Este
breve escrito es sólo a los efectos de presentar algunas reflexiones inconclusas
a propósito de las relaciones entre subjetividad individual y procesos históricos,
entre los avatares de la biografía y la subjetividad y las
transformaciones políticos y
sociales acontecidas en el tránsito
hacia la modernidad en
el caso de Mary Wollstonecraft,
la autora de la Vindicación de los derechos de la Mujer.
Dos observaciones preliminares son necesarias: en primer lugar una relativa a las relaciones entre pasado y presente, en segundo lugar otra acerca de la perspectiva analítica que guía este escrito, ligado a los intereses cognoscitivos y práctico-políticos del feminismo.

Escribir de política/ escribir en clave de amor
Desde una cierta iluminación Benjaminiana, no cualquier pasado puede advenir, sino sólo aquel en el que el presente se reconozca. El caso Wollstonecraft, de la misma manera que tal vez el de Rousseau pone en juego las tensiones entre lo personal y lo político, entre las convicciones expresa y públicamente declaradas y los modos bajo los cuales ellas afectan, constituyen, transforman la subjetividad individual; entre las condiciones políticas de escritura y los objetivos colectivos y los avatares morosos de la subjetividad individual y los entresijos del inconsciente.
El venir hacia el presente de Wollstonecraft se liga, por una parte a la recurrencia del debate en torno de los derechos de las mujeres, a la inevitable incomodidad que nos recorre cuando de los derechos de las mujeres se trata, por la otra al recurrente desencuentro entre subjetividad y política, a las tensiones inherentes a los desencuentros (tal vez la expresión más precisa sea desajustes) entre el orden del deseo individual y los proyectos políticos emancipatorios que las feministas hemos tejido y destejido a lo largo de generaciones[1].
Esta
será una lectura necesariamente primera y apresurada a propósito de las formas
de relación entre lo personal y lo político, visto desde la mirilla pequeña
que puede proporcionar a una lectora
contemporánea la correspondencia intercambiada entre Mary Wollstonecraft y William Godwin entre 1796 y 1797, que
cesa apenas unos días antes de que Mary muriese
a causa de una septicemia post parto.
Las razones por las cuales alguien, desde el presente, pueda interesarse en la lectura de las cartas intercambiadas por quienes fueran considerados por Holcroft como “La más extraordinaria pareja casada que exista hoy” ( Godwin, 1993, Introduction) no sólo están ligadas a la eventual curiosidad que pueda despertar el espacio de lo biográfico, sino más bien guiada por el interés en analizar las relaciones entre subjetividad y política.
Wollstonecraft
es, ni más ni menos que la autora de uno de los textos más significativos en
la historia del feminismo, la Vindicación
de los derechos de la mujer, publicado
en 1792,
bajo el signo de un tiempo que ha marcado
de modo peculiar la historia de las mujeres, el de los albores de la
modernidad. Desde la perspectiva sostenida por la ilustrada inglesa, una sociedad justa supone la consideración
de todos los sujetos como iguales en derechos, de allí la importancia de la
incorporación de las mujeres, en calidad de iguales en el nuevo orden político
y moral. Dice Wollstonecraft:
“... si las mujeres han de ser excluidas sin tener voz ni participación
en los derechos de la humanidad,
demostrad primero, para así refutar la acusación de injusticia y falta de lógica
que ellas están desprovistas de
inteligencia, si no este fallo
en vuestra nueva constitución pondrá de manifiesto que el
hombre se comporta inevitablemente como un tirano, y la tiranía, cualquiera
sea la parte de la sociedad hacia la que apunte el frente de su cañón, socava
los fundamentos de la moral” (Wollstonecraft,
1792: 23).
No
es el propósito de este escrito exponer en forma sistemática las consideraciones
volcadas por Wollstonecraft en su Vindicación sino sólo señalar rápidamente
algunos de los compromisos teóricos y políticos que el texto trasunta, inscripto
en un programa
de construcción de un orden político nuevo iluminado por la razón. Supuesto
que la organización del antiguo régimen repose sobre el privilegio y se halla
edificado sobre la solidez de la tradición
y la costumbre,
de lo que se trata es de atacar
con la razón esa “ciudadela” y sus fortificaciones a fin de construir un orden
nuevo, igualitario y justo en el cual todos los sujetos sean tratados como si
fueran iguales [2]. A tono con los ideales
emancipatorios modernos de lo que se trata es de ingresar al orden ilustrado,
un orden que, a tono con los precisos señalamientos de Kant, habría de proporcionar
a los sujetos la emancipación respecto de la autoculpable minoridad transformándolos
en dueños de su razón y su voluntad.
