Homenaje
a Olga Orozco
Poniendo
entre paréntesis a la sacerdotisa y vidente que conviven en ella, Olga Orozco
elige definirse como poeta. El reconocimiento a su obra como una de las mayores
de la literatura iberoamericana no evita que ella considere a la poesía como
un profundo sufrimiento: “Una se sumerge hasta un fondo demasiado desconocido
y siente que queda unida a la superficie por una nada y encima no ha dejado
miguitas en el camino como Hansel y Gretel”. Al lector sus textos le sugieren
algo que lo espera para atraparlo y dejarlo desnudo.
Por Marta Dillon
Ahora, cuando siente que su “nariz respira demasiado cerca de la última
pared” no dice que ella misma fue una migrante clandestina en el condado
de la muerte. ¿Acaso no son los muertos los que se reúnen con su Dios? ¿No es
a él a quien la poeta interroga? “De todas las definiciones de la poesía
que he buscado en mi vida me quedo con una: es la tentativa de apremiar a Dios
para que hable”, dice Olga Orozco, un nombre y un apellido que en su boca
producen un eco de cavernas que acaricia cada o, la música perfecta de sus poemas.
Un tono que delata largas batallas con la vida, tensando los límites, siguiendo
el impulso de flecha de las palabras. Con ellas viajó más allá, las ordenó en
versos como convoyes que la llevaron a “un trasmundo, desde éste costado
y sin pasar por la puerta, es decir, sin morirme. Son poemas muy desesperados
donde está muy patente la presencia de una ausencia, un Dios oculto que de pronto
se muestra en un matiz mínimo, como un relámpago. Siempre inaprensible porque
tengo que desaparecer para captarlo, yo misma estoy tapando con mi propio cuerpo
la posibilidad de la fisura para intentarlo”. Y allí está la mujer de
voz grave y ojos profundos como
lagunas de montaña, tapando la brecha con su cuerpo, cargando un enjambre de
80 años de recuerdos que desempolva por partes, para no mezclarlos. El mundo
todavía la asombra, el rumor de lo cotidiano la sigue rescatando del país de
las palabras y sus plantas le regalan otra medida del tiempo. La vida es una
tentación permanente aunque el cuerpo “me sorprenda todos los días”
y todos los que amó “no puedan jactarse ni siquiera de poder arrojar su
propia sombra”.
Me encojo en mi guarida; me atrinchero en
[mis precarios bienes
Yo, que aspiraba a ser arrebatada en plena
[juventud por un huracán de fuego
antes que convertirme en un bostezo en la
[boca del tiempo
me resisto a morir.
Allí, en su guarida, su departamento en el que pelean por su espacio libros
y plantas, Olga Orozco juega al Big Boggle. Cientos de palabras como pequeños
insectos se aprietan en el papel, bajo su mano. El aire está tibio junto a la
mesa donde sus dedos tamborilean esquivando libros, lapiceras, pastilleros.
Hace tiempo que no escribe, dice, no puede hacerlo en tiempos de crisis, entonces
juega con las palabras como un arquitecto podría hacerlo con los ladrillos rasti.
-A mí las palabras me ayudan mucho. En las épocas de crisis me dedico a los
crucigramas obsesivamente, es como un rescate. ¿Para qué voy a escribir? Ya
el grito lo dieron muy bien los griegos. Ahora, si se me ocurren cosas, las
anoto, pero no puedo hacer algo orgánico y yo soy muy exigente en cuanto a la
organización del poema. Bueno, me tienen que operar y eso asusta a todo el mundo.
Tengo algunas oscilaciones, llego a calmarme pero no me dura mucho.
-¿Nunca la operaron?
-Nunca a esta edad en que, a pesar de que tengo mucha fe, le temo menos al dolor
que a la muerte. Creo en Dios, en la perduración del alma, pero le temo a las
posibles metamorfosis que me son desconocidas. Así como se nace al mundo llorando,
o alguien nos golpea para que empecemos a vivir, supongo que pasar al otro lado
tiene que ser parecido. Aunque tal vez sea peor. Hice muchos ensayos generales
de mi propia muerte. Pero son sólo eso, ensayos. Tal vez, si tuviera una conciencia
suprema del descanso podría pensar que morir es finalmente relajarse. A mí lo
único que se me ocurre es la inercia, la inmovilidad después de la primera sorpresa.
Porque yo me imagino que voy a presenciar eso, que va a haber una especie de
desdoblamiento para verme con la plena conciencia de este mundo y con el asombro
que despierta el otro. Y bueno, la inercia total es un estado bastante alarmante.
Aunque espero que Dios sea más misericordioso que eso.
-¿No ha encontrado ninguna respuesta que le dé tranquilidad en esa indagación
que usted hace con la poesía?
-Tal vez he conseguido algunas respuestas, pero como si fueran en otro idioma
que tengo que descifrar. Hay estados en que uno se siente muy desplazado de
su propio centro y a la misma vez muy unido a elementos que no son los visibles.
