Segundas
Jornadas de Homosexualidad y familia y
Primer Encuentro de Psicología y Homosexualidad
Organizadas
por el Centro de Terapia Familiar, Director Lic. Marcello Arguello; el
Centro de Estudios Reichianos, Lic. Claudia Farías y el Grupo de Asistencia
e
Investigación "Construyendo la dibversidad" coordinado por la Lic. Silvia Alderete.
Ciudad de Córdoba. 20 y 21 de agosto de 1999
Ponencia de la Lic. Isabel Monzón
Este
trabajo de traducir a palabras escritas mi experiencia clínica con pacientes
lesbianas se inició
como fruto de una investigación realizada entre los años 1995 y 1996 en el CEA,
Centro de Estudios
Avanzados de la Universidad de Buenos Aires para el Seminario Interdisciplinario
“La familia
como fenómeno histórico - cultural. Un ejercicio de prognosis". A ese seminario
fui invitada para
teorizar acerca de los temas vinculados a pareja y familia lesbianas.
Actualmente continúo mi investigación con un grupo de colegas de la institución
a la que pertenezco
hace 21 años, el Ateneo Psicoanalítico, y en otro grupo autogestivo.
Lesbianas
en familia
"Cada
vida es una aventura, una desviación de las limitaciones de lo correcto. La
normalidad es lo que no existe”. Rosa Montero. Historias de mujeres.
En
primer lugar quiero hacer una aclaración y es que en la medida de lo posible
trato
de evitar el uso del término "homosexualidad", en tanto fue creado en relación
a la
psicopatología. Por eso, cuando me refiero al amor y erotismo entre mujeres
prefiero
utilizar la palabra lesbianismo y, en el caso de los varones, tomo el término
que ellos
mismos eligen para autodenominarse: gays.
Para abreviar mi lectura no voy a referirme a las diversas y contradictorias
posturas
que el creador del psicoanálisis, Sigmund Freud asumió ante este tema. Sí quiero
enfatizar la idea de que cuando hago alguna referencia a las ideas freudianas,
no es para
quedarme en el tiempo sino como para desnudar las miradas que también en nuestros
días los psicoanalistas les dirigimos a nuestros pacientes y a las consecuencias
iatrogénicas de estas miradas.
Observando la frecuencia con que algunos profesionales de la salud mental ignoran
o
descalifican los dictámenes de la Organización Mundial de la Salud, o más
simplemente, cómo desmienten, en el caso de trabajar con lesbianas y gays, lo
que sus
propias experiencias clínicas les demuestra, considerando a la homosexualidad
una
perversión o alguna otra forma de patología, llegamos a la conclusión de que
de
homofobia. Como ésta también se infiltra en el inconsciente, muchos terapeutas
que la
sufren desconocen su prejuicio Otros, los "políticamente correctos" muestran
una falsa
aceptación de la así llamada homosexualidad. Como el lobo que se disfraza con
piel de
cordero, el terapeuta homofóbico intentará veladamente "curar" a su paciente
"homosexual", potenciará la homofobia de cualquiera que transite por su consultorio
o
hará minuciosas investigaciones disfrazadas de ciencia, buscando patología en
las
familias de gays y lesbianas.
En la segunda parte del trabajo haré algunas caracterizaciones de las parejas
y
familias lesbianas, sus interrogantes y singularidades, enfatizando la necesidad
de
visibilizar estas configuraciones vinculares como una forma de evitar las consecuencias
de la marginación y la homofobia.
La patologización del amor y el erotismo entre personas del mismo sexo comenzó
a
fines del siglo XIX, en Alemania. Uno de los responsables de tal patologización
fue
Richard von Krafft-Ebing, que en 1886 publicó su Pschopathia Sexualis basada
en
numerosas historias clínica de los que él denominaba "individuos sexualmente
anormales". Una de esas categorías era la perversión y allí incluyó al "sentimiento
sexual contrario". Tiempo después, empezó a hablar de perversiones según el
fin y
perversiones según el objeto. En esta segunda categoría incluyó a la paidofilia
y a la
homosexualidad. De esta forma, Krafft-Ebing impulsó el estudio de las sexualidad,
y de
sus patologías, por eso a partir de 1880 los estudios sobre estos temas se multiplicaron.
Otro psiquiatra que alentó esta clase de investigaciones fue Magnus Hirschfeld,
pionero
en predicar la comprensión y la aceptación de los así llamados "homosexuales".
LA
POSTURA FREUDIANA
El primer paso que tuve que dar para poder pensar, escribir y publicar
sobre este tema
fue entrar en conflicto con algunas ideas freudianas acerca de la sexualidad
femenina y
del amor y erotismo entre personas del mismo sexo. No hay una sola concepción
psicoanalitica acerca de la así llamada homosexualidad. El mismo Freud, en variadas
ocasiones, expresó ideas muchas veces contradictorias. Por ejemplo, en 1905,
en sus
Tres ensayos de teoría sexual incluye a la "inversión" entre las aberraciones
o
perversiones sexuales, juntándola, en la misma bolsa, con la paidofilia, la
necrofilia, el
bestialismo, el sadismo, etc. Hoy, para muchos especialistas en salud mental,
esta
clasificación es errónea, en tanto se compara un vínculo amoroso y de mutuo
consentimiento entre dos personas del mismo sexo, con relaciones donde un individuo
mantiene una actividad sexual con una pareja inapropiada o involuntaria que
no
consiente y a la que se le infringen sufrimientos o humillaciones. El término
perversión,
también asociado a pecado y vicio, se usa para designar una anormalidad psíquica
que
consiste en hallar placer en cosas que provocan horror.
