Para el Diario Página 12, sección Psicología, 26 de diciembre de 2002

 

Créale a su neurótica.

Clínica psicoanalítica con supervivientes de abuso sexual padecido en la infancia

                                                                                                    

Yo sé que durante mucho tiempo oíste en la oscuridad de tu cuarto, con esa insistencia que el silencio desata en los labios crueles de las furias que se dedican a martirizar a los niños, voces inhumanas, unidas a la tuya, que decían: es un pecado mortal, Dios mío, es un pecado mortal. ¿Cómo hiciste para sobrevivir? Sólo un milagro lo explica: el milagro de la misericordia.  De “El pecado mortal”. Silvina Ocampo. 

Violeta soñaba con baños de leche/ Con hermosos vestidos de pan fresco/ Con hermosos vestidos de sangre pura/ Un día ya no habrá padres en los jardines de la juventud/ Habrá desconocidos/ Todos los desconocidos/ Los hombres para quienes una siempre resulta nueva/ Y la primera/ Los hombres por quienes una escapa de sí misma/ Los hombres para quienes no se es la hija de nadie/ Violeta ha soñado deshacer /Ha deshecho/ El horrible nudo de serpientes de los lazos de sangre. (Paul Eluard, El atreverse y la esperanza.[1]  

Un relato en primera persona

    Por resguardar su identidad, en general no se tiene la ocasión de poder citar textualmente el relato de una sobreviviente hecho en primera persona y confesando su nombre verdadero. En esta ocasión,  sin embargo, me animo a hacerlo, en tanto la autora de estas palabras, Virginia Wolf  autorizó que fueran publicadas luego que ella muriese:

  Recuerdo el contacto de su mano debajo de mis ropas, avanzando firme y decidida cada vez más abajo. Recuerdo que yo esperaba que se detuviese de una vez,  que me iba poniendo más tensa, que me retorcía a medida que la mano iba aproximándose a mis partes más íntimas. Pero no se detuvo.  Su mano exploró también mis partes más íntimas. Recuerdo que me sentí ofendida, que no me gustó. ¿Cuál es la palabra para un sentimiento tan callado y conflictivo?[2]

     Con estas palabras la talentosa escritora inglesa describe el abuso sexual sufrido cuando tenía seis años. El abusador fue Gerald, su medio hermano, de diecisiete años, es decir once mayor que ella. Víctima de su antigua depresión,  Virginia Wolf  se suicidó en la primavera inglesa de 1941. Dos meses antes le escribía a otra amiga:

Todavía me estremezco de vergüenza al recordar a mi hermano... explorando mis partes más íntimas.[3]

 

La experiencia clínica

El sufrimiento no tiene palabras y sólo nuestros niños poseen la intuición de la verdad. Palabras de una madre cuya hija padeció abuso sexual.

   Solamente la clínica nos habla y no de una forma impersonal sino teniendo frente a nosotros a ese singular ser humano que llega a la consulta. Llega porque sufre, porque demanda alivio. Como profesionales, es nuestra obligación brindárselo.. Si una teoría no explica aquello que nuestro paciente padece, tendremos que buscar o generar otras, porque una teoría se construye, como es de comprender, desde lo que vemos en nuestra clínica. No siempre los colegas aprueban esas “herejías”. Y como la tarea de consultorio es solitaria, está en nuestra responsabilidad  seguir adelante con lo que vemos y escuchamos o continuar sometiéndonos a los consabidos dogmas de turno.

  En un ateneo clínico, hace de esto más de veinte años, presenté  en una institución el caso de una paciente de treinta y cinco años con mucho daño psíquico, que había sido víctima de abuso por parte de su abuelo desde los cinco hasta los quince años.  El prestigioso psicoanalista que había sido invitado a discutir el “caso” dijo una frase incomprensible para todos los  presentes: “Se trata de un cuadro que la vieja psiquiatría diagnosticaría como pseudología fantástica[4]. Por ignorancia, vergüenza o complicidad nadie discutió el diagnóstico. Tampoco yo. Fue, en parte, por un comentario así  que  Freud  dejó de  creerle  a su neurótica. Recordemos  lo que Krafft-Ebing le dijo el  21 de abril de 1896 al creador del psicoanálisis,  mientras éste presentaba en la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de Viena su teoría de la seducción. “Ese es un cuento de hadas científico”.