Entre ellos debe haber respuestas que para mí son incógnitas todavía. Esos son
lo mundos en los que indago cuando escribo, pero no tienen que ver con la muerte
sino con el plano de lo que no es de este mundo sino que está más allá, otra
vida. Una zona paralela donde duermen los motivos por los que estamos acá, que
me susurran la razón de ser de esta vida. Es como la nostalgia por una Edad
de Oro olvidada en la que sabíamos todo, en la que habitábamos un lugar que
no era, como el mundo, un efímero relámpago de lo invisible en la materia, y
si era tal, no establecía límites, de modo que cada uno éramos como una parte
de un solo organismo que tenía un yo central: el de Dios.
-¿Sobrarían entonces las palabras? ¿Sería un territorio de silencio sin lugar
para la poesía?
-El silencio es parte de un poema como las palabras. A veces el silencio te
deja fija en una encrucijada, es cuando se convierte en un escombro, a la mitad
de un poema hay una piedra que impide pasar porque debajo de ella está la palabra.
Pero hay otro silencio, el silencio final como el de Mallarmé, que equivale
al cielo del lenguaje. Pero ese silencio que llega con la iluminación absoluta
es el que te vuelve loco, como en el caso de Artaud.
¿Y no he intentado acaso pronunciar hacia
[atrás todos los alfabetos de la muerte?
¿No era ése tu triunfo en las tinieblas,
[poesía?
Entre perro y lobo
“Todo me conmueve, nada me es indiferente. Puedo saltar de alegría o hundirme
en la pena. Pero no todo es poesía, hubo muchos momentos en que la escritura
estuvo clausurada. No la poesía, a ella la vivía, estaba inmersa en poesía viviente.”
Olga Orozco deja caer los párpados maquillados como telones delante de las estrellas
de sus ojos, disfruta de la conversación y juega a encontrar la palabra exacta
para que la gravedad se caiga, de tanto en tanto, en el terreno de la ironía,
eso que según se queja, los periodistas siempre perdemos. “Mírelo a Borges,
si no, él no escribía como hablaba y nadie supo reflejar el humor de sus palabras.”
La poeta anda entre dos mundos y allí reconoce su parentesco con el surrealismo
porque entiende “la multiplicidad inagotable de planos que hay en la realidad,
del territorio de las emociones y los sueños”, sitios que la obligan a
saltar de un lado al otro para quedarse en el mundo y arrastrar a la poesía.
Para ir a hacer las compras sin perder el hilo de un poema.
-No sé cuanto me lleva escribir un poema, soy muy obsesiva. Nunca he escrito
cosas instantáneamente, llevada por algo que sale a borbotones, jamás. Salvo
dos sueños en los que lentamente compuse un poema y cuando me desperté los pasé
a papel. Voy escribiendo y corrigiendo y no puedo interrumpir demasiado porque
pierdo la estructura. Tiene que empezar y terminar, aunque pasen días enteros.
Entonces lo que hago lo hago pensando en el poema no lo suelto. Tengo que tener
mucho cuidado porque es peligroso caminar en dos universos paralelos. En uno
hay colectivos y baches, en el otro no.
-¿En ambos mundos es protagonista?
-De alguna manera sí. Pero en el momento de escribir hay que tener una actitud
de observadora, hay que situarse como quien indaga. Se es protagonista como
en los sueños, cuando uno vive escenas preciosas que quiere traer a la vida
como si se tratara de un rescate.
-¿Confía en los sueños como en una realidad paralela?
-Evidentemente corresponden a situaciones reales que están enmascaradas, disfrazadas.
A veces no es fácil descubrir qué hay debajo de esas máscaras. Escribir es una
búsqueda que tiende a desenmascarar, a intentar echar una ojeada hacia lo alto
por alguna puertita que se entreabre y se vuelve a cerrar muy rápidamente. Es
apenas un vistazo, pero consuela.
-¿Es un placer captar lo que vislumbra?
-No lo sé. Es un mandato. Escribir no es placer, es mi manera forzosa de expresarme.
La poesía me produce un profundo sufrimiento. Creo como Bachelard que está en
lo muy alto y en lo abismal. Una se sumerge hasta un fondo demasiado desconocido
y siente que queda unida a la superficie por una nada y encima no ha dejado
miguitas en el camino como Hansel y Gretel. Y si es hacia lo alto, más difícil
todavía. Llegás a zonas desconocidas, como si al nacer se hubiera abierto una
especie de telón que se ha cerrado detrás nada más atravesarlo. Pero queda como
una reminiscencia de estados de ánimo,
cierta avidez por retomar algo de allí. Pero no es placer y ya es bastante salir
entera.
-¿Entonces el final del poema es un alivio?
-Sí, pero no es lo más difícil. Lo arduo es el camino. Tal vez conozca el comienzo
y el final también, lo demás es territorio oscuro. Es como un túnel, hay algo
que está del otro lado y que alcanzo a ver, una luz al final. Pero mientras
cruzo por tembladerales, por veinte mil obstáculos, las solicitudes que encuentro
en ese camino son muchas, muchas las imágenes, las historias... Y, en fin, hay
que dominarlas y elegirlas porque no se pueden poner todas, entonces sufro una
especie de mutilación. El único rescate es lo cotidiano, aun ahora, a la edad
que tengo, todo me parece asombroso y disfruto de mis placeres de siempre: los
amigos, la conversación, el buen cine, el buen teatro, mis plantas y sobre todo
los libros. Aunque ahora que siento la nariz tan cerca de la última pared ya
no puedo leer novelas, me parecen una pérdida de tiempo.
