LA VIRGEN DE HIERRO
...parmi les rires rouges............
des lévres luisantes et les gestes............
monstreux des femmes mécaniques.............
R. DAUMAL............
Había en Nuremberg un famoso autómata llamado “la Virgen
de hierro”, la condesa Báthory adquirió una réplica
para la sala de torturas de su castillo de Csejthe. Esta dama metálica
era del tamaño y del color de la criatura humana. Desnuda, maquillada,
enjoyada, con rubios cabellos que llegaban al suelo, un mecanismo permitía
que sus labios se abrieran en una sonrisa, que los ojos se movieran.
La condesa, sentada en su trono, contempla.
Para que la “Virgen” entre en acción es preciso trocar algunas
piedras preciosas de su collar. Responde inmediatamente con horribles sonidos
mecánicos y muy lentamente alza los blancos brazos para que se cierren
en perfecto abrazo sobre lo que esté cerca de ella –en este caso
una muchacha. La autómata la abraza y ya nadie podrá desanudar
el cuerpo vivo del cuerpo de hierro, ambos iguales en belleza. De pronto, los
senos maquillados de la dama de hierro se abren y aparecen cinco puñales
que atraviesan a su viviente compañera de largos cabellos sueltos como
los suyos.
Ya consumado el sacrificio, se toca otra piedra del collar: los brazos caen,
la sonrisa se cierra así como los ojos, y la asesina vuelve a ser la
“virgen" inmóvil en su féretro.
MUERTE POR AGUA
Está parado. Y está parado de modo
Tan absoluto y definitivo como si
Estuviese sentado.
...W. GOMBROWICZ
El camino está nevado, y la sombría dama arrebujada en sus pieles
dentro de la carroza se hastía. De repente formula el nombre de alguna
muchacha de su séquito. Traen a la nombrada: la condesa la muerde frenética
y le clava agujas. Poco después el cortejo abandona en la nieve a una
joven herida y continúa viaje. Pero como vuelve a detenerse, la niña
herida huye, es perseguida, apresada y reintroducida en la carroza, que prosigue
andando aun cuando vuelve a detenerse pues la condesa acaba de pedir agua helada.
Ahora la muchacha está desnuda y parada en la nieve. Es de noche. La
rodea un círculo de antorchas sostenidas por lacayos impasibles. Vierten
el agua sobre su cuerpo y el agua se vuelve hielo. (La condesa contempla desde
el interior de la carroza). Hay un leve gesto final de la muchacha por acercarse
más a las antorchas, de donde emana el único calor. Le arrojan
más agua y ya se queda, para siempre de pie, erguida, muerta.
EL ESPEJO DE LA MELANCOLIA
¡Todo es espejo!
...OCTAVIO PAZ
...vivía delante de su gran espejo sombrío, el famoso espejo cuyo
modelo había diseñado ella misma... tan confortable era que presentaba
unos salientes donde apoyar los brazos de una manera de permanecer muchas horas
frente a él sin fatigarse. Podemos conjeturar que habiendo creído
diseñar un espejo, Erzébet trazó los planos de su morada.
Y ahora comprendemos por qué sólo la música más
arrebatadoramente triste de su orquesta de gitanos o las riesgosas partidas
de caza o el violento perfume de las hierbas mágicas en la cabaña
de la hechicera o –sobre todo- los subsuelos anegados de sangre humana,
pudieron alumbrar en los ojos de su perfecta cara algo a modo de mirada viviente.
Porque nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz
que estas criaturas que habitan los fríos espejos. Nunca pudieron aclararse
los rumores acerca de la homosexualidad de la condesa, ignorándose si
se trataba de una tendencia inconsciente o si, por el contrario, la aceptó
con naturalidad, como un derecho más que le correspondía. En lo
esencial, vivió sumida en un ámbito exclusivamente femenino. No
hubo sino mujeres en sus noches de crímenes. Luego, algunos detalles
son obviamente reveladores: por ejemplo, en la sala de torturas, en los momentos
de máxima tensión, solía introducir ella misma un cirio
ardiente en el sexo de la víctima. También hay testimonios que
dicen de una lujuria menos solitaria. Una sirvienta aseguró en el proceso
que una aristocrática y misteriosa dama vestida de mancebo visitaba a
la condesa. En una ocasión las descubrió juntas, torturando a
una muchacha. Pero se ignora si compartían otros placeres que los sádicos.