   A pesar del paso del tiempo y de todas las confirmaciones que nos da la  clínica, sigue circulando con mucha fuerza  la idea de que las víctimas de  abuso mienten y que los profesionales que detectamos el problema y nos animamos a hablar de él solamente relatamos cuentos de hadas. Pero aprender a detectar el abuso es imprescindible. Para ello, es necesario no encerrar nuestra capacidad de escuchar al  otro ni a nosotros mismos, en tanto posiblemente de alguna manera pudimos haber sido también víctimas de abuso y/o violencia durante nuestra infancia. Es decir, es imprescindible trabajar con nuestra propia desmentida, con nuestra propia tendencia a no querer ver  aquello  que, por  terrible y siniestro,  preferimos decidir que no existe.  Para los que trabajamos con la salud, huir hacia  la desmentida es peligroso, en tanto denuncia  que nuestro instrumento de trabajo, es decir nuestro propio psiquismo,  tiene fallas.

Adultas  sobrevivientes al abuso sufrido en la infancia.

      “El diablo es el seductor de la memoria. Deshace todo lo bueno.” La fuente de la doncella.  I. Bergman

  Quienes trabajamos con adultos sabemos que muy excepcionalmente la paciente que fue abusada durante su infancia o adolescencia solicite tratamiento  por esta razón. Lo que motiva su consulta son problemas laborales, de pareja, sexuales, familiares. Cuando surge el tema es porque las circunstancias actuales de la vida movilizan el recuerdo, hasta ese momento totalmente inconsciente o, si la experiencia nunca fue "olvidada", es la situación terapéutica la que hace que la sobreviviente supere su silencio, causado por vergüenza y culpa, y se anime a hablar ante quien ahora considera un interlocutor válido. En el mejor de los casos, la valiente mujer que se anima a nombrar algo que  la sigue haciendo sufrir tanto, encontrará a ese interlocutor. En el peor de los casos, se la revictimizará, considerándola  responsable del abuso o  culpabilizándola  por no haberlo detenido. La pequeña niña  tendría que haberse defendido de ese enorme adulto por el cual fue aplastada. Asimismo, el terapeuta que no le cree a su paciente cuando relata el abuso, la hará una víctima más del ancestral diagnóstico de “pseudología fantástica”. O una versión más actual pero no menos tendenciosa: la de los falsos recuerdos. 

    Los psicoanalistas que atendemos adultos también sabemos que, en general, no tenemos ocasión de conocer a los familiares de nuestros pacientes, excepto en situaciones muy especiales. Tampoco nos comunicarnos con abogados, con la excepción de que atendamos a mujeres violadas o golpeadas. No solemos en general tampoco ver niños en nuestros consultorios. Pero con lo que siempre un analista de adultos se encuentra,  es con la criatura que nuestro paciente fue en el pasado. Ciertas situaciones vividas han sido  tan dolorosas, conflictivas y traumáticas que producen un revivir ese pasado que se hace presente una y otra vez. Como toda experiencia traumática, se repite, en tanto el inconsciente desconoce el paso del tiempo. Los analistas también aprendimos que aquellas personas que fueron muy conflictualmente significativas ayer,  permanecen en el psiquismo de nuestro paciente como si el ayer fuera hoy, manteniendo tan fuerte influencia que aún parece que le colonizaran el alma. Del mismo modo, cuando escuchamos a nuestra paciente adulta  recordar el abuso – en la mayoría de los casos son mujeres las que llegan a los consultorios - nos encontramos con esa niña aterrada, impotente, que se considera culpable,  de manera similar a lo que nos relatan los terapeutas que atienden niños abusados. Sólo que ahora, en lugar de tener frente a nosotros a una criatura en su hora de juego, nos encontramos frente a una mujer que viene desde lo exterior, sola pero que siempre trae  en su interior,  junto a la niña que ella fue,  a todos los personajes internos que de alguna manera estuvieron en su vida durante el tiempo del abuso, fundamentalmente los padres y el abusador. Y tanto aquella niña que mi colega especializado en niños atiende, como esa mujer a la que ahora escucho, se sienten perdidas, confundidas, culpables; por eso, necesitan que se les recuerde una y otra vez cuánta fuerza vital tuvieron que movilizar para poder sobrevivir.

    Esta adulta que nos consulta, se encuentra trabada a veces en la posibilidad de librarse de su identificación con el agresor y de juzgar al verdadero culpable del abuso, para poder luego, metafóricamente, matarlo y enterrarlo.[5]  Cuando esta paciente recuerda y narra tan sórdida historia, el abuso aparece como una experiencia particularmente dolorosa y humillante  de la que es sumamente difícil hablar y a la que los terapeutas debemos abordar con la mayor prudencia y cuidado, para evitar que nuestro acercamiento sea vivenciado como una nueva intrusión abusiva. A veces,  el relato se presenta de manera espontánea y hasta  inesperada. Otras, el terapeuta puede inferirlo y detectarlo a través de sueños o de síntomas. En la experiencia clínica con adultas se confirma lo que expresan todos los autores que trabajan este tema: habitualmente el abuso se comete dentro del ámbito familiar: padres, tíos, abuelos, hermanos mayores,  un amigo de la familia. Tal vez sea porque aparece mayormente en el ámbito de la “sagrada familia” que el abuso, aunque es un delito,  por temor o por desmentida en general no se denuncia.