Desde
la perspectiva de Wollstonecraft y un reducido círculo de hombres y mujeres
ilustrados /as el ingreso al nuevo orden requería la erradicación de los prejuicios,
y el final de la esclavitud padecida durante siglos por la mitad de la humanidad,
las mujeres. El lugar decisivo
asignado a la educación en la construcción
del nuevo orden se debe a la confianza que Wollstonecraft, del mismo modo que
la mayor parte de los y las ilustradas e ilustrados tenían en su capacidad liberadora.
Era la educación recibida la que, al dirigirse
al corazón de las mujeres, insistiendo
en su sensibilidad y en el arte de agradar lo que las convertía en esclavas.
Señala Wollstonecraft:
“Tanto
Rousseau como los escritores de sexo masculino que han seguido sus huellas han
exigido con vehemencia que toda la educación femenina se oriente hacia su único
objetivo: hacer de las mujeres objetos de placer” (Wollstonecraft,
1792: 63).
En contraposición con la propuesta volcada por Rousseau en el quinto capítulo de Emilio, Sofía, el programa de Wollstonecraft sostiene una serie de untos programáticos ligados a la edificación de una nueva sociedad bigenérica. Lucha contra los prejuicios, educación igual para varones y mujeres, estímulo de las capacidades racionales, “masculinización” de las damas. Desde la perspectiva de Wollstonecraft sólo una sociedad de ciudadanos y ciudadanas iguales, una sociedad de sujetos racionales emancipados de la servidumbre y el vicio podría garantizar el advenimiento de un nuevo orden político. La tesis de que la construcción de ese orden suponía no sólo el asalto a la ciudadela de la costumbre, sino el control y erradicación de pasiones y prejuicios, de todo aquello que pudiera obstaculizar el libre uso de la razón conduce a Wollstonecraft a manifestar, a lo largo de la Vindicación, una profunda desconfianza respecto del mundo de los afectos, un mundo oscuro percibido como una acechante amenaza para las mujeres.
El descubrimiento de las relaciones que ligan la arbitrariedad como principio organizativo del “ancien régime” y la subordinación de las mujeres, unida a la convicción de que sólo la reforma de las costumbres a través de una educación igual par todos permitirá edificar un orden político nuevo constituye un argumento recurrente: la educación diferencial sólo refuerza la subordinación. Mientras un rey sea un rey y una mujer una mujer, mientras sexo y privilegios heredados se perpetúen la sociedad no podrá sino reproducir relaciones de dominación y su complemento necesario, la docilidad, la debilidad, la sumisión:
“Como
filósofo leo con indignación los petulantes epítetos que utilizan los hombres
para atenuar sus insultos, como moralista, me pregunto qué significan expresiones
tan contradictorias como “amables defectos” o “encantadoras debilidades.....
Creadas para ser amadas no deben pretender respeto, por temor a que la sociedad
las rechace por masculinas” ”(Wollstonecraft,
1977: 74)
La educación de las mujeres en la racionalidad y el autocontrol es la única manera de emanciparlas del yugo varonil. El estímulo de la sensualidad es considerado por Wollstonecraft como una estrategia tendiente a la interiorización y la perpetuación del dominio masculino sobre las mujeres. Sensualidad, disimulo, retórica, adornos enturbian la capacidad de raciocinio y sujetan a la autoridad de otro. Dice Wollstonecraft:
....los
hombres han acrecentado esta inferioridad hasta el punto que las mujeres se
han situado casi por debajo del nivel de las criaturas racionales”(Wollstonecraft,
1792: 75).
A tono con las concepciones éticas y políticas de su época
Wollstonecraft no puede sino compartir con sus contemporáneos y contemporáneas
una visión de la racionalidad como la luz capaz de hacer retroceder las tinieblas
de las costumbres, las pasiones y los prejuicios. Las mujeres ingresarán al
mundo humano en la medida en que puedan apropiarse de ese espacio que les ha
sido negado, el de los conocimientos, la razón, los derechos políticos, la educación.
