Primer
Congreso - Encuentro Internacional sobre paciente gravemente perturbados.
Descubriendo un nuevo continente.
Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires Septiembre de 1992
Mora: La enfermedad de la muerte
Introducción
La primera vez que presenté a Mora en sociedad fue en octubre de 1987, cuando hacía un año que la tenía como paciente. Con un grupo de investigación en el Ateneo Psicoanalítico - institución a la que pertenezco - trabajamos durante un tiempo sobre transferencia psicótica. Las sesiones de Mora eran un excelente material clínico para reflexionar sobre ese tema. Asimismo, por la particular conmoción que ella me causaba, ese grupo de investigación funcionó como de supervisión. Así, mis compañeras contuvieron muchas veces mi ansiedad, ayudándome a recuperar la razón que tantas veces creí perder. Un año después, en 1988, presenté en un Encuentro de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para graduados una primera versión de este trabajo. Si esta es una segunda versión es porque en todos estos años han cambiado varios de mis
puntos de vista sobre Mora y sobre el psicoanálisis en general y necesito ponerles palabras a esas modificaciones. También mi paciente cambió; de eso me doy cuenta cuando hago una mirada retrospectiva. Lo que sin duda permanece idéntico de aquel trabajo de 1987 es la necesidad de seguir armando una historia en la que Mora sea la protagonista principal.
Ella llegó a mi consultorio pidiendo esa historia y compartí su idea desde el principio. Ahora, sigue necesitando poner orden en el caos de su vida para, entre otras cosas, rescatar así su lastimada identidad.
Comenzó el tratamiento a los 27 años, hace casi ocho. Siendo muy pequeña, tendría alrededor de dos años, enfermó de psicosis, seguramente de autismo infantil. Su restitución tiene la forma de una esquizofrenia simple. Esta es solo una etiqueta, una manera de presentarla desde un marco referencial compartido. Pero Mora, como todo ser humano, es una persona demasiado compleja como para que un simple diagnóstico pueda terminar de abarcarla.
Estas jornadas vuelven a confirmarme la creencia de que en casos tan graves es imprescindible que el analista pueda escribir y confrontar ideas. Por eso estoy acá.
Su niñez y la enfermedad de la muerte
Para el relato de la historia de Mora me baso en lo conversado con sus padres en todos estos años, en las palabras de ella, fotos de su infancia, sus muy particulares textos escritos y mis construcciones.
Los padres dicen que fue una niña sana hasta los 18 meses, cuando tuvo encefalitis. Hacía varias convulsiones por día. Consultaron con neurólogos, pediatras y hasta con algún psicoanalista. Los padres de la paciente nunca mencionaron la palabra autismo, no por lo menos en mi presencia. Sí relatan que un neurólogo habló de lesión cerebral.
Según Mora, fue un psicoanalista, al que ahora nombra con afecto y un particular respeto, fue quien habló por primera vez de autismo. Se trataba de Diego García Reynoso. Pero este es un dato relativamente actual. Al comienzo del tratamiento, luego de haber visto una película sobre un chico autista, Mora dice que eso fue lo que le pasó. El diagnóstico de Mora coincide con mi presunción y con la de la colega que me la derivó. autismo infantil, o enfermedad de la muerte, como bautizó mi paciente a su padecer. El hecho es que la encefalitis de la que hablan los padres no anduvo sola. A los 18 meses, cuentan ellos, Mora cantaba en italiano y dejó de hacerlo cuando se enfermó. "Emitía signos guturales", dicen. Era muy violenta, rompía todo. Tenía coprofagia (es decir, comía sus propias heces) . A los 5 años, cuando Aldo, que es un año mayor que Mora, empezó la escuela primaria, por consejo de la directora y de un amigo del padre que influía mucho sobre la familia, la niña fue internada en una escuela diferencial. "Su conducta era tan indisciplinada - dice Roque, el padre, que uno de mis socios me aconsejó mandarla a un instituto y le hice caso. Aunque sentía que era como ponerla en un manicomio". (Es necesario aclarar, en este punto, que este socio era un empresario que nada sabía sobre los dolores del alma).
