Para el Diario Página 12, sección Psicología, 26 de diciembre de 2002
Créale a su neurótica.
Clínica psicoanalítica con supervivientes de abuso sexual padecido en la infancia
Yo sé que durante mucho tiempo oíste en la oscuridad de tu cuarto, con esa insistencia que el silencio desata en los labios crueles de las furias que se dedican a martirizar a los niños, voces inhumanas, unidas a la tuya, que decían: es un pecado mortal, Dios mío, es un pecado mortal. ¿Cómo hiciste para sobrevivir? Sólo un milagro lo explica: el milagro de la misericordia. De “El pecado mortal”. Silvina Ocampo.
Violeta
soñaba con baños de leche/ Con hermosos vestidos de pan fresco/ Con hermosos
vestidos de sangre pura/ Un día ya no habrá padres en los jardines de la juventud/
Habrá desconocidos/ Todos los desconocidos/ Los hombres para quienes una siempre
resulta nueva/ Y la primera/ Los hombres por quienes una escapa de sí misma/
Los hombres para quienes no se es la hija de nadie/ Violeta ha soñado deshacer
/Ha deshecho/ El horrible nudo de serpientes de los lazos de sangre. (Paul
Eluard, El atreverse y la esperanza.[1]
Por resguardar su identidad, en general no se tiene la ocasión de poder citar textualmente el relato de una sobreviviente hecho en primera persona y confesando su nombre verdadero. En esta ocasión, sin embargo, me animo a hacerlo, en tanto la autora de estas palabras, Virginia Wolf autorizó que fueran publicadas luego que ella muriese:
Recuerdo el contacto de su mano
debajo de mis ropas, avanzando firme y decidida cada vez más abajo. Recuerdo
que yo esperaba que se detuviese de una vez,
que me iba poniendo más tensa, que me retorcía a medida que la mano iba
aproximándose a mis partes más íntimas. Pero no se detuvo.
Su mano exploró también mis partes más íntimas. Recuerdo que me sentí
ofendida, que no me gustó. ¿Cuál es la palabra para un sentimiento tan callado
y conflictivo?[2]
Con estas palabras la talentosa escritora inglesa describe el abuso sexual sufrido cuando tenía seis años. El abusador fue Gerald, su medio hermano, de diecisiete años, es decir once mayor que ella. Víctima de su antigua depresión, Virginia Wolf se suicidó en la primavera inglesa de 1941. Dos meses antes le escribía a otra amiga:
Todavía me estremezco de vergüenza al recordar a mi hermano... explorando mis partes más íntimas.[3]
El
sufrimiento no tiene palabras y sólo nuestros niños poseen la intuición de la
verdad. Palabras de una
madre cuya hija padeció abuso sexual.
Solamente la clínica nos habla y no de una forma impersonal sino teniendo frente a nosotros a ese singular ser humano que llega a la consulta. Llega porque sufre, porque demanda alivio. Como profesionales, es nuestra obligación brindárselo.. Si una teoría no explica aquello que nuestro paciente padece, tendremos que buscar o generar otras, porque una teoría se construye, como es de comprender, desde lo que vemos en nuestra clínica. No siempre los colegas aprueban esas “herejías”. Y como la tarea de consultorio es solitaria, está en nuestra responsabilidad seguir adelante con lo que vemos y escuchamos o continuar sometiéndonos a los consabidos dogmas de turno.
En un ateneo clínico, hace de esto más de veinte años, presenté en una institución el caso de una paciente de treinta y cinco años con mucho daño psíquico, que había sido víctima de abuso por parte de su abuelo desde los cinco hasta los quince años. El prestigioso psicoanalista que había sido invitado a discutir el “caso” dijo una frase incomprensible para todos los presentes: “Se trata de un cuadro que la vieja psiquiatría diagnosticaría como pseudología fantástica”[4]. Por ignorancia, vergüenza o complicidad nadie discutió el diagnóstico. Tampoco yo. Fue, en parte, por un comentario así que Freud dejó de creerle a su neurótica. Recordemos lo que Krafft-Ebing le dijo el 21 de abril de 1896 al creador del psicoanálisis, mientras éste presentaba en la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de Viena su teoría de la seducción. “Ese es un cuento de hadas científico”.