Continúo con el tema del espejo. Si bien no se trata de explicar a esta
siniestra figura, es preciso detenerse en el hecho de que padecía del
mal del siglo XVI: la melancolía.
Un color invariable rige al melancólico, su interior es un espacio de
color de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados
donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre esa inercia. Este quisiera
liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como si hubiera fracasado
Teseo si, además de ser él mismo, hubiese sido, también,
el Minotauro, matarlo, entonces, habría exigido matarse. Pero hay remedios
fugitivos. Los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar
la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica.
Y más aún: hasta puede iluminar ese recinto enlutado y transformarlo
en una suerte de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores
que danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá
que retornar a la inmovilidad y al silencio. La cajita de música no es
un medio de comparación gratuita. Creo que la melancolía es, en
suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado. Mientras afuera
todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta
de gota de agua cayendo de tanto en tanto. De allí que ese afuera contemplado
desde el adentro melancólico resulte absurdo e irreal y constituya “la
farsa que todos tenemos que representar”. Pero por un instante –sea
por una música salvaje, o alguna droga, o el acto sexual en su máxima
violencia-. El ritmo lentísimo del melancólico no sólo
llega a acordarse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura
indeciblemente dichosa, y el yo vibra animado por energías delirante.
Al melancólico el tiempo se le manifiesta como suspensión del
transcurrir – en verdad, hay que transcurrir, pero su lentitud evoca el
crecimiento de las uñas de los muertos- que procede y continúa
a la violencia fatalmente efímera. Entre dos silencios o dos muertes,
la prodigiosa y fugaz velocidad, revestidas de variadas formas que van desde
la inocente ebriedad a las perversiones sexuales y aun al crimen. Y pienso en
Erzébet Báthory y en sus noches cuyo ritmo medían los gritos
de las adolescentes. El libro que comento en esta notas lleva un retrato de
la condesa: la sombría y hermosa dama se parecen a la alegoría
de la melancolía que muestran los viejos grabados. Quiero recordar, además,
que en su época una melancólica significaba una poseída
por el demonio.
BAÑOS DE SANGRE
Si te vas a bañar, Juanilla,
dime a cuáles baños vas
...Cancionero de Uspala
Corría este rumor: desde la llegada de Darvulia, la condesa, para preservar
su lozanía, tomaba baños de sangre humana. En efecto, Darvulia,
como buena hechicera, creía en los poderes reconstitutivos del “fluido
humano”. Ponderó las excelencias de la sangre de muchachas –
en lo posible vírgenes- para someter al demonio de la decrepitud y la
condesa aceptó este remedio como si se tratara de baños de asiento.
De este modo en la sala de torturas, Dorkó se aplicaba a cortar venas
y arterias; la sangre era recogida en vasijas y cuando las dadoras ya estaban
exangües, Dorkó vertía el rojo y tibio liquido sobre el cuerpo
de la condesa que esperaba tan tranquila, tan blanca, tan erguida, tan silenciosa.
A pesar de su invariable belleza, el tiempo infligió a Erzébet
algunos de los signos vulgares de su transcurrir. Hacia 1610, Darvulia había
desaparecido misteriosamente, y Erzébet que frisaba la cincuentena, se
lamentó ante su nueva hechicera de la ineficacia de los baños
de sangre. En verdad, más que lamentarse amenazó con matarla si
no detenía inmediatamente la propagación de las execradas señales
de la vejez. La hechicera dedujo que esa ineficacia era causada por la utilización
de sangre plebeya. Aseguró –o auguró- que, trocando la tonalidad,
empleando sangre azul en vez de roja, la vejez se alejaría corrida y
avergonzada. Así se inició la caza de hijas de gentilhombres.
