepitosamente su dolor: su única preocupación día y noche era llorar, suspirar y cumplir las pequeñas ceremonias propias de su viudedad.

  Los grandes dolores se pasan pronto. Por otra parte, los dignatarios de la Corte vinieron todos juntos en reunión a  pedir al rey que se volviera a casar.

  Esta propuesta le pareció muy dura y le hizo verter nuevas lágrimas. Alegó la promesa que le había hecho a la reina, desafiando a todos los consejeros a que lograran encontrarle  una princesa más bella y gentil que su difunta esposa, porque él creía que era imposible. Pero los consejeros juzgaron tal promesa como una nimiedad y argumentaron que poco importaba la belleza si una reina no era estéril y estaba adornada con otras virtudes; que el Estado necesitaba de príncipes para su seguridad y sosiego; que verdaderamente la infanta tenía todas las cualidades para hacer de ella una buena reina, pero que habría que  encontrar para ella un esposo que por fuerza había de ser extranjero; y que o bien este extranjero se la llevaría consigo, o bien, si se quedaba a reinar allí, sus hijos  no serían de la misma sangre, y que, no habiendo un príncipe que no llevara su nombre, los pueblos vecinos podrían invocar este pretexto para provocar guerras y arruinar la prosperidad  del reino. El rey, impresionado  por este discurso, prometió que vería la manera de darles gusto.

  En efecto, se puso a buscar entre las princesas casaderas alguna que pudiera convenirle. Todos los días le llegaban retratos encantadores; pero en ninguna encontraba las gracias  de la difunta reina. Asi que no lograba decidirse.

   Por desgracia, empezó a darse cuenta de que su hija, la infanta, no sólo era hermosa y gentil a rabiar, sino que sobrepasaba con mucho a la reina, su madre, en inteligencia y atractivo. Su juventud, la agradable frescura de su linda tez, inflamó al rey con un fuego tan violento que no fue capaz de ocultárselo a la infanta, y le dijo que había decidido casarse con ella, ya que solo ella podía liberarle de su juramento.

  La joven princesita, virtuosa y pudorosa, creyó desmayarse  al escuchar tan horrible proposición. Se echó a los pies del rey, su padre, y le exhortó con todas las fuerzas que pudo encontrar en su corazón que no la obligara a cometer crimen semejante.

  El rey, incapaz de quitarse de la cabeza  este extravagante proyecto, había consultado a un viejo mago la manera de apaciguar la conciencia de la princesita. Este hechicero, menos religioso que ambicioso, sacrificó los intereses de la inocencia y de la virtud al honor de ser confidente de tan gran rey. Se insinuó con tal destreza en el ánimo del rey, le dulcificó tanto el pecado que estaba por  cometer, que llegó a convencerlo incluso de que casarse  con su hija era una obra piadosa.[1]

  El rey, halagado por las palabras de este bribón, le dio un  abrazo y se separó de él más empeñado que nunca en llevar a cabo su proyecto: ordenó, pues, a la infanta que se dispusiera a obedecerle.

A la princesita, trastornada por el dolor, no se le ocurrió mejor cosa que ir en búsqueda del hada de las Lilas, su madrina. A tal efectos, salió aquella misma noche en un lindo carricoche tirado por una enorme oveja que conocía todos los caminos. Llegó a su destino felizmente. El hada, que quería mucho a la infanta, le dijo que ya sabía todo lo que le acababa de contar, pero que no se preocupase: nada malo podía pasarle si cumplía fielmente sus consejos.

 —Porque, mi querida niña, le dijo, sería un gran pecado que os casaseis con vuestro padre; pero lo podéis evitar sin necesidad de contrariarle mucho: decidle que tenéis el capricho un traje del color del tiempo y que os lo tiene que regalar. Nunca, a pesar de todo su amor y todo su poder lo conseguirá.

  La princesa le dio mil gracias a su madrina  y, a la mañana siguiente, le dijo a su padre lo que el hada le había aconsejado y aseguró que no le arrancaría su consentimiento  hasta que no tuviese  el traje del color del tiempo.

 El rey, entusiasmado con la esperanza que la infanta le daba, reunió a los más famosos artesanos y les encargó el traje, con la advertencia   de que  los haría colgar a todos si no lo lograban hacer.

 No se vio forzado a llegar a tal extremo: a los dos días llegó el traje tan deseado. El cielo no es de un azul tan bello cuando está ceñido por nubes de oro como este hermoso traje cuando fue extendido. La infanta se quedó muy consternada y no sabía cómo salir del paso. El rey exigía con urgencia una conclusión. Hubo que recurrir otra vez  a la madrina quien, muy extrañada de que su secreto no hubiera  dado resultado, le dijo a la princesita que le pidiera al rey otro del color de la luna.

 El rey, que no podía negarle nada a su hija, mandó buscar a los más expertos  artesanos, y les encargó en forma tan apremiante un vestido del color de la luna, que entre el mandato y su cumplimiento no pasaron  ni veinticuatro horas. La infanta, más atraída por este soberbio vestido que por el interés de su padre, se entristeció sin medida en cuanto se quedó sola con sus doncellas y su nodriza.

  El hada de las Lilas, que estaba enterada de todo, vino en socorro de la princesa afligida y le dijo:

—O mucho me equivoco, o me parece que si pedís un traje del color del sol conseguiremos vencer al rey,  vuestro padre, pues es imposible confeccionar un traje semejante.

   La infanta convino en ello y pidió el traje; y el enamorado[2] rey no tuvo inconveniente en entregar todos los diamantes y rubíes de su corona para contribuir  a esta obra colosal, con la orden de que nada se escatimase para lograr que aquel traje igualase al sol, Así que, cuando lo trajeron, todos aquellos que lo vieron desplegado tuvieron que cerrar los ojos, tan fue el deslumbramiento.

  ¡Cómo se quedó la infanta! Nunca se había visto algo nada tan hermoso ni tan primorosamente confeccionado. Estaba confusa y con el pretexto de que le dolían los ojos, se retiró a su cuarto donde el hada la esperaba más avergonzada de cuanto se pueda decir. Fue peor, pues al ver el vestido color del sol, se puso roja de cólera.

  —¡Ay hija mía!  —le dijo a la princesa – no queda más remedio que someter a una prueba terrible el amor indigno de vuestro padre. A pesar de lo empeñado que está en este matrimonio, que él ya cree tan cercano, me parece que la petición que os aconsejo que le hagáis ahora le va a dejar bastante confuso: debéis pedirle la piel de ese asno que tanto quiere y que provee con tanta profusión todos sus gastos. Id a  decirle cuánto que deseáis tener esta piel.

  La princesa, encantada de encontrar otro medio más para tratar de eludir una boda que le resultaba detestable, y pensando que su padre jamás podría decidirse a sacrificar a su asno, fue a verle y le expuso su deseo de tener la piel del animal.

  El rey, a pesar de la sorpresa que le produjo este capricho, no dudó un punto en satisfacerlo. El pobre asno fue sacrificado y su piel galantemente ofrecida a la infanta, la cual no viendo ya ninguna salida para eludir su desgracia, corrió a desahogarse nuevamente con su madrina.

  —¿Pero qué hacéis, hija mía? – dijo ella, al ver que la princesa se arrancaba los cabellos y se arañaba sus hermosas mejillas-. Éste es el momento más feliz de vuestra vida.

