Interpretación
psicoanalítica del cuento “Patrón” de Abelardo Castillo
Lic. Isabel Monzón - Lic. Pola Woscoboinik
En un artículo publicado por el diario Clarín, en la sección
“Cultura y Nación, Ricardo Piglia, novelista y crítico literario,
postula su “Tesis sobre el cuento”. Sostiene que un cuento relata
siempre dos historias. “El arte del cuentista consiste en saber cifrar
una historia segunda en los intersticios de la historia primera. El relato visible
esconde un relato secreto, marcado de un modo elíptico y fragmentario.
Los elementos esenciales de un cuento tienen una doble función y son
usados de manera distinta en cada una de las dos historias. Los puntos de cruce
son el fundamento de la construcción. El efecto sorpresa se produce cuando,
al final, la historia secreta aparece en la superficie”.
También éste es el intento del trabajo psicoanalítico:
construir, desde el tejido de la historia expresa y manifiesta, otra historia,
desconocida y reveladora para el paciente.
Frente a la lectura del cuento “Patrón” surgió para
nosotras, en forma nítida, una historia segunda. Aprehender el verdadero
cuento cifrado, develar el secreto relato invisible, fue lo que permitió
en, primer lugar, sobreponernos al asombro de lo impensable, vencer entonces,
el impacto de lo siniestro para, finalmente, comprender que, bajo el sentido
de la feminidad y la maternidad de Paula, la protagonista – como de toda
mujer – existe otra dimensión más pura e irrenunciable:
la dignidad humana.
“Patrón” se convirtió así en “Paula:
la pureza cruel o la libertad profanada”.
Síntesis del cuento
Cuando Paula, desde el patio, vio a Don Antenor, el patrón, hablando
con la abuela, intuyó de lo que se trataba. En ese momento tuvo la certeza:
se concretaba algo que había sabido desde siempre y que dolía
en su piel, como un cruel latigazo. Allí, en “ La Cabreada”,
la estancia de Don Antenor, ella era una cosa más. Como la hacienda,
como la alambrada, como los peones. Y como cosa que era iba a ser llevada de
un lugar a otro, sin ser consultada, para ser usada, para servir. Y. sí,
claro.
Cuando el viejo la miró y la midió en su cuerpo, en el que ella
había descubierto, hacía muy poco, el fluir de su sangre caliente
y deseante, se reconoció más cosa todavía.
¿Se imaginaría Don Antenor lo que Paula sentía?, ¡Qué
se iba a imaginar el viejo si ella estaba de este lado de los postes y del alambrado
de púas!
En su pecho se agolparon, dolorosamente, muchos pensamientos y vivencias. Ya
no podría ir más a los bailes, Allí sí que se encontraba
bien. Era cuando alguno de los peones la sacaba a bailar y la elegía
a ella y ella aceptaba ser elegida. Como si recuperara algo que nunca tuvo.
Algo nuevo, extraño, que nacía desde la profundidad visceral de
su cuerpo, acelerando su pulso, coloreando sus mejillas, buscando la tibia proximidad
con el otro. ¿A quién contárselo?.
La única que estaba cerca era la abuela, vieja y enferma desde siempre,
dura y seca como los matorrales del Cerro Negro. Del padre poco se acordaba.
Sabía sí, que había muerto quemado, destrozado al atreverse
dentro del fuego para salvar la novillada de la estancia. ¿Y la madre?
Nunca había pronunciado fuerte esta palabra. Ni en un llamado, ni en
un pedido. No tenía de ella el menor de los recuerdos. Ni imaginársela
podía. Solo que, en una visita al poblado, había sentido la mirada
curiosa de la gente y percibido los cuchicheos maliciosos de las vecinas. Era
sobre la historia de una tal Juana, que después de reclamar infructuosamente,
con su vientre hinchado, un lugar en la casa de la abuela, había dejado
a la recién nacida y se había ido, nadie sabía para dónde.
Desde ese día nunca más se animó a preguntas, de las que
tampoco quería saber las respuestas. Y... sí, claro.