Mora vivió en la escuela diferencial hasta los 15 años. La sacaban todos los fines de semana y la visitaban con frecuencia, dicen los padres. Según Mora, ellos no iban a las fiestas escolares y la llevaban a casa sólo algunos fines de semana. En esa escuela, en algún momento, le sacaron los remedios que había indicado el neurólogo. No se sabe cuándo empezó con el control de esfínteres, tampoco cuándo habló por primera vez. Los padres no supieron informarlo y Mora no lo recuerda. Parece que a los 8 años ya hablaba. El control esfinteriano debe haber sido previo. Salió del autismo a través de una restitución que, como antes dije, tomó la forma de una esquizofrenia simple.
En la escuela diferencial aprendió a leer y a escribir y le enseñaron los elementos básicos de matemáticas.
Irma, la madre, que en nuestros encuentros iniciales tenía una actitud más pasiva que la de su marido, cuenta que Mora nació de nalga. El médico dijo que era una criatura fuerte. Pesaba 4 kg. Tomó el pecho hasta los 8 meses, tiempo en el que empezaron a darle sólidos. El primer "ataque" fue a los 6 meses, después del bautismo. "Tuvo fiebre, dio vuelta los ojitos. La señora de al lado le sacó la flema, yo me asusté. Era el tiempo de la fiebre asiática. Eso dijo el médico, que era por esa fiebre. La sacó o no la sacó la flema. Yo no vi nada, me asusté tanto", dice Irma. Infiero que ese "ataque", seguramente una convulsión, no tuvo nada que ver con lo que sucedió un año después, cuando enfermó de encefalitis. Al año de edad, Mora caminaba. Cuando les pido a los padres en nuestros primeros encuentros que me expliquen cómo eran los ataques, la madre dice: "Al año y medio se ponía coloradita. Morada .(Esto me sugirió el apodo que elegí para ella). Se le daban vuelta los ojos". "Donde se encontraba nos buscaba, agrega Roque. Se ponía dura, violenta, hasta que se aflojaba. Yo le decía quédate tranquila y volvía a la normalidad". También cuentan que, manteniendo un curioso equilibrio, era capaz de caminar por el borde de los sillones sin caerse.
"A los tres años y medio tuvo oxiurus - dice la madre-. Yo me di cuenta porque como se rascaba vi un grano y tenía muchos bichos. Caminaba la caca. Cuando estaba con los parásitos estaba muy alterada. Se golpeaba la cabeza contra la pared".
Hasta los 2 años de edad de Mora, vivían en la misma casa la abuela y un tío paternos y un pensionista que era además uno de los socios de Roque.Luego la abuela y el tío se mudaron, y el socio viajó a Italia.
Cuando pregunto dónde dormía Mora, los padres parecen confundidos. Había dos dormitorios y una pieza más habitada por el socio, construida fuera de la casa. Infieren que Mora y el otro hijo dormirían con ellos hasta que la abuela se mudó. Más tarde, la habitación que había sido la del socio se incorporó a la casa. Era donde dormía mi paciente al empezar el tratamiento. Hoy, la casa está totalmente remodelada.
Constelación familiar
La paciente tiene dos hermanos: Aldo, un año mayor y Raúl, 6 años menor. El padre cuenta que Aldo interrumpió sus estudios en la escuela industrial y es zurdo contrariado. "Yo hice presión, violentamente", confiesa Roque. Es introvertido. Por la colega que me hizo la derivación sé que Aldo estuvo en tratamiento psicoanalítico durante la adolescencia. Raúl nació porque un psicoanalista los convenció. Este tema vuelve a salir hace poco. Dicen que, cuando Irma quedó embarazada por tercera vez, Roque se resistía a continuar con ese embarazo. Quería interrumpirlo por miedo a que la enfermedad de Mora fuese hereditaria. Un psicoanalista con el que, según entiendo, ambos se trataban, dijo: "Las historias no se repiten". Eso apoyó la decisión de Irma, que no quería abortar. Raúl nació y creció bien. Era estudiante de Ciencias Económicas cuando Mora empezó a tratarse conmigo. Hoy ya es contador y hace 8 meses que está casado. Aldo también está casado y tiene dos hijas pequeñas. Roque describe a Raúl como extravertido, normal, cariñoso y fogoso. Al conocer a Raúl confirmo que la descripción es absolutamente fiel a la realidad.