Esta será la base para la construcción de una sociedad verdaderamente ilustrada,
edificada sobre la construcción de acuerdos racionales y libres entre sujetos
autónomos, individuos en el sentido kantiano de la palabra.
En sus escritos políticos, Wollstonecraft afirma que la construcción de un orden político que valiera la pena ser vivido implicaba una educación paritaria para las mujeres, y la conversión del amor en una racional amistad. La posición sostenida por la ilustrada inglesa no sólo implicaba una visión crítica del tipo de educación impartido a las mujeres sólo en razón de su sexo, sino la percepción del matrimonio como una forma legal de la prostitución,
Probablemente Mary advirtiera, ya en 1792, aun antes de que una seguidilla de experiencias amorosas traumáticas inscribieran en su piel el desencanto, hasta qué punto el amor con su ejército de fantasmas podía perturbar el intento de construcción de una sociedad formada por individuos racionales y libres. Hurgar en esa correspondencia a más de 200 años no sólo tiene como propósito escarbar en los fantasmas amorosos de Mary y de Godwin sino más bien proporcionar un espacio de reflexión en torno de las complejas articulaciones que existen entre subjetividad y política. En todo caso este es un primer borrador, una intentona exegética en procura de la reconstrucción de la doble cara de nuestras genealogías. La cara luminosa de Mary vindicante, la cara compleja, muchas veces atormentada pero siempre lúcida de Mary enamorada.
Las
tensiones, desencantos y encantamientos
a las que los sujetara su
breve relación y la forma bajo la cual cada uno/a pudo ponerla en palabras
ha quedado de alguna manera ante nuestros ojos en ese privilegiado lugar
de confidencias e intimidades que
era la correspondencia que intercambiaron entre julio de 1796 y agosto de 1797
pocos días antes de que una septicemia post parto la llevara a la muerte,
acontecida el 10 de septiembre de ese año[3].
Quien fuera adalid en la lucha por la emancipación de las mujeres moría
de la muerte más mujeril y frecuente en su época, una septicemia provocada por
restos placentarios tras parir a su segunda hija, Mary Godwin.
Años más tarde Mary Godwin- Shelley escribiría a su vez,
en 1818 uno de los libros más célebres de la literatura gótica, Frankenstein,
o el moderno Prometeo[4].
Godwin no había sido, ni mucho menos del primer amor de Wollstonecraft, quien contaba entonces con 36 años, una hija de 3 y al menos dos resonantes y sabidas historias amorosas. Tampoco ella era el primer amor de William Godwin. Ambos compartían ostensiblemente ideales políticos y convicciones sociales, e incluso Godwin había señalado expresamente en sus escritos su aversión por el matrimonio, la institución en la que, desde su punto de vista se ejercía la peor forma de la propiedad.
La
singular relación que se construyó entre estos sujetos, las formas desiguales
de sus intervenciones en esos espacios sin embargo articulados: proyecto político
y proyecto vital, lo personal y lo político, por decirlo rápidamente,
señalan, en mi entender los desajustes entre los objetivos expresos en
el espacio público y las mucho
más morosas formas de construcción de los vínculos en el espacio de la privacidad
donde es posible
advertir la recurrencia
de los fantasmas a expulsar en
el campo de la política. Si lo
personal es político una mirada
en perspectiva histórica, arrojada
hacia ese momento crucial en la historia de las mujeres, la modernidad ilustrada, puede posibilitar una reflexión determinada acerca de las relaciones
entre política y subjetividad. Probablemente esta exploración en le pasado permita
percibir las mutuas desconexiones y los
espacios comunes, las discontinuidades
y las lógicas diferenciales que regulan los intercambios,
las recurrencias y las curiosas sombras
que la subjetividad arroja sobre la política y la política sobre la subjetividad.
Mary y William se encuentra, si bien es probable que se hubieran conocido antes, en casa de Mary Hay. En 1796 Mary estaba en su madurez, intelectual y vital. No sólo había escrito la Vindicación y la primera respuesta a Burke a propósito de sus consideraciones sobre la Revolución Francesa, había atravesado una tormentosa relación con Gilbert Imlay, dos intentos de suicidio y tenía una hija; Fanny, de tres años. Una acumulación suficiente de experiencias en torno de aquello que, por así decir, no es racional.
Lo que sigue a continuación es apenas el producto de una primera exégesis que sin lugar a dudas es preciso completar, aun en el sentido elemental de la ampliación del corpus a considerar: las Memorias del autor de la Vindicación de los derechos de la Mujer y Frankenstein.