A pesar del paso del tiempo y de todas las confirmaciones que nos da la clínica, sigue circulando con mucha fuerza la idea de que las víctimas de abuso mienten y que los profesionales que detectamos el problema y nos animamos a hablar de él solamente relatamos cuentos de hadas. Pero aprender a detectar el abuso es imprescindible. Para ello, es necesario no encerrar nuestra capacidad de escuchar al otro ni a nosotros mismos, en tanto posiblemente de alguna manera pudimos haber sido también víctimas de abuso y/o violencia durante nuestra infancia. Es decir, es imprescindible trabajar con nuestra propia desmentida, con nuestra propia tendencia a no querer ver aquello que, por terrible y siniestro, preferimos decidir que no existe. Para los que trabajamos con la salud, huir hacia la desmentida es peligroso, en tanto denuncia que nuestro instrumento de trabajo, es decir nuestro propio psiquismo, tiene fallas.
Adultas
sobrevivientes al abuso sufrido en la infancia.
“El
diablo es el seductor de la memoria. Deshace todo lo bueno.” La fuente de la
doncella. I. Bergman
Los psicoanalistas que atendemos adultos también sabemos que, en general, no tenemos ocasión de conocer a los familiares de nuestros pacientes, excepto en situaciones muy especiales. Tampoco nos comunicarnos con abogados, con la excepción de que atendamos a mujeres violadas o golpeadas. No solemos en general tampoco ver niños en nuestros consultorios. Pero con lo que siempre un analista de adultos se encuentra, es con la criatura que nuestro paciente fue en el pasado. Ciertas situaciones vividas han sido tan dolorosas, conflictivas y traumáticas que producen un revivir ese pasado que se hace presente una y otra vez. Como toda experiencia traumática, se repite, en tanto el inconsciente desconoce el paso del tiempo. Los analistas también aprendimos que aquellas personas que fueron muy conflictualmente significativas ayer, permanecen en el psiquismo de nuestro paciente como si el ayer fuera hoy, manteniendo tan fuerte influencia que aún parece que le colonizaran el alma. Del mismo modo, cuando escuchamos a nuestra paciente adulta recordar el abuso – en la mayoría de los casos son mujeres las que llegan a los consultorios - nos encontramos con esa niña aterrada, impotente, que se considera culpable, de manera similar a lo que nos relatan los terapeutas que atienden niños abusados. Sólo que ahora, en lugar de tener frente a nosotros a una criatura en su hora de juego, nos encontramos frente a una mujer que viene desde lo exterior, sola pero que siempre trae en su interior, junto a la niña que ella fue, a todos los personajes internos que de alguna manera estuvieron en su vida durante el tiempo del abuso, fundamentalmente los padres y el abusador. Y tanto aquella niña que mi colega especializado en niños atiende, como esa mujer a la que ahora escucho, se sienten perdidas, confundidas, culpables; por eso, necesitan que se les recuerde una y otra vez cuánta fuerza vital tuvieron que movilizar para poder sobrevivir.
Esta adulta que nos consulta, se encuentra trabada
a veces en la posibilidad de librarse de su identificación con el agresor y
de juzgar al verdadero culpable del abuso, para poder luego, metafóricamente,
matarlo y enterrarlo.[5]
Cuando esta paciente recuerda y narra tan sórdida historia, el abuso
aparece como una experiencia particularmente dolorosa y humillante
de la que es sumamente difícil hablar y a la que los terapeutas debemos
abordar con la mayor prudencia y cuidado, para evitar que nuestro acercamiento
sea vivenciado como una nueva intrusión abusiva. A veces,
el relato se presenta de manera espontánea y hasta
inesperada. Otras, el terapeuta puede inferirlo y detectarlo a través
de sueños o de síntomas. En la experiencia clínica con adultas se confirma lo
que expresan todos los autores que trabajan este tema: habitualmente el abuso
se comete dentro del ámbito familiar: padres, tíos, abuelos, hermanos mayores,
un amigo de la familia. Tal vez sea porque aparece mayormente en el ámbito
de la “sagrada familia” que el abuso, aunque es un delito, por temor o por desmentida en general no se denuncia.
“El mal florece cuando los hombres buenos no actúan.” El Talmud.