Más tarde Paula sintió miedo, un gran miedo. Fue cuando en medio
de la fiesta, en el patio de la estancia, después que el cura los casó,
cayó en inminencia de la posesión, que adivinaba brutal y violenta
como el malambo que en ese momento, Don Antenor zapateaba.
Luego el dolor, cuando tumbada boca arriba en la cama, su cuerpo fue obligado
a desgarrarse y abrirse para seguir sirviendo.
Entonces Paula sintió bronca. Lo que presentía y esperaba como
el único momento para ser ella misma, era pisoteado, ignorado, dejado
de lado. A lo mejor Paula no sabía que, desde siempre, la bronca y la
furia habían estado dentro suyo, porque desde siempre había sido
ignorada, dejada de lado, pisoteada.
Pero... no se iba a salir con la suya, el viejo. Y su cuerpo, joven y fuerte,
hecho para florecer en retoños, se negó al principio, a la fecundación.
Cada luna llena, cumpliendo un nuevo ciclo, le traía alivio y un oscuro
sentimiento de triunfo que se hacía dulce y tibio en su boca, enjugando
la amargura de muchas noches sin dormir. Noches en las que, después que
Don Antenor la poseía con desesperación, la dejaba tirada en la
cama, como un trapo, sin pensar siquiera que ella podía estar sintiendo
algo.
Después, cuando vinieron los golpes, algo nuevo, muy oscuro todavía,
empezó a gestarse dentro de Paula. Se sorprendió a sí misma
en este pensamiento: “Viejo inútil, me las vas a pagar”.
El bofetón le marcó la cara como esas A, que en el lomo de los
animales de “La Cabreada”, mostraba quien, en la estancia, establecía
la ley y las pertenencias.
Paula seguía muy atenta el pasar de los días. Don Antenor también.
Por eso fue muy evidente para los dos cuando se produjo el atraso.
“¡Atraso nomás, te voy a dar atraso!” amenazó
el viejo. Tomasina, la portera, no hizo más que confirmar la sospecha.
Por un momento, Paula se sintió perdida. No quería más
patrones. Y esto sí podía decidirlo ella. Esa criatura no sería
su hijo. Era solo hijo de Don Antenor. Adivinaba sus mismos ojos duros y la
misma piel áspera del viejo.
En el preciso momento que el toro lo levantó por el aire y Don Antenor,
después de dar varias vueltas, quedó tendido y desarticulado sobre
el alambrado de púas, Paula supo que las cosas iban a cambiar. Que ella
empezaba a contar de otra manera, dentro de la estancia. Que se había
convertido, de repente, en “ la Patrona”.
Y cuando, ya de vuelta del sanatorio, subieron a Don Antenor quebrado e inmóvil,
silenciado para siempre, al cuarto de arriba, para que desde allí pudiera
ver mejor sus campos; cuando Paula se apropió de las llaves de la casa,
todo terminó de armarse en su mente. El niño tenía que
nacer y el viejo tenía que vivir hasta que el niño naciera. Los
dos querían esto.
A medida que su vientre seguía creciendo y abultando, fue creciendo también
su hostilidad. Toda ella estaba preñada de odio y resentimiento. Su cara,
hermosa y brutal, fue haciéndose más sombría, más
hermética, como la de quienes, en secreto, se han propuesto algo. El
viejo lo adivinó en la fiereza de la expresión, pero no quiso
saber y desvió la mirada frente a la de Paula, esta vez, firme. De los
accesos y los ahogos solo lo rescataba la esperanza del hijo. Por primera vez,
Don Antenor sintió miedo.
Por fin, cuando el perfil combado de su cuerpo contó las nueve lunas,
Paula ya había cumplido la primera parte de su plan: a la mujer que ayudaba
en la cocina hacía tiempo la había alejado de la casa. Ahora debía
hacerlo con el Flavio y el Tomás, los peones. No le costó mucho,
hablándoles por separado y descontando la presencia del otro. De todas
maneras, la Tomasina estaba al llegar, les mintió.
En el inmenso caserón de la estancia habían quedado solos, Paula
y Don Antenor. Un espeso silencio fue invadiendo todos los rincones.