Preguntas sobre preguntas, la poeta pasó su vida vistiendo el traje de exploradora
de otros mundos. Cada poema un desafío, un intento feroz por desgarrar el telón
que cubre “ese verbo primordial, que dio nacimiento a todo”. Una
búsqueda en la que tiempo y espacio son coordenadas inútiles a las que hiere
de muerte. Aunque después de ser lobo en el bosque donde habitan sus hermanos,
los exploradores de la noche del sueño, de las sensaciones oscuras, del misterio,
de una realidad que no termina en lo sensorial o en lo visible” -una forma
de llamar a Rilke, Rimbaud, Artaud, Hölderlin- vuelva a su mundo protegido con
el pelaje suave de un animal doméstico.
Cada noche desgarro a dentelladas todo
[lazo ceñido al corazón,
y cada amanecer me encuentra con mi
[jaula de obediencia en el lomo.
Palabras de poder
Algo en la poesía de Olga Orozco espera agazapado para saltar sobre el lector
y dejarlo desnudo. Sus versos hacen eco en aquello que permanece en todos, una
esencia compartida que trasciende el deterioro de las cosas pero al mismo tiempo
lo devela.
Toda su obra parece profundizar eso mismo que planteó en su primer libro (Desde
lejos, 1946), el desamparo frente a lo que cambia y lo que muere, la contradicción
del hombre que busca la inmortalidad sabiendo que su destino es la muerte. Ella
misma no ha cambiado demasiado desde entonces. Su nostalgia tiene un ancla en
su infancia y desde allí reclama:
Madre: es tu desamparada criatura quien
[te llama,
quien derriba la noche con un grito y la tira
[a tus pies como un telón caído.
-Yo asimilo muy poco las muertes, sigo sufriendo como si fueran actuales. Aunque
he aprendido un poco a convivir con la ausencia como si fuera una presencia.
Eso me sucede con mi marido, pero la muerte de mi madre, hace cuarenta años,
es igual que si hubiera sucedido ayer. Tengo una memoria que es enemiga del
tiempo y de la muerte, los hace retroceder. Pero al mismo tiempo tengo que llevar
permanentemente casas, paisajes, situaciones tristes y alegres, ciudades que
he visto, todas viajan en un carro que arrastro en mi espalda como un caracol.
Así como uno cree que el pasado influye en el
porvenir, creo que el porvenir influye en el pasado. Hay una interacción permanente
de tiempos y para esto me ayuda la poesía, para hacerle trapisondas al tiempo
que al final me va a vencer. Igual que la muerte.
-¿Entonces puede reparar el pasado?
-Tengo una gran nostalgia de mi niñez y de las épocas en que he estado enamorada.
Como si todos los paraísos fueran perdidos. Allí no tengo nada que reparar,
aunque uno va corrigiendo el pasado de acuerdo con la experiencia. Algunas cosas
se aclaran y aparecen retocadas. Pero es muy trabajoso mudarse con un inmenso
carruaje lleno de cosas vivas. Conservo las voces de todos los que me acompañaron
y ahora entiendo mejor lo que me dijeron. Hay cosas que me parecieron halagüeñas
y no lo son, y viceversa. Lo malo es que ya no lo puedo compartir con nadie.
De la época en que nací
no quedamos más que yo y una casa en La Pampa donde nací y que la busco dentro
de las casas en que viví o vivo. Ahora es la casa de la cultura de Toay, mi
pueblo. Está igual que 1920, con un jardín más pequeño. Aunque si lo comparo
con esa selva que veía de niña en donde las luciérnagas eran ojos de tigre relampagueando
en la oscuridad, todo eso se ha resumido mucho.
En ese carruaje que menciona viajan su madre, sus hermanos, la abuela Laureana
que aferrada a su vaso de fernet le relató cuentos fantásticos hasta que la
poeta tuvo 28 años, aquella vecina que una vez la hizo levitar y descubrió en
ella a la vidente, la pitonisa.
Están también sus maridos, el primero, al que abandonó a los 24 porque nada
era como lo había soñado y la expulsó a los bares, a leer sentada en cualquier
mesa con tal de no acatar el mandato de papá que la obligaba a volver antes
de las 8 de la noche. Valerio Peluffo es parte también de esa caravana, su último
amor, “el único bien absolutamente estable que tuve”, con quien,
a los 45, empezó una convivencia que sólo desarmó la muerte de él, 25 años después.
Ahora, esta asilada, esta merodeadora de las respuestas que busca y teme encontrar,
se sorprende de las trampas que le tiende la edad.
-El cuerpo siempre me produjo una extrañeza angustiosa, como si fuera el enmascaramiento
de otra cosa, como si detrás hubiera algo que no sé pero que siento con fuerza.
Esa ha sido una de mis angustias y con la edad se ha ido apaciguando. Antes
fui yo la que interrogué al cuerpo, ahora es él quien me increpa con sus problemas
de circulación, con sus trampas. Tengo un libro (Museo salvaje, 1974) en el
que edité poemas dedicados a las distintas partes del cuerpo. Pero mientras
lo escribía era tanta la atención con que observaba cada una de las partes que
empezaba por la extrañeza y
terminaba por deteriorarme.
¿Y la pupila, entonces?
