Escritas
y Escritoras.
Psicoanálisis y literatura.
Introducción
Este bello edificio de la Escuela tiene la misma edad
del psicoanálisis: 106 años. Ambos nacieron en 1895, ella en Buenos Aires, el
otro en Viena. La Escuela es, entonces, un lugar más que propicio para intercambiar
ideas acerca de la cercanía entre la literatura y el psicoanálisis y de un particular punto de convergencia:
la mujer. Además, hay otra coincidencia: en las paredes de esta casa aún se
escuchan los murmullos, tal vez algunas veces
silenciados, de aquellas niñas de la Escuela primaria fundada por Carlos
Tejedor. Nada es casual. Tampoco este encuentro, aquí y ahora. El Psicoanálisis
nació también de un encuentro. El de un médico vienés con la histeria femenina.
Histeria y Psicoanálisis
El Dr. Joseph Breuer - iniciador junto con Freud de la que luego éste fundara como terapia psicoanalítica - y Anna O. formaron una pareja muy particular. Breuer tiene el privilegio y la disposición de escuchar la palabra sufriente de Anna y ella tiene el acierto de bautizar a esa naciente terapia como "Talking cure"- curar con palabras o "Chimney sweeping"- limpieza de chimenea.
Bertha Pappenheim - disfrazada en uno de los historiales de
los Estudios sobre la histeria como Anna O. - nació en Viena en 1859,
en el seno de una vieja y respetable familia judía ortodoxa. Desde pequeña y
hasta los dieciséis años, concurrió a una escuela de monjas. Era común para
las niñas de familias pudientes ese tipo de educación y, como no había escuelas
para las mujeres judías, la única alternativa
era una católica. Allí Bertha aprendió
italiano y francés y perfeccionó su inglés, la lengua que más tarde utilizaría
para comunicarse con Breuer. Es que nadie tenía que entenderla, sólo él.
Acerca de su juventud casi nada se sabe. Pero sí de la
de Anna O., a través del historial. Aquí, un varón escribe sobre una mujer.
El encuentro termina en desencuentro y la ilusión en desengaño. Pero cuando
Anna O. volvió a ser Bertha Pappenheim y hasta el fin de sus días, desarrolló
y concretó aquellas inquietudes e ideales que, aunque en Anna ya se perfilaban,
al estar cautivos habían provocado la enfermedad. Liberar de la opresión a la mujer y al judío de la marginación,
fueron su norte. Para ello se valió del feminismo como ideología política, de
la asistencia social como profesión y de la escritura en tanto recurso de expresión
de sus ideas. Transformando sus
síntomas en palabras, Bertha empezó a escribir. Pero es menester hacer una alusión,
en este punto, a que Bertha además de escribir, también teje y borda, con esa
particular textura que tienen el tejido y la escritura de mujer. Era famosa
su afición por los encajes. Dedicaba todo el tiempo que podía a bordarlos. Es
habitual, como dice Tamara Kamenszain, comparar al texto escrito con
un tejido, a la construcción de un relato con una costura, al modo de adjetivar
un poema con la acción de bordar. Bertha también comparaba sus encajes con
la vida misma:
Estas maravillosas variedades de formas, cuyo único
elemento es un cordón de hilo recto y fino. Si yo no fuera una enemiga de las
comparaciones poéticas y si todas mis metáforas no fueran defectuosas, estaría
tentada a decir que, de un material tan fino y genuino, nuestra vida podría
también producir un entretejido entrelazando trazos justos y rectos, ya sea
simples o complicados. Yo anhelo llevar ese tipo de vida y odio los dedos vulgares
que destruyen los modelos hermosamente
estructurados y quiebran y alteran sus hilos.
Las escritoras le escriben al psicoanálisis
El tema es vasto, los
nombres son muchos. Cuando sugerí esta mesa en el Ateneo y se lo propuse luego
a Gabriela Mizraje y a la EMAD no sabía en qué complicación me estaba implicando.
Es que, poco a poco, me fui dando cuenta que el tema es de una enorme riqueza,
que es menester investigar mucho y que no me iba a alcanzar el tiempo para hacerlo.
Tampoco nos alcanzará esta mesa.