La puntada, lacerante, anunció el alumbramiento. Paula quedó quieta.
Necesitaba juntar coraje. Todavía pasaron unos minutos. Otra puntada
y otra más. Y por fin, con las fuerzas hostigadas desde la necesidad
de venganza, parió al hijo. Después del jadeo, el llanto primero
y triunfante de la criatura. Arriba el viejo, que escuchaba ansiosamente, empezó
a reírse como un loco. Luego, el silencio total.
Pasaron algunas horas todavía. El sol había ya comenzado a declinar
cuando Paula se decidió. Tomó al niño entre los brazos
y con paso firme avanzó lentamente. Mientras subía la escalera
que la llevaba a la habitación de Don Antenor, vio desfilar en fantasmática
procesión. Escenas de su historia. “Me las va a pagar” le
volvió a surgir como aquella noche.
El brillo en los ojos de Paula hablaba de su propósito. Necesitaba que
el viejo percibiera todo su odio, todo su desprecio. Y necesitaba ella registrar
el sufrimiento del viejo, que espantado, inerme, acusó el impacto. Todavía
quiso con un gesto, más sugerido que actuado, recobrar su dominio.
Pero Paula siguió avanzando. Depositó al niño en la cama.
El viejo tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no aplastarlo con su cuerpo,
cuando se le escapó la correa que lo sostenía.
Paula lo miró todavía, un momento más. Después,
se dirigió hacia la puerta de la habitación y sin darse vuelta,
giró las llaves. La puerta se cerró. Pudo escuchar cómo
el llanto del niño se confundía con el grito feroz y desgarrante
de Don Antenor.
Ahí los dejaba, condenados a muerte, al viejo y al hijo. Sintió,
desgarrada ella también, que era lo único que podía redimirla.
Bajó. Se acercó al aljibe; las llaves sonaron casi musicalmente
contra el fondo. Por fin enganchó el sulky. Después, se alejó.
En lo profundo del pozo, junto con las llaves, quedaba sepultado para siempre,
lo impensable: aquello que Paula no pudo; lo que Antenor no previó; lo
que el niño jamás llegará a decir.
Aproximación psicoanalítica
Pensamos que nuestra recreación, cifrada en los intersticios de la historia
primera es, en realidad, otro cuento que señala en su trama las líneas
de abordaje más importantes para la comprensión psicoanalítica.
En el cruce mismo donde confluyen narcisismo y feminidad, por una parte, y humillación
y sometimiento por otra, se gesta la venganza, con un ademán extremo
y siniestro de redención de la persona, en el nivel primero y originario:
el de su humanidad y en la potencial capacidad para la libertad.
Para comprender algo de la decisión cruel y vindicatoria de Paula es
necesario poder reconstruir una historia desde una injuria narcisística
básica y estructurante. Porque sabemos de sus conductas, porque inferimos
sus pensamientos concientes e interpretamos sus fantasías inconscientes
es que intentaremos acercarnos a esa historia.
Si en la vida de Paula el abandono ha antecedido al cuidado y la protección
elemental fue una pesada carga y no una entrega amorosa, ni siquiera podemos
hablar de un proceso de narcisización. No tiene dónde rastrear
la historia de su origen (*) ni el origen de su historia.
No hay respuestas en las que pueda intuir o adivinar algo del orden del deseo
y del placer. Privada desde el comienzo del primer goce narcisista: el verse
en la mirada de una madre amante, Paula sintió sojuzgado su yo a una
injuria que reclama reparación. Reparación que se va a hacer carne
cuando la vida le quiere imponer aquella función que no puede asumir
porque no tiene dónde ser engarzada.
Ausencia total, absoluta de madre- Abelardo Castillo en su cuento, ni siquiera
la nombra-; ausencia también del padre, para quien es más importante
salvar la novillada que su propia vida, y por ende, el cuidado de su hija; y
una abuela dura y rechazante, que la recibe por obligación, conforman
el entorno afectivo en que va a crecer Paula.