Cuando la criatura abusada se hace adulta, con su desmentida logra convencerse, muchas veces, que el abuso no ocurrió. Pero no debe confundirse este proceso con una simple represión, porque con ésta el resultado es que un pensamiento, una imagen, un recuerdo permanecen inconscientes. En la represión la lucha es contra algo que proviene de uno mismo. En cambio, en el caso de la desmentida, la percepción que es dada por inexistente proviene de la realidad externa. Algo que existe no existe, algo que se ve no se ve, algo que sucede no sucede, algo que pasó no pasó. Cuando la desmentida se pone de tal manera en funcionamiento, el propio yo queda dañado, en tanto es atacada su capacidad de reconocer una percepción, de aceptar algo como existente, de discriminar como propia una sensación corporal. La amnesia de acontecimientos traumáticos, fenómeno vinculado con la desmentida, se presenta a posteriori de un traumatismo psíquico y es común entre los sobrevivientes de guerra, campos de concentración, violación sexual, atentados terroríficos, abuso sexual, etc. Las personas que han estado expuestas a situaciones traumáticas pueden tener síntomas de disociación (sonambulismo, alteraciones de la memoria) y signos de stress postraumático (imágenes retrospectivas, alteraciones del sueño, pesadillas). También puede suceder que estas personas se replieguen y aíslen y/o que se depriman. A veces tienden a restarle importancia a las realidades dolorosas del presente o están como insensibles o con sentimientos de vacío. Pero, como bien puntualiza el terapeuta David Calof, a diferencia de las personas sobrevivientes de desastres públicamente reconocidos, las personas que han sido abusadas sexualmente durante su infancia, no saben por qué se sienten así. Frecuentemente sus recuerdos del trauma o están fragmentados en desconcertantes mosaicos o no existen en lo absoluto. Estas personas son “veteranas de guerra muy particulares”, guerras que han tenido lugar, por ejemplo en la cama de su propia habitación o en la casa del vecino, con una secuela de heridas que tal vez nunca hayan sido ni vistas ni curadas por nadie. Además, rara vez existen testigos. En el escenario del abuso sólo se encuentran la pequeña víctima y el victimario.
“La calidad siniestra y el efecto traumático devastador de la violencia familiar y política - reflexiona Carlos Sluzki - son generados por la transformación del victimario de protector en violento, en un contexto que mistifica o deniega las claves interpersonales mediante las cuales la víctima podría reconocer o significar los comportamientos violentos”. En el caso del abuso sexual, la criatura también es privada de su capacidad de disentir o consentir. E incluso, frecuentemente, el acto de violencia es descalificado como tal por el victimario, que le dice al niño: Esto lo hago por tu propio bien, no te puede doler tanto, te va a gustar, vos me provocaste. Es así que a las defensas psíquicas utilizadas por la criatura se agregan mensajes por parte del ofensor que caracterizan a la comunicación de doble vínculo. Si la familia o cualquier otra persona ante la cual el menor denuncia el abuso no le cree o no advierte, por otras señales, que tal abuso está sucediendo, se agrega, con su desmentida, un nuevo acto de violencia sobre el psiquismo de la criatura. Para que una conducta pierda su efecto traumático debe ser calificada de tal.
Por otra parte, aunque el abuso haya sido aislado, se instala en el aparato psíquico con la fuerza de los que han sido reiterados, porque la víctima generalmente ha sufrido otros episodios de violencia: maltrato físico y psíquico y otras experiencias sexuales traumáticas muy comunes, sobre todo en la vida de las niñas: miradas obscenas, encuentros con exhibicionistas y frotters, etc.
Freud fue pionero en conceptualizar, cuando el psicoanálisis nacía, la muy clásica y a la vez actual teoría traumática. Un trauma es un “acontecimiento de la vida del sujeto caracterizado por su intensidad, la incapacidad del sujeto de responder adecuadamente y el trastorno y los efectos patógenos duraderos que provoca en la organización psíquica”, sintetizan Laplanche y Pontalis.