Envolveos en esta piel, salid de palacio y echaos a andar por el ancho mundo, adonde vuestros pasos os lleven: cuando se sacrifica la vida en aras de la virtud, los dioses saben siempre recompensarlo. Id, pues. Yo me ocuparé de que  vuestro equipaje os siga por todas partes; donde quiera que os detengáis el baúl conteniendo vuestras joyas y vestidos,  habrá seguido subterráneamente vuestros pasos. Aquí tenéis mi varita mágica: tocando con ella la tierra,  cuando necesitéis el baúl, éste surgirá ante vuestros ojos. Pero  apresuraos a partir ya sin más tardanza.

  La princesa se despidió con muchos besos de su madrina, le pidió que no la abandonara y, después de haberse tiznado con ceniza de la chimenea, se cubrió con aquella fea piel y salió del rico palacio sin ser reconocida por nadie.

  La ausencia de la infanta causó un gran revuelo. El rey, que había hecho preparar una magnífica fiesta, estaba desesperado y no encontraba consuelo. Hizo salir a más de gendarmes y mil mosqueteros en busca de su hija, pero el hada, que la protegía, la había hecho invisible a los más hábiles buscadores. Asi que el rey no tuvo más remedio que  conformarse.

  A todo esto, la princesa no dejaba de andar. Llegó lejos, muy lejos, cada vez más lejos, buscando en todas partes un cobijo. Pero, aunque a veces le dieran de comer por caridad, la encontraban tan zaparrastrosa qué nadie quería albergarla.

  Hasta que, por fin, llegó a una hermosa ciudad a las  puertas de la cual había una granja cuya granjera necesitaba una fregona para que le lavara los alberos y limpiara los patos y el pilón de los cerdos. Esta mujer, al ver a aquella viajera tan sucia, le propuso entrar a su servicio, cosa que la infanta aceptó de muy buena gana, por lo cansada que estaba de tanto andar.

  La alojaron en el último rincón de la cocina, donde durante los primeros días fue el blanco de las bromas groseras de los criados, hasta tal punto su piel de asno le daba un aspecto sucio y desagradable. Por fin, se acostumbraron a  verla, y además ella era tan cuidadosa y cumplía tan bien con su deber  que la granjera la tomó bajo su protección.

  Pastoreaba a las ovejas, y las dejaba pacer el tiempo necesario. Llevaba a comer a los patos con una destreza que  parecía que siempre había hecho tales menesteres y, en fin, bajo sus bellas manos todo daba buen fruto.

  Un día que estaba sentada junto a una cristalina fuente,  donde solía ir a quejarse de su triste suerte, le dio por  mirarse y la imagen que presentaba, mal peinada y vestida con aquella horrible piel de asno encima, la espantó. Avergonzada de aquel aspecto, se lavó la cara y las manos, que se volvieron más blancas que el marfil y su hermosa tez recuperó el frescor natural.

  La alegría de verse tan hermosa le dio ganas de bañarse allí, cosa que puso en práctica; pero luego, para volver a la granja, tuvo que ponerse encima aquella vil piel. Afortunadamente, al día siguiente era fiesta; así que tuvo tiempo para sacar su baúl, arreglarse, empolvar sus hermosos cabellos y ponerse el magnífico vestido de color del tiempo. Su cuarto era tan pequeño que no se había sitio para extender la cola de este hermoso traje. La princesa se miró muchas veces y tuvo motivos para admirarse de sí misma, tantos que decidió, para divertirse un poco, irse poniendo poco a poco sus hermosos vestidos todos los domingos y fiestas de guardar, como en efecto lo hizo puntualmente. Se entretejía los cabellos con flores y diamantes con un arte admirable; y a veces echaba de menos entre suspiros no tener más  testigos de su belleza que las ovejas y los patos , los cuales la querían igual con su horrible piel de asno, nombre por el cual la conocían ya en la granja.

  Un día de fiesta en que Piel de Asno se había puesto su vestido color del sol, el hijo del rey al cual pertenecía esta granja, acertó a pasar por allí, de vuelta de una cacería,  entrando un rato a descansar. Este príncipe joven, hermoso y muy apuesto hacía las delicias de su padre y de su madre y sus súbditos lo adoraban. Le ofrecieron una merienda campestre que aceptó de buen grado; luego quiso recorrer todos los patios y dependencias.

  En un determinado momento de su recorrido, entró por un pasillo oscuro, al fondo del cual vio una puerta cerrada. La curiosidad le hizo aplicar el ojo a la cerradura, y cuál no sería su sorpresa al descubrir a aquella princesa tan hermosa  y ricamente vestida que, a causa de su aire  noble y sencillo, él tomó por una divinidad. La vehemencia del sentimiento que aquella visión le produjo le habría llevado a echar abajo la puerta, sino fuera porque   el respeto que le inspirara tan deslumbradora persona se lo  impidió.

Le daba pena volver a desandar aquel pasillo sombrío, pero lo hizo para informarse de quién vivía en  el  cuartucho del fondo. Le dijeron que una fregona a quien llamaban Piel de Asno, por la piel con que se cubría y que era tan sucia y zaparrastrosa que nadie le miraba a la cara ni hablaba con ella,  que la habían recogido por pena y que la tenían como guardadora de ovejas  y  patos.

El príncipe, a quien la aclaración satisfizo poco, comprendió que aquella  gente tosca no sabía nada más y que era inútil seguirles preguntando. Volvió al palacio del rey su padre, más  enamorado de lo que cabe explicar, y  la imagen de aquella divinidad que había visto por el ojo de la cerradura no se le quitaba de la cabeza. Sintió no haber forzado la puerta y se prometió no dejar de hacerlo la próxima vez.

Pero la agitación que había producido en su sangre el ardor de su pasión le hizo subir aquella misma noche una fiebre tan terrible, que pronto decayó hasta el más grave extremo. La reina, que tenía este único hijo, se desesperaba al ver que todos los remedios eran inútiles. En vano prometía las más suntuosas recompensas a los médicos; éstos empleaban todas sus artes, pero nada mejoraba al príncipe. Asi que empezaron a sospechar que alguna cuita grave pudiera ser causa de aquel desmejoramiento y lo hablaron con la reina, la cual vino con toda su ternura a preguntarle a su hijo por la causa de su mal y a pedirle que le abriera su corazón; que si lo que quería era el trono, su padre abdicaría de él y se lo cedería de buen grado; que si estaba enamorado de alguna princesa, aún aunque fuera hija de un rey enemigo y la boda diera motivos de guerras y discordias entre los súbditos, todo se  sacrificaría para complacerle; pero que le suplicaba que no muriese porque de su vida dependía la de ella. La reina no pudo terminar este conmovedor discurso  sin que el rostro de su hijo se viera bañado en lágrimas.

—Señora -le dijo por fin el príncipe, con un hilo de voz- no soy tan desnaturalizado como para querer arrebatarle la corona de mi padre; ojalá que viva largos años y ruego al cielo para que yo pueda seguir siendo siempre el más leal y respetuoso de sus súbditos. En cuanto a esas princesas de que me habláis aún no he pensado en contraer matrimonio; y aunque así fuera, sabed que siempre sometería mi voluntad a la vuestra y os obedecería, por mucho que me costase.

