Depresión-mujer,
una funesta pareja.
La
funesta pareja depresión-mujer merece ser observada, ya que con demasiada
frecuencia se presentan en nuestros consultorios mujeres que se quejan de síntomas
que caracterizamos como depresivos: llanto, tristeza, autorreproches, diversas
inhibiciones y variadas manifestaciones somáticas.
Lo observable en la clínica tiene una corroboración estadística:
la depresión en todas sus formas -hasta el grado más severo de
melancolía- aqueja fundamentalmente a las mujeres.
La génesis de la depresión y su fenomenología son descritas
magistralmente por Hugo Bleichmar. Los cuadros depresivos, dice, toman tres
formas: depresión narcisista, depresión culposa y pérdida
simple. Las dos primeras pueden manifestarse en diferentes estructuras de personalidad,
es decir, tanto en psicóticas como en neuróticas. Además,
estas dos primeras variantes también dependen de una misma condición:
la estructura del Superyo, diferenciándose en el tipo de ideal en juego.
En el primer caso, el ideal gira en torno a la perfección narcisista.
En el segundo, se trata del bienestar del objeto y de la no agresividad del
Yo.
Por eso, dice Bleichmar, "cuando el Super-yo se caracteriza por la tendencia
a construir ideales elevados o por el sadismo de la conciencia crítica,
ese Superyo severo podrá tener a ambos o a uno de los tipos de ideal
señalados como base para la exigencia respecto del Yo". Esas reflexiones
llevan a Bleichmar a hablar de una patología del Superyo.
En este punto conviene volver a pensar en la funesta pareja depresión
-mujer y en su conexión con las vicisitudes que va sufriendo la estructuración
del Superyo femenino. Recordemos que Freud, en varios de sus trabajos, señala
que tal estructuración se produce de manera defectuosa.
En la niña, por estar castrada, dice Freud, "falta el motivo para
la Demolición del complejo de Edipo". Como consecuencia de esto,
el Superyo, considerado por Freud como el heredero del complejo de Edipo, tendrá
diferencias estructurales con relación al Superyo del varón. "...El
nivel de lo éticamente normal es otro en el caso de la mujer. El Superyo
nunca deviene tan implacable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes
afectivos como lo exigimos en el caso del varón". En este trabajo,
también dice Freud que la mujer tiene un sentido de justicia menos acendrado
que el varón y menor inclinación a someterse a "las grandes
necesidades de la vida". Asimismo, con mayor frecuencia, se deja guiar
en sus decisiones por sentimientos tiernos u hostiles.
No puedo menos que acordar con la idea de Freud: la mujer padece de un defecto
en la estructuración de su Superyo. Pero mi acuerdo con Freud no continúa
cuando él dice que el Superyo femenino es lábil. Pienso, guiándome
por la clínica, que se trata de un Superyo tan extremadamente severo,
que provoca una de las condiciones que llevan a la depresión. Depresión
y Superyo, otra funesta pareja que conocemos desde que Freud hablara de ella
en "Duelo y melancolía”.
El sistema de valores e ideales que constituyen el "Ideal del yo"
tiene en la mujer una característica que le es propia, ya que no se espera
de ella lo mismo que del varón.
Maternidad, belleza, seducción, son los valores máximos asociados
al ser mujer.
"La mujer debe ser cariñosa, coqueta y ardiente", dice explícitamente
el bolero, dejando implícito que también debe ser dependiente,
obediente y siempre hermosa. Y como corolario: "La mujer que al amor no
se asoma no merece llamarse mujer" que en un tono tramposamente romántico
le indica que su ser depende del ser para otro, que si no es para otro, no es.
La madre, en su papel fundamental de portavoz del medio social y familiar, se
encarga de transmitirle a su hija lo que de ella se espera. Por eso, dice Diana
Bellessi, hablando de la mujer, que "lo que el espejo le devuelve es el
discurso de la madre que, cuando niña, le decía: Que seas linda,
suave, coqueta, femenina, para gustar, para seducir. ¿A quién?.
A él." y, de esta forma, "el filo de una hoja invisible le
rebana la cabeza". La madre, por otra parte, no sólo es portavoz
del discurso oficial, sino también modelo de identificación. Madre
a la cual tanto le ha sido asignado y, también, tanto le ha sido prohibido.
Algunos de los ideales que se le transmiten a la mujer son inalcanzables, mientras
que otros son fáciles de perder, porque son transitorios. Los hijos crecen
y se van, produciéndose así el "síndrome del nido
vacío", como tan acertadamente lo denominara Rose Oliver. La belleza
encuentra inevitablemente un enemigo agazapado: el envejecimiento. Como si la
belleza tuviera sólo una forma femenina y juvenil.
En tanto, el casamiento se transforma para la mujer en una "meta dominante"
--como la llama Arieti-- que la hará posponer o abandonar muchas veces
la realización de otros ideales. La concreción del matrimonio
y la dependencia que tendrá respecto de su marido son hechos que se irán
engarzando, haciendo que la mujer casada caiga frecuentemente en la telaraña
de la depresión.
Por otra parte, la mujer --sobre todo aquella que ha logrado recuperar la cabeza
que le fuera rebanada- tiene presente otro sistema de ideales: el de os varones.
La inteligencia, el coraje, la actividad, son atributos
asignados para él, pero también anhelados por ella, ya que sabe,
desde pequeña, que el sistema de valores que ha internalizado pertenece
a un sexo que es segundo, devaluado. También es frecuente que la mujer
proyecte en el marido y en los hijos la concreción de aquellos ideales
"masculinos" que ella abandonó al casarse.
En cuanto a la conciencia crítica de la mujer, decía al comenzar
que su severidad era notablemente más acentuada que la del varón.
Es que aunque la agresión sea considerada, "ese pretendido mal",
a la mujer, más que al hombre, le está vedado no sólo el
agredir sino el fantasear con hacerlo.
Ella no sabe porque no le permitieron saberlo, que el odio --en sus orígenes
conectado con el miedo y con la autodefensa-- es tan humano como el amor, como
la vergüenza, como el temor, como la esperanza. Si la mujer agrede, es
mala, bruja, loca. La "transposición categorial" de la que
nos habla Bleichmar queda perfectamente ejemplificada. La feminidad, asociada
indisolublemente a la maternidad y ésta al amor sin límites y
sin contradicciones, no deja lugar al odio.
El Superyo de la mujer le prohíbe el odio en todas sus formas y grados.
Conciencia crítica notoriamente cruel y patológica que al condenar
un sentimiento normal provoca que éste se vuelva sobre la propia mujer.
Esto ha llevado a pensar en un masoquismo femenino. A nadie le gusta sufrir,
tampoco a la mujer. Sólo que a veces ella no sabe que tiene derecho a
defenderse. Entonces, se somete. Entonces, la sombra del objeto cae sobre su
Yo.
Fue el mismo Freud que escribió: "Su propia constitución
le prescribe a la mujer sofocar su agresión, y la sociedad se lo impone;
esto favorece que se plasmen en ella intensas mociones masoquistas, susceptibles
de ligar eróticamente las tendencias destructivas vueltas hacia adentro.
El masoquismo es, entonces, auténticamente femenino". Freud condena
a la mujer cuando le atribuye una constitución responsable del sofocamiento
de
su agresión. La agresión se vuelve en contra de la propia mujer
pero no por tendencias masoquistas, sino porque al estar necesitada de la aceptación
de los otros, se somete a sus mandatos, se hace cómplice de la colonización
de su propia mente.
La mujer siente que ésta es una manera de transformarse en lo tan anhelado:
ser el deseo del otro.