por Hilda Rais*
Trabajo
presentado en el Encuentro Mujer y Violencia, organizado por ATEM (Asociación
de Trabajo y Estudio sobre la Mujer)
en Buenos Aires, noviembre de 1984.
Este es el registro de algunas observaciones, hechas desde una perspectiva feminista,
que propongo para abrir la discusión política en los grupos de
mujeres.
Sugiero una línea de análisis para las causas de la discriminación
y la represión pero pretendo que, al considerar la dinámica opresor-oprimido,
nos centremos en los mecanismos que perpetúan el statu quo, y en el modo
en que el sector oprimido realimenta esta dinámica. No me refiero a complicidad
con el opresor sino a la falta de conciencia de la opresión, que determina
una posición que podríamos llamar conservadora.
Propongo –para luego pensar una definición más ajustada-
considerar al lesbianismo como una conducta sexual, luego como una forma de
vida con significación política, situarlo en un sistema –el
patriarcal- y en nuestro país, capitalista dependiente, autoritario y
sujeto al poder de la iglesia católica.
DISCRIMINACION, REPRESION, VIOLENCIA
La norma sexual del patriarcado es la heterosexualidad de dominación
masculina. La heterosexualidad –como institución- sostiene una
ideología que define a la mujer como reproductora de la especie, como
objeto sexual y como reproductora de la fuerza de trabajo en la pareja o en
el grupo familiar.
Tenemos entonces, por untado, la concepción falocéntrica según
la cual no hay goce de la mujer que no provenga del varón, adjudica a
ambos un rol pasivo y uno activo respectivamente, reduce la sexualidad humana
a la genitalidad y ésta al coito: erección, penetración
del pene en la vagina, eyaculación, fin de la relación. Esta concepción,
profundamente arraigada en varones y mujeres, podría tambalearse ante
la existencia de un goce diferente que prescinde del varón, cuestiona
tanto la omnipotencia masculina como las normas y roles sexuales dominantes
y descubre cultural lo que se pretende natural.
Tenemos, por otro lado, la reducción de la mujer a la función
de madre como determinante de su identidad, la extensión de la maternidad
a la tarea de crianza y socialización de los hijos –reproduciendo
la ideología dominante- y el trabajo doméstico gratuito, invisible
generador de plusvalía.
Consideremos ahora a una lesbiana arquetípica –no necesariamente
representativa de lo real pero sí de lo fantaseado-: es una mujer que,
biológicamente capaz de reproducirse, elige no hacerlo; que no depende
ni sexual, ni emocional, ni económicamente de un varón, y que
tampoco produce para beneficio del mismo. Ya no se trata entonces de una conducta
sexual individual perturbadora, sino de la transgresión y el desorden
de un sistema.
La violencia ejercida contra las lesbianas es individual, familiar, social,
institucional. Podría considerársela, a grandes rasgos, de acuerdo
a tres modalidades:
Negadora: no se registra la existencia del lesbianismo, la lesbiana es pensada
como solterona, tímida, de carácter “fuerte”, rara,
asexuada. Su apoyatura ideológica –conciente o no- sería:
no hay sexo sin pene, nada verdaderamente sexual puede ocurrir entre mujeres.
Tolerante: se acepta a lagunas lesbianas como excepción. Especialmente
a aquellas cuyo éxito profesional haga perdonar “ese defecto”.
Incluye la utilización pornográfica del lesbianismo, la reducción
a juego erótico para estimulación masculina, la utilización
de la lesbiana en círculos de amigos como toque exótico y garantía
de la amplitud de criterio del grupo heterosexual.
De agresión organizada: ubica al lesbianismo entre la criminalidad y
la psicopatología. La acción recorre un espectro muy amplio, para
citar sólo algunos ejemplos: la represión policial, la discriminación
laboral –especialmente en el trabajo vinculado a niños y adolescentes
o a la salud-, la práctica de la psicología clínica tradicional.
La violencia abierta, manifiesta, como la sutil o aparentemente menos ofensiva,
se nuclea actualmente en la definición del lesbianismo como enfermedad
–psíquica más que orgánica, aunque subsisten resabios
de esta última orientación- y soporta matices de orden religioso
y moral.
