Cicatrices
Nota publicada el 28 de enero de 2005 - Sección Las
12
Mucho tiempo después de haber roto el círculo de la violencia
–sobre todo dentro de la pareja–, las huellas del maltrato físico
o psicológico siguen haciéndose visibles. Para los organismos
internacionales, estas marcas tienen un correlato directo sobre la economía;
para quienes atravesaron por esta experiencia, es la vida cotidiana la que
se transforma.
Por
Sandra Chaher
Susana habla con energía. Parece una mujer segura. Está relatando
cómo convivió –y logró romper el vínculo–
con un compañero que abusaba física y psicológicamente
de ella. No se quiebra en el discurso, pero hay huellas perceptibles de la
situación de estrés y maltrato vivida: la tensión del
cuerpo; la hipervigilancia permanente, como si esta casa nueva a la que se
mudó con sus hijas pudiera ser violentada en cualquier momento por
ese hombre que ahora está a más de mil kilómetros de
distancia y sigue acosando pero por teléfono; un corpus de gestos y
actitudes sutilmente violentos en ella misma, que descarga contra sus hijas
o que la hacen llevarse por delante muebles o voltear vasos sin querer hacerlo.
En algún momento dirá que ella tampoco fue agua de estanque
durante la relación, que también tiró algún manotazo
que sólo logró que él se cebara aún más.
Estela, en cambio, casi ni se mueve de la silla, y su tono es el mismo tanto
cuando dice que siempre vivió con sus padres y que la que acaba de
terminar es su segunda relación con un hombre violento, como cuando
cuenta que una noche durmió con una cuchilla en el medio de la cama.
Esa era la amenaza de su marido por si osaba desobedecerlo. Con la misma falta
de expresión cuenta que después de que su hijo pasara dos meses
con el padre, lo llevó al médico. Lo notaba raro, se tocaba
mucho ahí abajo, se bajaba los pantalones y mostraba la cola, y la
especialista le dijo que el nene había sido sometido a juegos eróticos,
incluso era probable que hubiera sido penetrado.
Ningún signo en Estela altera su relato. Mientras las tripas de quien
escucha se retuercen, las de ella parecen estar secas, agotadas. Pero ahí
encogida, los hombros juntos hacia delante, la espalda vencida, las huellas
están.
Enfermedades de transmisión sexual (ETS) y VIH; daños corporales
(lesiones con arma blanca) y daños permanentes como quemaduras, mordidas
o hematomas; enfermedades ginecológicas (dolor crónico pelviano,
flujo vaginal persistente, sangrado genital de origen disfuncional); quejas
somáticas poco definidas (cefalea crónica, dolor abdominal,
pélvico y muscular, fatiga crónica); abuso de alcohol y sustancias
tóxicas; cambios repentinos de peso; discapacidad parcial o permanente,
conductas nocivas para la salud y problemas durante el embarazo: aumento del
tabaquismo, aborto, control prenatal tardío, retardo de crecimiento,
hemorragias del feto, muerte fetal y muerte materna. Así de larga es
la lista de las secuelas de la violencia.
Y sigue.
Síndrome de estrés post-traumático (STPT), miedo y ansiedad,
sentimientos de vergüenza, conducta extremadamente dependiente, enuresis
y encopresis, trastornos del ánimo obsesivos-compulsivos, por conversión,
de pánico, del sueño, de la alimentación, depresiones
severas y episodios psicóticos, se anotan entre las alteraciones a
la salud mental.
En la vida sexual y reproductiva: embarazos no deseados; disfunciones sexuales,
obligación ejercida por parte del varón de la práctica
de aborto, prohibición del uso de anticonceptivos, daños físicos
y psicológicos específicamente en el plano sexual, abuso, acoso
y violaciones, fobias sexuales y de la sexualidad en general.
Los resultados mortales de estos abusos y lesiones a la integridad de la persona
y de sus derechos humanos son el homicidio del victimario y el suicidio.
Toda persona es un sistema en el que confluyen los más diversos aspectos
de su vida. Cuando un punto cualquiera de ese sistema es dañado, las
repercusiones llegan como olas hasta las costas más lejanas. Pero si
lo dañado es un centro neurálgico, el sistema puede colapsar.
Una mujer víctima de violencia aguda y prolongada es un sistema enloquecido,
al borde del quiebre permanente. “Suele hablarse de una lesión
de la autoestima en las mujeres víctimas de violencia, pero lo que
yo creo que hay es un avasallamiento de la identidad. La persistencia en un
vínculo de este tipo hace que la mujer se pierda a sí misma,
y de esto pueden venir consecuencias múltiples –dice la psicóloga
Lucía Heredia, que hace más de 10 años atiende a quienes
llegan a la Comisaría de la Mujer de Martínez–. Aparecen
todo tipo de enfermedades psicosomáticas, alergias, bronquios, todo
lo que puede pasarte cuando estás con las defensas bajas. Y claro:
el estrés post-traumático y, lo que es más complejo de
todo para mí es lo que yo llamo toxicidad, porque éstas son
relaciones que se te meten en la última parte de tu cuerpo y, aunque
hoy se habla de unos 10 años para recuperarse de estos vínculos,
yo creo que hay residuos permanentes. Y si vamos a enfermedades físicas,
lo que yo he visto con una prevalencia impresionante es el cáncer de
útero, y en general de todas las zonas sexuales o genitales. Siempre
que hay violencia, hay también abuso sexual, y este tipo de enfermedades
es una manera de clausurarte como mujer, porque no hay que olvidar que lo
que el violento pone sobre todo en tela de juicio es la condición femenina,
por eso la violencia física más manifiesta suele aparecer en
el embarazo.”