Las
cartas trasuntan los avatares de la relación, en el breve tiempo que duró, entre
abril de 1796 y septiembre de 1797. En abril de 1796 Godwin
invita a Mary a una cena con sus
más destacados amigos: Samuel Parr, Elizabeth
Inchbald, Thomas Holcroft y James
Mackintosh. Godwin comenzó a cortejarla con entusiasmo,
e incluso compuso un tributo poético para Mary. Ella le responde en una
carta, que probablemente sea la primera, perdida en
la Colección Abinger:
Quiero
recordarle que ha elegido Ud.
la tarea más fácil:
escribir en verso acerca de mis perfecciones. Tal vez debiera insistir
sobre sus propios sentimientos, es decir, darme una rápida visión de su corazón.
No haga la tarea de “escribir sobre”, se
lo ruego humildemente, dejando al margen
su reconocimiento de estar
hechizado. Sobre esto (un tributo poético) debo juzgar por el estilo en el cual
fluye el elogio. Para pensar debo
observar sus cumplidos sin rima, cuando usted ha
dejado algo por decir”(Godwin
&Mary, 1977: 4).
La
respuesta de Godwin es irónica, casi en términos de desafío intelectual: Invénteme
un tema, y le escribiré una carta, responde. Sin embargo los intercambios continúan.
Mary trabajaba entonces en su novela casi autobiográfica, The wrongs
of woman or Maria, que luego Godwin editaría en forma póstuma.
En
agosto la relación de intercambio
de cartas, escritos y visitas desemboca en un vínculo amoroso que desataría
fantasmas de ambas partes
El
17 de agosto Mary escribe:
Siento
que no he podido hablar con claridad sobre este asunto con usted. Déjeme explicarme
brevemente. Con lo conflictuada
que he estado me ha tomado un largo tiempo lograr paz en mi mente. Tengo miedo
No
es suficiente decirle que estoy fuera de punto conmigo misma Mortificada y humillada
apenas entiendo por qué, fuera
de toda falsa delicadeza, siempre
temo verme engañada. Yo debiera
irme a Francia o a Italia con mi pequeña Fanny,
pero estoy convencida que es mi mente, y no el lugar, lo que requiere
un cambio
Mi
imaginación me retrotrae siempre a la miseria. Usted habla de las rosas que
crecen profusamente en cualquier momento de la vida, y lo tomo, pero siempre
encuentro las espinas
No
quiere ser injusta. Solo quiero
decir que usted me parece haber actuado injustamente y, embargado por
sus propios sentimientos, usted
olvida los míos o no entiende mi carácter.
Es mi turno de tener fiebre hoy. No estoy bien, estoy herida, pero no
quiero herirlo. Considere que he
pasado como la fiebre por su imaginación,
una iluminación... de
mi parte yo volveré a ser una caminante solitaria ( Godwin &Mary,
1977: 15).
La
paz ganada tras el tormentoso final de la relación con Imlay
se ve amenazada ante la
posibilidad de abrir un nuevo juego amoroso que puede finalizar, Mary ya lo
sabe y lo teme, en abandono. Las
marcas de las experiencias amorosas pasadas retornan amenazantes y Mary ve en
un rápido desenlace que vuelva a dejarla sola la posibilidad de escapar al dolor.
La respuesta de Godwin no se hace esperar. El mismo día escribe:
No
sabes cuan honesto soy. Te juro que no he dicho nada que no sea estrictamente
verdadero cuando describía la forma en que encendiste mi imaginación el sábado. Durante un tiempo no pude pensar
en ninguna otra cosa. Añoro enormemente tenerte en mis brazos.
Como
cualquier hombre sólo puedo hablar de lo que sé. Y puedo afirmar que nada de
lo que vi en ti podría autorizar la opinión de que la verdad podría haberme
desengañado. No he visto nada que ti que no respete y adore. Conozco la agudeza
de tus sentimientos y no hay nada que quisiera hacer par aumentar tu infelicidad
No
me odies, no voy a abandonar. No me expulses. No vuelvas a ser una caminante
solitaria. Sé justa conmigo, puedes
descubrir en mí mucho más que estupidez y cosas censurables.
Tienes
sentimientos naturales y tienes la honestidad de decirlo.