*Por una situación circunstancial, una amiga de Dora me informa que ella había sufrido de niña un abuso sexual por parte de su padrastro. Una tía muy querida de Dora se lo había confiado. Me siento responsable de comunicarle a mi paciente esta información, ignorando si es o no verídica. Dora, que en el momento de la consulta tiene cuarenta años, reacciona enojándose por el disparate inventado por su amiga, entre otras cosas porque su padrastro, que sustituyó a su padre ausente, había sido un hombre buenísimo y muy respetuoso de su intimidad. Días más tarde, llega a la sesión muy angustiada, con miedo a estar volviéndose loca. Es que al estar cerca de la ventana de su habitación ha visto que un gato caía como desde un piso superior. Está segura que no se trata de su propio gato, que ronronea por ahí. Va hasta la planta baja y le pregunta al portero si vio algo, recorriendo con él el lugar donde supuestamente el animal habría caído. No encuentra nada. De pronto, también tiene pesadillas que no recuerda, se enfurece contra su madre, está en general muy angustiada y no quiere salir de su casa más que para venir a sus sesiones. Le digo que creo oportuno que converse con esa tía tan querida, para constatar si la historia del abuso fue real. La historia era cierta y el impacto sobre Dora fue enorme. La tía confirma que existió el abuso cuando Dora tenía quince años. Se trataba del amante de la madre, no del padrastro. Los recuerdos vienen por retazos y entre Dora y yo construimos el rompecabezas. Ella había tenido que “olvidar” en tanto hubo un doble trauma: a veces ella debía acompañar a su madre a los encuentros con el amante. La madre le era infiel a su querido padre adoptivo con un hombre que, además, abusaba de ella. Un día pudo contárselo a su protectora tía, que tomó cartas en el asunto y el abuso cesó. También se habría puesto fin a la relación de la madre de Dora con el abusador. Pero ella enterró el recuerdo.
*Eva tenía cincuenta años cuando pudo comenzar a conectarse con el abuso que sufrió desde muy pequeña y hasta su adolescencia por parte de un tío. Siempre hablaba de esa experiencia - de la que sólo poseía imágenes aisladas - con total indiferencia. Como su médico le había indicado un análisis de H.I.V., estaba en sesión con el sobre, sin poder abrirlo para así enterarse del resultado. Su terror y angustia eran enormes. Le señalé que probablemente ella creía que en ese sobre estaban encerradas situaciones relacionadas con experiencias sexuales muy dolorosas, situaciones que mantenía tan en secreto que ni ella misma podía enterarse. Movilizados sus afectos, pudo entonces abrirse ante sí misma. Podía recordar y hablar del abuso de su infancia y de experiencias sexuales traumáticas de su adultez, que recién ahora podía reconocer como violaciones. Ella no había sufrido solamente abuso sexual durante su infancia sino que era la sobreviviente de muchas otras violencias, habiendo quedado desde muy pequeña totalmente desamparada. Por eso era muy difícil para ella cerrar estas heridas. Su personalidad quedó tan fuertemente quebrantada. que Eva decía: “Me destrozaron el alma”.
*Adriana, de treinta años, comenzó a ser abusada por su cuñado cuando tenía seis. Su padre, al que recuerda como cariñoso y protector, había muerto y su hermana mayor y el cuñado se mudaron a la casa en donde ella vivía con su madre y otros hermanos también pequeños. Cuando Adriana le contó a su madre lo que el cuñado hacía, ella contestó que necesitaban del dinero que él aportaba. El abuso, por supuesto, persistió. Adriana empezó a trabajar desde muy chica A los quince años ganaba lo suficiente como para que se pudiera prescindir del dinero aportado por el cuñado. Entonces le dijo a su madre: “Ahora decile que se vaya”.
La sobreviviente del abuso en general está más enojada con su madre que con el abusador. Cree que su madre es cómplice. Espera de ella todo el cuidado, deposita en ella su confianza. Necesita que su madre le crea, aunque en realidad muchas veces ésta la acusa de mentirosa o, como sucedió con Adriana, no es protegida. De alguna manera su enojo tiene sentido porque, como dice Graciela Bianchi, se necesitan cómplices para desmentir.
Lo más peligroso de todo es cuando a esos cómplices integrantes de la familia, se le suman psicólogos, psiquiatras, abogados y hasta jueces que encubren el delito cuando las víctimas son menores. En la Argentina de hoy, tenemos el caso de un “padre” muy conocido que está siendo investigado como presunto abusador de menores. Ya sabemos que el delito rinde económicamente, mientras que la decencia y la honestidad son humildes.
Todos, psicoanalistas, abogados, pediatras, educadores, jueces, la comunidad toda, tendríamos que animarnos a creerle a nuestra Neurótica. Tal vez así habría menos niños abusados, menos prostitución infantil y más sobrevivientes que se animarían a dejar el refugio - cárcel de su neurosis.
[1] Fragmento de su poema dedicado a Violette Noziéres, quien envenenó a su padre con veronal. Al descubrirse su crimen, ella lo explicó diciendo que su padre había querido violarla. Los surrealistas hicieron de Violette una heroína anticonvencional, y publicaron un famoso volumen de homenaje que contenía poemas de casi todos los surrealistas. (Violette Noziéres: Editions Nicolas Flamel, Bruselas, 1934.) Fue condenada a muerte, pero el presidente Lebrun, en 1934, conmutó esa pena por la de prisión. En 1945, Charles De Gaulle la puso en libertad. A poco de salir de la cárcel se casó, llevando posteriormente una vida burguesa absolutamente normal. Tuvo cuatro hijos.