Aunque Freud se refiere a la perversión humana como un universal, a la sexualidad
infantil como polimorfa y a la bisexualidad como patognomónica del hombre, también
dice, con respecto a la homosexualidad, que la falta de un padre fuerte en la
infancia la
favorece, deslizando la idea de una falla en las relaciones de objeto, falla
que, por ende,
provocará patología. Por otro lado, declara que la investigación psicoanalítica
se opone
terminantemente a la tentativa de separar a los homosexuales como una especie
particular de seres humanos y que no se conocen los orígenes ni de la homosexualidad
ni de la heterosexualidad. (Kinsey, contemporáneo de Freud, decía que, respecto
al
objeto, el comportamiento sexual es un continuo entre la heterosexualidad y
la
homosexualidad exclusiva y cubre toda la compleja gama de la atracción sexual
humana). En 1935 el creador del psicoanálisis respondía así a la carta que la
angustiada
madre de un homosexual le había enviado:
Indudablemente, la homosexualidad no representa ninguna ventaja, pero no es
algo de lo
que haya que avergonzarse, ni un vicio, ni una degradación, no puede clasificársela
como una
enfermedad; la consideramos una variante de la función sexual.. Muchos individuos
sumamente respetables de los tiempos antiguos y modernos han sido homosexuales,
entre ellos
algunos hombres célebres ... Es una gran injusticia perseguir la homosexualidad
como si fuera
un delito. También es una crueldad (...) Al preguntarme si puedo ayudarla, supongo
que quiere
decir si puedo abolir la homosexualidad y hacer que la heterosexualidad ocupe
su lugar. Lo
que el análisis pueda hacer por su hijo va por otro camino. Si es desdichado,
neurótico, si se
halla atormentado por los conflictos e inhibido en su vida social, el análisis
puede
proporcionarle armonía, paz mental y eficacia plena, tanto si permanece homosexual
como si
cambia...
De
manera similar, en su ensayo Sobre la psicogénesis de un caso de
homosexualidad femenina, el creador del psicoanálisis afirmaba en 1920 que su
paciente
no era una enferma y que la empresa de mudar a un homosexual declarado en un
heterosexual no es mucho más promisoria que la inversa, sólo que a esta última
jamás
se la intenta cambiar, por buenas razones prácticas... Pero, por otro lado,
en la carta del
35, Freud considera a la inversión como una detención del desarrollo. Además,
a la
joven homosexual, no solamente no le puso ningún nombre - como lo hizo con sus
otros
casos clínicos: Dora, Elizabeth, Katherina - sino que, además, Freud confundió
el amor
de su paciente hacia una mujer con una identificación con un varón. En los últimos
años
de su vida no dedicó especialmente al tema ningún ensayo, aunque oportunidades
clínicas no le faltaran, entre ellas la de haber tenido como paciente a la talentosa
poeta
lesbiana Hilda Doolittle. Por otra parte, el lesbianismo a Freud lo tocaba mucho
más de
cerca. Su hija Anna, la famosa psicoanalista de niños, vivió durante cincuenta
años con
Dorothy Burlingham, una señora norteamericana madre de cuatro niños. Aunque
el
rumor de una relación amorosa entre Anna y Dorothy fue negada una y mil veces
por el
ambiente psicoanalítico, comenzando por la misma Anna, es evidente que ellas
armaron
una típica familia lesbiana. Por otra parte, Martha Gertrude, una sobrina de
Freud, hija
de su hermana Mitsi, era una joven muy talentosa, autora de los primeros cuentos
infantiles de orientación psicoanalítica. Pero como a Martha Gertrude no le
gustaba su
condición de mujer, cambió su nombre por el de Tom. Fue uno de los primeros
pedidos
de este tipo que llegaron al registro civil de Viena. Anna Freud, dos años menor
que su
prima hermana, decía: Ella era una joven sumamente dotada, pero odiaba ser mujer,
razón por la cual cambió de nombre.
Si, ha pasado casi un siglo desde que Freud diera a luz aquellas primeras
teorizaciones, teorizaciones que, aún presentando lagunas y contradicciones,
forman un
conjunto coherente abierto a elaboraciones posteriores. Un siglo desde que Freud
diera a
luz sus primeras teorizaciones, un siglo casi desde aquellos escándalos silenciados.
Los
psicoanalistas hemos escuchado, durante estos años, a muchos pacientes. Hemos
pensado también mucho y escrito otro tanto, aunque no siempre con auténtica
creatividad y libertad de pensamiento. Sabemos - o tendríamos que recordar,
de tanto
en tanto - que no somos omniscientes y que necesitamos conocer las investigaciones
de
otras disciplinas científicas, de otras corrientes psicológicas y de aquellas
posturas que,
siendo también psicoanalíticas, ignoramos. Pero, como el mismo Freud lo señalaba,
el
intelecto puede ser usado como instrumento de poder y esto se pone muy en evidencia
en tantos casos de psicoanalistas que, precisamente por una razón de poder,
siguen
aferrados a sus "verdades" haciendo oídos sordos a cualquier otro aporte que
les sea
desconocido o que haga peligrar su dogma. Aunque, insistimos, el dato provenga
de la
realidad clínica.