Para atraerlas, las secuaces de Erzébet argumentaban que la Dama de Csejthe,
sola en su desolado castillo, no se resignaba a su soledad. ¿Y cómo
abolir la soledad? Llenando los sombríos recintos con niñas de
buena familias a las que, en pago de su alegre compañía, les daría
lecciones de buen tono, les enseñaría cómo comportarse
exquisitamente en sociedad. Dos semanas después, de las veinticinco “alumnas”
que corrieron a aristocratizarse no quedaban sino dos: una murió poco
después, exangüe; la otra logró suicidarse.
MEDIDAS SEVERAS
...la loi, froile par elle-même, he
saurait
être accesible aux passions
qui peuvent légitimer la cruelle
action du meurtre.
...SADE
Durante
seis años la condesa asesinó impunemente. En el transcurso de
esos años, no habían cesado de correr los más tristes rumores
a su respecto. Pero el nombre Báthory, no sólo ilustre sino activamente
protegido por los Habsburgo, atemorizaba a los probables denunciadores.
Hacia 1610 el rey tenía los más siniestros informes – acompañados
de pruebas- acerca de la condesa. Después de largas vacilaciones decidió
tomar severas medidas. Encargó al poderoso palatino Thurzó que
indagara los luctuosos hechos de Csejthe y castigase a la culpable.
En compañía de sus hombres armados, Thurzó llegó
al castillo sin anunciarse. En el subsuelo, desordenado por la sangrienta ceremonia
de la noche anterior, encontró un bello cadáver mutilado y dos
niñas en agonía. No es esto todo. Aspiró el olor a cadáver,
miró los muros ensangrentados; vio “la Virgen de hierro”,
la jaula, los instrumentos de tortura, las vasijas con sangre reseca, las celdas
–y en una de ellas a un grupo de muchachas que aguardaban su turno para
morir y que le dijeron que después de muchos días de ayuno les
habían servido una cierta carne asada que había pertenecido a
los hermosos cuerpos de sus compañeras muertas...
La condesa, sin negar las acusaciones de Thurzó, declaró que todo
aquello era su derecho de mujer noble y de alto rango. A lo que respondió
el palatino... te condeno a prisión perpetua dentro de tu castillo.
Desde su corazón, Thurzó se diría que había que
decapitar a la condesa, pero un castigo tan ejemplar hubiese podido suscitar
la reprobación no sólo respecto a los Báthory sino a los
nobles en general. Mientras tanto, en el aposento de la condesa fue hallado
un cuadernillo cubierto por su letra con los nombres y las señas particulares
de sus víctimas que allí sumaban 610... En cuanto a los secuaces
de Erzébet, se los procesó, confesaron hechos increíbles,
y murieron en la hoguera.
La prisión subía en torno suyo. Se muraron las puertas y las ventanas
de su aposento. En una pared fue practicada una ínfima ventanilla por
donde poder pasarle los alimentos. Y cuando todo estuvo terminado erigieron
cuatro patíbulos en los ángulos del castillo para señalar
que allí vivía una condenada a muerte.
Así vivió más de tres años, casi muerta de frío
y de hambre. Nunca demostró arrepentimiento. Nunca comprendió
por qué la condenaron. El 21 de agosto de 1614, un cronista de la época
escribía: Murió hacia el anochecer, abandonada de todos.
Ella no sintió miedo, no tembló nunca. Entonces ninguna compasión
ni emoción ni admiración por ella. Sólo un quedar en suspenso
en el exceso de horror, una fascinación por el vestido blanco que se
vuelve rojo, por la idea de un absoluto desgarramiento, por la evocación
de un silencio constelado de gritos en donde todo es la imagen de una belleza
inaceptable.
Como Sade en sus escritos, como Gilles de Rais en sus crímenes, la condesa
Báthory, alcanzó, más allá de todo límite,
el último fondo del desenfreno. Ella es una prueba más de que
la libertad absoluta de la criatura humana es horrible.
*Ivana Otero, autora de esta selección sobre el texto de Pizarnik, es
Licenciada en Antropología. Se graduó en la Facultad de Filosofía
y Letras de la UBA.