—Pero, hijo mío - repuso la reina –¿no ves que queremos salvar tu vida?, si no quieres hacerlo por ti, piensa en mí y en tu padre, y dinos lo que deseas, en la seguridad de que te lo concedemos inmediatamente.

—Bien, madre, sea –concedió el príncipe –, ya que insistís en que os abra mi corazón, voy a hacerlo. Jamás me perdonaría disgustar de muerte a  dos seres que me son tan queridos. Lo que quiero, madre, es que Piel de Asno me haga un pastel y que me lo traigan.

La reina, extrañada de escuchar un  nombre tan raro, preguntó qué quién era aquella Piel de Asno, y uno de los  oficiales del séquito del príncipe que, por casualidad, la había visto, intervino diciendo:

—Es, señora, la criatura más horrible que se ha visto nunca, después del lobo, una zaparrastrosa de piel sucia que vive en una de vuestras granjas y se dedica a cuidar patos.

—No importa- dijo la reina-. Puede que mi hijo, al regreso de alguna cacería  haya comido dulces hechos por ella; o será un capricho de enfermo. Me da igual. Lo que quiero es que Piel de Asno, ya que existe la tal Piel de Asno,  haga en seguida ese pastel.

 

Inmediatamente fueron a la granja a buscar a Piel de Asno y le encargaron  que hiciera para el príncipe el mejor pastel que pudiera.

Algunos autores afirman que cuando el príncipe miró a Piel de Asno por el  ojo de la cerradura, ella también lo había visto; y que luego lo volvió a mirar a través del ventanuco de su cuarto y que aquélla imagen del joven y apuesto príncipe se le había quedado grabada y le había costado más de un  suspiro.

Sea como quiera,  porque le había visto o porque hubiera oído hablar de él muy  elogiosamente, lo cierto es que Piel de Asno, encantada de poder encontrar alguna ocasión de lucirse, se encerró en su cuartucho, arrojó la horrible piel,   se lavó bien las manos y la cara, se   peinó su pelo rubio, se puso un corpiño plateado con la falda haciendo juego y se puso a amasar el tan deseado pastel con harina de flor, huevos y mantequilla bien fresca. Según lo estaba amasando, ya fuera queriendo o por descuido, un anillo que llevaba al dedo cayó en la masa y se mezcló en ella. Una vez sacado el pastel del horno, Piel de Asno volvió a disfrazarse, lo cogió y se lo entregó al mensajero a quien pidió noticias del príncipe, pero él no se dignó a  responderle, limitándose a tomar el pastel y llevarlo a palacio a toda prisa. 

El príncipe recibió el pastel ávidamente de manos de aquel hombre, y se puso a comerlo con tal voracidad que los médicos allí presentes no pudieron por menos de decir que aquello no podía ser bueno. Casi estuvo a punto, en efecto, de atragantarse con el anillo que encontró en uno de los pedazos, pero se dio maña para sacarlo de la boca; y se le calmaron las ansias de devorar el pastel, distraído en la contemplación de aquella fina esmeralda montada sobre un arito de oro tan estrecho que sólo  podía entrar, según pensó, en un dedito muy bello y minúsculo.

Puso el anillo debajo de la almohada y, siempre que estaba solo, lo sacaba y se ponía a besarlo una y mil veces. Empezó a atormentarse pensando cómo haría para ver a la dueña  de aquel anillo; no se atrevía a creer, si pedía que le trajeran a Piel de Asno, seguro que no querrían acceder a tan extraño deseo y,  por otra parte, no quería hablar de aquella mujer que había visto por el ojo de la cerradura, por miedo a que se burlaran de él y lo tuvieran por loco. Así que no sabía qué hacer y a fuerza de obsesionarse a solas con todo aquello, la fiebre le volvió con mayor  fuerza. Los médicos, sin saber ya qué hacer, le dijeron a la reina que el príncipe tenía mal de amores.[3] La reina pasó a visitar a su hijo en compañía  del rey, que estaba desconsolado.

—Hijo mío de mi vida- exclamó el afligido monarca – dinos el nombre de la mujer que amas. Te juro que te la concederemos por esposa, aún cuando   fuera la más vil de las criadas.

La reina, al tiempo que lo abrazaba, se solidarizó con la promesa del rey y el príncipe, enternecido por las lágrimas y caricias de los progenitores, acabó por  decirles:

—No tengo la menor intención, queridos padres, de contraer ninguna nupcia que pueda disgustaros. Y para probaros que es verdad – añadió sacando el anillo de debajo de la almohada -, me casaré con la mujer a quien le sirva esta sortija, sea quien sea; pero no parece que quien tenga un dedo así de fino vaya a ser una campesina o una palurda. 

El rey y la reina tomaron la sortija, la examinaron con atención y convinieron con su hijo que no podía servirle más que a una joven de alta alcurnia. Luego el rey, tras abrazar a su hijo y desearle que sanara pronto, salió y dio orden  a sus heraldos de que anunciaran por toda la ciudad, al son de pífanos,  trompetas y tambores, que se convocaba a todas las muchachas del reino para que vinieran a palacio a probarse un anillo, y que aquella a cuyo dedo se ajustara, se casaría con el príncipe heredero del trono.

Acudieron primero las princesas, luego las duquesas, marquesas y baronesas; pero por muchos esfuerzos que hacían para encoger sus dedos, el anillo no le entró en ninguna. Hubo que pasar a las artesanas que, por bonitas que fueran, tenían los dedos bastos. Era el príncipe, que se encontraba mejor, quien, en persona, llevaba a cabo la   prueba.

Se recurrió, por último, a las criadas pero sin éxito. Ya no quedaba ninguna mujer que no hubiese probado el famoso anillo a no ser las cocineras, las ayudantes y las pastoras. Fueron llamadas también pero en aquellos dedos cortos y enrojecidos, el anillo no pasaba de la uña.

—¿Habéis llamado a Piel de Asno, la que me hizo un pastel el otro día? –preguntó el príncipe.

 

Todo el mundo se echó a reír y trataron de disuadir al príncipe, hablándole de su sucio aspecto.

—¡Que la vayan a buscar enseguida! - dijo el rey-. No se diga luego que hicimos excepción con nadie.

La princesa, que había oído los tambores y la voz de los heraldos, ya había sospechado que pudiera ser su anillo la causa de tanto revuelo. Se había enamorado del príncipe y, como el verdadero amor acarrea temor en vez de vanidad, vivía en un sobresalto constante pensando que alguna dama pudiera tener un dedo tan fino como el suyo. Así que tuvo una gran alegría cuando vinieron a buscarla y golpearon a su puerta.

Desde que supo que andaban buscando un dedo al que le sirviera su anillo adecuado a su anillo, una extraña corazonada la había inducido a peinarse con esmero y a ponerse su hermoso corpiño de plata y la falda con volantes plateados bordados de esmeraldas. Cuando  oyó que golpeaban a su puerta y que la requerían para que compareciese ante el príncipe, se echó encima su piel de asno, abrió la puerta y aquellos enviados, le dijeron en todo de burla que el rey la llamaba para que se casara con su hijo. Luego, entre carcajadas,   la llevaron a presencia del príncipe que, muy sorprendido él también al ver el extraño atavío de la joven, no osaba imaginar que pudiese ser la misma que había visto tan radiante y hermosa. Triste y confuso al considerar su burdo error, se atrevió aún a preguntarle:

—Sois vos la que vivís al fondo de un pasillo oscuro, en el tercer patio de la granja?