¿Quién puede descifrar esta pupila cautiva
[entre cristales,
este túnel contráctil siempre alerta a la
[inminencia a solas,
esta palpitación a medias con la muerte?
-Escribí el poema a los ojos y terminé usando anteojos, escribí sobre la sangre,
tuve glucosa; los pies, luxaciones constantes. Entonces tuve que terminar rápido
con esa aventura porque no iban a quedar de mí más que las borras. A lo mejor
esas zonas se sintieron agredidas. Yo creo en el poder de la palabra, es una
de mis única certezas, es como un talismán. Pero parece que a veces va más allá
de donde debe, como una flecha que se hunde en la carne. Pasa el límite y se
convierte en un poder concreto. A veces maligno.
-Un poder parecido al que tienen las palabras cuando predicen el futuro.
-La magia, todo lo que entra dentro del ocultismo, es muy distinto a la poesía
que, igual que la plegaria, asciende. El manejo del tarot, de las cosas ocultas,
el ejercicio de la videncia, convoca fuerzas oscuras, las trae hasta acá. Yo
vivo entre esos dos mundos también. Siempre tuve condiciones para la videncia,
una intuición que sigo teniendo pero ya no lo digo porque ahora creo que no
sirve para nada. Una vez tuve un sueño en el que personajes de todas las épocas
me juzgaba por cosas que yo había prometido en otras vidas por medio del tarot
y no se habían cumplido. Cuando desperté dejé de echar las cartas porque supe
que la admonición era interior, porque ese tipo de cosas da una
omnipotencia un poco bastarda, un poder que no existe y al mismo tiempo propicia
la persecución de los demás. A veces me servía para aconsejar, pero eso es lo
que la gente no quiere escuchar.
Todos sus amores fueron posibles, dice que ninguno quedó en el tintero y tampoco
ningún deseo, ninguna frustración. Le gustaría tener 40 años -no 20 ni 30- para
ser más ágil, para proyectar más allá “de pasado mañana”. Pero de
nada se arrepiente. El sexo supo “arrebatarla de la extrañeza” que
le provocaba su cuerpo y la magia le permitió armar un altar a su gusto en el
que está su Dios -“a los seis años lo dibujé, un dibujo abstracto, pero
no sé cómo es. Aunque digan que somos a imagen y semejanza suya, ni siquiera
sabemos cómo somos”- y las tres piedritas a las que se aferra cuando escribe,
la que le regaló su primer amor, a los siete años, y una de cada lugar donde
nacieron su padre y su madre. Es Olga Orozco, la poeta de la voz que modeló
la vida:
Aquí, frente al espejo, yo, la inevitable:
una imagen en sombras y toda la soledad
[multiplicada.
Y además, la vencedora del tiempo, porque aunque ella alguna vez encuentre esa
respuesta que la deje definitivamente del otro lado, en éste, en el mundo, siempre
Diario Página 12, 17 de agosto de 1999
La maestra se fue, a toda orquesta
El año pasado, cuando ganó el Premio Juan Rulfo, la escritora vio con sorpresa
cómo la alcanzaba una modesta celebridad, que no había buscado. Después, los
medios la dejaron en paz y ella fue muriéndose en cámara lenta. Ayer, una corte
de poetas despidió su cuerpo.
Por María Moreno
Le gustaba definir a la poesía como el intento de apremiar a Dios para que hable.
Los que creen en Dios deben pensar que ella debe estar haciendo esto ahora –apremiar
a Dios para que hable– y los que creen en Olga Orozco, pero no en Dios,
aceptarían también esa posibilidad puesto que funde a la poeta con la poesía.
Su muerte, ocurrida el domingo 15 de agosto a la noche, en el sanatorio Anchorena,
y mientras estaba de la mano de aquella con quien se eligieron mutuamente como
madre e hija –la poeta Andrea Gutiérrez– fue delicada pero no inmediata.
Casi con la prolongación necesaria como para que Olga barajara los misterios
y oportunidades del gran pasaje del que tanto había hablado como poeta.
“Creo en Dios, en la perduración del alma, pero les temo a las posibles
metamorfosis que me son desconocidas. Así como se nace al mundo llorando, o
alguien nos golpea para que empecemos a vivir, supongo que pasar al otro lado
tiene que ser parecido”, había confiado en un reportaje aparecido en Las
doce poco antes de la operación en la que debían colocarle un baypass. “Aunque
tal vez sea peor. Hice muchos ensayos generales de mi propia muerte. Pero son
sólo eso, ensayos. Tal vez, si tuviera una conciencia suprema del descanso podría
pensar que morir es finalmente relajarse. A mí lo único que se me ocurre es
la inercia, la inmovilidad después de la primera sorpresa (...) Y bueno, la
inercia total es un estado bastante alarmante. Aunque espero que Dios sea más
misericordioso que eso”. Las exequias también fueron discretas, mezcladas
las generaciones, las estéticas, los nombres propios: Victoria Pueyrredón, Antonio
Requeni, Diana Bellessi, Horacio Zabaljáuregui, Elisabeth Azcona Cranwell, Mónica
Tracey, Ana Becciú, Araceli Bellota, Alicia Genovese. Mayoría de poetas, en
medio del pasaje fugaz de María Kodama, que formuló declaraciones a ATC. Los
poetas del grupo Ultimo Reino, sobre todo, se acercaron para las ceremonias
del adiós de aquella a quien consideraban una reina, la fundadora de un linaje.