Allí, en la estancia de Don Antenor Domínguez, donde la palabra
y la voluntad del Patrón es ley; donde todo lo que está de este
lado del alambrado de púas lleva la impronta de la sumisión y
el sometimiento, va a transcurrir la vida de Paula. “Y sí....claro”
condensa la aceptación, la renuncia, el dejar hacer. Los ojos dolientes
de una ternera recién marcada le devuelven su propia imagen. Todo atisbo
de agresión es ahogado en el molde que le impone el ámbito social.
Conjeturamos que, para poder sobrevivir, Paula tuvo que cubrir, ella misma,
algún aspecto de la función materna. Nacida para morir por abandono,
se desarrolla fuerte, ancha y poderosa como un animal. En ese medio de asperezas
y desamparo, hay un espacio donde Paula se siente ella misma. Es la Paula que
va a los bailes y espera ansiosa y expectante, que alguien la elija; que otro
la desee y refuerce, así, el pequeño espacio narcisista que ha
ido forjando y en el que se van delineando aspectos de su feminidad.
La entrada de Don Antenor en su vida constituye, por una parte, la repetición
de una historia de humillación y desprecio: no es elegida por ella misma,
sino como un mero objeto intermediario, como simplemente, un animal de cría
para darle un hijo al patrón. Pero, al mismo tiempo, marca el comienzo
de una salida hacia la redención. Redención que no puede transitar
sino por el camino del odio y la venganza. ¿Qué otra cosa cabe
cuando se dispone de ella como de un animal de uso?. ¿Qué otra
cosa que el resentimiento cuando la abuela, en un gesto psicopático la
entrega y mientras verbaliza “no tiene obligación”, la obliga
y se desentiende de ella con alivio?. ¿Qué otra cosa que la humillación,
cuando Don Antenor, para reafirmar su autoridad amenazada, la descalifica y
la cede como un paquete a un peón: “Si andás alzado, en
cuanto me dé un hijo te la regalo”.. ¿Qué otra cosa
que un dolor hondo y lascerante cuando el rencor y los insultos del viejo estallan
finalmente en golpes?.
Sentimientos que se amalgaman en una rabia profunda, en una furia salvaje, cuando
cada noche, tirada en la cama, Paula se siente pisoteada una y otra vez.
Es esta furia salvaje la que va a plasmar en el toro, indómito y fuerte,
y en la brutal embestida a Don Antenor, atacando precisamente aquellos atributos
odiados que ejercieron poder: la fuerza física (queda cuadripléjico)
y la palabra ( queda afásico).
Es tal vez para esto, para vehiculizar la venganza que, después que su
cuerpo se había negado al embarazo, Paula ha concebido al hijo.
De entrada tiene claro que ese hijo no es suyo. No puede serlo porque no ha
tenido ella misma una madre que, erigiéndose en portavoz y modelo, le
trasmitiera “el deseo de un hijo”. Acorde con este origen, lo concibe
y lo condena bajo el signo de un absoluto rechazo. La función materna
no ha tenido oportunidad de anclaje, ahogada por el odio y el resentimiento.
Si “la procreación es ante todo, procreación según
el espíritu, según el deseo; y la procreación de la carne
solo ocupa su lugar por añadidura”, como lo señala Piera
Aulagnier, este hijo no es de Paula. Tampoco lo es de Don Antenor. No fue gestado
como un ser distinto, autónomo. Fue concebido solo como una prolongación,
para seguir ejerciendo poderío. El viejo lo engendró como Patrón,
sin preguntarle nada a Paula; nada tampoco al hijo de la fantasía.
Acordamos con Kohut en su formulación acerca de la furia narcisista.
Cuando la misma se manifiesta en forma de estallido brusco o como venganza retardada,
no solo es descarga de agresividad por el narcisismo lesionado. Va más
allá: hay un principio de transformación, en un intento de salir
de la situación traumática.
Paula debe recomponerse primero en la dimensión humana: recuperarse como
persona. Es para ella lo más importante. Por esto necesita vengarse del
hombre que la ha maltratado y humillado. Y porque lo que más podía
dolerle al patrón, lo que él por narcisismo más esperaba
–el hijo-, convierte a este hijo en el instrumento de la venganza.