—Sí, señor, respondió ella.

—A ver enséñame la mano, dijo él temblando y tras lanzar un profundo suspiro.

¡Qué asombro! Virgen Santa, el del rey,   la reina y todos los cortesanos, cuando debajo aquella piel de asno sucia y pringosa vieron surgir , una linda mano blanca y sonrosada, en uno de cuyos delicados dedos la sortija entraba sin el menor esfuerzo! Luego aquella piel, a un movimiento de la infanta, cayó al suelo y se la vio aparecer a ella, de una belleza tan hechizante que el príncipe, a pesar de su debilidad, cayó ante sus rodillas y las besó con un ardor que a ella la hizo ruborizarse. Pero nadie se dio cuenta,  porque el rey y la reina se apresuraron a estrecharla entre sus brazos a la princesa, pidiéndole si quería casarse con su hijo.

La princesa, abrumada por tantas caricias y por el súbito amor que el joven príncipe le demostraba, estaba pensando cómo dar las gracias cuando el techo del salón se abrió, y el hada de las Lilas, descendiendo de un carro hecho de ramas y de las flores de su nombre, contó a los presentes con suma  gracia, la historia de la infanta.

El rey y la reina, encantados de que Piel de Asno fuera una importante  princesa, redoblaron sus muestras de afecto; pero al príncipe le había impresionado mucho más la virtud de la princesa que su sangre real. Su amor creció al conocer esa historia, y con él la impaciencia porque la boda se celebrara cuanto antes, hasta tal punto que a penas concedía tiempo para los preparativos del augusto festejo.

 El rey y la reina, que se habían encariñado con su futura nuera, se pasaban el día besándola y abrazándola.  Ella había declarado que no se casaría sin el consentimiento del rey su padre, así que a él fue al primero a quien le cursaron una invitación para la boda, pero sin decirle quién era la novia. Asi lo había exigido en previsión de posibles consecuencias, el hada de las Lilas, que era por supuesto quien lo organizaba todo.

Llegaron reyes de todas las partes del mundo, unos en litera, otros en carroza y hasta algunos, de países más  remotos, montados en elefantes, tigres o águilas. Pero el más poderoso y magnífico era el padre de la princesa el cual afortunadamente había olvidado su incestuoso amor y se había casado una reina viuda guapa, con la cual no había tenido hijos.

La princesa salió corriendo a su encuentro y él al reconocerla, la abrazó con grandes muestras de ternura, sin darle tiempo a que se postrara a sus pies. El rey y la reina le presentaron a su hijo, a quien hizo demostraciones de mucha amistad, y la boda  se celebró con gran pompa. Pero los novios, poco sensibles a aquel despliegue de  magnificencia, no parecían tener ojos más que el uno para el otro.

El padre del príncipe le hizo coronar a su hijo ese mismo día y, a pesar de  la resistencia lógica de aquel hijo tan bien nacido, le sentó en su trono y le besó la mano. No quedaba más remedio que obedecer. 

Las bodas y tornabodas  duraron tres meses y fueron famosas por sus fiestas.   Pero más duró el amor de los novios y aún duraría si no se hubieran muerto viejos a los cien años .

                MORALEJA

El cuento de Piel de Asno es difícil de creer;
Pero mientras que en el mundo haya niños,
Madres y abuelas
Se conservará memoria de él

Le conte de Peau d’Ane est difficile à croire;
Mais tant que dans le monde ou aura des enfants,
Des mères et des mères-grands,
On en gardera la mémorie.


[1] En la película protagonizada por Catherine Deneuve hay una frase que no es del cuento de Perrault, y que parece un guiño cómplice que el director le hace al espectador: el asesor del Rey le dice: “Las niñas se enamoran de sus padres”. Es claro que se refiere, a mi modo de ver y de forma burlona, al Complejo de Edipo inventado por Freud. La película a la que hago referencia fue dirigida por Jacques Demy en 1970 en Francia. La
música fue de  Michel Legrand. Actuaron  Catherine Deneuve en el papel de  Piel de asno,  Jacques Perrin como el Príncipe,  Jean Marrais como el Rey. El hada madrina fue Delphine Seyrig. Demy, guionista de la película, fue respetuoso del relato de Perrault. Los deseos incestuosos del rey y padre quedan bien marcados.

[2] No sabemos en el original de Perrault cuál es la palabra por él usada. Sea como sea, un padre que intenta cometer incesto no es un padre enamorado sino un perverso abusador.

[3] Nota de Isabel Monzón: En su libro “ El descubrimiento del inconsciente”, H.Ellenberg dice: Se conoce desde tiempos inmemoriales el papel de los deseos frustrados en la etiología de la enfermedad. (...) Un proverbio maorí dice: “Existe una fuente de insatisfacción en el corazón del hombre, y de aquí la irritación y la ansiedad.” Durante muchos siglos, los libros de texto de medicina contenían las descripciones de dos situaciones olvidadas en la actualidad: la nostalgia y el mal de amor. La primera la sufrían los soldados o quienes habían abandonado su país. (...) El mal de amor se observaba en hombres y mujeres enamorados sin esperanzas. Lentamente se debilitaban y morían, a menos que se les uniera al objeto de su amor (que muchas veces se mantenía en secreto).   


Esta versión de Piel de Asno y la presentación de Perrault fue bajada de Internet. Aunque en algo se diferencia de la traducción hecha por Bruno Bettelheim, podemos considerarla bastante adecuada.

                                                  Isabel Monzón


Fuente de esta información:


http://www.ricochet-jeunes.org/es/biblio/biblio.htm

Charles Perrault (Francia 1628-1703).

Charles Perrault nació el 12 enero de 1628 en París. Su familia, originaria de la ciudad de Tours pero establecida luego en París, perteneció a la alta burguesía. Charles Perrault fue un estudiante brillante: estudió literatura en el colegio de Beauvais en Paris, se diplomó en derecho y se inscribió en el colegio de abogados en 1651.

Alto funcionario y protegido de Colbert, publicó obras de género galante y parodias antes de decantarse por los Modernos frente a los partidarios de la Antigüedad de la Academia Francesa, de la que fue miembro desde 1671. Su polémico poema “El Siglo de Luis el Grande” (1687) así como su “Paralelo de los Antiguos y los Modernos” (entre 1688 y 1692),  muy criticados por Boileau, presentan y codifican sus argumentos: critica el principio de autoridad y afirma que el progreso es posible gracias a las artes tanto como a las ciencias, subrayando la superioridad del "siglo de Luis" sobre el siglo de Augusto. Con sus “Historias o Cuentos del tiempo pasado” (también llamados “Cuentos de mi madre la Oca”, 1697) consiguió gran fama e inauguró el género literario de los cuentos de hadas. Murió  en París el 16 de mayo de 1703.