“No quisiera arrogarme en nombre del grupo la declaración de una identidad
poética común con Olga. Puedo hablar de mi experiencia como uno de los editores
del Fondo de Cultura Económica adonde apareció la antología Relámpagos de lo
invisible. Allí, en ese libro, ella, que es la última en irse, luego de Girri,
Molina y Molinari –la última de los grandes, quiero decir– exorcizaba
a la muerte en todas las otras de los que la precedían”, comentó Horacio
Zabaljáuregui. Luego, a través del teléfono, Susana
Villalba habló para defender a Olga Orozco de la crítica habitual de demasiado
retórica:
“No ponía la estética al servicio de nada y mostró que el lujo es la verdadera
rebelión, la de no renunciar a nada, ni al propio deseo, ni a toda la riqueza
de las palabras, a su poder. Esa era su espada del guerrero”. Amelia Biaggioni,
que había cubierto su propio halo de grandeza con una gorrita de lana, se limitó
a imitar el ademán con que Olga, una semana antes, había abierto los ojos para
acariciar la cabeza de la mujer que la cuidaba, gesto en donde ya se percibía
–según ella– una experiencia cercana a la iluminación y a un nuevo
entendimiento. “Me niego a llamar a eso alucinación”, dijo. Las
expresiones “grande”, “mayor”, “no sólo de las
letras argentinas, sino hispanoamericanas”, insistían
pero Ana Becciú fue precisa: “Nos imprimió una dicción en el idioma, en
la poesía que al final, es lo único que queda. Ella, Molina, Girondo nos trajeron
al castellano la huella de la generación del 37, la de la guerra civil española
y, al mismo tiempo, junto a Mallarmé, la modernidad francesa”.
Todos recordaban su voz grave como uno podría imaginar que sería la de la Esfinge
de Tebas, quizá contribuyó a eso su mazo de tarot, sus horóscopos, sus exploraciones
en últimos reinos. Como le sucediera a Freud, a Masotta que fueron maestros
por sus palabras, en el final casi no tenía voz. Los rituales de la muerte cerraron
también sus míticos ojos verdes, el segundo de sus dones corporales que hizo
que en el grupo PoesíaBuenos Aires, con el que se codeaba en su juventud, casi
todos estuvieran enamorados de ella: desde Enrique Molina a Edgard Bailey pasando
por Alberto Vanasco y Adolfo de Obieta.
Diana Bellessi no duda para definirla en utilizar la palabra “maestra”.
“Es de particular significación para mujeres poetas porque levanta un
yo incandescente, un lugar para la subjetividad en donde entran todos. No hay
que olvidarse de que en la década del 70 escribió Museo salvaje en donde desmembraba
su propio cuerpo de mujer. Se la acusa de hacer versos de larguísimo aliento,
de exceso de retórica pero si uno mira fijo, no hay en su obra ningún adjetivo
de más. Por otra parte era una mujer de una enorme generosidad, que nunca se
quedó pegada al personaje ni dejó de tomarse el trabajo de
redactar cartas de recomendación, de abrir con curiosidad a cualquiera que golpeara
su puerta. Yo la recuerdo, por ejemplo, durante un congreso de poesía, en un
sótano adonde podía cortarse el humo, sentadita en un cajón de manzanas, con
una cerveza en la mano, escuchando a los poetas jóvenes. Por eso digo ‘La
maestra se fue a toda orquesta’, sobre todo en su escritura que es lo
que importa. Un gran poeta es aquel que insiste en una dirección pero que también
sabe desviarse y eso es lo que ella hizo en su último libro Con esta boca en
este mundo, lograr una intensidad y una desnudez que eran un desvío de sus propias
vías.”
Había entre la Orozco de los cuentos y de las performances orales, entre la
Silvina Ocampo de las leyendas maliciosas y la Alejandra Pizarnik “prosaica”
–la que escribía por ejemplo La pájara en el ojo ajeno— un humor
de brujas que cultivan una salamanca privada en la que nada es sagrado. Con
Alejandra, Olga jugaba a que ella poseía un Certificado de Poderes contra la
Angustia y que podía ser reclamado a las tres de la mañana. Entonces le decía
solemnemente a una Alejandra insomne: “Aquí estoy, Gran Sibila del Reino,
para certificar que a Pizarnik jamás un pájaro negro se le posará sobre
la sombra, que las piedras se abrirán milagrosamente para dejarla pasar a las
mayores luminosidades”. Era algo así como un valium administrado por el
Olimpo. Se lo contó a Fernando Noy en un reportaje que apareció en Radar, el
suplemento dominical de este diario.
En la entrevista con Las Doce sacó un certificado diferente del que garantizaba
poderes contra la angustia, quizás el fundamental, el del poder de las palabras,
a la manera de un talismán, “pero que a veces va más allá de donde debe,
como una flecha que se hunde en la carne. Pasa el límite y se convierte en un
poder concreto. A veces maligno”.
Porque a menudo las palabras utilizan su poder como los clowns, por medio de
chascos.
