Historias de amor versus historias de perversión

por Isabel Monzón

En estos dos “casos clínicos” descriptos con tanto detallismo por Krafft – Ebing leeremos en realidad dos historias de amor. Hay algo que podría entenderse como ingenuo en estos relatos, y de hecho así podríamos leerlos. Pero, en lo fundamental y  a pesar de que Ktafft –Ebing consideró al lesbianismo como una de las patologías de la sexualidad, el sólo escribir esas historias tal como le fueran narradas por sus pacientes las vuelven lo que de verdad eran: dos historias de amor.

Richard von Krafft-Ebing nació en Alemania (1840-1902). Citado una multiplicidad de veces en los textos freudianos, Krafft-Ebing fue uno de los primeros psiquiatras que se dedicó a estudiar lo que algunos consideran las "distintas variantes" del deseo sexual y otros entienden como perversiones. En realidad, el psiquiatra alemán hizo lo que tantos otros: incluir, en una misma bolsa, una orientación sexual distinta de la heterosexualidad, es decir, la homosexualidad, con las que nosotros calificamos de perversiones -no consentimiento del otro, las diferentes formas de esos abusos de poder que toma el disfraz de la sexualidad. 


      Del libro Psychopathia sexualis, Richard von Krafft – Ebing (1886) [*]

Caso 51. Lesbianismo

   Señora R., de treinta y cinco años, de elevada posición social, su marido la trajo a mi consulta en 1886 en busca de consejo.

   Su padre era médico, muy neuropático. El abuelo paterno era robusto y normal y había alcanzado la edad de noventa y seis años. Ausencia de datos relativos a la abuela paterna.

Todos los hijos de la familia paterna habían sido nerviosos. La madre del paciente era nerviosa y sufría de asma. Los abuelos maternos gozaban de buena salud. Una de las hermanas de la madre estaba afectada de melancolía.

   Desde los diez años la paciente había padecido de dolor de cabeza habitual. Con la excepción del sarampión, no tuvo otras enfermedades. Era inteligente y tuvo acceso a la mejor educación, demostrando un talento especial por la música y las lenguas. Necesitó prepararse para  el trabajo de institutriz y durante sus años adolescentes trabajó mentalmente con suma intensidad. A los diecisiete años sufrió un ataque de melancolía durante algunos meses. La paciente afirmó que siempre se había sentido atraída por su propio sexo y que el único interés que encontraba en los hombres era el estético. Nunca le gustó el trabajo femenino. De pequeña, prefería jugar con niños. [1]

   Confesó haber estado bien hasta los veintisiete años. Entonces, sin causa externa, se sintió deprimida y empezó a considerarse a sí misma mala, pecadora, desganada de todo e insomne. Asimismo se vio afectada por ideas delusorias: debía pensar en su muerte y en la de sus parientes. Se recuperó al cabo de cinco meses. Llegó a ser institutriz y trabajó de manera excesiva, pero aguantó bien, a excepción de algunos síntomas neurasténicos ocasionales y de irritación espinal.

   A los veintiocho años conoció a una mujer cinco años más joven. Se enamoró de ella y su amor fue correspondido. Era un amor muy sensual, satisfecho mediante masturbación mutua.[2] “La amé como un dios; su alma es noble”, dijo al mencionar este amor. Duró cuatro años y se terminó tras el (desafortunado) matrimonio de su amiga.

   En 1885, después de una gran tensión emocional, la paciente enfermó con síntomas de histero-neurastenia (dispepsia, irritación espinal y ataques espasmódicos tónicos, ataques de hemiopía con jaqueca y afasia transitoria, descarga anal y vaginal). En febrero de 1886 estos síntomas desaparecieron.

   En marzo conoció a su actual marido, con quien se casó sin pensarlo mucho; era rico, estaba muy enamorado y su carácter coincidía con el suyo.