Esta violencia ejercida contra una mujer situada tan lejos del modelo tradicional,
se ejerce sobre una mujer que pertenece a esta cultura, que ha sido socializada,
como toda mujer, según las pautas tradicionales. De este modo, la violencia
externa se combina y reposa en típicos condicionamientos inoculados a
las mujeres: pasividad, dependencia, necesidad de aprobación masculina
y una rígida división de roles adjudicados según el sexo
biológico.
LESBIANISMO
Me referiré a algunos aspectos excluyendo, en principio, la experiencia
de quienes están en proceso de concientización y trabajo sobre
sí mismas. Sugiero considerarlos limitados y generalizadores, pero no
exagerados.
¿Qué ocurre cuando una mujer se reconoce lesbiana? Se reconoce
diferente, y sancionada por serlo. La diferencia provoca miedo, vergüenza,
culpa, soledad, ausencia de vínculos amorosos, privación del ejercicio
de la sexualidad compartida, gran dependencia e idealización del objeto
de amor, aislamiento. Hablar de aislamiento personal, en este sentido, en una
ciudad como la nuestra, supone una etapa inicial, transitoria. En pueblos o
ciudades pequeñas significa obligada migración, locura o suicidio.
Asumir la diferencia como enfermedad trae una necesidad compulsiva de “curarse”;
sobrevienen el sometimiento a tratamientos “terapéuticos”
que avalan la opresión, sufrimiento, violentar el propio deseo tratando
de extinguirlo, intentar vínculos heterosexuales no deseados.
Este primer aislamiento individual –que no es común a todas- se
quiebra al conocer a otras e incluirse en un grupo.
GHETTO
Grupo cerrado, aislado de la comunidad, constituido como forma de defensa. Grupo
de pertenencia marginalizado y automarginado, que elabora respuestas adaptativas
a la violencia exterior sin luchar contra el sistema de dominación, legitimándolo
desde el sometimiento, reproduciéndolo al mantener sus valores y su orden.
Dentro del ghetto la violencia aparece en la persistencia del miedo, la culpa,
la noción de enfermedad. Sin embargo es el espacio para la ilusión
de libertad. Espacio cerrado en donde el ocultamiento da lugar al exhibicionismo,
la culpa al sentimiento de superioridad. El ghetto parecería el lugar
en donde poder ser en totalidad, en cambio es la pausa organizada para seguir
soportando el malestar cotidiano, continuo; lugar alentado desde afuera en tanto
no se vea, no haga ruido, no se manifieste.
Como consecuencia, el grupo de amistades muchas veces está constituido
por personas que sólo tiene en común el ser lesbianas. Microcosmos
en donde las relaciones amorosas se circunscriben a un círculo limitado,
una especie de obligada endogamia dentro de la cual, por condensación,
se potencian los celos, la rivalidad, la competitividad. Sentimientos que se
combinan curiosamente con cierta perdurabilidad de los vínculos: grupos
constituidos por ex parejas-ex amantes, rupturas sin separaciones, separaciones
con continuidad de trabajo o bienes en común.
Hay una profunda escisión entre la vida pública y la privada,
con el consiguiente alto grado de tensión psíquica que, necesariamente,
deteriora la vida afectiva, el desempeño laboral, las relaciones sociales.
Un caso extremo del ocultamiento y la simulación es el casarse con un
varón homosexual para atenuar así la persecución familiar,
social, y obtener beneficios secundarios. También el disponer de un amigo
que es presentado como novio o amante, habla continuamente de la atracción
por un varón conocido, o inventar su existencia.
El mundo está dividido en homo y heterosexuales, nosotros y ellos, aliados
y enemigos. Se vuelve necesario saber en quién confiar, delante de quién
hablar libremente, como si la omisión, el silencio o la mentira fueran
una elección y no una de las formas más agudas de la violencia.
La apertura hacia el mundo heterosexual toma la forma de confesión o
desafío. La aceptación es vivida con gratitud, se valoriza el
contar con una amiga o amigas que “no son pero saben”, o sea, la
aceptación de la anormalidad por una representante de la normalidad.