Creo que haces bien, pero no dejes que te tiranicen. Estima cada cosa
en su justo valor. Es mejor que seamos amigos en todo el sentido de la palabra,
en el sentido de permitirnos ser amigos. Sé feliz,
resuelve ser feliz. Mereces serlo.
Las cosas que interfieren son la debilidad y los prejuicios,
y una mujer como tu puede, debe,
sacudírselos
Envíame
una palabra, dime que puedo llamarte en un día o dos. No ves cómo, mientras te exhorto a ser una filósofa,
mis propios sentimientos de miedo se agudizan.
Necesito algo tranquilizador, no puedo preguntarte esto a ti (Godwin
&Mary, 1977:17)
Este
primer intercambio resulta decisivo, pues la resolución de Godwin
de permanecer, aún cuando también él padezca incertidumbres, serena a
Mary Sin embargo el carácter recurrente de los miedos al abandono y a la fragilidad
a la que expone el sentimiento amoroso es recurrente a lo largo de toda
la correspondencia:”los irracionales miedos y el cortejo de tormentos”, como
los llama Mary, el temor
ante la ausencia, o las zozobras relativas a la intensidad de los sentimientos
del / la amado /a, retornan.
Como alguna vez señalara Piera Aulagnier el amor es una relación simétrica
en la cual cada sujeto es para el otro el objeto de una investidura libidinal
privilegiada. Se trata de un vínculo en el cual cada uno es reconocido
por el otro como fuente de un placer privilegiado pero también como el depositario
del poder de
infligir un sufrimiento igualmente privilegiado: la relación de simetría
se define porque cada uno/a atribuye al otro/a
un sitio de privilegio en el registro del
placer, y también por el
hecho de que cada uno atribuye al otro un poder de sufrimiento igualmente privilegiado.
Este "y" que une placer y sufrimiento define esencialmente lo que
Aulagnier llama simetría amorosa (Aulagnier,
1994)[5].
El /la amado /a y el /la amante
tienen, el /la uno/ a para el/ la otro/a la posibilidad
y la capacidad de producir tanto placer
como sufrimiento. De allí que toda
relación de amor esté, por así decirlo,
cercada por el conflicto, por la tensión entre placer y dolor,
así como por la constante
posibilidad de sobrepasamiento de los límites,
por la puja entre tendencias fusionales
y conflicto, entre la ternura
y la tensión agresiva. Es interesante analizar bajo esa luz las observaciones de Mary:
Me
ha gustado tu ¿puedo llamarla carta de amor? Mejor que la primera,
y puedo darte una alta prueba de mi estima diciéndotelo. Has calmado
mi mente, que había estado
durante la mañana atormentada por los viejos temores que amenazaban volver
con nueva fuerza para convertirse en angustia presente. Al menos se han ido.
Mis irracionales miedos y su cortejo de tormentos se han ido. Has conseguido
desvanecerlos rápidamente. No los traeremos de nuevo por hablar
de ellos. Puedes verme cuando quieras... (Godwin &Mary,
1977: 18)
La
mayor parte de la correspondencia gira
en torno de la tensión irresuelta entre
el apaciguamiento y el regocijo
ligados al reconocimiento de la
pasión y ternura mutuas y el distanciamiento
y el miedo, la amargura o los reproches nacidos de la amenaza vinculada
al peligro de pérdida del otro/a o
a la sensación de daño o desconsideración por parte del /la amado /a
hacia los propios sentimientos.
La amenaza que se cierne sobre cualquier enamorado /a se precipita también
sobre Mary y William Godwin.
Mientras
Mary demanda William procura
detener sus miedos, aventar sus temores, iluminar las oscuridades de
sus sentimientos más frágiles. En carta del 22 de agosto dice:
¿Humilde!?
¡Por el amor de dios! Sé orgullosa, arrogante!. Tú eres...
pero no puedo decirte lo que eres. No puedo aún encontrar las circunstancias
en las que te unes a lo más frágil
de nuestra naturaleza. Quisiera
alcanzarlo y expulsarlo (Godwin &Mary,
1977: 18
Sin
embargo el amoroso cuidado que parece haber tenido Godwin
respecto de la posición de Mary sobre sí misma y sus sentimientos no
le impidió formular críticas hacia su producción
escrita, especialmente hacia las peculiaridades de estilo.