Avatares de la memoria y violencia de la desmentida

 “El mal florece cuando los hombres buenos no actúan.” El Talmud.  

 Cuando la criatura abusada se hace adulta, con su desmentida logra convencerse,  muchas veces,  que el abuso no ocurrió.  Pero no debe confundirse este proceso con una simple represión, porque con ésta el resultado  es que un pensamiento, una imagen, un recuerdo permanecen inconscientes. En la represión la lucha es contra algo que proviene de uno mismo. En cambio, en el caso de la desmentida, la percepción que es dada por inexistente proviene de la realidad externa.  Algo que existe no existe, algo que se ve no se ve, algo que sucede no sucede, algo que pasó no pasó. Cuando la desmentida se pone de tal manera en funcionamiento, el propio yo queda dañado, en tanto es atacada su capacidad  de reconocer una percepción, de aceptar algo como existente, de discriminar como propia una sensación corporal. La amnesia de acontecimientos traumáticos, fenómeno vinculado con la desmentida, se presenta a posteriori de un traumatismo psíquico y es común entre los sobrevivientes de guerra,  campos de concentración,  violación sexual, atentados terroríficos, abuso sexual, etc. Las personas que han estado expuestas a situaciones traumáticas pueden tener síntomas de disociación (sonambulismo, alteraciones de la memoria) y  signos de stress postraumático (imágenes retrospectivas, alteraciones del sueño, pesadillas). También puede suceder que estas personas se replieguen y aíslen y/o que se depriman.  A veces tienden a restarle importancia a las realidades dolorosas del presente o están como insensibles o con sentimientos de vacío. Pero, como bien puntualiza el terapeuta David Calof, a diferencia de las personas sobrevivientes de desastres públicamente reconocidos, las personas que han sido abusadas sexualmente durante su infancia, no saben por qué se sienten así. Frecuentemente sus recuerdos del trauma o están fragmentados en desconcertantes mosaicos o no existen en lo absoluto. Estas personas son “veteranas de guerra muy particulares”, guerras que han tenido lugar, por ejemplo en la cama de su propia habitación o en la casa del vecino, con una secuela de heridas que tal vez nunca hayan sido ni vistas ni curadas por nadie. Además,  rara vez existen testigos. En el escenario del abuso sólo se encuentran la pequeña víctima y el victimario.

   “La calidad siniestra y el efecto traumático devastador de la violencia familiar y política - reflexiona Carlos Sluzki - son generados por la transformación del victimario de protector en violento, en un contexto que mistifica o deniega las claves interpersonales mediante las cuales la víctima podría reconocer o significar los comportamientos violentos”.  En el caso del abuso sexual,  la criatura también  es privada de su capacidad de disentir o consentir. E incluso, frecuentemente, el acto de violencia es descalificado como tal por el victimario, que le dice al niño: Esto lo hago por tu propio bien, no te puede doler tanto, te va a gustar, vos me provocaste. Es así que a las defensas psíquicas utilizadas por la criatura  se agregan mensajes por parte del ofensor que caracterizan a la comunicación de doble vínculo.  Si la familia o cualquier otra persona ante la cual el menor denuncia el abuso no le cree o no advierte, por otras señales, que tal abuso está sucediendo, se agrega, con su desmentida, un nuevo acto de violencia sobre el psiquismo de la criatura. Para que una conducta pierda su efecto traumático debe ser calificada de tal.

  Por otra parte, aunque el abuso haya sido aislado, se instala en el aparato psíquico con la fuerza de  los que han sido reiterados, porque la víctima generalmente ha sufrido otros episodios de violencia: maltrato físico y psíquico y otras experiencias sexuales traumáticas muy comunes, sobre todo en la vida de las niñas: miradas obscenas, encuentros con exhibicionistas y frotters, etc.

    Freud fue pionero en conceptualizar, cuando el psicoanálisis nacía,  la muy clásica y a la vez actual teoría traumática. Un trauma  es un “acontecimiento de la vida del sujeto caracterizado por su intensidad, la incapacidad del sujeto de responder adecuadamente y el trastorno y los efectos patógenos duraderos que provoca en la organización psíquica”, sintetizan Laplanche y Pontalis.

