T.S. Elliot
(Poeta norteamericano 1888 -1956)



La Figlia Che Piange



O quam te memorem virgo...
{Oh como te recordaré, doncella...Eneida, I, 327}

Yérguete en el más alto rellano de la escalera-
apóyate en un ánfora de jardín-
teje, teje la luz del sol en tu pelo-
aprieta tus flores contra ti con sorpresa dolorida-
tíralas al suelo y vuélvete
con una fugaz ofensa en los ojos:
pero teje, teje la luz del sol de tu pelo.

Así le habría hecho yo marcharse a él,
así le habría hecho a ella quedarse y afligirse,
así la habría dejado él
como el alma deja el cuerpo, desgarrado y arañado,
como la mente abandona el cuerpo que ha usado.
Yo encontraría
algún modo incomparablemente leve y hábil,
algún modo que ambos entendiéramos,
sencillo y sin fe como una sonrisa y un apretón de
manos.

Ella se apartó, pero con el tiempo otoñal
obligó a mi imaginación muchos días,
muchos días y muchas horas:
el pelo por los brazos y los brazos llenos de flores.
¡Y me pregunto cómo habrían estado ellos juntos!
Me habría perdido un gesto y una actitud.
A veces estas vacilaciones aún asombran
la turbada medianoche y el reposo de mediodía.

Una dedicatoria a mi mujer

A quien debo yo el deleite que salta
y aviva mis sentidos cuando despertamos
y el ritmo que gobierna el reposo de nuestro dormir,
el respirar al unísono

de amantes cuyos cuerpos huelen el uno al otro
que piensan los mismos pensamientos sin necesidad de
lenguaje
y balbucean el mismo lenguaje sin necesidad de significado.

Ningún maligno viento invernal congelará
ningún torvo sol tropical marchitará
las rosas de la rosaleda que es nuestra y sólo nuestra

pero esta dedicatoria es para que la lean los demás:
éstas son palabras privadas que te dirijo en público.


Histeria

Mientras ella reía, me di cuenta de que me iba enredando en su risa y haciéndome parte de ella, hasta que sus dientes fueron sólo estrellas casuales con talento para la instrucción por pelotones. Era absorbido en cortos jadeos, inhalados a cada recuperación momentánea, perdido al fin en las oscuras cavernas de su garganta, restregado por la ondulación de músculos no vistos. Un camarero de cierta edad, con manos temblorosas, extendió apresuradamente un mantel a cuadros rosas y blancos sobre la oxidada mesa verde de hierro, diciendo: "Si la señora y el caballero quisieran tomar el té en el jardín, si la señora y el caballero quisieran tomar el té en el jardín..." Decidí que si fuera posible pararle el temblor de sus pechos, cabría recoger algunos trozos de la tarde, y concentré mi atención con cuidadosa sutileza en ese objetivo.