Roque es italiano. Según Mora, su abuelo paterno era sumamente autoritario y la abuela era tan afectuosa como sometida al marido. Este castigaba corporalmente a los hijos varones. El abuelo murió en Italia, durante la guerra, junto con una hija. Cuando la guerra terminó, la abuela, el padre y tres tíos paternos de Mora, emigraron a la Argentina. Roque reivindica los castigos corporales como válidos para la educación de los hijos. En su juventud y durante los primeros años de su matrimonio, la situación económica fue difícil pero actualmente posee una industria. Mora tiene asegurado su futuro: Roque ha sabido preverlo. Roque e Irma no han tenido más que estudios primarios, déficit que él trata de compensar con lecturas.
De la familia materna sabemos que había un abuelo débil y una abuela agresiva. Ninguno de los dos vive actualmente. La madre de Mora tiene una sola hermana.
El primer encuentro
Antes de conocerla, yo tenía de Mora esta descripción hecha por su padre: "Es temperamental, aceptable, linda chica. Si los otros tuvieran la voluntad de ella... Algunas veces nos chantajeó, que se quería morir, que se quería tirar abajo de un tren. Es agradable con la gente y pesada con nosotros. Despreciativa, actúa como una nena. Quiere hacer todo sola. Se compraba zapatos chicos. Es agresiva, a quien peor trata es a la madre. El colegio lo vivía como un infierno. Dice que la tratamos mal y que nos quisimos deshacer de ella. Yo le hago más frente que todos; alguien le tiene que decir la verdad. Ha mejorado. De un ser sin palabras a lo que hoy es". Por su parte, la colega que me derivó a Mora me preguntó si yo estaba dispuesta a atender a "una mujer que era capaz de ponerse a bailar encima mi escritorio y que, en su niñez, había sido autista". Así fue que en nuestro primer encuentro la descubrí: de mirada extraña, que parecía extraviada o perdida en el vacío. Con sonrisa absurda, ¿satánica?, Mora se desplazaba con movimientos rígidos y torpes - como los de una muñeca articulada - aunque hacía varios años que ya no tomaba medicación. Traía muchos papeles que, según explicó, eran del libro sobre su historia. Esos cuadernos y hojas en carpetas, a los que se fueron agregando otros, sumados a fotos y a recortes de diarios y de revistas, ocupan todo un estante del armario de mi consultorio. Mora todavía quiere que le guarde todo eso.
Y fue así que a partir de ese momento empezó, parafraseando a Donald Meltzer, una muy particular "camaradería en la aventura", para reconstruir su historia y ponerle palabras, en un discurso coherente, al miedo, al odio y al dolor de Mora.
Al conocerla, inmediatamente se despertó en mí el recuerdo de mi primer trabajo de psicóloga - justamente en una escuela diferencial - y de una niña que vivía internada en ese lugar. Miriam tenía 9 años y, como Mora, era autista. Creo que mi experiencia en esa escuela me brindó la posibilidad de comprender el clima en el que transcurrieron esos diez años tan importantes de la vida de Mora.
El campo de concentración
Así llamaba ella a esa escuela diferencial en la que se perdieron diez años de su vida. Solamente Mora puede relatar su experiencia allí. No hay testigos. Fue imposible para mí lograr algún tipo de colaboración por parte de la dueña o de los actuales directivos de la escuela. Al principio del tratamiento escribí una carta pidiendo datos. Nunca contestaron. En una ocasión me comuniqué por teléfono y me dijeron que ya habían destruido el legajo. Quedaron en enviarme unas fotos que nunca llegaron. Con un rencor que a pesar del paso de los años apenas cede, Mora relata situaciones de crueldad por parte de la dueña de la escuela, pero tiene buenos recuerdos de la mayoría de las maestras. Ella era la que más rápido aprendía, en comparación con sus compañeros. Aunque había algunos chicos que define como normales -¿serían psicóticos? - de la mayoría dice que eran mogólicos o que poseían otras formas de deficiencia mental. Pedía con insistencia a sus padres que la sacaran de la escuela. Una psiquiatra que la atendió a los 15 años y con la que Irma y Roque parecen haber consultado varias veces, los convenció de que ese no era el lugar adecuado para Mora.