   El 6 de abril leyó la plegaria “la muerte nos llega a todos”. Al igual que el destello de un relámpago en un cielo claro, las antiguas ideas delusorias sobre la muerte regresaron. Se veía forzada a meditar sobre la manera más horrorosa de morir, tanto ella como sus allegados, y constantemente imaginaba escenas de muerte. Perdió el sueño y el gusto por todo. A finales de mayo de 1886 estaba casada, pero todavía la inquietaban dolorosos pensamientos: ella acarrearía desgracias a su marido y a sus seres queridos.

   La primera cópula tuvo lugar el 6 de junio de 1886 y la dejó profundamente deprimida. No era aquél su concepto del matrimonio. El esposo, que realmente la amaba, hizo todo lo que pudo para tranquilizarla. Consultaron médicos, que les aconsejaron un embarazo. El marido se sentía incapaz de comprender el extraño comportamiento de su mujer. Ella era amistosa con él y aceptaba sus caricias, pero en el coito era totalmente pasiva y, al terminar, se sentía cansada, agotada todo el día, nerviosa e inquieta, con irritación espinal.

   Durante el viaje de novios volvió a ver a su antigua amiga, que desde hacía tres años soportaba el martirio de un matrimonio desgraciado. Las dos mujeres temblaron de alegría y de excitación al abrazarse, y se hicieron inseparables. El marido comprendió que aquella era una extraña amistad y adelantó su regreso. Leyendo la correspondencia de su mujer con esta amiga, se dio cuenta de que parecían amantes.

   La señora R se quedó embarazada. Durante el embarazo los restos de depresión y de ideas delusorias desaparecieron. En septiembre, a las nueve semanas de embarazo, abortó, tras lo cual reaparecieron los síntomas de histero-neurastenia.

   En la consulta, la paciente daba la impresión de ser una persona muy neuropática, trastornada. No es posible describir la expresión neuropática de los ojos. Su aspecto era totalmente femenino. Con la excepción de una bóveda del paladar muy estrecha, no existía anormalidad esquelética. Resultaba difícil lograr que la paciente diera detalles de su anormalidad sexual. Se quejó de que se había casado sin saber lo que era el matrimonio entre hombres y mujeres. Amaba profundamente a su marido por sus cualidades mentales, pero las relaciones sexuales eran algo insufrible para ella; las abordaba de mala gana, sin encontrar en ellas ninguna satisfacción. Después, toda la jornada se sentía cansada y exhausta. Desde su aborto y la prohibición de relaciones sexuales por parte de los médicos, se había sentido mejor; pero pensaba en el futuro con horror. Quería a su esposo, lo amaba mentalmente y era capaz de hacer cualquier cosa con tal de evitar el sexo. Esperaba sentir apetencia sexual hacia él con el tiempo. Cuando lo escuchaba tocar el violín , a ella le parecía sentir el principio de una inclinación hacia él, que era algo más que amistad, pero solo de manera transitoria y no estaba segura de que persistiese en el futuro. Su felicidad más grande la había sentido escribiendo a su antigua amante.  Sentía que era algo deshonesto, pero no podía renunciar a ello, so pena de ser muy infeliz.

 

Caso 52. Lesbianismo

  Señorita X., perteneciente a la clase media de una gran ciudad. Al final de mis observaciones tenía veintidós años de edad.

   Estaba considerada una belleza, muy admirada por los hombres. Decididamente sensual, era una verdadera Aspasia, que rechazaba todas las propuestas de casamiento. Aceptó, sin embargo, los avances de un admirador, un joven erudito, tuvo relaciones con él, lo que significa que le permitió que la besara, pero no como amante. Cuando en una ocasión el señor T. pensaba que por fin la había conquistado, ella le rogó entre lágrimas que desistiera, alegando que su negativa no se basaba en principios morales, sino en razones psíquicas más profundas. La subsiguiente correspondencia epistolar entre ambos reveló la existencia de una inversión sexual.