Quizás en parte se deba a que, como típica mujer que soy, mi exigencia es grande.
Pero al asumir que, tal vez, nadie
más que yo misma esté con la pretensión de abarcarlo todo, se produce un alivio.
Y entonces, me conformo con hacer algunos comentarios y puntuaciones.
No encontré mejor forma
de engarzar el psicoanálisis con la literatura que dejar hablar a las poetas.
Esas que, "pacientemente", les escriben a sus psicoanalistas varones:
Hilda Doolittle y Alejandra Pizarnik han sido emblemáticas.
Hilda
Doolittle y Sigmund Freud
Hilda
Doolittle o H.D., como acostumbraba firmar, es una de las voces más descollantes
de la poesía norteamericana. (1886-1961.) De la multiplicidad de su obra, traducida
universalmente en numerosos idiomas,
en castellano sólo conozco tres libros: Tributo a Freud[1],
Poemas de Helena en Egipto
[2]
y Poemas escogidos. [3]
A los 47 años H.D.
se analizó con Sigmund Freud, al que llamaba comadrona
del alma. En su poema El
maestro,[4] dedicado también a Freud,
cada cual podrá leer no sólo una
tierna y sugerente descripción del creador del psicoanálisis y de la técnica
por él creada, sino un texto que habla de la exquisita sensibilidad de su autora.
En tanto se trata de un largo poema, leeré solamente algunos versos.
I
Era muy bello
el viejo,
y yo conocí la sabiduría,
hallé la verdad sin medida
en sus palabras,
su autoridad
era decisiva
(¿cómo era que comprendía?)
...
nada se perdía,
cada vestido tenía significado,
"cada gesto es sabiduría",
me enseñaba;
"nada se pierde",
decía;
me acostara tarde
o temprano,
atrapaba el sueño
y me levantaba soñando,
y forjábamos filosofía con el contenido del sueño
y yo estaba contenida;
nada se perdía
pues Dios es todo
y el sueño es Dios
sólo para nosotros,
para nosotros
es pequeña la sabiduría
pero suficientemente grande
para conocer a Dios en todas partes;
Oh era justo,
aun cuando yo le arrojara sus palabras a la boca
me decía
"pronto estaré muerto,
debo aprender de los jóvenes";
su tiranía era absoluta,
pues yo tenía que amarlo entonces,
debía reconocer que él estaba más allá de cualquier hombre,
más cerca de Dios
(era tan viejo),
tenía que clamar
su perdón,
que él me concedía
con su vieja cabeza
tan sabia,
tan bello
con su boca tan joven
y sus ojos;
Oh dios,
deja que haya alguna sorpresa en el cielo para él,
pues nadie sino tú podría idear
algo adecuado
para él
tan bello
IV
Estaba furiosa con el viejo,
quería una respuesta,
una respuesta nítida,
cuando discutí y dije, "bien, dímelo,
pronto estarás muerto,
el secreto está en ti",
me dijo,
"eres poeta";
no quiero ser tratada como niña, como débil,
así que dije
(estaba furiosa)
"no durarás para siempre,
el fuego de la sabiduría muere contigo,
he venido a Mileto desde lejos,
ya no estarás mucho entre nosotros,
vine a buscar una respuesta";
estaba furiosa con el viejo,
con su charla sobre la fuerza viril,
estaba furiosa con su misterio, sus misterios,
discutí hasta el amanecer;
Oh era tarde,
y Dios me perdonará, perdonará mi furia,
pero no podía aceptarlo.
No podía aceptar de la sabiduría
lo que enseñaba el amor:
la mujer es perfecta.
VI
.....
el mundo entero ha de sufrir,
sólo nosotras
que somos libres
podemos predecir,
profetizar,
él
(es el viejo
quien hará nacer un mundo nuevo),
es él,
es él,
quien ya ha formado una tierra nueva.
VII
Por muchos eones todavía
él inquietará el pensamiento de los hombres,
que viajarán mucho y lejos,
discutirán todas sus palabras escritas,
su pluma será sagrada,
ellos construirán un templo
y pondrán a salvo todas sus escrituras sagradas
y vendrán los hombres
y los hombres pelearán
pero él estará a salvo;
ellos fundarán templos en su nombre,
su fama será tan grande
que cualquiera que lo haya conocido
será visto también como maestro,
vidente,
intérprete;
sólo yo,
yo escaparé.