De vuelta al mundo
Una vez que salió de la internación, hizo la escuela primaria de noche. Luego concurrió a un colegio de monjas en el que le enseñaron a coser y a bordar tapices. No sólo quería mucho a una de esas monjas, sino que también deseaba ser una de ellas.
Durante un año estuvo en tratamiento con la psiquiatra antes mencionada, que seguía teniendo conversaciones con Irma. Mora tiene muy buen recuerdo de esa profesional. Con ella aprendió a viajar en colectivo - un logro que valoriza mucho - y algunos modales en la mesa. La medicaba y, según dice, no le hablaba como yo. Actualmente, tiene un especial rechazo por la medicación y el solo escuchar la palabra "psiquiatra" la llena de ansiedad.
También hizo tratamiento durante dos años con un psicoanalista pero no estaba cómoda con él. Según cuenta, un día se fue muy ofendida y dando un portazo porque él le preguntó si había tenido relaciones sexuales. Hace 7 años concurría a una psicopedagoga y a clases de expresión corporal, donde actualmente sigue yendo dos veces por semana.
Como quería escribir un libro sobre su vida empezó a ir a una profesora de letras. Después de un tiempo, ésta le dijo que no la podía ayudar más y que necesitaba un tratamiento psicoanalítico. Esa respetada opinión fue definitiva: pidió a sus padres volver a tratarse y vino a consultar conmigo, 12 años después de haber salido del "campo de concentración".
Los dos períodos del tratamiento
Un episodio crucial marcó lo que llamo el final del primer. período del tratamiento. Los padres de Mora solían dar señales, sobre todo a través de ella, de interrumpir la terapia. Hace dos años, estas señales fueron más intensas. A partir de ese momento se inicia el segundo período del tratamiento. Desde entonces, la madre concurre quincenalmente a una entrevista vincular con Mora y toda la familia, excepto el hermano mayor, asiste a una entrevista mensual. Desde el comienzo insistí para que hicieran terapia familiar y ellos siempre se negaron. Raúl, que es particularmente cariñoso con Mora, en una entrevista familiar muy crítica sugirió que fuera yo misma quien me hiciera cargo de ello. Acepté, resignando mi ortodoxia y sin tener prácticamente experiencia con familias.
Durante casi 6 años, me encontré cinco veces por semana con Mora. Actualmente, tiene 4 sesiones. Obviamente, no es fácil sintetizar lo sucedido durante todos estos años sin empobrecer la riqueza que aporta el material clínico. Para sistematizar, subdividiré la exposición en temas.
El cuerpo y sus ansiedades
Desde el inicio del tratamiento, Mora mueve un sillón para ponerlo al lado del mío. Al principio, uno de mis problemas fundamentales consistía en el rechazo que me provocaba su olor. Transpiraba mucho, aún en invierno y se bañaba poco, aún en verano. Por el bien de ella y de nuestra relación debí trabajar ese hecho. Mora tenía olor a miedo.
Cuando enfermó de encefalitis seguramente no tuvo por parte de sus padres la continencia y el cuidado necesarios. A los 27 años seguía siendo como una nenita "pishada" y "cagada", esa que había quedado expuesta a una experiencia corporal que vivenció como aterradora. La encefalitis y los síntomas que la acompañaron obraron como situación traumática; porque una criatura de un año y medio, que tiene fiebre y convulsiones y cuyos padres no la contienen adecuadamente, entra en un inevitable pánico. Pánico que desorganizó la incipiente estructura del aparato psíquico de la pequeña Mora. Cuando tuvo oxiurus tampoco la contuvieron. Esos parásitos fueron percibidos tal como son: seres extraños que habitan el cuerpo y, que en consecuencia, producen terror. El autismo de Mora fue el resultado del desamparo frente al pánico. Winnicott dice que el niño psicótico lleva consigo "la memoria, el recuerdo perdido de una angustia impensable. La enfermedad lo asegura contra el retorno de las condiciones que provocaron esa primitiva angustia". Creo que ésta se conecta con la angustia automática descrita por Freud, que se produce ante situaciones traumáticas. Para esta pequeña niña el trauma, originado en su propio cuerpo enfermo, se constituyó permanente, continuo, incesante.