Otros cuentos:

-Cuentos de mi madre la Oca (Contes de ma mère l'Oye):
-Barba Azul (Barbe Bleue)
-La Bella durmiente (La Belle au bois dormant) 
-Cenicienta (Cendrillon) 
-El Gato con Botas (Le Chat Botté)
-Piel de Asno (Peau d'Ane)  
-Caperucita Roja (Le Petit Chaperon Rouge) 
-Pulgarcito (Le Petit Poucet)
-Riquet el del copete (Riquet à la Houpe)

Sobre Charles Perrault y su influencia en la historia de la literatura infantil y juvenil:

"La naissance de la littérature de jeunesse, entre morceaux choisis et adaptation" (A. M. Bernardinis, Italie)

Estudios críticos:

Dir. por Jean Perrot, Tricentenaire Charles Perrault: Les grands contes du XVII° siècle et leur fortune littéraire, Press éditions, 1998.


PIEL DE ASNO              

                                                    Por Charles Perrault

Érase una vez un rey tan famoso, tan amado por su pueblo, tan respetado por todos sus vecinos, que de él podía decirse que era el más feliz de los monarcas. Su dicha se confirmaba aún más por la elección que hiciera de una princesa tan bella como virtuosa; y estos felices esposos vivían en la más perfecta unión. De su casto himeneo había nacido una hija dotada de encantos y virtudes tales que no se lamentaban de tan corta descendencia.

La magnificencia, el buen gusto y la abundancia reinaban en su palacio. Los ministros eran hábiles y prudentes; los cortesanos virtuosos y leales, los servidores fieles y laboriosos. Sus caballerizas eran grandes y llenas de los más hermosos caballos del mundo, ricamente enjaezados. Pero lo que asombraba a los visitantes que acudían a admirar estas hermosas cuadras, era que en el sitio más destacado un señor asno exhibía sus grandes y largas orejas. Y no era por capricho sino con razón que el rey le había reservado un lugar especial y destacado. Las virtudes de este extraño animal merecían semejante distinción, pues la naturaleza lo había formado de modo tan extraordinario que su pesebre, en vez de suciedades, se cubría cada mañana con hermosos escudos y luises de todos tamaños, que eran recogidos a su despertar.

Pues bien, como las vicisitudes de la vida alcanzan tanto a los reyes como a los súbditos, y como siempre los bienes están mezclados con algunos males el cielo permitió que la reina fuese aquejada repentinamente de una penosa enfermedad para la cual, pese a la ciencia y a la habilidad de los médicos, no se pudo encontrar remedio.

La desolación fue general. El rey, sensible y enamorado, a pesar del famoso proverbio que dice que el matrimonio es la tumba del amor, sufría sin alivio, hacia encendidos votos a todos los templos de su reino, ofrecía su vida a cambio de la de su esposa tan querida; pero dioses y hadas eran invocados en vano.

La reina, sintiendo que se acercaba su última hora, dijo a su esposo que estaba deshecho en llanto:

—Permitidme, antes de morir, que os exija una cosa; si quisierais volver a casaros...

A estas palabras el rey, con quejas lastimosas, tomó las manos de su mujer, las baño de lágrimas, y asegurándole que estaba de más hablarle de un segundo matrimonio:

—No, no, dijo por fin, mi amada reina, habladme más bien de seguiros.

—El Estado, repuso la reina con una firmeza que aumentaba las lamentaciones de este príncipe, el Estado que exige sucesores ya que sólo os he dado una hija, debe apremiaros para que tengáis hijos que se os parezcan; mas os ruego, por todo el amor que me habéis tenido, no ceder a los apremios de vuestros súbditos sino hasta que encontréis una princesa más bella y mejor que yo. Quiero vuestra promesa, y entonces moriré contenta.

Es de presumir que la reina, que no carecía de amor propio, había exigido esta promesa convencida que nadie en el mundo podía igualarla, y se aseguraba de este modo que el rey jamás volviera a casarse. Finalmente, ella murió. Nunca un marido hizo tanto alarde: llorar, sollozar día y noche, menudo derecho que otorga la viudez, fue su única ocupación.

Los grandes dolores son efímeros. Además, los consejeros del Estado se reunieron y en conjunto fueron a pedirle al rey que volviera a casarse.

Esta proposición le pareció dura y le hizo derramar nuevas lágrimas. Invocó la promesa hecha a la reina, y los desafió a todos a encontrar una princesa más hermosa y más perfecta que su difunta esposa, pensando que aquello era imposible.

Pero el consejo consideró tal promesa como una bagatela, y opinó que poco importaba la belleza, con tal que una reina fuese virtuosa y nada estéril; que el Estado exigía príncipes para su tranquilidad y paz; que, a decir verdad, la infanta tenía todas las cualidades para hacer de ella una buena reina, pero era preciso elegirle a un extranjero por esposo; y que entonces, o el extranjero se la llevaba con él o bien, si reinaba con ella, sus hijos no serían considerados del mismo linaje y además, no habiendo príncipe de su dinastía, los pueblos vecinos podían provocar guerras que acarrearían la ruina del reino. El rey, movido por estas consideraciones, prometió que lo pensaría.

Efectivamente, buscó entre las princesas casaderas cuál podría convenirle. A diario le llevaban retratos atractivos; pero ninguno exhibía los encantos de la difunta reina. De este modo, no tomaba decisión alguna.

Por desgracia, empezó a encontrar que la infanta, su hija, era no solamente hermosa y bien formada, sino que sobrepasaba largamente a la reina su madre en inteligencia y agrado. Su juventud, la atrayente frescura de su hermosa piel, inflamó al rey de un modo tan violento que no pudo ocultárselo a la infanta, diciéndole que había resuelto casarse con ella pues era la única que podía desligarlo de su promesa.

La joven princesa, llena de virtud y pudor, creyó desfallecer ante esta horrible proposición. Se echó a los pies del rey su padre, y le suplicó con toda la fuerza de su alma, que no la obligara a cometer un crimen semejante.

El rey, que estaba empecinado con este descabellado proyecto, había consultado a un anciano druida, para tranquilizar la conciencia de la joven princesa. Este druida, más ambicioso que religioso, sacrificó la causa de la inocencia y la virtud al honor de ser confidente de un poderoso rey. Se insinuó con tal destreza en el espíritu del rey, le suavizó de tal manera el crimen que iba a cometer, que hasta lo persuadió de estar haciendo una obra pía al casarse con su hija.

El rey, halagado por el discurso de aquel malvado, lo abrazó y salió más empecinado que nunca con su proyecto: hizo dar órdenes a la infanta para que se preparara a obedecerle.

La joven princesa, sobrecogida de dolor, pensó en recurrir a su madrina, el hada de las Lilas. Con este objeto, partió esa misma noche en un lindo cochecito tirado por un cordero que sabía todos los caminos. Llegó a su destino con toda felicidad. El hada, que amaba a la infanta, le dijo que ya estaba enterada de lo que venía a decirle, pero que no se preocupara: nada podía pasarle si ejecutaba fielmente todo lo que le indicaría.

—Porque, mi amada niña, le dijo, sería una falta muy grave casaros con vuestro padre; pero, sin necesidad de contradecirlo, podéis evitarlo: decidle que para satisfacer un capricho que tenéis, es preciso que os regale un vestido color del tiempo. Jamás, con todo su amor y su poder podrá lograrlo.

La princesa le dio las gracias a su madrina, y a la mañana siguiente le dijo al rey su padre lo que el hada le había aconsejado y reiteró que no obtendrían de ella consentimiento alguno hasta tener el vestido color del tiempo.

El rey, encantado con la esperanza que ella le daba, reunió a los más famosos costureros y les encargó el vestido bajo la condición de que si no eran capaces dé realizarlo los haría ahorcar a todos.