VIII
Y fue él, él mismo quien me libró
a la profecía,
no me dijo
"sé
mi discípula",
no me dijo
"escribe,
cada palabra que digo es sagrada",
no me dijo "enseña",
no me dijo
"cura
o sella documentos en mi nombre",
no,
era bastante informal,
"no discutiremos eso"
(dijo)
"eres poeta".
IX
Así que seguí adelante
un poco cegada por esa clase de lágrimas terribles
que no quieren brotar;
le dije adiós
y vi su vieja cabeza
mientras él giraba,
mientras salía del cuarto
dejándome sola
con todos sus viejos trofeos,
los mármoles, los vasos, la Esfinge de piedra,
las viejas jarras de Egipto;
me dejó sola con esas cosas
y su vieja espalda se encorvaba;
Oh Dios,
esas lágrimas no querían brotar,
¿cómo podrían?
me fui,
dije
"no soportaré esta tiranía
de un viejo,
es demasiado viejo,
moriré si lo amo;
no puedo amarlo,
está demasiado cerca,
es demasiado precioso para Dios".
XI
Ahora puedo soportar incluso a Dios,
pues la risa de una mujer
profetiza
felicidad;
(no el hombre, no los hombres,
sólo uno, el viejo,
sagrado para Dios);
ningún hombre puede estar presente en esos misterios,
aunque todos los hombres se arrodillarán,
ningún hombre será potente,
importante,
aunque todos los hombres sentirán
qué es ser una mujer,
añorarán,
arderán,
cambiarán el placer fácil
por el esfuerzo
del espíritu,
los hombres verán por cuanto tiempo han
sido ciegos,
pobres hombres
pobres hombres de la humanidad
cuánto tiempo
cuánto tiempo
esta idea del pulso del varón los ha engañado,
los ha debilitado,
verán a la mujer,
perfecta.
XII
......
tu belleza es la del sol,
tú
eres el Señor vuelto mujer".
¿Qué decir de tan bello poema? Sería una herejía pretender
analizarlo. Solamente un: ¡muchas
gracias H.D. por darnos la eternidad de tu poesía.!
Alejandra Pizarnik y León Ostrov
Alejandra Pizarnik le dedicó a León Ostrov su libro La última
inocencia (1956.) Él, además
de ser durante un tiempo su psicoanalista y, en palabras de Ivonne Bordelois,
su "padre literario", fue también maestro de psicoanálisis para muchos
psicólogos que nos formamos, allá por los años sesenta, en la licenciatura en
Psicología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos
Aires.
En un libro posterior, Las aventuras perdidas, de 1958, Pizarnik le escribe a Ostrov un poema, El despertar:
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios.
Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo
Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos
Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre
Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.
Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada
Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue
¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?
¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?
El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan
amor
Todo continuará igual
Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde
Señor
Arroja los féretros de mi sangre
Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo
En este punto, es imprescindible un dato: cuando, en
1971, Pizarnik se suicidó no estaba
en tratamiento con Ostrov. Es probable que él no la hubiera dejado caer.
Las
escritoras escriben sobre sí mismas.
Quiero ser yo
Berta Pappenheim, disfrazada en el historial de 1895 con el nombre de Anna O., quiso ser Jo.[5] Yo, de niña, también quise serlo. ¿Quién de las mujeres acá presentes no quiso alguna vez ser Jo? Pero antes de que esto se preste a malos entendidos, corrijo mi deficiente inglés. Quiero decir Jo March, aquella joven que en la novela Mujercitas de Louise May Alcott (1832-1888) - mientras se quemaba las polleras junto al fuego de la chimenea- escribía sus novelas. Jo fue un paradigma para muchas mujeres que nos fascinamos con ella, en tanto marcaba un camino distinto al instituido para nosotras. Remarqué la palabra Yo, y ahora lo uso en español, como pronombre, porque uno de los temas constantes de las novelistas y poetas mujeres es el del yo, "un yo que se ha perdido o que está en peligro de perderse"[6]. Es que el propio yo es demasiado valioso como para dejarlo expuesto si hay temor a algún ataque. Tenemos muchos recursos para esconderlo. Los más desesperados son la histeria y la locura. Pero hay formas sutiles y efectivas de dejar en libertad al propio yo. Una de ellas es la poesía.