Los niños autistas quedan tan alienados del cuerpo como del mundo exterior. El sistema muscular de coordinación es deficiente, caminan de manera extraña y se mueven distinto que los niños normales. La psicopedagoga que la había atendido me informó que Mora en la adolescencia caminaba "como un mono" y, como antes dije, cuando la conocí se movía con rigidez. La "enfermedad de la muerte" provocó también anestesia frente al dolor físico y congelamiento de los sentimientos. Anestesia y congelamiento que sirven de defensa frente a estímulos o situaciones que pueden provocar dolor. Esa defensa, paradojalmente, lleva a no poder evitar lastimaduras. Por ejemplo, en una oportunidad observé que Mora tenía la piel muy roja e irritada. Cuando le pregunté qué le había sucedido me contó que se había depilado. Era evidente que la cera estaba demasiado caliente. Al no sentir dolor, o al ignorarlo, no podía evitar el quemarse. Según Winnicott, la psicosis infantil es una complejísima organización de defensa y lo que vemos es la invulnerabilidad. Invulnerabilidad para Winnicott, fortaleza para Bettelheim, armadura o coraza para Tustin; todos estos términos dan cuenta de esa defensa extrema ante el intolerable, hostil e intrusivo mundo de los estímulos.
A los 7 meses de iniciado el tratamiento, accedí al pedido de Mora de asistir a una de las clases de expresión corporal. No seguía el ritmo de la música y sus movimientos eran rígidos. María Fux, la profesora, me dijo en aquella oportunidad que las personas al moverse le cuentan su historia. Ella no sabía cuál era la enfermedad padecida por Mora, pero lo que se ponía en evidencia a través de su cuerpo era una "desarmonía interna". Veía lo mismo que yo, aunque lo expresáramos de diferente forma. La última vez que concurrí a una de esas clases los movimientos de Mora eran notablemente más armónicos. Por otra parte, paulatinamente empezó a ser cada vez más cuidadosa de su higiene corporal y de su persona en general. Lograr que se bañara todos los días no fue difícil, pero que fuera al dentista y al ginecólogo fue el resultado de trabajar con las ansiedades paranoides que surgían frente a todo lo que fuese una exploración de su cuerpo. Cuidar de sí y pedir que otros la cuidemos son formas de introyectar un padre y una madre tiernos y cuidadosos.
Las fotos
Como relaté anteriormente, al empezar el tratamiento trajo muchas fotos que estaban en total desorden. Con algunas costaba saber a qué edad correspondían, entonces hice inferencias o le pedí que preguntara en su casa. Bastante avanzado el tratamiento y no sin dificultades, armamos varios albumes. Lo hicimos por orden cronológico, conversando mucho cada vez. Hay un período en blanco, sin fotos, que va desde los 2 ó 3 años hasta los 7 ú 8. Los albumes permanecen todavía en mi consultorio. Este aspecto de su historia sigue estando en mis manos porque representa algo demasiado doloroso para que ella pueda terminar de introyectarlo. Un período de su infancia sin fotos significa la negación de su existencia por parte de sus padres. Las fotos donde tiene de 7 a 10 años, muestran a una criatura con expresión de débil mental. En la escuela diferencial no había espejos. Ella se miraba en sus compañeros y, sin saberlo, copiaba un gesto que no le pertenecía. Luego, al ver las fotos, creía ser tonta. Para ser fiel a la identidad que se le
atribuía, se hacía -se hace - la tonta.
Simbolización y lenguaje
Mora muestra fallas en el desarrollo de la capacidad para simbolizar. No sueña y sus fantasías diurnas son repetidas, pobres, sin colorido ni creatividad, aunque paulatinamente y muy poco a poco su mundo interno se va enriqueciendo.