La mirada pretende descubrir definiciones sexuales a simple vista. Para confirmar
suposiciones se crea una red de chismes, rumores y también fabulaciones
acerca de la vida sexual de otras mujeres. Lo privado se hace público
en sentido contrario al político, es decir, la intimidad deja de ser
tal, se la violenta e invade. Descubrir que una mujer aparentemente heterosexual
es lesbiana o tuvo alguna experiencia, produce no exactamente simpatía
inmediata sino un “ah, ella también” muy semejante a la idea
religiosa de la caída.
Dentro del ghetto se sanciona y discrimina a quienes lo transgreden con opciones
bisexuales, o lo abandonan al formar una pareja heterosexual.
ROLES SEXUALES
Generalmente Se reproducen los roles heterosexuales “masculino-femenino/activo-pasivo”
a través de la identificación con uno de ellos. No hablo sólo
de roles en la relación sexual, tendencia que parecería ser minoritaria,
ya que el goce entre mujeres circula por formas de mayor riqueza erótica.
Me refiero a la adopción de conductas tipificadas como masculinas o femeninas
en otras áreas de la vida cotidiana.
En el rechazo –para sí- de un modelo femenino tradicional, aparecería
como única opción el modelo masculino, en lugar del cuestionamiento
a los roles; se promueven las posturas corporales estereotipadas, el tomar a
las mujeres como objetos sexuales, actitudes autoritarias o de explotación
en el trabajo doméstico no compartido en la convivencia. Paralelamente,
otras mujeres adscriben a una imagen “femenina” de debilidad, dependencia,
y esperan de otra mujer que se comporte con ellas como un varón machista
lo haría. Señalo al pasar que, muchas veces, la lesbiana “masculina”
es discriminada por su grupo no porque se cuestione su machismo, sino por ponerse
en evidencia y evidenciar así a sus acompañantes.
Las lesbianas constituyen parejas estables con pautas heterosexuales: monogamia,
fidelidad, infidelidades ocultas. A veces se adopta el modelo de “pareja
abierta” con tolerancia a vínculos sexuales que no vulneren su
estructura, vínculos intrascendentes de sujeto a objeto. Anoto como cuestión
para ampliar y reflexionar: madres lesbianas, interrelación con sus hijos,
su pareja y el entorno social; grupos familiares en los que la pareja de la
mujer-madre es presentada al hijo/hija como tía, por ejemplo.
En cuanto al dinero: ¿dónde hacen el amor las mujeres lesbianas?,
problemática adolescente, pero imposible de resolver en hoteles por hora,
plazas o ascensores. Quizás esta dificultad sea un estímulo para
logra independencia económica y “un cuarto propio” desde
muy temprano. ¿Cómo opera este factor en mujeres provenientes
de clase media, alejadas del proyecto de “seguridad económica”
matrimonial?
La economía de la pareja lesbiana parece seguir la forma conyugal y también
así, a veces, se resuelven las separaciones. Ahora bien, esta aparente
resolución de lo económico se estrella contra la realidad cuando
se pretende ignorar que se trata de un vínculo marginal. ¿Cómo
se soluciona económicamente una separación conflictiva? ¿A
quién acudir para un asesoramiento legal? ¿Qué pruebas
hay de la existencia, o no, de algo similar a los bienes gananciales? ¿Qué
sucede cuando, luego de muchos años de convivencia y bienes en común,
una de las integrantes de la pareja muere sin haber hecho testamento? ¿Cómo
interfieren las leyes de la herencia regidas por el parentesco sanguíneo
o legal? ¿Hay un querer incluirse dentro de la ley de la familia nuclear,
o un querer modificarla?
Quiero señalar, además de la dificulta en acceder al asesoramiento
legal, la existencia de un conflicto profundo y muy común relativo a
la salud: la asistencia psicológica y la ginecológica, zonas que
producen temor y desconfianza a causa del maltrato.