Para Emily Dickinson:
Nuestro yo detrás de nosotros mismos
Nos espantaría más
que un asesino oculto
en nuestra casa.
Mientras Alejandra Pizarnik escribe:
Nadie me conoce yo hablo
la noche
nadie me conoce yo hablo
mi cuerpo
nadie me conoce yo hablo la lluvia
nadie me conoce yo hablo los muertos[7]
Pizarnik tiene una forma más de expresar su yo, y es disfrazándolo de sombra:
palabras
reflejas que solas se dicen
en
poemas que no fluyen yo naufrago
todo
en mí se dice con su sombra y cada sombra con su doble. [8]
Y también:
sombras
recintos viscosos donde se oculta
la piedra de la locura.[9]
La sombra y el espejo, símbolos recurrentes en los textos de escritores y poetas, significan, entre otras cosas, la posibilidad que tiene el yo de encontrarse o de perderse de sí. La mujer, que tan habitualmente ocupa un lugar de espejo para el otro, por esta razón corre el riesgo de perder su propia imagen. Tal vez sea por eso que se contempla tanto en el espejo, para buscarse.
Romper el silencio, tomar la palabra
Otros temas intrincados con el del espejo son el silencio y la palabra, que tan bien se expresaban en el mutismo y el habla de Anna, la paciente de Breuer. Dice Pizarnik "Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo(..). No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo canto florecer mi silencio gris." Y terminan así estos Fragmentos para dominar el silencio: "La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino."
Si la paciente de Breuer enmudecía, si las histéricas de Freud se ahogan, tienen tos o no pueden cantar ni caminar, si la poeta trasgrede el silencio, es porque todas estas mujeres denuncian que han estado forzadas a sobrevivir en civilizaciones patriarcales, misóginas, en las que muy tardíamente pudieron adueñarse de la palabra. Otra de esas mujeres fue Sor Juana Inés de la Cruz, acusada por el obispo de Puebla de actos de profanación, por dedicarse a actividades que no le correspondían: escribir versos. Su famosa respuesta a Sor Filotea puede considerarse el primer tratado feminista escrito por una mujer latinoamericana. Según Josefina Ludmer, el texto de Sor Juana es un producto de las tretas del débil, un relato de las prácticas de resistencia frente al poder.
La histérica de Freud, a su modo, también se opone a la colonización de su yo, pero utilizando su cuerpo como vehículo a través del cual simboliza los conflictos. Con su frigidez se resiste a ser usada como objeto sexual, con su parálisis dice que prefiere no transitar un camino que no sea el de su propia vida.
Escribir el propio cuerpo
La feminista francesa Hélene Cixous recomienda que las mujeres escriban sobre su cuerpo, ya que al hacerlo podrán liberar su inconsciente, silenciado durante tanto tiempo. Yo agregaría que si la mujer se apropiara de su cuerpo, por ejemplo, escribiendo sobre él, dejaría de padecer por las ancestrales conversiones histéricas y por las modernas anorexias y bulimias. Pero ¿escriben las poetas sobre sus propios cuerpos o sobre el de las otras mujeres? ¿Es este un tema recurrente en la poesía femenina? En un hermoso texto en prosa de Alejandra Pizarnik, La Condesa Sangrienta, este mítico personaje desnuda cuerpos de mujer y los mutila. Ella, Erzsébet Báthory "pinchaba a sus sirvientas con largas agujas; y cuando, vencida por sus terribles jaquecas, debía quedarse en cama, les mordía los hombros y masticaba los trozos de carne que había podido extraer. Mágicamente, los alaridos de la muchachas le calmaban los dolores". Para mantener intacta su belleza, la Condesa se bañaba en sangre eligiendo la de muchachas jóvenes y bellas. Su horrible sirvienta "vertía el rojo líquido sobre el cuerpo de la condesa que esperaba tan tranquila, tan blanca, tan silenciosa". Detrás de tanta siniestra mutilación hay una búsqueda y un intento de apoderarse del cuerpo perdido. Un pasaje al acto de un sentimiento que no pudo ser simbolizado en palabras. Pero Alejandra Pizarnik hace otra cosa: saca de su encierro a la Condesa y la escribe.
