Ensayo presentado en el XIII Encuentro de Discusión y VIII Simposium "Acerca del inconsciente". Año 1990. Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados y en el Congreso Metropolitano de Psicología de 1991 organizado por la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires.
La
estructuración del superyó de la mujer:
Su incidencia en los cuadros depresivos.
Depresión - mujer: Una funesta pareja
La funesta pareja depresión - mujer merece ser observada, ya que con demasiada frecuencia se presentan en nuestros consultorios mujeres que se quejan de síntomas que caracterizamos como depresivos: llanto, tristeza, autoreproches, diversas inhibiciones y variadas manifestaciones somáticas. Lo observable en la clínica tiene una corroboración estadística: la depresión en todas sus formas - hasta el grado más severo de melancolía - aqueja fundamentalmente a las mujeres.
La génesis de la depresión y su fenomenología son descritas magistralmente por Hugo Bleichmar. Los cuadros depresivos, dice, toman tres formas: depresión narcisista, depresión culposa y pérdida simple. Las dos primeras pueden manifestarse en diferentes estructuras de personalidad, es decir tanto en psicóticas como en neuróticas. Además, estas dos primeras variantes también dependen de una misma condición: la estructura del Superyo, diferenciándose en el tipo de ideal en juego. En el primer caso, el ideal gira en torno a la perfección narcisista. En el segundo, se trata del bienestar del objeto y de la no agresividad del Yo. Por eso, dice Bleichmar, "cuando el Superyo se caracteriza por la tendencia a construir ideales elevados o por el sadismo de la conciencia crítica, ese Superyo severo podrá tener a ambos o a uno de los tipos de ideal señalados como base para la exigencia respecto del Yo". Estas reflexiones llevan a Bleichmar a hablar de una patología del Superyo.
En este punto conviene volver a pensar en la funesta pareja depresión - mujer y en su conexión con las vicisitudes que va sufriendo la estructuración del Superyo femenino. Recordemos que Freud, en varios de sus trabajos, señala que tal estructuración se produce de manera defectuosa. En la niña, por estar castrada, dice Freud "falta el motivo para la demolición del complejo de Edipo". Como consecuencia de esto, el Superyo, considerado por Freud como el heredero del complejo de Edipo, tendrá diferencias estructurales en relación al Superyo del varón. "... El nivel de lo éticamente normal es otro en el caso de la mujer. El Superyo nunca deviene tan implacable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como lo exigimos en el caso del varón". En este trabajo, también dice Freud que la mujer tiene un sentido de justicia menos acendrado que el varón y menor inclinación a someterse a "las grandes necesidades de la vida". Asimismo, con mayor frecuencia se deja guiar en sus decisiones por sentimientos tiernos u hostiles.
No puedo menos que acordar con la idea de Freud: la mujer padece de un defecto en la estructuración de su Superyo. Pero mi acuerdo con Freud no continúa cuando él dice que el Superyo femenino es lábil. Pienso, guiándome por la clínica, que se trata de un Superyo tan extremadamente severo, que provoca una de las condiciones que llevan a la depresión. Depresión y Superyo, otra funesta pareja que conocemos desde que Freud hablara de ella en "Duelo y melancolía.
El sistema de valores e ideales que constituyen el Ideal del yo tiene en la mujer una característica que le es propia ya que no se espera de ella lo mismo que del varón. Maternidad, belleza, seducción: estos son los valores máximos asociados al ser mujer. "La mujer debe ser cariñosa, coqueta y ardiente" dice implícitamente el bolero, dejando implícito que también debe ser dependiente, obediente y siempre hermosa. Y como corolario un: "La mujer que al amor no se asoma no merece llamarse mujer" que en un tono tramposamente romántico le indica que su ser depende del ser para otro, que si no es para otro, no es. La madre, en su papel fundamental de portavoz del medio social y familiar, se encarga de transmitirle a su hija lo que de ella se espera. Por eso, dice Diana Bellessi, hablando de la mujer, que "lo que el espejo le devuelve es el discurso de la madre que, cuando niña, le decía: Que seas linda, suave, coqueta, femenina, para gustar, para seducir. ¿A quién?. A él." y, de esta forma, "el filo de una hoja invisible le rebana la cabeza". La madre, por otra parte, no solo es portavoz del discurso oficial sino también modelo de identificación. Madre a la cual tanto le ha sido asignado y, también, tanto le ha sido prohibido.
Algunos de los ideales que se le transmiten a la mujer son inalcanzables mientras que otros son fáciles de perder, porque son transitorios. Los hijos crecen y se van, produciéndose así el "síndrome del nido vacío", como tan acertadamente lo denominara Rose Oliver. La belleza encuentra inevitablemente un enemigo agazapado: el envejecimiento. Como si la belleza tuviera solo una forma femenina y juvenil.