Entre los pocos psicoanalistas contemporáneos que reflexionan de una manera
creativa
se encuentra Christopher Bollas, quien en su libro Ser un personaje. Psicoanálisis
y
experiencia de sí mismo enfatiza que cualquier empeño por establecer una teoría
abarcadora de la homosexualidad requeriría distorsionar las diferencias aisladas
e
importantes entre los homosexuales, acto que, en casos extremos, podría constituir
lo
que él llama un genocidio intelectual.
La ambivalencia heterosexual hacia el homosexual ha llegado a ser un aporte
intrínseco al dolor psíquico del homosexual. y ha contribuido en parte a consolidar
lo
que Bollas, hablando de los gays, llama el ruedo homosexual. Con este término
se
refiere al espacio de los baños o los cines, en donde priman relaciones promiscuas
y
fugaces. Lugares de encuentro “de eso a eso”, donde el objeto del
ello usurpa el
placer del yo. El problema que asedia a aquellos gays que buscan relaciones
fugaces,
es una particular aflicción despersonalizadora. El ruedo forma parte de lo que
en otros
textos se denomina ghetto. Refiriéndose al lesbiano, la poeta y ensayista Hilda
Rais
dice que el ghetto parecería ser el lugar en donde poder ser en totalidad, en
cambio es
la pausa organizada para seguir soportando el malestar cotidiano, continuo;
lugar
alentado desde afuera en tanto no se vea, no haga ruido, no se manifieste. Las
relaciones amorosas se circunscriben a un círculo limitado, en una especie de
obligada
endogamia dentro de la cual se potencian los celos y la rivalidad. En las mujeres
más
que relaciones fugaces abundan las que no pueden disolverse, las que denomino
simbióticas. Para comprender estas diferencias entre gays y lesbianas es insoslayable
reflexionar desde una perspectiva de género. En todas estas dolencias participa,
sosteniéndolas, la comunidad heterosexual a través del genocidio intelectual,
genocidio
que se cristaliza en lo que Wienberg denomina homofobia y que, cuando el
homosexual la introyecta, se potencia como homofobia internalizada.
Pero, a pesar de que los homosexuales padecen el estigma que alcanza a cualquier
grupo de personas que “sale del armario” del mundo interno para
declarar sus fantasías
eróticas, ellos se han visto beneficiados por una reflexión colectiva acerca
de la
naturaleza de su vida erótica, y en este sentido se puede afirmar que conocen
mucho
más de sí mismos que cualquier otro grupo sexual, incluidos los “heterosexuales
normales”. Estas reflexiones colectivas expresadas en textos escritos,
como por
ejemplo novelas y diarios íntimos, indagan de una manera literario - psicológica
lo que
significa ser homosexual. y le sirvieron a C. Bollas para sus elaboraciones
psicoanalíticas. Él dice haber aprendido más de esta literatura que de los escritos
psicoanalíticos pertinentes. Yo también tuve la oportunidad de enriquecer mi
comprensión acerca de la subjetividad lesbiana a partir de textos literarios.
Entre
muchas otras, es clásica la obra de Radcliff Hall El pozo de la soledad, de
principios de
siglo y, más actualmente, En Breve cárcel de Silvia Molloy y Carol de Patricia
Highsmith.
HOMOFOBIA
INTERNALIZADA: SUS CONSECUENCIAS PSICOPATOLÓGICAS
Cuando un homosexual está en conflicto con una parte de sí que le pertenece
- en este
caso con su tendencia a amar a personas de su mismo sexo - puede llegar a enfermar.
Porque siempre que una persona homosexual internaliza en su psique esta prohibición
de amar (proceso que Weinberg denomina homofobia internalizada) su yo se desgarra,
se empobrece, no puede llegar - por imposible - a la meta inalcanzable que el
superyo le
impone. El superyo ataca al yo. Una consecuencia posible es la depresión. Freud,
en
otro contexto decía, muy atinadamente, que es preciso amar para no enfermar.
La homofobia no transita solamente por creencias conscientes. Se filtra
peligrosamente en el psiquismo inconsciente, disfrazándose hábilmente a través
de los
mecanismos defensivos de racionalización, negación y proyección.
Pero no sólo el homosexual puede sufrir de homofobia. Todavía hay muchos
profesionales de la salud que consideran la homosexualidad una perversión o,
como
decía Mauricio Abadi, una enfermedad discapacitante. Cuando un homosexual que
padece síntomas psíquicos no quiere consultar, las causas no siempre deben buscarse
en
las resistencias. Se trata, a veces, de una forma de resguardarse de la homofobia
que
padecen algunos psicoterapeutas. Estos, cómplices del mismo sector social que
margina
a los homosexuales, quieren "curarlos" de esa supuesta enfermedad.