La crítica mutua en el terreno intelectual y al parecer una solidaria
colaboración constituyó para ambos un lugar no menor en la construcción de la
relación. Podemos hallar indicios en diferentes puntos de la correspondencia.
Mary dice:
¿Me
darás mi lección esta noche? No me enojaré mucho si mezclas
dulcemente tus disquisiciones según el modo de Milton.
La imaginación, en este momento ha tornado en conjunción con un beso
y las sensaciones roban mis sentidos. No olvidarás,
te ruego, esas graciosas
pausas. Me has conducido a descubrir que escribo peor de lo que pensaba hacerlo.
No pararé hasta cambiarlo, debo intentarlo o permanecer insatisfecha conmigo.
(Mary & Godwin, 1977: 35:
A
su vez William le dirige, entre el 5 y el 20 de junio de 1797, cuando estaban
ya casados y esperaban la llegada de quien presumían "el pequeño William",
numerosas cartas relatándole su
viaje y los diferentes lugares por los que transita, a la vez que sus reflexiones
acerca de la situación política, la educación de las mujeres,
el estado del teatro. El
mutuo respeto y la existencia de un terreno de acuerdos compartidos no parece
haber sido obstáculo para la disidencia y las discusiones. Es Mary, sin embargo
quien las marca con mayor énfasis, y la mayor parte de las veces con un ánimo
beligerante que no parece haber hallado eco, no por lo menos en la escritura,
en su compañero, al parecer mas dispuesto al apaciguamiento y la tolerancia
que a radicalizar los eventuales desencuentros.
Un
punto particularmente conflictivo, además de las ambigüedades de Godwin respecto
de alguna que otra dama, parece
haber sido la toma de decisión relativa al curso que tomaría la relación a partir
de la noticia el embarazo de Mary[6].
Las quejas y reclamos de Mary son frecuentes, así como sus señalamientos
relativos a la desventajosa condición de mujer. Al parecer la situación de embarazo
pudo haberla sometido a grados mayores de tensión.
El 29 de marzo de 1797 Mary y William contraen matrimonio en Saint
Pancras haciendo, además, pública, una relación que incluso sus amigos más cercanos
ignoraban.
El tiempo del embarazo, los avatares de alguna enfermedad infantil de Fanny, las variaciones en el clima, el viaje de Godwin, los encuentros y desencuentros, entendimientos y malos entendidos salpican la correspondencia dotando de densidad a dos sujetos, un hombre y una mujer que a tono con su época, en el siglo XVIII soñaban con un orden político racional:
"La humanidad, incluidas las mujeres, llegará a ser más inteligente y virtuosa cuando una política sana consiga que reine la libertad" (Wollstonecraft, 1973: 79)
Las
difíciles relaciones entre política y deseo de las que las feministas actuales
somos herederas hallan en el caso Wollstonecraft una cantera para pensar.
No sólo en los maravillosos sueños de libertad que hemos heredado, en
la agudeza argumentativa de quien reclamara para las mujeres el lugar de sujetas
de derecho y fuera capaz de sostenerse,
en el siglo XVIII, como
una mujer independiente, libre, una escritora y filósofa, como ella gustaba
decir de sí, también en las oscilaciones que produce el deseo de felicidad personal
y los avatares a los que
los fantasmas recurrentes del amor y los afectos nos someten aun hoy, cuando
muy pocas de nosotras (sus herederas
casi en el sentido literal, mujeres ilustradas
de clase media) arriesgamos
la vida en la maternidad[7].
El 6 de junio Mary escribe a Godwin:
Los
hombres se arruinan con la franqueza,
pero debo decirte que te amo mejor de lo que podía suponer cuando juré amarte
para siempre. Tengo que agregar
que me gratifica tu benevolencia, eres una criatura tierna y afectiva,
y siento que has llegado a mi vida
dando y prometiendo tranquilidad y placer.
No
estoy fatigada de la soledad, pero no disfruto de mi cena solitaria. Un marido
es una parte conveniente del arreglo de una casa, aun cuando su instalación
sea descuidada. Te deseo en mi alma, abrochado
a mi corazón, pero no te quiero pegado a mí siempre. Tuya,
tierna y verdaderamente. Mary (p.83)
10 días después, el 10 de septiembre de 1797, moría Mary Wollstonecraft
|
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Wollstonecraft,
Mary, Vindicación de los derechos de la mujer, Madrid, Debate, 1977
(publicado a comienzos de 1792)
William Godwin & Mary Wollstonecraft. Letters of William Godwin and
Mary Wollstonecraft (1977) edited
by Ralph Wardle, University of Nebraska Press, Lincoln and London.