   Su padre abusaba de la bebida, su madre era histeropática. Ella misma era de constitución neuropática. Tenía un gran busto y el aspecto de una mujer excepcionalmente guapa, pero de maneras e inclinaciones sorprendentemente masculinas, pues le gustaban la gimnasia y montar a caballo, fumaba y tenía andares y gestos de hombre. Deseaba dedicarse al teatro. 

   En fechas recientes había dado mucho que hablar a causa de sus entusiásticas amistades con mujeres jóvenes. Una de éstas vivía con ella. Dormían en la misma cama.

   La señorita X. afirmó haber sido sexualmente insensible hasta la pubertad.

   A la edad de diecisiete años, en un hotel, conoció a un joven extranjero cuyo aspecto “aristocrático” la fascinó. Se sintió feliz cuando, en una ocasión, pudo bailar con él toda la noche. Al día siguiente por la tarde presenció desde su ventana la repulsiva escena de este joven encantador copulando en la maleza del jardín con una mujer que menstruaba, como si fuera una bestia salvaje. Al ver la sangre y la lujuria brutal de aquel hombre, la señorita X. se quedó horrorizada, casi anonadada, y le fue difícil recuperar su equilibrio mental. Durante mucho tiempo perdió el sueño y el apetito, y desde entonces vio en los hombres únicamente la personificación de la peor vulgaridad.

   Dos años más tarde, en un parque público, se le acercó una joven que le sonreía y la miraba de una manera tan peculiar que sintió una enorme emoción en su alma.

   Al día siguiente la señorita X. se sintió irresistiblemente impelida a ir al parque de nuevo. La joven ya estaba allí y parecía esperarla. Se saludaron como viejas conocidas; hablaron y bromearon juntas, se vieron más veces y, cuando el tiempo empeoró, se daban cita en el apartamento de la joven.

   “Un día”, me confesó la señorita X. de manera confidencial, “me condujo a su diván, y mientras ella estaba sentada me arrodillé a sus pies. Depositó en mí su tímida mirada, acarició el pelo de mi frente, y dijo:  “¡Ah! si pudiera amarte de verdad! ¿ Me lo permites?. Dije que sí y, allí sentadas juntas, nos miramos a los ojos, flotando en una corriente sin retorno... Ella era muy hermosa. Yo hubiera deseado poseer el poder de un pintor para inmortalizarla sobre un lienzo. Para mí era una experiencia novedosa. Me sentí intoxicada. Nos abandonamos la una a la otra sin restricción, borrachas de placer sensual femenino. Yo no creo que el hombre pueda jamás entender la exuberancia de tal ternura; el hombre no es lo bastante refinado; es demasiado burdo... Nuestra orgía salvaje duró hasta que yo caí exhausta, consumida. Me dormí sobre su lecho. De repente desperté con una emoción indecible, todavía desconocida para mí, que traspasaba todo mi ser. Ella estaba sobre mí, haciéndome el cunnilingus, el mayor de los placeres para ella, y por fin me permitió besar sus senos, lo que la hizo temblar de manera convulsiva.”

   “Estas relaciones duraron un año entero, hasta que el traslado de su padre a otra ciudad nos separó”.

   La señorita X. admitió que en el coito homosexual siempre se sentía en el papel de hombre y que en una ocasión le permitió el cunnilingus a uno de sus admiradores masculinos.  


[*] Estos textos fueron tomados de una selección hecha por Luis García Berlanga: Psychopathia sexualis, 69 historia de casos y que fuera editada por Océano Grupo Editorial, en la colección Malditos Heterodoxos. Valencia,  España, año 2000.

[1] Nota de I. Monzón: Entiéndase que se refiere a niños varones.

[2] Nota de I.  Monzón:  Según como se conceptualice  el término masturbación,  esta práctica de “masturbación mutua” es imposible, en tanto el autoerotismo  es una forma de "proporcionarse solitariamente goce sexual". (María Moliner)