Dice Robert Hopke, un analista junguiano : En el contexto de la ideología
heterosexual occidental, a cualquiera que se desvíe del modelo dominante de
la
relación masculino-femenino se le niega la existencia social o se le condena.
Los
hombres gay o las mujeres lesbianas no existen según esa línea de pensamiento
o, si su
existencia se hace obvia, se les tacha de desviados, criminales, peligros para
la
sociedad, enfermos mentales. El efecto de estas actitudes es privar a los gays
y
lesbianas de cualquier tipo de visibilidad en su entorno.
En el caso de que esos homosexuales tengan hijos, las actitudes homofóbicas
también
suelen recaer sobre ellos.
FAMILIA
LESBIANA Y TEORIA PSICOANALITICA
A pesar de que la familia lesbiana es una realidad, en nuestro país
ese fenómeno
aparece invisibilizado y sin nombre. Lo que no se nombra no existe o, lo que
es lo
mismo, al no nombrarlo lo que existe se desmiente. Esta desmentida social se
acompaña con otras de carácter científico, la psicoanalítica es una de ellas,
desmentida
que provoca, como una de sus consecuencias, que no exista una teorización que
dé
cuenta de los avatares de las familias lesbianas y gays. Los profesionales e
instituciones
especializados en terapia familiar psicoanalítica no reciben derivaciones ni
demanda de
tratamiento. En muy contadas ocasiones, surge la posibilidad de atender en terapia
de
pareja a personas gays y lesbianas y, con mayor frecuencia, en terapias individuales.
Entonces, teorizar psicoanalíticamente acerca de la familia lesbiana argentina
no es
tarea fácil. La falta de antecedentes bibliográficos, la existencia de postulados
teóricos
no revisados a la luz de la clínica, sumado a que nuestra sociedad toda pertenece
a un
Tercer Mundo que padece una grave crisis económica y un poder hegemónico de
una
Iglesia Católica que influye fuertemente sobre nuestros gobernantes y nuestra
legislación, hacen de esto un objeto de estudio casi utópico.
Por otra parte, en las concepciones teóricas que sustentan la práctica de la
terapia
familiar en general no se incluye la perspectiva de género, es decir qué significa
ser
mujer o varón en una sociedad patriarcal como la nuestra, salvo cuando las que
implementan esa terapia familiar sean feministas. Los roles de género han sido
organizados de manera de colocar a los hombres en una posición dominante y a
las
mujeres en un lugar subordinado. Eso también se refleja en la familia. En consecuencia,
los estereotipos de esos roles son perjudiciales para ella. Las lesbianas no
se salvan de
esos estereotipos porque con frecuencia se repiten en sus vínculos, por ejemplo
cuando
hay violencia familiar o en la pareja.
Los conceptos predominantes de familia "normal" (padre-madre-hijos) también
se
sustentan en esa ideología que el psicoanalista Cristopher Bollas califica acertadamente
de fascista. Ideología que origina una concepción que influye también en los
profesionales especializados en terapia vincular. Sin embargo, el hecho de que
el
número de familias "normales" se haya reducido y que, estadísticamente, sea
tan grande
el número de las atípicas, alternativas o "empíricas" - como prefiere llamarlas
Eva
Giberti-, parece tener poco efecto en el campo de la ideología dogmática. Esto
se
corresponde con el hecho de que los estados totalitarios, para poder controlarla,
establecen una idea única de familia. La ideología de la familia "normal" es
perjudicial
por los efectos que produce en otras que son diferentes: las homosexuales, las
de un solo
progenitor, las parejas sin hijos, las organizaciones de vida comunal, etc.
La falta de
sostén social conduce a que esas otras formas de familias se aíslen en una especie
de
subcultura que las empobrece.
CONSTITUCIÓN
DE LA FAMILIA LESBIANA
La familia lesbiana puede constituirse de diversas formas. Dos mujeres
vinculadas a
través de una relación de pareja conviven junto con los hijos que una de ellas
o ambas
han tenido en vínculos heterosexuales. También puede pasar que una madre lesbiana
viva con sus hijos pero o que no tenga pareja o que no conviva con ella. En
una tercera
forma, una pareja de lesbianas elige adoptar o la fertilización asistida. En
la Argentina
las más visibles son las familias del primero y segundo tipo. La tercer variante
la
conocemos a través de estudios hechos en los Estados Unidos o en algunos países
de
Europa en los que se permite la adopción o la inseminación para las lesbianas.
El término familia ampliada, creado por Elina Aguiar y Marta Nusimovich para
referirse a los segundos matrimonios heterosexuales (y que otros autores llaman
familias
ensambladas), podría utilizarse para denominar a la primera forma de familia
lesbiana.
Para la familia ampliada, dicen las autoras, no hay nominación en el espacio
social, lo
que alude a una falta de juricidad. Como no se sabe cuáles son las leyes de
funcionamiento, derechos y obligaciones pertenecientes a esta configuración,
se genera
en sus miembros angustia de no pertenencia. En el caso específico de la familia
homosexual, la falta de legalidad agrava y complejiza los vínculos.