El casamiento se transforma para la mujer en una "meta dominante" -como la llama Arieti - que la hará posponer o abandonar muchas veces la realización de otros ideales. La concreción del matrimonio y la dependencia que tendrá con respecto a su marido son hechos que se irán engarzando, haciendo que la mujer casada, como luego veremos, caiga frecuentemente en la telaraña de la depresión.
Por otra parte, la mujer -sobre todo aquella que ha logrado recuperar la cabeza que le fuera rebanada- tiene presente otro sistema de ideales: el de los varones. La inteligencia, el coraje, la actividad, son atributos asignados para él. Pero también anhelados por ella, ya que sabe, desde pequeña, que el sistema de valores que ha internalizado pertenece a un sexo que es segundo, devaluado. También es frecuente que la mujer proyecte en el marido y en los hijos la concreción de aquellos ideales "masculinos" que ella abandonó al casarse.
En cuanto a la conciencia crítica de la mujer, decía al comenzar que su severidad era notablemente más acentuada que la del varón. Es que aunque la agresión sea considerada "ese pretendido mal", a la mujer, más que al hombre, le está vedado no solo el agredir sino el fantasear con hacerlo. Ella no sabe, porque no le permitieron saberlo, que el odio -en sus orígenes conectado con el miedo y con la autodefensa - es tan humano como el amor, como la vergüenza, como el temor, como la esperanza. Si la mujer agrede, es mala, bruja, loca. La "transposición categorial" de la que nos habla Bleichmar queda perfectamente ejemplificada. La feminidad, asociada indisolublemente a la maternidad y ésta al amor sin límites y sin contradicciones, no deja lugar al odio. El Superyo de la mujer le prohibe el odio en todas sus formas y grados. Conciencia crítica notoriamente cruel y patológica que al condenar un sentimiento normal provoca que éste se vuelva sobre la propia mujer. Esto ha llevado a pensar en un masoquismo femenino. A nadie le gusta sufrir, tampoco a la mujer. Sólo que a veces ella no sabe que tiene derecho a defenderse. Entonces, se somete. Entonces, la sombra del objeto cae sobre su Yo. Fue el mismo Freud que escribió: "Su propia constitución le prescribe a la mujer sofocar su agresión, y la sociedad se lo impone; esto favorece que se plasmen en ella intensas mociones masoquistas, susceptibles de ligar eróticamente las tendencias destructivas vueltas hacia adentro. El masoquismo es, entonces, auténticamente femenino". Freud condena a la mujer cuando le atribuye una constitución responsable del sofocamiento de su agresión. La agresión se vuelve en contra de la propia mujer pero no por tendencias masoquistas sino porque al estar necesitada de la aceptación de los otros, se somete a sus mandatos, se hace cómplice de la colonización de su propia mente. La mujer siente que esta es una manera de transformarse en lo tan anhelado: ser el deseo del otro
Depresión culposa
Es dramáticamente coherente que la depresión culposa se corporice en la mujer. Bleichmar caracteriza a estas depresiones por un triángulo conformado por un elevado ideal acerca del bienestar y de la no agresividad del Yo, un Yo - representación malo y agresivo, en vínculo con un objeto que ha sido dañado y, por ende, sufre. Cerrando el triángulo, la acentuada agresividad de la conciencia crítica.
Al describir como se estructura el Superyo de la mujer, vimos qué mandatos internaliza. Mandatos que quedan grabados a fuego en su inconsciente. El transgredir esas consignas, la encierra en un círculo vicioso de culpa y depresión ya que, por otra parte, le es imposible no transgredir. Asimismo, la depresión culposa es una implosión: el Yo, presionado y aprisionado, sin resistir más el acoso, explota. Ante la condena superyoica por tener sentimientos agresivos, la mujer pierde la autoestima y enferma de culpa. La severidad con que la conciencia crítica acosa al Yo, llenándolo no sólo de culpa sino también de autoreproches, puede empujar al suicidio, en el engañoso camino de buscar una vida mejor. Volvemos a corroborar que se trata de un Superyo defectuoso que conduce a la patología. Un Superyo que, como antes veíamos, condena un sentimiento - el odio - que en sus orígenes surge vinculado con el miedo y con la autodefensa. De allí, además, que el ideal de amor incondicional sea, para la mujer, irrealizable. En relación a esto, la teoría freudiana de la pulsión de muerte y la concepción kleiniana de la envidia primaria, pueden volverse iatrogénicas al ser usadas en la clínica. Creo que, de hecho, tal iatrogenia se ha producido. Como contrapartida, actualmente varios psicoanalistas reveen y cuestionan la validez científica de una pulsión tanática.