LESBIANISMO, FEMINISMO, SER MUJER
Feminismo es la lucha de las mujeres para ser personas, lucha contra la opresión
y la explotación, desde sí y para todos. Se considera la especificidad
en cuanto a raza, clase, país, y lo que en común atraviesa la
diferencia, pero ¿qué sucede respecto a la sexualidad? Pienso
que es donde se observa con mayor nitidez que el enemigo no es el varón
individual, ni el varón como casta dominante, sino la ideología
masculina introyectada en el cuerpo social, y en el propio cuerpo.
El feminismo radicalizado y el lesbianismo organizado de otros países
caracterizan al lesbianismo como muy próximo a la vanguardia del movimiento.
¿Cómo sería el pasaje desde un teórico potencial
revolucionario a la acción política transformadora? La toma de
conciencia, la reflexión, la autocrítica, parecen ser imprescindibles
y necesariamente continuas durante todo el proceso.
Charlotte Bunch, feminista lesbiana separatista, norteamericana, sitúa
el origen de la separación de las lesbianas del movimiento feminista
en “el permanente e improductivo conflicto que generaban los temores,
los antagonismos y la insensibilidad heterosexuales”. Y platea el eje
de la política feminista lésbica: la crítica política
a la institución y la ideología de la heterosexualidad como piedra
fundamental de la supremacía masculina.
En nuestro país, la opinión pública insiste en identificar
feminismo con lesbianismo, con el objetivo de alejar a las mujeres de su lucha,
utilizando un anatema eficaz como en otro momento lo fue el señalar a
las feministas como histéricas, solteronas, feas, frígidas y,
desde otro ángulo –y con justeza-, subversivas. La apoyatura real
de esta definición amenazadora se encuentra en el hecho de que, obviamente,
el movimiento feminista incluye mujeres lesbianas y también contienen
el pasaje hacia el lesbianismo de mujeres que lo descubren y eligen.
¿Qué ocurre entre nosotras, feministas?
Quizás el único espacio de diálogo entre mujeres homo y
heterosexuales sea el grupo de concientización, por su propia dinámica
de trabajo y porque está cifrado en las consignas “lo personal
es político” e “igualdad en la diferencia”.
Fuera de este grupo de trabajo, vivimos una relación de suposiciones,
atracciones y rechazos silenciados, omisiones.
No se trata de presionar a toda lesbiana para que se etiquete, sino de que pueda
elegir manifestarse –o no- desde el trabajo conjunto y no desde el temor
o la prepotencia. No se trata de presionar a toda heterosexual para que tome
con naturalidad la participación lésbica, sino de que revise sus
prejuicios y dé lugar al conocimiento.
Existe también cierta idealización del lesbianismo por ambas partes:
mujeres que piensan que ser lesbianas es estar “fuera del problema”,
tener una libertad a la cual se accedería por ignotas –pero ajenas-
razones –es también una forma de marginar, de negarse a ver a la
otra-; mujeres que piensan que por ser lesbianas, automáticamente son
feministas y no revisan sus conductas, se acercan al feminismo como si éste
fuera un club social y subestiman a las mujeres que aún dependen en algún
modo del varón.
Ambas bloquean el diálogo, lesbianas que se desinteresan de la problemática
de las mujeres que no lo son; heterosexuales que identifican mujer con mujer
heterosexual e incluyen el lesbianismo como un apéndice del tema “mujer”
o como una nota al pie de página.
Es evidente que el temor existe en unas y otras, a ser rechazadas, a ser identificadas
con una conducta sancionada por la sociedad, a los propios fantasmas. Quizás
el examinar cuánto de libre, espontáneo y “natural”
tiene nuestra elección, agite una identidad sexual que pretendemos monolítica,
inmodificable.
Copiar modelos ajenos no sirve si no los sometemos al análisis de nuestra
realidad. Si no queremos la automarginación como única respuesta
a la marginación, habrá que pensar en formas de acción
posibles. Solamente un análisis político propio podría
descubrir la necesidad o no de reivindicaciones específicas, o de estrategias
y tácticas de lucha y concientización en nuestro medio, en vez
de cruzadas inoportunas, infantiles o suicidas.