Cuando empecé a trabajar en mi profesión, hace de esto treinta años, una de
mis
primeras pacientes era una mujer separada que tenía dos hijas. Ella era tratada
prácticamente como una prostituta porque había osado dejar de vivir con ese
hombre del
que había prometido separarse sólo cuando a uno de ambos le llegara la muerte.
Hoy,
luego de la democracia, el divorcio está legalizado. Las personas heterosexuales
divorciadas pueden formar nuevas parejas y nuevas familias. La iglesia católica
no los
acepta pero sí la ley argentina y otros credos religiosos.
Las personas que aman a personas del mismo sexo deben crear sus propios rituales
sociales y/o religiosos de compromiso afectivo, aunque la ley de nuestro país
todavía no
autorice esas uniones. Deben también inventar sus propias normas de herencia.
Algunas
parejas ya han conseguido algún reconocimiento legal por parte de obras sociales
o el
derecho a una pensión. Todo es muy trabajoso, sumando a que el propio vivir
también
lo es. Pero la única forma de que las leyes cambien es cuando, en primer lugar,
se
toman conciencia de los propios derechos para, en segundo lugar, reclamar e
insistir
hasta que legalmente tales derechos se reconozcan.
DESEO
DE HIJO
Hasta la época de la dictadura, María - que es poeta y periodista-
militaba
políticamente. Luego, para sobrevivir, abandonó la militancia. Ya estaba casada
y fue
cuando decidió concretar un viejo deseo siempre postergado, el del hijo. (María
es una
de las ocho madres lesbianas argentinas con cuyos testimonios, obtenidos a través
de
sesiones de tratamiento psicoanalítico individual y de pareja, de grupos de
reflexión y
de entrevistas, elaboré mis primeras reflexiones). Mientras, en una entrevista,
María
decía esto, dentro mío se reiteraba la vieja pregunta de si existirá algún niño
que no
venga al mundo debido al narcisismo, generalmente no confesado, de sus padres.
Y,
una vez más, me respondí que todos, de una u otra manera, somos fruto de ese
narcisismo. Nacemos para continuar un apellido, para acompañar la soledad o
vejez de
nuestros padres, para ofrecerles a nuestros padres una fantasía de inmortalidad,
para ser
el fruto de una unión amorosa o para cumplir tal vez cuántos otros anhelos narcisistas.
Sólo que, en el mejor de los casos, los padres aceptan en algún momento que
los hijos
no les pertenecen y que tienen identidades diferenciadas. Y entonces, los entregan
a la
vida. En el caso de la madre lesbiana las cosas no son diferentes.
Por otra parte, no sólo en las mujeres heterosexuales, también en las que son
lesbianas se pone sobre el tapete el tema del mítico instinto materno y la opción
de toda
mujer de ser o no madre. Pero cuando se trata de una pareja de lesbianas que
quiere
tener hijos, su deseo escandaliza. En la Argentina, el camino de la fertilización
asistida
es generalmente inaccesible para ellas y eso porque la mayoría de los médicos
son
homofóbicos. El camino hacia la adopción es complicado, ya que solamente puede
adoptar una de ellas, y como mujer soltera. Además, siempre tienen un lugar
preferencial los matrimonios heterosexuales. Al respecto, dice Adrienne Rich:
La
maternidad es admirable, pero fundamentalmente si la madre y la hija o el hijo
están
vinculados a un padre legal. La maternidad fuera del matrimonio o la maternidad
lesbiana, son vejadas, humilladas o, en el mejor de los casos, ignoradas. Para
reflejar
esta realidad Rich creó el concepto de maternidad en cautiverio.
Liberando su deseo de maternidad, Ruth dice: "Yo tuve hijos porque quería, creo
que
me casé porque quería tenerlos". Casada desde los dieciocho años, tenía diecinueve
y
veinte cuando nacieron sus dos hijos varones. A los veintisiete se separó de
su marido.
"Al tener hijos aprendí a separar el sexo del deseo. Los hijos fueron mi deseo".
El vínculo de la maternidad, afirma Eva, no viene dado, hay que trabajarlo.
Ella cree
haberlo hecho mucho más que el común de las madres. Al escuchar estas palabras,
recordé otras de Thomas Laqueur: El 'hecho' de la maternidad es el trabajo psíquico
que hay que realizar para apropiarse del feto y luego de la criatura dentro
de la
economía moral y emocional de la madre. El 'hecho de la paternidad' es de un
orden
semejante. (...) Ese trabajo se hace con el corazón. Entonces, si el vínculo
con el hijo se
vuelve visceral, es debido al laborioso ejercicio que se hizo de él. Vínculo
siempre
ambivalente y conflictivo pero en el que, en el mejor de los casos, predomina
el amor.
HABLAR
CON LOS HIJOS
Qué momento elegir para hablar con ellos, cómo explicarles que su madre
está
enamorada de otra mujer, qué palabras utilizar para referir esta íntima experiencia
emocional, todas estas son inquietudes compartidas por la mayoría de las madres
lesbianas. Ellas suelen haber pasado del tener que preguntarse cómo hablar con
los
padres a cómo hacerlo con los hijos, en ese sufrido tránsito de pasar de la
invisibilidad a
la visibilidad.