Algunas viñetas clínicas

*Por una situación circunstancial, una amiga de Dora me informa que ella había sufrido de niña un abuso sexual  por parte de su padrastro. Una tía muy querida de Dora se lo había confiado. Me siento responsable de comunicarle a mi paciente esta información, ignorando si es o no verídica.  Dora, que en el momento de la consulta tiene cuarenta años, reacciona enojándose por el disparate inventado por su amiga, entre otras cosas porque su padrastro, que sustituyó a su padre ausente,  había sido un hombre buenísimo y muy respetuoso de su intimidad.  Días más tarde, llega a la sesión muy angustiada, con miedo a estar volviéndose loca.  Es que al estar cerca de la ventana de su habitación ha visto que un gato caía como desde un piso superior. Está segura que no se trata de su propio gato, que ronronea por ahí. Va hasta la planta baja y le pregunta al portero si vio algo, recorriendo con él el lugar donde supuestamente el animal habría caído. No encuentra nada.  De pronto, también tiene pesadillas que no recuerda, se enfurece contra su madre, está en general muy angustiada y no quiere salir de su casa más que para venir a sus sesiones. Le digo que creo oportuno que converse con esa tía tan querida, para constatar si la historia del abuso fue real. La historia era cierta y el impacto sobre Dora fue enorme. La tía confirma que existió el abuso cuando Dora tenía quince años. Se trataba del amante de la madre, no del padrastro.  Los recuerdos vienen por retazos y entre Dora y yo construimos el rompecabezas. Ella había tenido que “olvidar” en tanto hubo un doble trauma: a veces ella debía acompañar a su madre a los encuentros con el amante. La madre le era infiel a su querido padre adoptivo con un hombre que, además, abusaba de ella. Un día pudo contárselo a su protectora tía, que tomó cartas en el asunto y el abuso cesó. También se habría puesto fin a la relación de la madre de Dora con el abusador. Pero ella enterró el recuerdo.

*Eva tenía cincuenta años cuando pudo comenzar a conectarse con el abuso que sufrió desde muy pequeña y hasta su adolescencia por parte de un tío. Siempre hablaba de esa experiencia - de la que sólo poseía imágenes aisladas - con total indiferencia. Como su médico le había indicado un análisis de H.I.V., estaba en sesión con el sobre, sin poder abrirlo para así enterarse del resultado. Su terror y angustia eran enormes. Le señalé que probablemente ella creía que en ese sobre estaban encerradas situaciones relacionadas con experiencias sexuales muy dolorosas, situaciones que mantenía tan en secreto que ni ella misma podía enterarse. Movilizados sus afectos, pudo entonces abrirse ante sí misma. Podía recordar y hablar del abuso de su infancia  y de experiencias sexuales traumáticas de su adultez, que recién ahora podía reconocer como violaciones.  Ella no había sufrido solamente abuso sexual durante su infancia sino que era la sobreviviente de muchas otras violencias,  habiendo  quedado desde muy pequeña totalmente desamparada. Por eso era muy difícil para ella cerrar estas heridas.  Su personalidad quedó tan fuertemente quebrantada. que  Eva decía: “Me destrozaron el alma”.

*Adriana, de treinta años,  comenzó a ser abusada por su cuñado cuando tenía seis. Su padre, al que recuerda como cariñoso y protector,  había muerto y su hermana mayor y el cuñado se mudaron a la casa en donde ella vivía con su madre y otros hermanos también pequeños. Cuando Adriana le contó a su madre lo que el cuñado hacía, ella contestó que necesitaban del dinero que él aportaba. El abuso, por supuesto, persistió.  Adriana empezó a trabajar desde muy chica A los quince años ganaba lo suficiente como para que se pudiera prescindir del dinero aportado por el cuñado. Entonces le dijo a su madre: “Ahora decile que se vaya”.

   La sobreviviente del abuso en general está más enojada con su madre que con el abusador. Cree que su madre es cómplice. Espera de ella todo el cuidado, deposita en ella su confianza. Necesita que  su madre le crea, aunque en realidad muchas veces ésta la acusa de mentirosa o, como sucedió con Adriana,  no es protegida. De alguna manera su enojo tiene sentido porque, como dice Graciela Bianchi, se necesitan cómplices para desmentir.

  Lo más peligroso de todo es cuando a esos cómplices integrantes de la familia, se le suman  psicólogos, psiquiatras, abogados y hasta  jueces que encubren el delito cuando las víctimas son menores.  En la Argentina de hoy, tenemos el caso de un “padre” muy conocido que está siendo investigado como presunto abusador de menores. Ya sabemos que el delito rinde económicamente, mientras que la decencia y la honestidad son  humildes.  