Escribió, contaba, un poema a los ojos y terminó usando anteojos, sobre la sangre
y le subió la glucosa, la mención de los pies le trajo luxaciones. Toda su obra
parece producto de esas voces que solía escuchar en una zona paralela, que no
es la de los muertos y que ella situaba como algo invisible pero capaz de emitir
relámpagos, ¿habrá atribuido a esos relámpagos, su sordera? En confidencias
risueñas el poeta Alejandro Ricagno profanaba al mismo tiempo a la Iglesia y
a Hollywood: “Con la vejez volví a cobijarme en la Iglesia Católica pero
como también me fui volviendo sorda me pasaban
cosas muy extrañas. Por ejemplo, entraba a la iglesia y veía que el cura estaba
haciendo la señal de la cruz y haciendo la oración, entonces le escuchaba decir
mientras me miraba: ‘Ahí viene el dentista Bruzzone’. Pero la sordera
también tiene sus cosas poéticas. Por ejemplo, a mí me gustaba mucho ver películas
viejas y un día me puse a ver en un canal de cable una que estaba doblada. Gary
Cooper abrazaba con fuerza a una actriz, ella lo miraba con pasión y yo escuché
que le decía, mirándolo a los ojos ¡Ay, como me duele la vejiga!”.
Ayer, mientras el cortejo acompañaba el féretro hacia la parcela de tierra del
Jardín de Paz adonde quedó al fin, muy cerca de su marido durante 25 años, Valerio
Peluffo, de haber podido cumplir su esperanza de desdoblarse para verse pasar
de un mundo a otro, cómo se habría reído al ver junto a la iglesia adonde se
le había dado el responso, un previsor paragüero lleno de paraguas, los dispensers
de agua potable –como sillorar provocara una irrefrenable sed–,
el césped corredizo y sobre todo el cartelito indicatorio “sendero de
la eternidad” sobre una callecita de aproximadamente dos cuadras de
extensión. Ahora que ha pasado ya el día del estreno, luego de los ensayos generales
que ella anunciaba de la propia muerte, y que quizás esté averiguando desde
la fe si se trata de inercia o de sucesivas metamorfosis inquietantes, adquirida
en vida la certeza de que si el pasado influye sobre el porvenir, el porvenir
influye en el pasado, queda ese verso que Horacio Zabaljáuregui recordó en el
regreso y que desafía al destino con un ademán de diosa última: “Yo, Olga
Orozco desde el fondo de tu corazón digo a todos que muero”
Las
obras y los premios
Estas son las obras de Olga Orozco: Desde lejos (1946), Las muertes
(1951), Los juegos peligrosos (1962), Y el humo de tu incendio está subiendo
(1973), Museo salvaje (1974), Veintinueve poemas (1975), Cantos a Berenice (1977),
Obra poética (1979),Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1983),
Páginas de Olga Orozco seleccionadas por la autora (1984), El revés del cielo
(1987), La oscuridad es otro sol (1991), Con esta boca, en este mundo (1994),
El cerco de Tamarindo (1995)
También la luz es un abismo (1995) Eclipses y fulgores (1998) y Relámpagos de
lo invisible (1998). Entre otros, ganó el Premio Municipal de Poesía (1963),
el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina de Poesía (1971), el Premio
Municipal de Teatro (1973), el Segundo Premio Regional Nacional de Poesía (1978),
el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes (1980), el Primer Premio Nacional
de Poesía (1988), el Premio Gabriela Mistral (1988) y el Premio Juan Rulfo de
Literatura (1998).
La indomable y feroz memoria
Por Juan Gelman*
Este honor, esta alegría emocionada de presentar a Olga Orozco,
su obra, tropieza con tres muros infranqueables. En el primero alguien ha escrito
que la poesía habla por sí misma. En el segundo está escrito que la poesía habla
por sí misma. En el tercero, que la poesía de Olga habla por sí misma. Entonces
no la estoy presentando. Apenas la estoy acompañando, como desde hace mucho
me acompaña su voz “ronca y llorada”. Por lo demás, ella misma ha
advertido que la poesía “es un organismo vivo, rebelde” y que analizar
su lenguaje “es atrapar a un coleóptero, a un ángel, a un dios en estado
natural y salvaje y someterlo a injertos y disecciones, hasta lograr un cadáver
amorfo”.
Nadie sabe qué es la poesía. Se la describe por aproximación o imagen. La poesía
es lenguaje calcinado. La poesía es un árbol sin hojas que da sombra. La poesía
es palabra donde aún crepitan cenizas de lo que no alcanzó a tener nombre. Olga
prefiere la definición del poeta estadounidense Howard Nemerov: “La poesía
es la tentativa de apremiar a Dios para que hable”. Pero Dios está mudo
y ella lo apremia sin descanso.
Dylan Thomas explicó que nadie insistiría en este ardiente oficio de la poesía
si no fuera en espera del milagro y se consolaba con Chesterton, para quien
lo verdaderamente milagroso de los milagros es que a veces se producen. Olga
busca algo más fascinante que el milagro, es decir, la materia que los hace.
Por eso en su escritura no hay milagros: toda ella es milagrosa.