No tuvo necesidad de llegar a ese extremo: a los dos días trajeron el tan ansiado traje. El firmamento no es de un azul más bello, cuando lo circundan nubes de oro, que este hermoso vestido al ser desplegado. La infanta se sintió toda acongojada y no sabía cómo salir del paso. El rey apremiaba la decisión. Hubo que recurrir nuevamente a la madrina quien, asombrada porque su secreto no había dado resultado, le dijo que tratara de pedir otro vestido del color de la luna.

El rey, que nada podía negarle a su hija, mandó buscar a los más diestros artesanos, y les encargó en forma tan apremiante un vestido del color de la luna, que entre ordenarlo y traerlo no mediaron ni veinticuatro horas. La infanta, más deslumbrada por este soberbio traje que por la solicitud de su padre, se afligió desmedidamente cuando estuvo con sus damas y su nodriza.

El hada de las Lilas, que todo lo sabía, vino en ayuda de la atribulada princesa y le dijo:

—O me equivoco mucho, o creo que si pedís un vestido color del sol lograremos desalentar al rey vuestro padre, pues jamás podrán llegar a confeccionar un vestido así.

La infanta estuvo de acuerdo y pidió el vestido; y el enamorado rey entregó sin pena todos los diamantes y rubíes de su corona para ayudar a esta obra maravillosa, con la orden de no economizar nada para hacer esta prenda semejante al sol: Fue así que cuando el vestido apareció, todos los que lo vieron desplegado tuvieron que cerrar los ojos, tan deslumbrante era.

¡Cómo se puso la infanta ante esta visión! Jamás se había visto algo tan hermoso y tan artísticamente trabajado. Se sintió confundida; y con el pretexto de que a la vista del traje le habían dolido los ojos, se retiró a su aposento donde el hada la esperaba, de lo más avergonzada. Fue peor aún, pues al ver el vestido color del sol, se puso roja de ira.

—¡Oh!, como último recurso, hija mía, —le dijo a la princesa, vamos a someter al indigno amor de vuestro padre a una terrible prueba. Lo creo muy empecinado con este matrimonio, que él cree tan próximo; pero pienso que quedará un poco aturdido si le hacéis el pedido que os aconsejo: la piel de ese asno que ama tan apasionadamente y que subvenciona tan generosamente todos sus gastos. Id, y no dejéis de decirle que deseáis esa piel.

La princesa, encantada de encontrar una nueva manera de eludir un matrimonio que detestaba, y pensando que su padre jamás se resignaría a sacrificar su asno, fue a verlo y le expuso su deseo de tener la piel de aquel bello animal.

Aunque extrañado por este capricho, el rey no vaciló en satisfacerlo. El pobre asno fue sacrificado y su piel galantemente llevada a la infanta quien, no viendo ya ningún otro modo de esquivar su desgracia, iba a caer en la desesperación cuando su madrina acudió.

—¿Qué hacéis, hija mía?, dijo, viendo a la princesa arrancándose los cabellos y golpeándose sus hermosas mejillas. Este es el momento más hermoso de vuestra vida. Cubríos con esta piel, salid del palacio y partid hasta donde la tierra pueda llevaros: cuando se sacrifica todo a la virtud, los dioses saben recompensarlo. ¡Partid! Yo me encargo de que todo vuestro tocador y vuestro guardarropa os sigan a todas partes; dondequiera que os detengáis, vuestro cofre conteniendo vestidos, alhajas, seguirá vuestros pasos bajo tierra; y he aquí mi varita, que os doy: al golpear con ella el suelo cuando necesitéis vuestro cofre, éste aparecerá ante vuestros ojos. Mas, apresuraos en partid, no tardéis más.

La princesa abrazó mil veces a su madrina, le rogó que no la abandonara, se revistió con la horrible piel luego de haberse refregado con hollín de la chimenea, y salió de aquel suntuoso palacio sin que nadie la reconociera.

La ausencia de la infanta causó gran revuelo. El rey, que había hecho preparar una magnífica fiesta, estaba desesperado e inconsolable. Hizo salir a mas de cien guardias y más de mil mosqueteros en busca de su hija; pero el hada, que la protegía, la hacía invisible a los más hábiles rastreos. De modo que al fin hubo que resignarse.

Mientras tanto, la princesa caminaba. Llegó lejos, muy lejos, todavía más lejos, en todas partes buscaba un trabajo. Pero, aunque por caridad le dieran de comer, la encontraban tan mugrienta qué nadie la tomaba.

Andando y andando, entró a una hermosa ciudad, a cuyas puertas había una granja; la granjera necesitaba una sirvienta para lavar la ropa de cocina, y limpiar los pavos y las pocilgas de los puercos. Esta mujer, viendo a aquella viajera tan sucia; le propuso entrar a servir a su casa, lo que la infanta aceptó con gusto, tan cansada estaba de todo lo que había caminado.

La pusieron en un rincón apartado de la cocina donde, durante los primeros días, fue el blanco de las groseras bromas de la servidumbre, así era la repugnancia que inspiraba su piel de asno.

Al fin se acostumbraron; además ella ponía tanto empeño en cumplir con sus tareas que la granjera la tomó bajo su protección. Estaba encargada de los corderos, los metía al redil cuando era preciso: llevaba a los pavos a pacer, todo con una habilidad como si nunca hubiese hecho otra cosa. Así pues, todo fructificaba bajo sus bellas manos.

Un día estaba sentada junto a una fuente de agua clara, donde deploraba a menudo su triste condición, se le ocurrió mirarse; la horrible piel de asno que constituía su peinado y su ropaje, la espantó. Avergonzada de su apariencia, se refregó hasta que se sacó toda la mugre de la cara y de las manos las que quedaron más blancas que el marfil, y su hermosa tez recuperó su frescura natural.

La alegría de verse tan bella le provocó el deseo de bañarse, lo que hizo; pero tuvo que volver a ponerse la indigna piel para volver a la granja. Felizmente, el día siguiente era de fiesta; así pues, tuvo tiempo para sacar su cofre, arreglar su apariencia, empolvar sus hermosos cabellos y ponerse su precioso traje color del tiempo. Su cuarto era tan pequeño que no se podía extender la cola de aquel magnífico vestido. La linda princesa se miraba y se admiraba a sí misma con razón, de modo que, para no aburrirse, decidió ponerse por turno todas sus hermosas tenidas los días de fiesta y los domingos, lo que hacía puntualmente. Con un arte admirable, adornaba sus cabellos mezclando flores y diamantes; a menudo suspiraba pensando que los únicos testigos de su belleza eran sus corderos y sus pavos que la amaban igual con su horrible piel de asno, que había dado origen al apodo con que la nombraban en la granja.

Un día de fiesta en que Piel de Asno se había puesto su vestido color del sol, el hijo del rey, a quien pertenecía esta granja, hizo allí un alto para descansar al volver de caza. El príncipe era joven, hermoso y apuesto; era el amor de su padre y de la reina su madre, y su pueblo lo adoraba. Ofrecieron a este príncipe una colación campestre, que él aceptó; luego se puso a recorrer los gallineros y todos los rincones.

