Publicado
en DIARIO PÁGINA 12 el 28 de abril de 1994
¿ Por el bien de la patria?
Los psicoanalistas, por nuestra tarea clínica, sabemos que la conscripción no debería ser obligatoria. El ciudadano argentino es forzado, a los 18 años, a enfrentarse con una situación que, en la mayoría de los casos, no sólo no desea sino que además no puede enfrentar. El es ante todo un adolescente y, como tal, está atravesando un período de búsqueda y consolidación de su identidad. Todavía un poco niño, tiene un yo particularmente sensible, sumamente receptivo a los estímulos positivos o negativos que influyen sobre él. Por eso es habitual descubrir en el consultorio que el servicio militar se transforma en una situación traumática que deja nocivas huellas en el aparato psíquico. Para el psicoanálisis, es traumático todo acontecimiento que, por la particular intensidad de la afluencia de sus estímulos y/o por las condiciones del psiquismo donde actúa, no le permite al sujeto reaccionar adecuadamente, provocándole en consecuencia trastornos psicológicos. El DSM III de la Asociación Americana de Psiquiatría y la Organización Mundial de la Salud denominan a ese daño "trastorno por estrés postraumático".
Si el yo del joven, es, además, por su historia, especialmente fragil, la situación se agrava, ya que es frecuente que aparezcan ansiedades primitivas y desorganizantes o que se desencadene un brote psicótico. Ese recurso desesperado que posee el yo para poner fin, a costa de su desgarro, una situación externa dolorosamente insostenible. En relación a esto, es frecuente escuchar historias en la que un muchacho relata que logró un salvador DAF gracias al haberse "hecho el loco". Pero hacerse el loco no es tan fácil y los médicos de las Fuerzas Armadas no son ingenuos. A veces, saben detectar a tiempo el peligro y entonces el chico queda exento. Para protegerse, ha puesto al descubierto, inconscientemente, su potencialidad psicótica.
Por otra parte, a veces el joven no quiere hacer la conscripción porque desde su código ético o sus valores religiosos, generalmente inculcados por la familia, repudia la violencia, simbolizada y vehiculizada por las armas. El código de valores del objetor de conciencia merece respeto. Nadie puede ser obligado a pensar lo que no piensa ni forzado a creer en lo que no cree.
Hay otro factor fundamental que legitima que el servicio militar no sea obligatorio: interrumpe o pospone los estudios secundarios o universitarios de un joven que se ha entusiasmado con una carrera, fruto, generalmente, de su libertad de elección. Para justificar la necesidad de la conscripción se dice a veces que a través de ella se logra que los chicos se hagan hombres. Esa es una idea simplista y falsa, originada en la tendenciosa ideología patriarcal que supone que el varón, al no tener sentimientos, debe hacerse a golpes. Sin embargo, la identidad masculina no depende del saber disparar un arma. El varón, como la mujer, le hacen bien a la patria cuando, siguiendo su vocación, eligen un oficio o una profesión y nadie obstaculiza su camino.
" Mi pedagogía es dura. Lo débil debe eliminarse a martillazos. En mis fortalezas de la Orden Teutónica crecer una juventud que hará temblar al mundo. Quiero una juventud violenta, dominante, impávida vida, cruel. La juventud ha de ser todo eso. Ha de soportar dolores. En ella no debe haber nada débil ni tierno. La fiera libre y espléndida deber brillar nuevamente en sus ojos. Quiero una juventud fuerte y hermosa...Así podré crear algo nuevo", decía Adolf Hitler. Sabemos que él fue una víctima de la descarnada violencia de su padre, que consideraba que el castigo físico era una muy adecuada y exitosa manera para educar a los niños. Hitler, es evidente, tomó el camino que Sándor Ferenczi denominaba identificación con el agresor. El líder del nazismo relató orgullosamente una vez que, siendo niño, había leído en una novela de aventuras que era una señal de valentía no manifestar dolor en público. Por eso, se propuso no dejar escapar ni un ay la próxima vez que su padre le pegase. "Y cuando llegó la hora- aún recuerdo a mi madre angustiada junto a la puerta-, me puse a contar los latigazos uno a uno. Mamá pensó que me había vuelto loco cuando, irradiando orgullo, le dije: ¡Papá me ha dado treinta y dos latigazos!". La madre de Hitler tenía razón, lo habían vuelto loco.
Los asesinos de Omar Carrasco podrían haber sido víctimas de esa pedagogía, aún vigente, que ensalza a la violencia como forma de educación, pedagogía a la que Alice Miller califica de "negra" porque, mientras maltrata a los niños, dice que lo hace por su propio bien. Los asesinos del joven Carrasco pueden haberse identificado con sus propios victimarios, para no quedar en el pasivo lugar de las víctimas. De un modo u otro, la situación traumática se repite, sea desde el lugar de la víctima, sea desde la posición de victimario. Un criminal de estas características es un enfermo peligroso, incapacitado para tener a su cargo y cuidado a jóvenes ciudadanos argentinos, menores de edad. ¿Podríamos afirmar que un sistema de servicio militar obligatorio de estas características se hace para el bien de la patria?