[2]Esta
frase es parte de una carta escrita por Virginia Woolf a su amiga Ethel
Smyth el 12 de enero de 1941.
[3]En Ellas no saben lo que dicen. Virginia Woolf y la femineidad, Maud Mannoni afirma: Virginia Woolf encarna, como la rebelión de la histérica, el drama existencial de la mujer. La psicoanalista francesa nos ayuda a descubrir que la denuncia sarcástica de las costumbres victorianas, del modelo patriarcal y de la ideología fascista, con su glorificación exclusiva de la madre, se alimenta, en Virginia Woolf, de un diálogo y de un debate con el pensamiento de Freud y de Melanie Klein.
[4]El
diccionario médico alemán Pschyrenbel define a la pseudología
fantástica como la “invención
de experiencias que tan sólo son cuentos
de hadas” .
[5]En
Estados Unidos es común, desde hace ya muchos años,
que las mujeres sobrevivientes de abuso les hagan a sus ofensores
juicios por daños y perjuicios. Suelen formar parte de asociaciones que
las protegen y asesoran. En nuestro país, hasta el momento, esas alternativas
no existen. Conozco solamente un par de casos en los que la persona que
sobrevivió a un abuso se anima
a denunciar judicialmente a su abusador. La respuesta es siempre la misma:
“El delito prescribe.” Pero eso es falso. ¿Acaso puede prescribir el derecho
a defenderse cuando, la que antes fuera una criatura impotente, ahora es
una persona adulta y entonces tiene la posibilidad de denunciar que durante
su infancia le fueron avasallados sus derechos, derechos a los que se denomina
humanos.? Lo que sí
existe en la Argentina son asociaciones de padres abusadores, que se disfrazan
de víctimas forzadas a no poder ver a sus hijos. Qué paradoja.... En “Acerca
de la estética de los represores”, Eduardo Pavlovsky se pregunta en la nota
publicada el jueves pasado en la sección Psicología de Página 12: ¿Puede
un raptor de niños sentir ternura o pena por aquel a quien robó su identidad?
Parafraseando a este autor, podríamos
preguntarnos si un abusador de menores puede sentir ternura o pena
por aquella criatura a quien
le roba su niñez y le quiebra el alma,
confundiéndola en su incipiente
y particular sexualidad infantil e invadiéndola en todo su ser. La respuesta
es un definitivo no. Sándor Ferenczi nos lo confirma en su
ensayo: “Confusión de lenguas entre los
adultos y el niño. El lenguaje de la ternura y el de la pasión”,
cuando afirma:
Nunca se insistirá bastante
sobre la importancia del traumatismo y en particular del traumatismo sexual
como factor patógeno. Incluso los niños de familias honorables de tradición
puritana son víctimas de violencias y violaciones mucho más a menudo de
lo que se cree. Bien son los padres que buscan un sustituto a sus insatisfacciones
de forma patológica, o bien son personas de confianza de la familia (tíos,
abuelos), o bien los preceptores o el personal doméstico quienes abusan
de la ignorancia y la inocencia de los niños. Ferenczi va aún más
lejos cuando afirma, en otro ensayo, que la pedagogía cultiva la
negación de las emociones y
de las ideas: "La pedagogía obliga al niño a mentirse a sí mismo, a negar lo que sabe y lo que piensa. El principio
de la pedagogía actual es difícil de definir. Se parece mucho a la mentira. Pero mientras que los mentirosos y los
hipócritas ocultan las cosas a los demás o les muestran emociones e ideas
inexistentes, la pedagogía obliga al niño a mentirse a sí mismo, a negar
lo que sabe y lo que piensa". Continúa luego con una reflexión que
alude a lo que Winnicott, tiempo más tarde, llamará "verdadero self":
Los sentimientos y las ideas rechazadas de este modo, inmersas en el
inconsciente, no quedan sin embargo suprimidos; a lo largo del proceso educativo
se multiplican, crecen y se aglomeran en una especie de personalidad distinta
escondida en las profundidades del ser, cuyos objetivos, deseos y fantasías
están en general en contradicción
absoluta con los objetivos y las ideas conscientes.
El
pecado mortal
por Silvina Ocampo