María, Eva, Ruth y Marisa consideran que siempre es conveniente que los hijos
pregunten. En el caso de Eva, cuando su hijo mayor tenía dieciséis años, le
preguntó al
padre si su mamá era lesbiana. Éste le aconsejó que le hiciera esa pregunta
a la misma
Eva, quien en ese momento se sinceró ante su hijo. El lo tomó muy mal y se alejó
emocionalmente. Eva sintió que la oportunidad de un reencuentro con su hijo
había
llegado cuando éste cortó su primer noviazgo y buscó a su madre para contarle
sus
cuitas. "Yo aproveché ese momento para meterme en su corazón y poder hablarle
de lo
mío. Y lloramos, hablamos, blanqueamos", relata Eva. "A partir de ese momento
nunca
más hubo dramas con esto. Yo no sé si mi realidad lo hace feliz, estimo que
no. Pero lo
acepta. No sé a qué aspiraría mi hijo, nunca se lo pregunté, porque además él
no tiene
que elegir para mí. Lo más importante es que tengo su respeto". Cuando su nuera
quedó
embarazada, ésta y el hijo de Eva le pidieron que presenciara el parto ya que,
debido a
su profesión, Eva podía hacerlo. Como a último momento el parto se complicó,
siendo
imprescindible una cesárea, el hijo de Eva no pudo acompañar a su esposa. "Yo
recibí al
bebé de su panza y se lo mostré a mi nuera. Lo recuerdo y todavía me emociono
porque
fue un momento de comunión muy especial. A partir de ese momento la relación
se hizo
más estrecha y ahora tengo la excusa de ir a visitarlos más seguido". En el
caso de su
segundo hijo, que en el momento de la entrevista tenía dieciséis años, las cosas
fueron
distintas, todo se dio con más naturalidad y aceptación. "Mi ex marido, su abogado,
el
juez que intervino en la causa por la tenencia y otras personas, me vaticinaron
cosas
terribles para mis hijos. Pero se equivocaron porque ellos son magníficos, normales,
sanos y tienen valores", relata Eva.
Ruth es madre de dos hijos varones de veinticinco y veintitrés años. Se separó
cuando
ellos tenían cinco y siete. A partir de sus treinta años tuvo su primera pareja
mujer. “No
conviví con otra mujer hasta que mis hijos tuvieron una edad considerable. No
creo que
todas las madres lesbianas tengan que hacerlo así, sólo que así lo hice yo".
Los hijos
nunca le preguntaron por su lesbianismo ni le pidieron explicaciones, tan sólo
lo dieron
por supuesto. Como es escritora, para Ruth "la política de revelación fue en
el sentido de
lo diferente. Yo escribía y eso era diferente, mis amigos eran diferentes y
también lo
eran los libros que leían mis hijos. Siempre les enseñé que, además de sus beneficios,
ser diferente tiene un costo". Ruth también se refiere al tema de perder la
tenencia,
siempre un conflictivo fantasma para las madres lesbianas y uno de los condicionantes
del sincerarse o no con los hijos y en qué momento hacerlo.
De una manera manifiesta o latente, la culpa que algunas lesbianas tienen con
sus
hijos también condiciona sus acciones, por ejemplo la de hablar con ellos. Uno
de los
argumentos de esa culpa es el temor de enfermarlos.
RELACIÓN DE LOS HIJOS CON LA PAREJA MUJER DE SU MADRE
Cuando le pregunto a María si ella cree que un hijo puede tener dos madres,
responde
que, como sus hijos nacieron de un vínculo heterosexual previo a su pareja con
otra
mujer, el tema de las dos madres no se dio. Tanto en María como en Alicia y
Mónica,
observo que la compañera es a veces sentida como una tercera que se agrega a
un grupo
familiar ya constituido. Los celos, la rivalidad edípica, los sentimientos de
abandono y
exclusión, se complejizan en estos vínculos. En las familias ampliadas, nos
aportan
Aguiar y Nusimovich, se dan relaciones de excluidos y de pertenecientes, en
las que se
ponen en juego las hostilidades y rivalidades edípicas sin que los lazos sanguíneos
las
tamicen. La fragilidad con la que a menudo se vivencian los nuevos vínculos
familiares
se debe precisamente a la falta de nominación y de normas jurídicas, que, desde
el
contexto social, legitimen y sellen estos vínculos. El aislamiento e invisibilidad
que la
ideología heterosexual impone a las parejas gay tiene un efecto insidiosamente
pernicioso y se justifica de un modo exasperadamente circular: las relaciones
gay
fracasan porque no tienen apoyo, y no tienen apoyo porque se las percibe como
inherentemente inestables, dice Hopcke al respecto. Cuando hay hijos, también
ellos
padecen esa inestabilidad.
-Alicia, que tiene una hija de catorce años, está en pareja con una mujer que
tiene un
varón de trece. Mónica, madre de un nene de siete, convive con Fabiana. Ésta
reclama
un lugar y, aunque tenga una excelente relación con el niño, le pregunta con
insistencia
a Mónica quién es ella en la vida de su hijo.