Yendo así de un lugar a otro entró por un callejón sombrío al fondo del cual vio una puerta cerrada. Llevado por la curiosidad, puso el ojo en la cerradura. ¿pero qué le pasó al divisar a una princesa tan bella y ricamente vestida, que por su aspecto noble y modesto, él tomó por una diosa? El ímpetu del sentimiento que lo embargó en ese momento lo habría llevado a forzar la puerta, a no mediar el respeto que le inspirara esta persona maravillosa.

Tuvo que hacer un esfuerzo para regresar por ese callejón oscuro y sombrío, pero lo hizo para averiguar quién vivía en ese pequeño cuartito. Le dijeron que era una sirvienta que se llamaba Piel de Asno a causa de la piel con que se vestía; y que era tan mugrienta y sucia que nadie la miraba ni le hablaba, y que la habían tomado por lástima para que cuidara los corderos y los pavos.

El príncipe, no satisfecho con estas referencias, se dio cuenta que estas gentes rudas no sabían nada más y que era inútil hacerles más preguntas. Volvió al palacio del rey su padre, indeciblemente enamorado, teniendo constantemente ante sus ojos la imagen de esta diosa que había visto por el ojo de la cerradura. Se lamentó de no haber golpeado a la puerta, y decidió que no dejaría de hacerlo la próxima vez.

Pero la agitación de su sangre, causada por el ardor de su amor, le provocó esa misma noche una fiebre tan terrible que pronto decayó hasta el más grave extremo. La reina su madre, que tenía este único hijo, se desesperaba al ver que todos los remedios eran inútiles. En vano prometía las más suntuosas recompensas a los médicos; éstos empleaban todas sus artes, pero nada mejoraba al príncipe. Finalmente, adivinaron que un sufrimiento mortal era la causa de todo este daño; se lo dijeron a la reina quien, llena de ternura por su hijo, fue a suplicarle que contara la causa de su mal; y aunque se tratara de que le cedieran la corona, el rey su padre bajaría de su trono sin pena para hacerlo subir a él; que si deseaba a alguna princesa, aunque se estuviera en guerra con el rey su padre y hubiese justos motivos de agravio, sacrificarían todo para darle lo que deseaba; pero le suplicaba que no se dejara morir, puesto que de su vida dependía la de sus padres. La reina terminó este conmovedor discurso no sin antes derramar un torrente de lágrimas sobre el rostro de su hijo.

—Señora, le dijo por fin el príncipe, con una voz muy débil, no soy tan desnaturalizado como para desear la corona de mi padre; ¡quiera el cielo que él viva largos años y me acepte durante mucho tiempo como el más respetuoso y fiel de sus súbditos! En cuanto a las princesas que me ofrecéis; aún no he pensado en casarme; y bien sabéis que, sumiso como soy a vuestras voluntades, os obedeceré siempre, a cualquier precio.

—¡Ah!, hijo mío, repuso la reina, ningún precio es muy alto para salvarte la vida; mas, querido hijo, salva la mía y la del rey tu padre, diciéndome lo que deseas, y ten la plena seguridad que te será acordado.

—¡Pues bien!, señora, dijo él, si tengo que descubriros mi pensamiento, os obedeceré. Me sentiría un criminal si pongo en peligro dos cabezas que me son tan queridas. Sí, madre mía, deseo que Piel de Asno me haga una torta y tan pronto como esté hecha, me la traigan.

La reina, sorprendida ante este extraño nombre, preguntó quién era Piel de Asno.

—Es, señora, replicó uno de sus oficiales que por casualidad había visto a esa niña, el bicho más vil después del lobo; una negra, una mugrienta que vive en vuestra granja y que cuida vuestros pavos.

—No importa, dijo la reina, mi hijo, al volver de caza, ha probado tal vez su pastelería; es una fantasía de enfermo. En una palabra, quiero que Piel de Asno, puesto que de Piel de Asno se trata le haga ahora mismo una torta.

Corrieron a la granja y llamaron a Piel de Asno para ordenarle que hiciera con el mayor esmero una torta para el príncipe.

Algunos autores sostienen que Piel de Asno, cuando el príncipe había puesto sus ojos en la cerradura, con los suyos lo había visto; y que enseguida, mirando por su ventanuco, había mirado a aquel príncipe tan joven, tan hermoso y bien plantado que no había podido olvidar su imagen y que a menudo ese recuerdo le arrancaba suspiros.

Como sea, si Piel de Asno lo vio o había oído decir de él muchos elogios, encantada de hallar una forma para darse a conocer, se encerró en su cuartucho, se sacó su fea piel, se lavó manos y rostro, peinó sus rubios cabellos, se puso un corselete de plata brillante, una falda igual, y se puso a hacer la torta tan apetecida: usó la más pura harina, huevos y mantequilla fresca. Mientras trabajaba, ya fuera de adrede o de otra manera, un anillo que llevaba en el dedo cayó dentro de la masa y se mezcló a ella. Cuando la torta estuvo cocida, se colocó su horrible piel y fue a entregar la torta al oficial, a quien le preguntó por el príncipe; pero este hombre, sin dignarse contestar, corrió donde el príncipe a llevarle la torta.

El príncipe la arrebató de manos de aquel hombre, y se la comió con tal avidez que los médicos presentes no dejaron de pensar que este furor no era buen signo. En efecto, el príncipe casi se ahogó con el anillo que encontró en uno de los pedazos, pero se lo sacó diestramente de la boca; y el ardor con que devoraba la torta se calmó, al examinar esta fina esmeralda montada en un junquillo de oro cuyo círculo era tan estrecho que, pensó él, sólo podía caber en el más hermoso dedito del mundo.

Besó mil veces el anillo, lo puso bajo sus almohadas, y lo sacaba cada vez que sentía que nadie lo observaba. Se atormentaba imaginando cómo hacer venir a aquélla a quien este anillo le calzara; no se atrevía a creer, si llamaba a Piel de Asno que había hecho la torta, que le permitieran hacerla venir; no se atrevía tampoco a contar lo que había visto por el ojo de la cerradura temiendo ser objeto de burla y tomado por un visionario; acosado por todos estos pensamientos simultáneos, la fiebre volvió a aparecer con fuerza. Los médicos, no sabiendo ya qué hacer, declararon a la reina que el príncipe estaba enfermo de amor. La reina acudió donde su hijo acompañada del rey que se desesperaba.

—Hijo mío, hijo querido, exclamó el monarca, afligido, nómbranos a la que quieres. Juramos que te la daremos, aunque fuese la más vil de las esclavas.

Abrazándolo, la reina le reiteró la promesa del rey. El príncipe, enternecido por las lágrimas y caricias de los autores de sus días, les dijo:

—Padre y madre míos, no me propongo hacer una alianza que os disguste. Y en prueba de esta verdad, añadió, sacando la esmeralda que escondía bajo la cabecera, me casaré con aquella a quien le venga este anillo; y no parece que la que tenga este precioso dedo sea una campesina ordinaria.

El rey y la reina tomaron el anillo, lo examinaron con curiosidad, y pensaron, al igual que el príncipe, que este anillo no podía quedarle bien sino a una joven de alta alcurnia. Entonces el rey, abrazando a su hijo y rogándole que sanara, salió, hizo tocar los tambores, los pífanos y las trompetas por toda la ciudad, y anunciar por los heraldos que no tenían más que venir al palacio a probarse el anillo; y aquella a quien le cupiera justo se casaría con el heredero del trono.