Abundan las ecuaciones simbólicas. Ilustraré esto con uno de los tantos episodios. Era día 29 y al siguiente hacía su primer viaje de turismo con una prima, sin sus padres. Trajo el dinero para pagarme porque, según dijo, si no yo no la iba a atender más. Como yo le había dicho que los honorarios se pagaban del 1 al 5, ella creía que moverse de ese plazo implicaba el fin de nuestros encuentros. En otra oportunidad, el padre me pidió, en una de las entrevistas: "Métale con un martillo en la cabeza la idea de que la queremos". Mora vino al día siguiente furiosa, hablando de la violencia del padre. Para ella parecía no existir la metáfora. O tal vez simplemente perciba lo verdaderamente ambivalente del mensaje. Lo que se percibe a las claras es que Mora a veces simboliza y, a medida que el tiempo transcurre, empieza a entender y a usar metáforas. Observo que pierde el símbolo y usa la ecuación simbólica cuando está asustada o enojada. Lo mismo sucede con los números. Le pido que haga ella las cuentas de los honorarios y que no use calculadora. Sus equivocaciones más frecuentes son porque cuenta de más. Por ejemplo, como desde este año tiene 4 sesiones, sigue contando los miércoles, que es el día que ya no viene. Con su renegación trata de cambiar una realidad no aceptada. Tiene una dificultad especial con los números, aunque conoce perfectamente las tablas de multiplicar. Hay un hecho que deseo relatar por lo llamativo y, para mí, inexplicable. Si se le pregunta qué día de la semana cae el día X del mes X, acierta en la gran mayoría de los casos, respondiendo con una velocidad asombrosa. Lo explica diciendo que usa como referente el día de semana en que cayó su cumpleaños, que es en febrero.
A los 26 años, un año antes de iniciar el tratamiento, empieza a escribir el libro sobre su historia. Estas palabras escritas son un testimonio y a la vez un intento restitutivo de armar una historia que nunca fue historiada, por un aparato psíquico que sufrió el desgarro y el desmantelamiento.
Hace cerca de tres años ocurrió un suceso que habla de las particularidades de su personalidad. Nombraba con odio y temor a la escuela. Decía que no quería regresar allí ni de visita, por miedo a que volvieran a encerrarla. Un día le escribió a la dueña de la escuela una carta en la que le contaba de su vida en los últimos tiempos. También le reprochaba duramente por su maltrato y le pedía esas fotos que estaban en su poder. Todo esto, escrito con su singular prosa. Como siempre, le mostré las comas y puntos colocados de forma insólita, los tiempos de verbo que se mezclan y los pronombres que se confunden. Tratamos de comprender el por qué de los errores. En cuanto al contenido, le señalé que usando esos términos - no precisamente dulces - difícilmente recibiría una respuesta favorable. Como no recibió respuesta alguna, un día, acompañada por su madre, se animó a volver a esa escuela, 17 años después de haber salido de allí. La dueña estaba muy enojada y dolorida por los términos de esa carta que, según dijo, rompió. Ella e Irma me consideraron responsable: yo no debía haber permitido que Mora escribiese eso. Al regresar a la casa le mostró a su madre una copia de la carta. Irma dijo que la reacción de la dueña era desmedida ya que no había nada tan ofensivo. A mí me llamó la atención el hecho y pedí ver esa copia. Era otro texto, mucho más suave; uno de los tantos que Mora había ensayado. Como en el cuento "Hansel y Gretel", Mora había hecho con la directora lo mismo que Gretel con la bruja, Le había mostrado algo falso haciéndolo pasar por verdadero. Con su "mentira blanca" ella estaba cuidando un tratamiento que, según sentía, corría el peligro de sucumbir.