  Todos, psicoanalistas, abogados, pediatras, educadores, jueces, la comunidad toda,  tendríamos que animarnos a  creerle a nuestra Neurótica. Tal vez así habría menos niños abusados, menos prostitución infantil y más sobrevivientes que se animarían a dejar  el  refugio - cárcel de su neurosis.


[1] Fragmento de su poema dedicado a Violette Noziéres, quien envenenó a su padre con veronal. Al descubrirse su crimen, ella lo explicó diciendo que su padre había querido violarla. Los surrealistas hicieron de Violette una heroína anticonvencional, y publicaron un famoso volumen de homenaje que contenía poemas de casi todos los surrealistas. (Violette Noziéres: Editions Nicolas Flamel, Bruselas, 1934.) Fue condenada a muerte, pero el presidente Lebrun, en 1934, conmutó esa pena por la de prisión. En 1945, Charles De Gaulle la puso en libertad. A poco de salir de la cárcel se casó, llevando posteriormente una vida burguesa absolutamente normal.  Tuvo cuatro hijos.

[2]Esta frase es parte de una carta escrita por Virginia Woolf a su amiga Ethel Smyth  el 12 de enero de 1941. 

[3]En Ellas no saben lo que dicen. Virginia Woolf y la femineidad, Maud Mannoni afirma: Virginia Woolf encarna, como la rebelión de la histérica, el drama existencial de la mujer. La psicoanalista francesa nos   ayuda a descubrir que la denuncia sarcástica de las costumbres victorianas, del modelo patriarcal y de la ideología fascista, con su glorificación exclusiva de la madre, se alimenta, en Virginia Woolf, de un diálogo y de un debate con el pensamiento de Freud y de Melanie  Klein.

[4]El diccionario médico alemán Pschyrenbel define a la pseudología fantástica  como la “invención de experiencias que tan sólo son cuentos  de hadas” .

[5]En Estados Unidos es común, desde hace ya muchos años,  que las mujeres sobrevivientes de abuso les hagan a sus ofensores juicios por daños y perjuicios. Suelen formar parte de asociaciones que las protegen y asesoran. En nuestro país, hasta el momento, esas alternativas no existen. Conozco solamente un par de casos en los que la persona que sobrevivió a un abuso se  anima a denunciar judicialmente a su abusador. La respuesta es siempre la misma: “El delito prescribe.” Pero eso es falso. ¿Acaso puede prescribir el derecho a defenderse cuando, la que antes fuera una criatura impotente, ahora es una persona adulta y entonces tiene la posibilidad de denunciar que durante su infancia le fueron avasallados sus derechos, derechos a los que se denomina  humanos.?  Lo que sí existe en la Argentina son asociaciones de padres abusadores, que se disfrazan de víctimas forzadas a no poder ver a sus hijos. Qué paradoja.... En “Acerca de la estética de los represores”, Eduardo Pavlovsky se pregunta en la nota publicada el jueves pasado en la sección Psicología de Página 12: ¿Puede un raptor de niños sentir ternura o pena por aquel a quien robó su identidad? Parafraseando a este autor, podríamos  preguntarnos si un abusador de menores puede sentir ternura o pena por aquella criatura  a quien le roba su niñez y le quiebra el alma,  confundiéndola en su  incipiente y particular sexualidad infantil e invadiéndola en todo su ser. La respuesta es un definitivo no. Sándor Ferenczi nos lo confirma en su  ensayo: “Confusión de lenguas entre los adultos y el niño. El lenguaje de la ternura y el de la pasión”, cuando  afirma:  Nunca se insistirá bastante sobre la importancia del traumatismo y en particular del traumatismo sexual como factor patógeno. Incluso los niños de familias honorables de tradición puritana son víctimas de violencias y violaciones mucho más a menudo de lo que se cree. Bien son los padres que buscan un sustituto a sus insatisfacciones de forma patológica, o bien son personas de confianza de la familia (tíos, abuelos), o bien los preceptores o el personal doméstico quienes abusan de la ignorancia y la inocencia de los niños. Ferenczi va aún más  lejos cuando afirma, en otro ensayo, que la pedagogía cultiva la negación de las emociones  y de las ideas: "La pedagogía obliga al niño a mentirse a  sí mismo, a negar lo que sabe y lo que piensa. El principio de la pedagogía actual es difícil de definir. Se parece  mucho a la mentira. Pero mientras que los mentirosos y los hipócritas ocultan las cosas a los demás o les muestran emociones e ideas inexistentes, la pedagogía obliga al niño a mentirse a sí mismo, a negar lo que sabe y lo que piensa". Continúa luego con una reflexión que alude a lo que Winnicott, tiempo más tarde, llamará "verdadero self": Los sentimientos y las ideas rechazadas de este modo, inmersas en el inconsciente, no quedan sin embargo suprimidos; a lo largo del proceso educativo se multiplican, crecen y se aglomeran en una especie de personalidad distinta escondida en las profundidades del ser, cuyos objetivos, deseos y fantasías están en  general en contradicción absoluta con los objetivos y las ideas conscientes.