Me pregunto cuánta sangre viva del alma ha vertido Olga para –son sus
palabras– hacer talismanes con “un indefenso corazón enamorado”,
entrar en “las dos caras de los sueños”, conocer “ese color
de invierno deslumbrante que nace donde mueres”, ganar “cetros de
bestia en la intemperie”, comer “la almendra del misterio”,
tener caras sucesivas como “un muestrario de nieblas, de terrores”,
vestir “de reina, de bruja, de mendiga”, roer los duros huesos de
las desapariciones, cocer “las sustancias de la
separación”, resistir “las invasiones de la oscuridad”, padecer
“las comuniones del contagio, perfeccionar “penurias como dichas”,
confeccionar “el lujoso inventario de todo lo imposible”, convivir
con una “vocación de abismo”. La ocupación de Olga es fijar vértigos.
El “yo soy otro” de Rimbaud va más allá en el “yo soy el otro”
de Nerval y aún más lejos en el “somos tantos en otros” de Olga
Orozco. Su poesía -que ciertos críticos obedientes al ejercicio de etiquetar,
adscribieron al neorromanticismo, o al surrealismo, o a otros ismos que vagan
por ahí– es desde el inicio absolutamente única y su presencia trae la
felicidad. Da nombre a seres que han de esperar siglos antes de existir.
Como un niño, la poesía busca nombrar lo que no puede. Después de tantos millones
de palabras, la palabra sigue siendo tiempo que nace y que desnace para nacer
otra vez. Revela la realidad velándola.
Olga nació en La Pampa, una provincia mitad verde y mitad seca del interior
de la Argentina, barrida por un gran viento -.”dios excesivo, dios alucinante”–
que trastorna límites de arena en el desierto y trae “pesadillas de horizonte”.
Así conoció las regiones que cambian de lugar cuando se nombran: el pasado,
la infancia. Olga niña preguntaba:
“¿Por qué el viento trae sólo viento?” O: “¿Me ves, mamá?
¿Estás segura de que me ves, o crees que me ves porque yo te veo y creo que
me ves?”. La no agotada interrogación del mundo en Olga continúa y no
obedece al principio de realidad sino al orden del deseo. Como San Juan de la
Cruz, ella abrehacia el cielo “la boca del deseo, vacía de cualquier otra
llenura”. Es el deseo de la falta, que Olga traba y amasa en el esplendor
de sus poemas.
¿Qué hace a su escritura sino el ver lo invisible? ¿Qué persigue sino la palabra
que cante lo inefable? Olga ha dicho que sus poemas se aproximan invariablemente
a ese centro sin golpearlo, pero sabe que no hay centro. O que ese centro “es
una unidad más vasta que el universo” y pequeña para su sed. El centro
está en el revés de su sed. Olga atraviesa –dice– “confusiones
desconcertantes entre la pesadilla y la vigilia”, el porvenir mirado desde
atrás, las madrigueras de la oscuridad que revisa para no olvidar. La poesía
–avisa– “está entretejida con la sustancia misma de la vida
llevada hasta sus últimas consecuencias”: lo que es, lo que no es, lo
que pudo ser y no fue. Por eso la poesía de Olga dice lo que dice y también
dice lo que calla y de ese modo calla lo que dice con un silencio parecido al
de la revelación. Como la de los grandes místicos, la experiencia de Olga se
cumple en la escritura.
De niña Olga Orozco exigía que le firmaran certificados de residencia en el
planeta Tierra. Veía fantasmas familiares. Tenía a veces “los pies tristes”.
La abuela le habilitaba unicornios. Desembocaba en otros mundos aunque no se
quería ir. Era miembro de la Organización de Espías de Toay, la ciudad donde
nació. Con toda razón.
¿No dijo Shakespeare que los poetas son espías de Dios? Olga desarma los jamases
del mundo.
Nunca se la ha visto merodear por los pasillos del poder político en busca de
alguna sinecura, ni en los vericuetos de la vida literaria extendiendo la mano
por un premio. No se presentó al Juan Rulfo, que un jurado sabio le acordó.
Esto, que parece un rasgo de carácter, un mero dato biográfico, es un acto de
escritura. “Los poetas creemos en las palabras –dice Olga–
como si fueran mariposas en libertad”. Las palabras creen en los poetas,
digo, cuando éstos vuelan en libertad.
La poesía de Olga es poderosa, tiene oleajes de fulgor que, al retirarse, dejan
colmillos de furia y territorios sembrados de joyas. Olga conoce el dolor de
la palabra hecha cuerpo. Sus palabras no cosen un vestido, suturan una herida.
Ella se cita con sus pérdidas y sostiene la belleza continua.
Dice que su memoria es “indomable, ávida, feroz” y será su arma
“contra las contingencias del tiempo y de la muerte”. Pero su lucidez
es irreductible al solo juego del recuerdo. En Olga, la relación entre imaginación
y vivencia es tan intensa que crea otra memoria, en que el sueño de la realidad
se rehace como sueño de la escritura.
Olga declara que “en un arcón en llamas guarda intacto el cadáver de su
inocencia”. Seguramente en otro arcón, o en una tropa de caballos color
púrpura que giran en el aire, o en la danza de ollas y asadores asaltados por
un capricho inocente y horroroso de un cuento galés, ella guarda su infancia
intacta y viva, las piedrecitas en la mano que prueban la interrupción del mundo
visible por el otro, la abuela que aparece cuando Olga se despierta en el sueño.