Kant,
Immanuel, “Respuesta a la pregunta qué es la Ilustración”, en Filosofía
de la historia, Bs. As., Nova, 1964, 58-67.
Aulagnier,
Piera, Los destinos del placer,
Bs. As., Paidós, 1994.
Moller
Okin, Susan (1994) Liberalismo político,
Justicia y género, , en Perspectivas feministas en teoría política
, Carme Castells compiladora,
Barcelona, Paidós, 1996.
Monzón,
Isabel, De Doncellas, Amor
, Terror y Muerte, publicado
en RIMA (Red informativa de mujeres de Argentina) servicio gratuito de la Colectiva
Feminista Alfonsina Storni, Rosario, Santa Fe, Argentina,
30 de enero de 2002.
Pateman,
Carole (1989) Críticas feministas
a la dicotomía público – privado, en Perspectivas feministas en teoría política
, Carme Castells compiladora,
Barcelona, Paidós, 1996.
Tomalin,
Claire, Mary Wollstonecraft,
Barcelona, Montesinos editor,
1993.
[1] Hago referencia a un debate no menor en el campo teórico y político del feminismo y la filosofía política: el de los derechos de las mujeres. Mientras una larga lista de teóricas, entre las cuales cabe mencianar al menos a Susan Moller Okin (amén de una larga genealogía de ilustradas que no nombraré aquí) aboga en el doble espacio de la aspiración a la igualdad y el reconocimiento de la diferencia, autoras como Carole Pateman señalan que la consideración de las mujeres como ciudadanas supone inscribirlas en una lógica que las incluye como individuos en tanto las desconsidera como mujeres (Moller Okin, 1994; pateman, 1989).
[2]
La expresión que utiliza Wollstonecraft es la ciudadela de la costumbre.
[3] Las cartas han sido consultadas en su lengua original, en una edición a cuidado de Ralph Wardle. Es importante saber que Godwin, que se ocupó de publicar los escritos póstumos de su mujer, incluida la correspondencia con Imlay no publicó las 162 cartas que intercambiaron Mary y él antes y después de su matrimonio, en marzo de 1977. Las ordenó cronológicamente y las guardó entre sus papeles privados.
A su muerte los papeles pasaron a manos de su hija, Mary Shelley, quien a su turno las legó a Sir Percy y su mujer. Las cartas fueron divididas en tres lotes, uno fue a parar a la Bodleian Library, la segunda al heredero de sir Percy y el tercero a la sobrina de Lady Shelley, Bessie Florence Scarley, madre del Quinto Lord Abinger. De las originales 160 cartas preservadas por Godwin se han perdido 9, cuya búsqueda en otras colecciones ha fracasado.
[4] Existe un texto, de Monette Vacquin a propósito de Frankenstein. Según esta autora Frankenstein no sólo sería la puesta en discurso de las muchas veces que la muerte había irrumpido en la vida brevísima de su autora, Mary Shelley, sino una suerte de desesperado asalto contra los delirios de la razón moderna y su irrefrenable confianza en la ciencia la técnica.
[5]La sugerencia de leer el
de Piera
Aulagnier surgió de
un escrito de Isabel Monzón, De
Doncellas, Amor , Terror
y Muerte, publicado
en RIMA (Red informativa
de mujeres de Argentina) servicio gratuito de la Colectiva Feminista Alfonsina
Storni, Rosario, Santa Fe, Argentina
el 30 de enero de 2002.
[6] Si bien es verdad que Godwin pudo haber sido poco claro, especialmente con Elizabeth Inchbald, y tal vez con Ms. Pinkerton no es menos cierto que Mary mantenía una enorme libertad en su relación con otros hombres, desde Holcroft y Opie (de ese tiempo es el retrato más célebre de Mary) hasta Fuseli, con quien en algún momento tuvo un lazo amoroso.
[7] Hago esta aclaración, aun cuando pudiera parecer innecesaria, porque a más de 200 años de la muerte de Mary por una septicemia post parto , las infecciones derivadas de abortos y partos continúan segando las vidas de las más jóvenes, de las mas pobres, debido a que son practicado sen condiciones insalubres.