El pecado mortal

por Silvina Ocampo

Los símbolos de la pureza y del misticismo son a veces más afrodisíacos que las fotografías o los cuentos pornográficos, por eso ¡oh sacrílega! los días  próximos a tu primera comunión, con la promesa del vestido blanco, lleno de entredoses, de los guantes de hilo y del rosario de perlitas, fueron tal vez los verdaderamente impuros de tu vida. Dios me lo perdone, pues fui en cierto modo tu cómplice y tu esclava.  

Con una flor roja llamada plumerito, que traías del campo los domingos, con el libro de misa de tapas blancas (un cáliz estampado en el centro de la primera página y listas de pecados en otra), conociste en aquel tiempo el placer –diré- del amor, por no mencionarlo con su nombre técnico; tampoco tú podrías darle un nombre técnico, pues ni siquiera sabías dónde colocarlo en la lista de pecados que tan aplicadamente estudiabas. Ni siquiera en el catecismo estaba todo previsto y aclarado.

Al ver tu rostro inocente y melancólico, nadie sospechaba que la perversidad o más bien el vicio te apresaba ya en su tela pegajosa y compleja.

Cuando alguna amiga llegaba para jugar contigo, le relatabas primero, le demostrabas después, la secreta relación que existía entre la flor del plumerito, el libro de misa y tu goce inexplicable. Ninguna amiga lo comprendía, ni intentaba participar de él, pero todas fingían lo contrario, para contentarte, y sembraban en tu corazón esa pánica soledad (mayor que tú) de saberte engañada por el prójimo.

En la enorme casa donde vivías (de cuyas ventanas se divisaba más de una iglesia, más de un almacén, el río con barcos, a veces procesiones de tranvías o de victorias de plaza y el reloj de los ingleses), el último piso estaba destinado a la pureza y a la esclavitud: a la infancia y a la servidumbre. (A ti te parecía que la esclavitud existía también en los otros pisos y la pureza en ninguno.)

Oíste decir en un sermón: “Más grande es el lujo, más grande es la corrupción”; quisiste andar descalza, como el niño Jesús, dormir en un lecho rodeada de animales, comer miguitas de pan, recogidas del suelo, como los pájaros, pero no te fue dada esa dicha: para consolarte de no andar descalza, te pusieron un vestido de tafetas tornasolado y zapatos de cuero mordoré; para consolarte de no dormir en un lecho de paja, rodeada de animales, te llevaron al teatro Colón, el teatro más grande del mundo; para consolarte de no comer miguitas recogidas del suelo, te regalaron una casa lujosa con puntillas de papel plateado, llena de bombones que apenas cabían en tu boca.

Rara vez las señoras, con tocados de plumas y de pieles, durante el invierno se aventuraban por ese último piso de la casa, cuya superioridad (indiscutible para ti) las atraía en verano, con vestidos ligeros y anteojos de larga vista, en busca de una azotea, de donde mirar aeroplanos, un eclipse o simplemente la aparición  de Venus; acariciaban tu cabeza al pasar, y exclamaban con voz de falsete: “¡Qué lindo pelo!”. “¡Pero qué lindo pelo!”  

Contiguo al cuarto de juguetes, que era a la vez el cuarto de estudio, estaban las letrinas de los hombres, letrinas que nunca viste sino de lejos, a través de la puerta entreabierta. El primer visitante, Chango, el hombre de confianza de la casa, que te había puesto de apodo Muñeca, se demoraba más que sus compañeros en el recinto. Lo advertiste porque a menudo cruzabas por el corredor, para ir al cuarto donde planchaban la ropa, lugar atrayente para ti. Desde allí, no sólo se divisaba la entrada vergonzosa: se oía el ruido intestinal de las cañerías que bajaban a los innumerables dormitorios y salas de la casa, donde había vitrinas, un altarcito con vírgenes, y una puesta de sol en un cielo raso.
 