La visión es en Olga experiencia vivida. Ve mejor con los ojos cerrados. Ve
por ojos de niño. Tiene la infancia empozada y saca aguas de ella
cuando quiere.
“La poesía puede proceder fuera del tiempo .-dice Olga–, en grandes
saltos respecto al tiempo”. Ella libra una guerra encarnizada contra “el
escorpión del tiempo”, su “látigo que azuza”: “Hemos
luchado a veces cuerpo a cuerpo./ Nos hemos disputado como fieras cada porción
de amor”.Esa lucha, esa voluntad de resistir al tiempo, “violar
sus estatutos”, enfrentarlo con la memoria de la realidad y la memoria
de lo no sucedido todavía, ¿no es acaso la expresión más ardiente del deseo?
Así, cada poema es una aventura erótica que muere en él, renace en el siguiente,
y no se apaga el deseo de
alcanzar su objeto, oscuro y desconocido, un agujero que habita en la imaginación
posible. Como pensaba René Char: “El poema es el amor realizado del deseo
que se queda en deseo”. Esta sed es infinita.
Tal vez por eso Olga afirma que lo contrario de la vida no es la muerte, es
la nada. Ella posee una “lengua insaciable que devora el idioma de la
muerte en grandes llamaradas”, sabe que la muerte está llena del esplendor
de los bienes extraviados, es el suelo del amor perdido, desgarrón y desnudez
que tiembla. Hay en su escritura una versión lujosa de la muerte.
La incandescencia de los textos de Olga abre al lector y lo eleva al olvido
de sí, al éxtasis semejante al del amor y la experiencia mística. Es una poesía
de “sangre ilimitada, sangre de abrazo, sangre de colmena”, ella
dice. Es una poesía en estado de vigilia permanente y muestra que la esperanza
se ensancha cuando duda y el ser conoce la errancia y los exilios. Es una poesía
que no admite el consuelo de la razón y se convierte así en consuelo del amor.
De tanto laberinto recorrido Olga ha visto que “la belleza nos ciñe en
su trama y nos rehace”. Su poesía nos transforma, se hace uno, el otro,
los demás.Olga se ha preguntado si Dios no se perfecciona acaso en todos y cada
uno de nosotros. No estoy seguro de eso. En cambio sé que en Olga ocurre exactamente
eso: en ella Dios se perfecciona.* Este texto fue escrito por el autor para
la presentación de Olga Orozco, cuando en noviembre pasado, en Guadalajara,
le entregaron el premio Juan Rulfo de Literatura. Esta es la primera vez que
se publica completo.
Mujer
en su ventana
Olga Orozco, 1991
Ella está sumergida en su ventana
contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente
inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro,
y sin embargo el cielo continúa pasando con sus
angelicales procesiones.
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste;
allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como
si nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa
sobre el polvo y el humo de otra casa.
Inhóspito este mundo.
Aspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la
noche.
–¿O acaso será un dios que cae agonizando sobre el
mundo?
Pero nadie lo ha visto, nadie sabe,
ni el que va creyendo que los lazos rotos nacen
preciosas alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello todos los
paraísos prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en
su ventana,
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio,
un adiós,
hubieran sido el verdadero límite,
el abismo final entre una mujer y un hombre.
ALGUNOS
POEMAS QUE ROZAN LA MUERTE
OLGA OROZCO
(de Las muertes, 1952)
Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquella que se buscaba en mí
igual que en un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tu verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.
Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en un último instante fulmíneo como el rayo,
no en el túmulo incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura
que los cambiantes sueños,
allá, donde escribimos la sentencia:
"Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento".
Homenaje a Alejandra Pizarnik por Olga Orozco
"PAVANA PARA UNA INFANTA DIFUNTA"
PAVANA DEL HOY PARA UNA INFANTA DIFUNTA QUE AMO Y LLORO
A Alejandra Pizarnik
Pequeña centinela,
caes una vez más por la ranura de la noche
sin más armas que los ojos abiertos y el terror
contra los invasores insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión encarnizada era su nombre
y se multiplicaban a medida que tú te destejías hasta el último hilván,
arrinconándote contra las telarañas voraces de la nada.
El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo.
El que los abre traza las fronteras y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola bala que te incrusta en lo
oscuro,
y el mismo ensayo de reconocerte al despertar en la memoria de la
muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico de cerdo.
¿Quién habló de conjuros para contrarrestar la herida del propio
nacimiento?
¿Quién habló de sobornos para los emisarios del propio porvenir?
Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un jardín
donde se abre la flor azul del sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampira,
más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el resto de la sangre en el
umbral.
Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie,
abismos hacia adentro.
Intentabas trocarla por la criatura hambrienta que te deshabitaba.
Erigías pequeños castillos devoradores en su honor;
te vestías de plumas desprendidas de la hoguera de todo posible paraíso;
amaestrabas animalitos peligrosos para roer los puentes de la salvación;
te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos;
te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos,
como lazos en manos del estrangulador.
¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos de la inanidad de la
palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se degarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro
laberinto.
Todas las puertas son para salir.
Ya todo es el revés de los espejos.
Pequeña pasajera,
sola con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable desamparo debajo de los pies:
sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra que aún te sobrevuela en
busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus membranas todo el caos,
o te adrementa el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un
manto:
en el fondo de todo jardín hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.