Depresión narcisista
Siguiéndolo a Hugo Bleichmar diré que todos los factores que "tiendan a crear un elevado ideal narcisista, una aspiración del Yo ideal que se ofrezca siempre como meta inalcanzable", predisponen a una depresión. El sentimiento de inferioridad, característico de estas depresiones, surge cuando el Yo no puede lograr las metas inalcanzables del Yo ideal. Asimismo, también en este tipo de depresión, como en la culposa, la conciencia crítica se caracteriza por su elevada agresividad. Al establecer las subclases de la depresión narcisista, Bleichmar nos dice que la diferencia entre el Yo ideal -el modelo- y el Yo real, tanto puede deberse a lo elevado de las metas como al Yo representación desvalorizado. En cuanto a la depresión caracterizada por lo irrealizable de las metas, veremos que, en las mujeres, dicha depresión, narcisista, tiene características patognomónicas porque se relaciona con los ideales que les son transmitidos. Cuando se trata de aquellos que son fáciles de perder - juventud, belleza, maternidad- son comprensibles los porqué de la melancolía involutiva y de la depresión post-parto. Es también porque el marido ocupa frecuentemente el lugar del "otro dominante", que las mujeres casadas son las que enferman más de depresión. Por otra parte, como antes vimos, los ideales asignados para la mujer siempre estarán en un plano inferior en relación a los del hombre. Su autoestima por eso también está siempre amenazada. Como la depresión tiene que ver con algo que se pierde y eso que se pierde -o que no se alcanza- puede ser un ideal, la mujer está jaqueada. Por un lado, porque los ideales que se le prescriben son fáciles de perder. Por otro, porque los más altos en la escala de valoración, son los ideales para el hombre. En consecuencia, "si es inteligente o autónoma no se es mujer", expresaba una paciente depresiva. Asimismo, la mujer que - sin la cabeza rebanada - se anima a intentar alcanzar los ideales relacionados con la creatividad intelectual, frecuentemente se halla también expuesta a caer en el peligroso pantano de la melancolía. La razón se nos vuelve dramáticamente comprensible: tiene que ser de una inteligencia sin tropiezos, sin deslices, sin fisuras. Cree que sólo así alcanzará los ideales "masculinos". De lo contrario, la espera el peligroso sentimiento de fracaso y, de allí al descenso en la autoestima, hay un sólo paso. Agazapada, a la mujer la espera, acá también, la depresión. En cuanto a la forma de la depresión narcisista que Bleichmar caracteriza por la predominancia de una pobre imagen de sí, en las mujeres también toma un a dramática propia. Se debe habitualmente a la identificación con una figura materna desvalorizada - y frecuentemente melancólica - con la que, además, por esta misma desvalorización, la hija no tiene estímulo para competir. A la mujer se la fuerza a asumir no sólo una identidad dada por figuras que la desvalorizan sino también a quedar ligada a una figura materna desvalorizada y, por lo mismo, resentida. Cuando una mujer tiene como "meta dominante" la maternidad, es frecuente que establezca, sobre todo con su hija mujer, una relación simbiótica de la que esta última no podrá salirse con facilidad. Si, además, como es frecuente, la madre envidia la juventud de su hija, la simbiosis será aún más peligrosa. Se establecerá acá un círculo vicioso, en el que la madre actuará como "ciénaga, planta carnívora", evitando el desprendimiento y la autonomía de su hija en nombre de su propia sobrevivencia. Madres vampiras de hijas infantiles que se transforman en enfermeras devotas. Hija que si no ha tenido ella misma hijos - de la carne o del espíritu - sentirá que ha fracasado como mujer. Su destino -como para Anna O., como para Elizabeth de R.- será transformarse en la perfecta enfermera de sus padres. En una delicada pendiente, la mujer se moverá desde el "feminismo espontáneo de la histeria" hasta el fracasado feminismo de la melancolía. Son demasiadas las mujeres que enferman de depresión. Cuando una persona se encuentra empobrecida o vaciada de proyectos vitales, ¿qué otro camino le queda?.
Denunciar las transposiciones categoriales y el discurso totalizante, demoler la severidad de la conciencia crítica, reencontrar los propios ideales, fijar metas posibles de alcanzar, recuperar el propio pensamiento, desalojar a los personajes y a las personas que colonizan y parasitan su mente: estos son los objetivos terapéuticos que sacarán a la mujer del paralizante pantano de la depresión.
BIBLIOGRAFIA
Editorial Amorrotu. Buenos Aires, 1979.