-Eva nunca quiso aceptar la convivencia con Patricia, su ex pareja. Compartían
muchos
momentos, entre ellos las vacaciones e incluían a los dos hijos de Eva y los
tres de
Patricia. La separación de ellas dos fue muy brusca porque Patricia, sorpresivamente,
dejó a Eva por otra mujer. Durante un tiempo, Eva siguió viendo a los chicos
de su ex
pareja - que son todavía niños - pero como estas salidas la lastimaban mucho
debió
interrumpirlas. Cree que también los chicos quedaban heridos después de esos
encuentros. A Eva le costó mucho recuperarse del dolor por la separación y también
a
los hijos de ambas.
-Para María las cosas son aún muy complicadas, porque ella se enamoró por primera
vez en su vida de una mujer hace apenas un año, teniendo cuarenta y nueve y
cuando ya
llevaba bastante tiempo de separada del padre de sus tres hijos. Vive con sus
dos hijos
aún solteros y con Gabriela desde hace algunos meses, y aunque todos se llevan
muy
bien aún no pudo sincerarse con sus hijos. Consulta porque está muy asustada
pero, a la
vez, no quiere volver atrás. Necesita ayuda para aceptar en paz las nuevas circunstancias
de su vida, ya que al tener una muy hermosa relación con Gabriela, no quiere
perderla.
PADRES
Y FUNCIÓN ¿PATERNA?
Si en una familia- lesbiana o no - no hay un padre varón ¿cómo se aplica
la función
paterna? O, lo que es lo mismo, ¿de dónde proviene esa función simbólica? ¿Es
imprescindible seguir hablando de función paterna o ya es tiempo de poder sustituirla
por función de corte? Igual que en el caso de las heterosexuales, esta función,
de corte,
proviene de las mismas madres, cuando ellas se atreven a ejercerla, ya que sabemos
que
muchas veces la mujer no se siente autorizada para encarnarla. Entiendo por
dicha
función a aquella que sirve para cortar la simbiosis del hijo con la madre (o,
en diferente
manera con el padre), simbiosis hasta cierto momento necesaria pero luego peligrosa
en
tanto lleve al encierro en un vínculo que, de no mediar un corte, se vuelve
asfixiante e
impide crecer. Es gracias a esta misma función que el niño ingresa a la cultura
y a la
sociedad que lo rodean.
-Cuando Verónica se separó de su marido, él desapareció no sólo de la vida de
ella sino
también de la de sus dos hijos. Hasta aquí, la historia es idéntica a la de
tantas mujeres
heterosexuales que, en ausencia del padre de sus hijos, quedan como únicas jefas
de
familia. La diferencia es que Verónica, tiempo después, se enamoró de una mujer
y ésta
fue a vivir con ella y sus chicos, que en aquel momento tenían 9 la nena y 11
años el
varón. La situación quedó aclarada ante ellos, que no pusieron resistencia.
Verónica
cree que, tal vez, para ella la situación haya sido más fácil que para otras
lesbianas
porque sus hijos quedaron sin padre. Esta reflexión es atinada: a pesar de los
celos, a los
hijos les alivia saber que su madre está acompañada y contenida por su pareja,
aunque
ésta sea otra mujer. En estas condiciones, los hijos no tienen culpa por crecer,
volar lejos
del nido, hacer sus propias vidas. Pero, por otra parte, a Verónica le parece
que Damián,
que ahora es ya un adolescente, tiene la fantasía de que si ella, luego de separarse,
se
enamoró de una mujer fue por descalificar a la persona y al sexo del padre y,
lo que es
peor, también puede fantasear que su madre lo rechaza a él por tener el mismo
sexo que
su papá. Aguiar y Nusimovich observan, en el caso de heterosexuales, algo similar
a lo
que relata Verónica: el hecho de que el progenitor/a elija un segunda pareja
puede ser
connotado por el hijo/a como descalificatorio para su propio progenitor/a. En
el caso de
los hijos de lesbianas, esta fantasía puede complicarse. Entonces, si mamá dejó
a papá
por una mujer, lo descalificado sería no sólo la persona del padre "abandonado"
sino
también el sexo masculino. Volviendo al hijo de Verónica, creo que se hace evidente
su
dolor por ser él mismo un hijo, en la realidad, abandonado por el padre, dolor
que
comparte con otros hijos que no son reconocidos por sus padres.
-De los chicos de Alicia y Mónica, los padres tampoco se hacen cargo económicamente
pero los siguen viendo. En el caso de Marisa y María, los ex maridos nunca se
ausentaron de la vida de sus hijos.
-Cuando Eva se separó no lo hizo porque se fuera "de una pareja a otra", sino
porque
quería irse de la pareja con el marido. Cuando decidieron la separación, él
le confesó
que durante el matrimonio había tenido una relación paralela. Tiempo después
de
separada, Eva se enamoró de una compañera de trabajo y el ex marido, aún antes
que
ella misma, lo percibió. Ahí empezó la guerra. El le dijo que iba a probar que
ella era
lesbiana y que le sacaría la tenencia de los hijos. La abogada de Eva le aconsejó
que
cediera la custodia porque aunque sería muy difícil probar su lesbianismo, iba
a ser muy
desagradable para sus chicos y para ella todo lo que él amenazaba con hacer
y decía
haber hecho. Cuando Eva relata estos hechos, hoy ya lejanos en el tiempo, se
vuelven a
presentar el dolor y el sentimiento de injusticia. Cuando los chicos fueron
más grandes,
pidieron volver a vivir con su madre. De todos modos, y por el bien de sus hijos,
ella
siempre preservó la imagen del padre.