Transferencia y contratransferencia
Al principio de la terapia y durante bastante tiempo, más de una vez creí volverme loca durante las sesiones, por el monto de confusión que Mora me transmitía. Sentir miedo por sus ataques de odio también era frecuente mientras que sus impulsos amorosos no eran menos intensos. Me abrazaba y manipulaba como si yo hubiera sido una muñeca insensible. Ante ella, he vivenciado todos los sentimientos en sus formas más extremas: rechazo, odio, desesperanza, aburrimiento, ternura y pena. Mora vio mi enojo tanto como mi dolor y supo de mi desesperanza como sabe de mi cariño y respeto. En nuestra relación, se recrean todos los vínculos que ella experimentó en su vida. Cuando tengo miedo ante sus enojos, ella es su padre, prisionero de la violencia y yo soy ella misma, pequeña, aterrada; o su propia madre, impotente ante la furia del marido. Según Mora, cuando ella era pequeña los padres tenían frecuentes peleas y estaban por separarse. Esto, dice, provocó su enfermedad. Al compartir la misma habitación, era testigo de todo. Según la versión de los padres, las peleas se producían por la enfermedad de Mora.
En cuanto a mi transferencia, también se ha desplegado sobre Mora. Todo analista, por mejor analizado que esté, hace transferencias sobre sus pacientes. Por lo tanto, no todo lo que siento por Mora es contratransferencial. Mi historia también marca nuestro vínculo.
En la relación con el padre, también yo, como Mora, he tenido miedo. El sabe, a veces, cómo provocar ese sentimiento, con su autoritarismo, su descalificación y su violencia. Desde que las entrevistas familiares se hicieron mensuales, he podido trabajar, no sin dificultades, todo esto. La madre, por su parte, solía despertar en mí perplejidad e impotencia cuando, con frecuencia y usando defensas autistas, se desconectaba realmente del mundo de Mora. Paulatinamente, bajó, como ella misma dice, sus barreras posibilitándose una buena comunicación conmigo y una cercanía emocional con su hija.
Camino a la vida
Morton Schatzman, en su libro dedicado al caso Schreber, dice: Algunas personas consideradas esquizofrénicas parecen describir durante su "enfermedad", mediante símbolos, situaciones sociales pasadas y presentes. Cuanto más sabía acerca de sus vidas, más auténtico me parecía lo que decían. Los familiares y los médicos, agrega Schatzman, suelen considerar las palabras de estas personas como síntomas de enfermedad, negándoles validez. Como si el hecho de que alguien esté mentalmente enfermo restara veracidad a su discurso. Las reflexiones de Schatzman son aplicables a Mora. Por error, por ignorancia, por falta de capacidad, los padres se equivocaron con ella. No les es fácil reconocer ese error, tan grave, y a Mora, como es comprensible, le cuesta mucho perdonar. Pero como, a pesar de su enfermedad, Mora está llena de vida y tiene una voluntad enorme, su evolución es permanente. Ella saldrá adelante cada día más y, tal vez, hasta ya esté perdonando.
A modo de homenaje
Hoy, en diciembre de 1998, hace exactamente tres años que Mora ya no está en tratamiento conmigo. Ante mi negativa y la de ella, los padres se lo interrumpieron. Pero todos los años, en algún día del mes de noviembre, como ocurrió durante todos los años que ella se trató conmigo y como seguramente seguirá ocurriendo, Mora aparece con un calendario del año por venir y me lo regala. A veces me la encuentro sorpresivamente frente a la puerta de mi consultorio, cuando salgo de él para acompañar a algún paciente que finaliza su sesión. Otras veces, el calendario está debajo de la puerta, y lo veo al llegar a mi consultorio. Las dos sabemos que este ritual volverá a ocurrir. Yo lo espero y ella sabe que es así. Ese mutuo saber debe funcionar en la mente de Mora como mi presencia en su psiquismo, que en realidad representa todo el trabajo que logramos hacer juntas para restituirle algo de ese tiempo y de esa identidad perdidos. Para Mora, ella siempre será mi paciente y yo siempre seré su analista.
Como varias veces me autorizó a publicar acerca de su historia para que a otros chicos no les ocurriera lo mismo que a ella, estoy segura que aprobaría muy contenta que a partir de este día esa historia que le pertenece navegue por el espacio cibernético.
BIBLIOGRAFIA
En Psicosis infantiles". Editorial Nueva Visión.