Las princesas acudieron primero, luego las duquesas, las marquesas y las baronesas; pero por mucho que se hubieran afinado los dedos, ninguna pudo ponerse el anillo. Hubo que pasar a las modistillas que, con ser tan bonitas, tenían los dedos demasiado gruesos. El príncipe, que se sentía mejor, hacía él mismo probar el anillo.

Al fin les tocó el turno a las camareras, que no tuvieron mejor resultado. Ya no quedaba nadie que no hubiese ensayado infructuosamente la joya, cuando el príncipe pidió que vinieran las cocineras, las ayudantes, las cuidadoras de rebaños. Todas acudieron, pero sus dedos regordetes; cortos y enrojecidos no dejaron pasar el anillo más allá de la una.

—¿Hicieron venir a esa Piel de Asno que me hizo una torta en días pasados? dijo el príncipe.

Todos se echaron a reír y le dijeron que no, era demasiado inmunda y repulsiva.

—¡Que la traigan en el acto! dijo el rey. No se dirá que yo haya hecho una excepción.

La princesa; que había escuchado los tambores y los gritos de los heraldos, se imaginó muy bien que su anillo era lo que provocaba este alboroto. Ella amaba al príncipe y como el verdadero amor es timorato y carece de vanidad, continuamente la asaltaba el temor de que alguna dama tuviese el dedo tan menudo como el suyo. Sintió, pues, una gran alegría cuando vinieron a buscarla y golpearon a su puerta.

Desde que supo que buscaban un dedo adecuado a su anillo, no se sabe qué esperanza la había llevado a peinarse cuidadosamente y a ponerse su hermoso corselete de plata con la falda llena de adornos de encaje de plata, salpicados de esmeraldas. Tan pronto como oyó que golpeaban a su puerta y que la llamaban para presentarse ante el príncipe, se cubrió rápidamente con su piel de asno, abrió su puerta y aquellas gentes, burlándose de ella, le dijeron que el rey la llamaba para casarla con su hijo. Luego, en medio de estruendosas risotadas, la condujeron donde el príncipe quien, sorprendido él mismo por el extraño atavío de la joven, no se atrevió a creer que era la misma que había visto tan elegante y bella. Triste y confundido por haberse equivocado, le dijo:

—Sois vos la que habitáis al fondo de ese callejón oscuro, en el tercer gallinero de la granja?

—Sí, su señoría, respondió ella.

—Mostradme vuestra mano, dijo él temblando y dando un hondo suspiro.

¡Señores! ¿quién quedó asombrado? Fueron el rey y la reina, así como todos los chambelanes y los grandes de la corte, cuando de adentro de esa piel negra y sucia, se alzó una mano delicada, blanca y sonrosada, y el anillo entró sin esfuerzo en el dedito más lindo del mundo; y, mediante un leve movimiento que hizo caer la piel, la infanta apareció de una belleza tan deslumbrante que el príncipe, aunque todavía estaba débil, Se puso a sus pies y le estrechó las rodillas con un ardor que a ella la hizo enrojecer. Pero casi no se dieron cuenta pues el rey y la reina fueron a abrazar a la princesa, pidiéndole si quería casarse con su hijo.

La princesa, confundida con tantas caricias y ante el amor que le demostraba el joven príncipe, iba sin embargo a darles las gracias, cuando el techo del salón se abrió, y el hada de las Lilas, bajando en un carro hecho de ramas y de las flores de su nombre, contó, con infinita gracia, la historia de la infanta.

El rey y la reina, encantados al saber que Piel de Asno era una gran princesa, redoblaron sus muestras de afecto; pero el príncipe fue más sensible ante la virtud de la princesa, y su amor creció al saberlo. La impaciencia del príncipe por casarse con la princesa fue tanta, que a duras penas dio tiempo para los preparativos apropiados a este augusto matrimonio.

El rey y la reina, que estaban locos con su nuera, le hacían mil cariños y siempre la tenían abrazada. Ella había declarado que no podía casarse con el príncipe sin el consentimiento del rey su padre. De modo que fue el primero a quien le enviaran una invitación, sin decirle quién era la novia; el hada de las Lilas, que vigilaba todo, como era natural, lo había exigido a causa de las consecuencias.

Vinieron reyes de todos los países; unos en silla de manos, otros en calesa, unos más distantes montados sobre elefantes, sobre tigres, sobre águilas: pero el más imponente y magnífico de los ilustres personajes fue el padre de la princesa quien, felizmente había olvidado su amor descarriado* y había contraído nupcias con una viuda muy hermosa que no le había dado hijos.

La princesa corrió a su encuentro; él la reconoció en el acto y la abrazó con una gran ternura, antes que ella tuviera tiempo de echarse a sus pies. El rey y la reina le presentaron a su hijo, a quien colmó de amistad. Las bodas se celebraron con toda pompa imaginable. Los jóvenes esposos, poco sensibles a estas magnificencias, sólo tenían ojos para ellos mismos.

El rey, padre del príncipe, hizo coronar a su hijo ese mismo día y, besándole la mano, lo puso en el trono, pese a la resistencia de aquel hijo bien nacido; pero había que obedecer.

Las fiestas de esta ilustre boda duraron cerca de tres meses y el amor de los dos esposos todavía duraría si los dos no hubieran muerto cien años después.

MORALEJA

El cuento de Piel de Asno parece exagerado;
pero mientras existan en el mundo criaturas
y haya madres y abuelas que narren aventuras,
estará su recuerdo conservado.


Si en mi web aparece este texto, bajado de Internet, es para que se lea como puede deformarse un cuento, en nombre del “bien” de las criaturas. Pero Perrault sabía lo que hacía, era un verdadero escritor.

                          Isabel Monzón


Versión libre de Piel de Asno de: Charles Perrault, por Vicky Abro.

PIEL DE ASNO

Rosa Linda y el príncipe   

       Rosa Linda era una hermosa y muy buena jovencita. Todos en el lugar la amaban profundamente, hasta los animalitos del bosque. Vivía en un castillo con su madrastra y la hija de ella, ambas la hacían trabajar sin cesar, pues querían que se volviera fea como ellas, que lo eran y mucho.

       Un día la madrastra y su hija fueron a la ciudad para comprarse vestidos. Rosa Linda les dijo: ¡Por favor, tráiganme algún abrigo pues muero de frío! La madrastra aprovechó y le compró una piel de asno, sabiendo que una vez se la hubiera puesto no podría sacársela, y así conseguiría tapar la belleza de la niña, para que pareciera que su hija era la más bonita.

Todos comenzaron a burlarse de Rosa Linda, llamándola Piel de Asno. Ella sufría mucho y viendo que no podía quitarse aquella piel, cansada de aguantar las risas de los que habitaban el castillo, decidió huir.

Estaba Rosa Linda llorando amargamente, cuando escuchó una hermosa canción. Un encantador príncipe se acercaba montando su blanco corcel y tocando el laúd.  Al compás de la suave melodía la piel de asno empezó a caer poco a poco, hasta que La jovencita quedó libre de ella por completo.

 El apuesto príncipe se quedó asombrado de la hermosura de Rosa Linda, y le confesó su amor. Entonces le pidió que fuera con él a su palacio, donde los recibieron con un gran festejo. Rosa Linda conquistó con su hermosura y bondad el nuevo reino, se casó con el príncipe y vivieron muy felices por siempre.