En el ascensor, cuando la niñera te llevaba al cuarto de juguetes, repetidas veces viste a Chango que entraba en el recinto vedado, con mirada ladina, el cigarrillo entre los  bigotes, pero más veces aún lo viste solo, enajenado, deslumbrado, en distintos lugares de la casa, de pie arrimándose incesantemente a la punta de cualquier mesa, lujosa o modesta (salvo a la de mármol de la cocina, o a la de hierro con lirios de bronce del patio). “¿Qué hará Chango, que no viene?” Se oían voces agudas, llamándolo. Él tardaba en separarse del mueble. Después, cuando acudía, naturalmente nadie recordaba para qué lo llamaban.
 

Tú lo espiabas, pero él también terminó por espiarte: lo descubriste el día en que desapareció de tu pupitre la flor del plumerito, que adornó más tarde el ojal de su chaqueta de lustrina.


Pocas veces las mujeres de la casa te dejaban sola, pero cuando había fiestas o muertes (se parecían mucho) te encomendaban a Chango. Fiestas y muertes consolidaron esta costumbre, que al parecer agradaba a tus padres. “Chango es serio. Chango es bueno, mejor que una niñera” decían a coro. “Es claro, se entretiene con ella” agregaban. Pero yo sé que una lengua de víbora, de las que nunca faltan, dijo: “Un hombre es un hombre, pero nada le importa a los señores, con tal de hacer economías”. “¡Qué injusticia!”, musitaban las ruidosas tías. “Los padres de la niñita son generosos, tan generosos que pagan un sueldo de institutriz a Chango.”


Alguien murió, no recuerdo quién. Subía por el hueco del ascensor ese apasionado olor a flores, que gasta el aire y las desacredita. La muerte, con numerosos aparatos, llenaba los pisos bajos, subía y bajaba por los ascensores, con creces, cofres, coronas, palmas y atriles. En el piso alto, bajo la vigilancia de Chango, comías chocolates que él te regaló, jugabas con el pizarrón, con el almacén, con el tren y con la casa de muñecas. Fugaz como el sueño de un relámpago, te visitó tu madre y preguntó a Chango si hacía falta invitar a alguna niñita para jugar contigo. Chango contestó que no convenía, porque entre las dos harían bulla. Un color violeta pasó por sus mejillas. Tu madre te dio un beso y partió; sonreía, mostrando sus preciosos dientes, feliz por un instante de verte juiciosa, en compañía de Chango.

Aquel día la cara de Chango estaba más borrosa que de costumbre: en la calle no lo hubiéramos conocido ni tú ni yo, aunque tantas veces me lo describiste. De soslayo lo espiabas: él, habitualmente tan erguido, arqueándose como signos de paréntesis; ahora se arrimaba a la punta de la mesa y te miraba. Vigilaba de vez en cuando los movimientos del ascensor, que dejaba ver a través de la armazón de hierro negro, el paso de cables como serpientes. Jugabas con resignada inquietud. Presentías que algo insólito había sucedido o iba a suceder en la casa. Como un perro, husmeabas el horrible olor de las flores. La puerta estaba abierta: era tan alta, que su abertura equivalía a la de tres puertas de un edificio actual, pero eso no facilitaría tu huida; además no tenías la menor intención de huir. Un ratón o una rana no huyen de la serpiente que los quiere, no huyen de animales más grandes. Chango, arrastrando los pies, se alejó de la mesa por fin, se inclinó sobre la balaustrada de la escalera para mirar hacia abajo. Una voz de mujer, aguda, fría, retumbó desde el sótano:  

-¿La Muñeca se porta bien?
 

El eco, seductor cuando le decías algo, repitió sin encanto la frase.
 

- Muy bien- respondió Chango, que oyó sonar sus palabras en los fondos oscuros del sótano.
 

- A las cinco le llevaré la leche.
 

La respuesta de Chango: - No hace falta, se la prepararé yo -, se mezcló con un –gracias- femenino, que se perdió en los mosaicos de los pisos bajos.
 

Chango volvió a entrar en el cuarto y te ordenó: - Mirarás por la cerradura cuando yo esté en el cuartito de al lado. Voy a mostrarte algo muy lindo.  
 

Se agachó junto a la puerta y arrimó el ojo a la cerradura, para enseñarte cómo había que hacer. Salió del cuarto y te dejó sola. Seguiste jugando como si Dios te mirara, por compromiso, con esa aplicación engañosa que a veces ponen en su juego los niños. Luego, sin vacilar, te acercaste a la puerta. No tuviste que agacharte, la cerradura se encontraba a la altura de tus ojos. ¿Qué mujeres degolladas descubrirías? El agujero de la cerradura obra como un lente sobre la imagen vista: los mosaicos relumbraron, un rincón de la pared blanca se iluminó intensamente. Nada más. Un exiguo chiflón hizo volar tu pelo suelto y cerrar tus párpados. Te alejaste de la cerradura, pero la voz de Chango resonó con imperiosa y dulce obscenidad: “Muñeca, mira, mira”. Volviste a mirar. Un aliento de animal se filtró por la puerta, no era ya el aire de una ventana abierta en el cuarto contiguo. Qué pena siento al pensar que lo horrible imita lo hermoso. Como tú y Chango a través de esa puerta, Píramo y Tisbe se hablaban amorosamente a través de un muro.
 