Más tiernamente, en su Carta lírica a otra mujer, Alfonsina
Storni también habla del cuerpo:
"...Y vuestras manos, finas, como
aqueste/Dolor, el mío, que se alarga, alarga/Y luego se me muere y se concluye/
Así, como lo veis, en algún verso./ Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca/Tenéis
un rumoroso colmenero/ si las orejas vuestras son a modo/ De pétalos de rosas
ahuecados.../".
Diana Bellessi también se apropia del cuerpo de mujer cuando
dice: "El Magnificat/cae/sobre tus nalgas/ Cabalga/cubriendo de jugo/la
grupa entera/Los pechos duros/y aceitados avasallan/ El Magnificat sale de tu
boca/Corre por canales/ de aire líquido/y leche/entre los labios / de la concha/
el matorral de pelo azafranado/ Magnífica yegua/que me lleva en su salto/Cae/disuelta
en mí/me deshace/ Magnificat/ entre tus brazos.
Hasta Melanie Klein, ningún psicoanalista había advertido que el cuerpo y la sexualidad femeninos tenían su propia especificidad, y que la mujer, desde muy pequeña, posee clara conciencia de su interior creativo. Según la mirada de Freud, la niña sufría por su complejo de castración, envidiando, hasta la llegada de un hijo, al pene. Fue una poeta, Tamara Kamenszain, quien me hizo advertir que Melanie Klein "escribió el pecho materno, lo dejó perderse en la imagen literaria para así recuperarlo como objeto teórico".
Psicoanalistas mujeres que escriben
Entre ellas,
Lou (Louise)Andreas Salomé (1861-1937) que, siendo ya madura, se interesó
por acceder al mundo de la recién nacida ciencia psicoanalítica. No siempre
es reconocida como teniendo una voz propia. Tal vez por eso, es difícil que
en nuestros tiempos se la deje hablar. Quiero decir, no se leen sus textos,
no se la cita. Es frecuente que se la mencione como una mujer muy bella,
que tuvo relaciones amorosas con varones brillantes. Nietzsche (1844-1900),
Paul Ree (1849-1901) y Rilke (1875-1926) y, desde un lugar diferente, con Sigmund
Freud. Cuando él la conoció - ella era apenas cinco años menor que Freud (1856-1839)-
él no sólo quedó deslumbrado sino que la amó con ternura.[10]
Es que Lou y Sigmund se parecían.
Y en esto hago mías las palabras de Roudinesco:
ambos tenían "el mismo orgullo, la misma belleza, la misma desmesura,
la misma energía, el mismo coraje, la misma manera de amar y poseer febrilmente
los objetos de elección". Aunque se diferenciaban en que él había optado
por la abstinencia sexual y ella por satisfacer sus deseos, los unía una similar
misma pasión por el conocer.
Lou Andreas Salomé siempre
eligió varones como sus pares. No se ponía "por debajo de". Llevaba
a la práctica, aunque sin confesarlo, la ideología feminista.
Quedarán para otra oportunidad psicoanalistas de la talla de
Julia Kristeva[11]
y Maud Mannoni[12].
Los analistas varones escriben sobre la mujer,
pero sobre ellos no me explayaré en esta ocasión. Ya sabemos que las histéricas
fueron para Freud el pan de cada día mientras que las que Lacan consideraba
paranoicas fueron su puerta de entrada al mundo del psicoanálisis.
Los escritores varones le escriben a la mujer
Como estoy de buen humor, he preferido no elegir
a los misóginos. Más aún, ni siquiera deseo darles el espacio de nombrarlos.
Menciono solamente a dos varones que fueron parejas de Lou. Nietszche, que le
puso música a un poema de ella bautizado "Himno a la vida" y Rainer
María Rilke, quien le dedicó su Libro de las horas.