No propongo el integracionismo social. Cito nuevamente a Charlotte Bunch: “no
está bien, y no quiero que jamás esté bien, ser lesbiana
en el sistema patriarcal”. Yo agregaría: no está bien ser
feminista, no está bien ser una mujer-persona.
Tampoco propongo el separatismo lesbiano como continuación del establecido.
Sí la posibilidad de pensar, quizás, en la creación de
grupos de autoconciencia y autoafirmación integrados sólo por
lesbianas pero como un momento necesario y transitorio para quienes lo requieran,
y con el objetivo de poder participar plenamente en el movimiento feminista
sin cercenamientos.
La búsqueda de un espacio propio no pasa por obtener el permiso de reunión
en ciertos bares –que es un derecho-, porque estos cumplen con el mantenimiento
de la estructura del ghetto con la diferencia de que lo hacen público
y lo convierten en objeto de consumo y atracción turística. Un
espacio propio es el espacio de reflexión compartida, en el cual revisar
las pautas internalizadas, desde donde buscar alternativas nuevas de vida, el
espacio de la creatividad, el de la solidaridad.
Es necesario abrir el diálogo entre nosotras y que confluyan las diferentes
experiencias y perspectivas. No ejerzamos la violencia entre nosotras perpetuando
otra división impuesta, el enemigo es el mismo y nos oprime de diversas
maneras. Nuestro trabajo es ser sujetos de nuestra vida y luchar juntas hasta
que ya no sea necesario enunciar una identidad en función de una preferencia
sexual, hasta que ya no sea necesario el feminismo.
*
Hilda Rais nació en Buenos Aires, en 1951. hildarais@fibertel.com.ar
Integrante de UFA, Unión Feminista Argentina, 1970-1976; del Grupo Política
Sexual, 1973-1974, y del Frente de Lucha por la Mujer, 1975.
Miembro de la Comisión Pro Reforma de la Ley de Patria Potestad, 1979-1981
Socia fundadora del Lugar de Mujer (1983), integrante de su Colectivo y coordinadora
del Grupo de Reflexión sobre Feminismo, 1983-1985.
Organizadora y expositora en la Conferencia Internacional Mujer y Política
en el Cono Sur (Montevideo, Uruguay, 1983).
Coorganizadora del área de literatura de mujeres del X Encuentro Nacional
de Mujeres, Buenos Aires, 1996.
Integrante del grupo Sudestada (1999-2004), Asociación de Escritoras
de Buenos Aires, y coorganizadora del Encuentro Nacional de Escritoras “con
esta boca en este mundo”, Buenos Aires, 2000.
Ha participado en congresos, mesas redondas, conferencias, jornadas de lectura
y fue jurado en concursos literarios.
Creó técnicas específicas para coordinar, en ámbitos
institucionales y en forma privada, talleres de escritura para mujeres que no
escriben y para la transformación del lenguaje académico en la
escritura de mujeres profesionales.
Ha publicado trabajos sobre feminismo y lesbianismo, mujeres y literatura, poemas
y artículos en diversas publicaciones nacionales y extranjeras.
Libros publicados:
Diario Colectivo, con María Inés Aldaburu, Inés Cano y
Nené Reynoso. Ediciones La Campana, Bs. As., 1982.
Indicios, poemas. Ediciones La Campana, Bs. As., 1984.
Belvedere, poemas, Libros de Tierra Firme, Bs. As., 1990. Reeditado en 1996.
Salirse de Madre, con Alicia Steimberg, Ana Sampaolesi, Angélica Gorodischer,
Cristina Escofet, Diana Raznovich, Inés Hercovich, M. Del Carmen Marini,
Mirta Botta y Nené Reynoso. Croquiñol Ediciones, Bs. As., 1990.
Locas por la cocina, ficción, con Angélica Gorodischer, Virginia
Haurie, Elvira Ibargüen y Ana Samapolesi. Editorial Biblos, Bs. As., 1998.
Premios:
Mención Fundación Steimberg, 1978
2° Premio Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación,
1983.
Faja de Honor en Poesía 1984 de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE),
1985.