-María siempre sintió que ella tenía más derecho sobre los hijos que el padre.
"Yo
pensaba que él no entendía la sutileza de un niño. El único hombre que conozco
que
puede ponerse en sintonía con sus hijos es el marido de mi amiga Clara, de una
subjetividad tan compleja que parece femenina". La creencia de María inevitablemente
se apoya en la triste realidad de que su ex marido ha desaparecido de la vida
de los
hijos. Parafraseando a Thomas Laqueur, él no ejerció el trabajo emocional de
la
paternidad. A pesar de todo, María manifiesta seguir teniendo, todavía, el anhelo
de una
parentalidad compartida, obviamente que ahora con otra mujer. Le aliviaría saber
que si
a ella le pasa algo, sus hijos podrían contar con el amparo de su pareja mujer.
Otras lesbianas - y de esto tampoco se diferencian de algunas heterosexuales
- se
caracterizan por ser madres no dispuestas a compartir sus hijos. Tal vez por
eso eligen
maridos que, de una u otra manera, no se hacen cargo. Padres eternamente adolescentes,
del estilo "Peter Pan", que por no querer crecer no asumen funciones paternas
y quedan
siempre congelados en el lugar de la infancia. Por otra parte, si los padres
de los hijos
de madres lesbianas no desaparecen de la vida de ellos, seguirán ejerciendo
su función
paterna y, si se animan, también disfrutarán y lidiarán con la materna, de manera
similar
a los padres separados de mujeres heterosexuales.
El imaginario social sobre la familia lesbiana insiste a veces con una falacia:
que los
hijos se enferman debido a la condición lesbiana de sus madres. Esta creencia,
además
de ser un simple prejuicio, es peligrosa, porque muchas veces hace que una lesbiana
que
desea tener hijos, se censure ese deseo. También sucede con frecuencia que la
lesbiana
que ya tiene hijos crea que puede enfermarlos si ella ama a otra mujer. Lo que
enferma a
un hijo no es que tipo de vínculo de pareja tienen su padre o su madre sino
el no
brindarles un espacio íntimo de amor, sin violencia, sin abuso, sabiendo que
los hijos
son precisamente hijos, y por ello necesitan que los adultos acompañen con respeto
y
amor el camino de la vida.
Ya que tanto el nacimiento como la muerte son experiencias individuales - y,
de
diferentes maneras, ambas traumáticas - lo más que podemos hacer es acompañar
a
otros y que nos acompañen en esos tránsitos. Por lo tanto, para nacer y morir
se
necesitan rituales y sostén sociales.
"Cuando la Tana murió - relata Cathy - todas nosotras la estábamos acompañando"
Un cruento cáncer venció a la Tana en pocos meses. Pero ella tuvo una muerte
más que
digna. Su ex pareja María - ahora amiga - tal como le había prometido años atrás,
cuando la enfermedad aún no existía, la acompañó todo el tiempo, acariciándola
con
ternura. Elsa, la actual compañera María también estaba presente. Cecilia, la
pareja de la
Tana, tampoco se separó de ella. Junto con otras dos amigas y con Cathy, las
cinco
mujeres formaron un grupo solidario que acompañó a la Tana hasta el fin. En
vano
había sido su pedido de adelantar los trámites de sucesión de la herencia materna.
Los
hermanos de la Tana, que siempre la discriminaron por lesbiana, le negaron sus
derechos. En cambio, el padre, los hermanos, cuñados y sobrinos de María estuvieron
siempre nunca se ausentaron de la vida de la Tana. La ayudaron económicamente
y le
aseguraron un pedacito de tierra en el cementerio privado del padre de María.
La Tana
no quería "yirar" por Chacarita.
(Cathy estaba dudosa de ir ese día a la casa de la Tana. Otra amiga de ella,
en otras
circunstancias de su vida, también había muerto de cáncer y todo ese recuerdo
le era
muy doloroso. Pero Cathy aclaró sus ideas con terapeuta y pudo acompañar a su
amiga,
como sabiendo que ese iba a ser el último día).
El grupo de mujeres amigas de la Tana sabían que la hipocresía de los hermanos
de la
Tana iba a aparecer disfrazada de amor y tristeza durante el velatorio. Y así
fue. Pero
ellas, aunadas, una junto a otra, acompañaron a su amiga hasta que fue enterrada.
Para finalizar, quiero hacer mía una reflexión de Caroline Stevens: La familia
existe
para reconocer, cobijar y fomentar posibilidades creativas que aguardan en cada
ser
humano. Lo que sienta el fundamento del bienestar de todos los miembros de una
familia es la experiencia de un hogar construido por individuos de cualquier
sexo que
cooperan y se aman, aportando sus diversos dones a la creación de un ambiente
sustentador. Adrienne Rich sostiene una idea complementaria cuando expresa tener
la
esperanza de que, algún día, hombres y mujeres puedan experimentar formas de
amor,
de paternidad y maternidad, de comunidad e identidad que no estén basadas en
mentiras, secretos y silencios.