Hay una transformación en Paula; no solo en su cuerpo sino en sus contenidos
mentales. El crecimiento del niño en su vientre agiganta su propósito
y va armando pacientemente su plan. Un plan que llena de espanto y sabe a diabólico.
Hugo Bleichmar en su libro “El narcisismo: una gramática del inconsciente”,
escribe: “La fenomenología de la venganza depende de dos condicione
estructurales que son determinantes, más allá de las formas que
adquiera: 1- Que exista una oposición entre yo y el otro y 2- que exista
un lugar valorizado que sea ocupado por el otro. Si se llega a matar no es por
la búsqueda de la desaparición física del otro, de allí
que la forma elegida sea con sufrimiento, sino para mostrarlo como un ser vulnerable,
significado como inferior. Más aún, se necesita que quien sufra
la venganza vea el rostro del vengador, invirtiendo el lugar de la superioridad”
Y en taliónico movimiento se han invertido los roles. Ahora es Paula
“La Patrona”. En las llaves de la habitación de Don Antenor,
que guarda entre sus ropas, se cristaliza su naciente poderío. Ahora
es ella la que puede abrir o cerrar, ordenar y disponer. Y como es ella la que
decide, decreta, en un acto supremo de venganza y redención, la muerte
del viejo y del hijo. Y no solo esto: antes necesita presenciar la desesperación
y el sufrimiento del otro. El victimario pasa a ser víctima.
El odio lo ha contaminado todo.
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Ahora bien, hasta aquí el cuento de Abelardo Castillo; luego, nuestro
propio cuento cifrando la historia primera y finalmente, la comprensión
psicoanalítica de su contenido.
Pero, si a la manera de un cono de luces que se difunde, dirigimos la mirada
al claro proyectado en la pantalla social, el mismo cuento se convierte, como
lo quiso su autor, en “crudo testimonio de años atroces y violentos,
no solo por su tema sino hasta por la exasperación de su tono”.
Desde esta óptica, Paula, Don Antenor, la madre abandonante, el padre
sometido, los peones, son prototipos de una sociedad que ha hecho de la humillación,
el desprecio, la explotación, la apropiación de bienes y de personas,
las normas cotidianas de vida.
Y esta es ya la otra historia o, en definitiva, la misma.
*Historia del origen del sujeto: Término acuñado por P. Aulagnier. Se trata del enunciado referido al origen de su historia, que da respuesta a la pregunta, aparentemente tan simple de todo niño: ¿cómo nacen los niños? “Cualquiera sea la formulación del discurso de la madre y la concatenación de los términos nacimiento-niño-placer-deseo-, si la respuesta incluye la idea “En el origen de tu vida estuvo el deseo de tus padres y tu nacimiento les produjo placer”, la misma constituirá un buen punto de partida para la salud mental. Ya porque aporta una significación a la lógica del Yo y porque esa respuesta será proyectada retroactivamente por el niño sobre la causa originaria de todo placer y de toda experiencia de displacer”. P. Aulagnier “Los destinos del Placer”
BIBLIOGRAFÍA
Aulagnier, Piera:
"La violencia en la interpretación". Buenos Aires: Amorrortu
Editores, 1977.
"Observaciones
sobre la feminidad y sus avatares” en “ El deseo y la perversión”.
Edición libre.
BLEICHMAR, Hugo: “Narcisismo. Estudio sobre la enunciación y la
gramática inconsciente”. Buenos Aires: Nueva Visión, 1981.
BLEICHMAR, Emilce Dío: “El feminismo espontáneo de la histeria”.
Madrid: Adotraf, 1985.
FREUD, Sigmund: Obras completas [Introducción al narcisismo; La femineidad;
La sexualidad femenina]. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1975.
KLEIN, Melanie: "Las emociones básicas del hombre" . Buenos
Aires: Nova, 1960.
KOHUT, Heinz: “Reflexiones sobre el narcisismo y la furia narcisista”.
Buenos Aires: Revista de Psicoanálisis A.P.A., Tomo XXXVIII, 1980.
PIGLIA, Ricardo: “Tesis sobre el cuento”. Buenos Aires, Diario Clarín,
16 de Noviembre de 1986.