"Depositado en las manos de Lou - dice Rilke - sabiendo que el libro
queda en buenas manos." Él, vulnerable y masculino, fue su primer amante
en tanto el único matrimonio de ella, en 1887 con Friederich Andrea, no se había
consumado.
Escritoras que escriben sobre mujeres que escriben
Algunas
de esas escritoras pertenecen al mundo de las letras argentinas, Tamara Kamenszain
con sus Historias de amor [13],
Alicia Genovese con La doble voz[14]
y María Gabriela Mizraje con su
Argentinas de Rosas a Perón. [15]
Pero como ella nos da el privilegio de estar
aquí, ha llegado el tiempo de cederle la palabra.
Bibliografia
*Agosín, Marjorie: Las hacedoras: Mujer imagen y escritura. Editorial Cuarto Propio. Chile. 1993.
*Bellessi, Diana
·
Contéstame, baila mi danza. Seis poetas
norteamericanas. Ediciones Ultimo Reino. Bs. As. 1984.
·
Abdicación
de la reina y del maestro.
Primer Encuentro de Literatura y Crítica. Universidad Nacional del Litoral.1986.
Cuadernos de Extensión Universitaria
·
Eroica.
Ediciones Último Reino. Buenos Aires. 1988.
*Dío
Bleichmar, Emilce: El feminismo
espontáneo de la histérica. Editorial Adotraf.
*Kamenszain, Tamara: El texto silencioso. Universidad Nacional Autónoma de México. 1983.
*Ludmer, Josefina: Las tretas del débil. En La sartén por el mango.
*Monzón, Isabel:
· Psicoanálisis y mujer. Buscando la palabra perdida. Revista Feminaria. Abril de 1990.
· Anna O. Buscando la palabra perdida. Revista N° 1 del Ateneo Psicoanalítico. Buenos Aires. 1998.
· Báthory. Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta. Editorial Feminaria. Buenos Aires. 1995.
*Pizarnik, Alejandra:
·
La condesa Sangrienta. Editorial. Aquarius. Buenos Aires. 1971.
·
Textos de sombra y últimos poemas. Editorial. Sudamericana. Buenos Aires. 1985.
·
Extracción de la piedra de locura y otros poemas.
Centro Editor de América Latina. Buenos Aires.1988.
[1] Editorial Schapire, Buenos Aires, 1979. Originalmente, fue publicado como Escrito en la pared.
[2] Ediciones Angria, Venezuela, 1992. Esta obra es prueba de la famosa erudición de H.D. en el tema del helenismo.
[3] Editorial Ambos Mundos. México. 1996.
[4]Traducido por Diana Bellessi y Mirta Rosenberg, este poema fue publicado en "Diario de poesía". N° 11 de 1988. Pertenece a un texto mayor: Habla una Sacerdotisa Muerta.
[5] Intenté en esta lectura jugar con la pronunciación del nombre Jo y del pronombre en español "yo" para que se tornara incierto de quien hablaba.
[6]Barbara Deming, en Bellessi, Diana: Contéstame, baila mi danza. Seis poetas norteamericanas. Ediciones Ultimo Reino. Bs. As. 1984.
[7] Los pequeños cantos. Textos de sombra y otros poemas.
[8] op.cit.
[9] En esta noche, en este mundo.
[10] Élisabeth Roudinesco: Diccionario de psicoanálisis.
[11] Su biografía sobre Hannah Arendt no tiene desperdicio mientras que Lo femenino y lo sagrado, una correspondencia con su amiga Catherine Clément, es también de una lectura insoslayable.
[12] Virginia Woolf y la Femineidad. Ellas no saben lo que dicen. En ese libro sobre dos textos de la talentosa escritora inglesa: Un cuarto propio y Tres guineas, Mannoni dice que Woolf con su escritura interpela a Freud.
[13] Historias de amor (Y otros ensayos sobre poesía.) Editorial Paidós. Buenos Aires. 2000.
[14] La doble voz. Poetas argentinas contemporáneas. Editorial Biblos. Buenos Aires. 1998.
[15] Argentinas de Rosas a Perón. Editorial Biblos. Buenos Aires. 1999.