Te alejaste de nuevo de la puerta y reanudaste tus juegos mecánicamente. Chango volvió al cuarto y te preguntó: “Viste?”. Sacudiste la cabeza y tu pelo lacio giró desesperadamente. “¿Te gustó?”, insistió Chango, sabiendo que mentías. No contestabas. Arrancaste con un peine la peluca de tu muñeca, pero de nuevo Chango estaba arrimado a la punta de la mesa, donde tratabas de jugar. Con su mirada turbia recorría los centímetros que te separaban de él y ya imperceptiblemente se deslizaba a tu encuentro. Te echaste al suelo, con la cinta de la muñeca en la mano. No te moviste. Baños consecutivos de rubor cubrieron tu rostro, como esos baños de oro que cubren las joyas falsas. Recordaste a Chango hurgando en la ropa blanca de los roperos de tu madre, cuando reemplazaba en sus tareas a las mujeres de la casa. Las venas de sus manos se hincharon, como de tinta azul. En la punta de los dedos viste que tenía moretones. Involuntariamente recorriste con la mirada los detalles de su chaqueta de lustrina, tan áspera sobre tus rodillas. Desde entonces verías para siempre las tragedias de tu vida adornadas con detalles minuciosos. No te defendiste. Añorabas la pulcra flor del plumerito, tu morbosidad incomprendida, pero sentías que aquella arcana representación, impuesta por circunstancias imprevisibles, tenía que alcanzar su meta: la imposible violación de tu soledad. Como dos criminales paralelos, tú y Chango estaban unidos por objetos distintos, pero solicitados para idénticos fines.

Durante noches de insomnio compusiste mentirosos informes, que servirían para confesar tu culpa. Tu primera comunión llegó. No hallaste fórmula pudorosa ni clara ni concisa de confesarte. Tuviste que comulgar en estado de pecado mortal. Estaban en los reclinatorios no sólo tu familia, que era numerosa, estaban Chango y Camila Figueroa, Valeria Ramos, Celina Eysaguirre y Romagnoli, cura de otra parroquia. Con dolor de parricida, de condenada a muerte por traición, entraste en la iglesia helada, mordiendo la punta de tu libro de misa. Te veo pálica, ya no ruborizada frente al altar mayor, con los guantes de hilo puestos y un ramito de flores artificiales, como de novia, en tu cintura. Te buscaría por el mundo entero a pie como los misioneros para salvarte si tuvieras la suerte, que no tienes,de ser mi contemporánea. Yo sé que durante mucho tiempo oíste en la oscuridad de tu cuarto, con esa insistencia que el silencio desata en los labios crueles de las furias que se dedican a martirizar a los niños, voces inhumanas, unidas a la tuya, que decían: es un pecado mortal, Dios mio, es un pecado mortal.
¿Cómo hiciste para sobrevivir? Sólo un milagro lo explica: el milagro de la misericordia. 


[1]Nota de Isabel Monzón: La primera vez que leí este cuento de Silvina Ocampo, fue en una fotocopia de un libro llamado Selección de cuentos, Editorial Plus Ultra, un compilado con textos de varios autores. Luego, “Pecado mortal” fue publicado en: Silvina Ocampo, Cuentos Completos, en el Tomo I, editado por Emecé en 1999. El comentario que sigue a mis palabras corresponde a esa Selección de cuentos editada por Plus Ultra. Desconozco quien es el autor, pero me parecieron tan adecuadas y esclarecedoras sus reflexiones que me permito citarlas:
Comentario: Sin entrar a considerar el enfoque interpretativo de la autora, o el juicio que los hechos de este cuento le sugieren, creemos que con sólo abordar un tema tan espinoso se ubica a Silvina Ocampo en algún sector del cuento de avanzada. En esta rara y profunda creación, “lo horrible imita lo hermoso”, según las palabras de su propio texto. Aparentemente, no hay en esta pieza nada de vanguardista. Pero luego no nos resulta difícil llegar a la conclusión de que por el atrevimiento del asunto, la altura y la maestría con que está desarrollado y la delicadeza y decoro de su lenguaje, no sólo es un cuento extraordinario, lindante a la vez con lo crudamente sexual y con lo poético, sino que ninguna o muy escasa afinidad ofrece con los cuentos comunes de la misma época.