La psicóloga Isabel Monzón hace un diagnóstico similar
y recuerda el caso más paradigmático que le tocó tratar:
una chica con cáncer de vagina. “Hay en general una predominancia
de enfermedades vinculadas con lo sexual. Para mí lo más importante
es que las consecuencias del abuso duran mucho tiempo, no es que no se cierran
nunca las heridas, pero cuesta. Marie France Irigoyen habla de acoso moral
para describir el estado psicológico de la situación, y yo acuerdo
completamente. En general primero viene el maltrato verbal y después
el físico, pero a veces puede haber una golpiza impresionante y a partir
de ese momento queda flotando la amenaza de una nueva paliza, con lo cual
tenés a una mujer aterrada y a unos hijos también sometidos
a ese estado de pánico. El psicópata-narcisista, perverso, que
es como yo defino al golpeador porque una sola de esas palabras no me alcanza,
es una persona que trabaja sobre la destrucción de la autoestima de
la mujer y va minando todos sus espacios.”
El deterioro de la identidad, de los vínculos y del desarrollo social
y laboral, que es parte del proceso de violencia, produce otro tipo de lesiones,
menos visibles: las mujeres suelen perder el apoyo de amigos y familiares,
que se cansan del círculo vicioso del que ella quiere pero no puede
salir; y empieza la merma en su disponibilidad laboral, lo cual las vuelve
más dependientes de sus compañeros porque disminuye su capacidad
de generar dinero y tener en ese plano cierto nivel de independencia que,
llegado el caso, les permitiría cierta movilidad para desvincularse
de él (mantener a los hijos, alquilar una casa si decidieran abandonar
el hogar común, pagar un abogado si hiciera falta, o al menos cubrir
los viáticos hasta los lugares de asesoramiento y patrocinio).
“El aislamiento es uno de los métodos de dominación del
hombre golpeador. El discurso hacia las mujeres es que las familias y las
amigas no sirven. Ahí empieza el deterioro de la vida social, que inevitablemente
sigue con la disminución del rendimiento en la vida laboral porque
la mujer deja de poder pensar con claridad”, señala Débora
Tomasini, coordinadora del Servicio Público de Asistencia Integral
a las Víctimas de Violencia Doméstica y Sexual de la Dirección
de la Mujer del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En ese servicio, en
el que hay alrededor de 800 mujeres en tratamiento, se decide darles el alta
cuando se reúnen varias condiciones: que la mujer tenga conciencia
de la situación de riesgo que atravesó; que pueda preservarse
de nuevas situaciones riesgosas; que tenga resuelto el aspecto judicial (de
la forma en que ella decida); y que sea consciente del aspecto subjetivo de
su implicación en la situación de violencia. “Las situaciones
de violencia son siempre nocivas y de difícil resolución. Es
un proceso duro y largo, no sólo desde el punto de vista emocional
sino porque tienen que ajustarse nuevamente a la vida en sociedad. A veces,
armar un nuevo circuito de amistades les lleva años. Y además,
aunque tengan el alta, eso no es garantía de que no armen una nueva
relación violenta”, concluye Tomasini.
Ya hace casi dos décadas que los organismos internacionales de crédito
advirtieron los costos que tiene para el sistema de salud y para el mercado
laboral la violencia hacia las mujeres. “Muchos organismos empezaron
a pensar proyectos de prevención de la violencia hacia las mujeres
por los altos costos que registraron que tenía la violencia sobre el
sistema laboral y de salud –señala Carmen Storani, quien preside
la Dirección de la Mujer del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires–.
Y en la última década se instaló la violencia hacia la
mujer como un tema de salud pública en la agenda internacional y en
la de muchos países.”
En el trabajo Violencia contra la mujer: la carga oculta sobre la salud, de
la OPS, se relevan varias investigaciones, entre ellas el Informe sobre el
desarrollo mundial, realizado por el Banco Mundial en 1993, en el que se da
cuenta de estos costos de los que habla Storani. Allí se señala,
entre otros datos, que “a nivel mundial, la carga de salud por la victimización
de género entre mujeres de 15 a 44 años es comparable a la representada
por otros factores de riesgo y enfermedades que ya son altas prioridades dentro
de la agenda mundial, incluyendo el VIH, la tuberculosis, la sepsis durante
el parto, el cáncer y las enfermedades cardiovasculares”. Y se
cita una investigación hecha en Estados Unidos en la que se halló
que “una historia de violación o agresión era una variable
de mayor fuerza que cualquier otra para pronosticar consultas médicas
y costos de servicios”.
El estudio de la OPS enfatiza especialmente las consecuencias mortales de
la violencia: el suicidio y el homicidio: el abuso “puede ser el precipitante
único más importante identificado hasta ahora relacionado con
los intentos de suicidio femeninos”. Además, está comprobado
que una cuarta parte de los intentos de suicidio de parte de mujeres estadounidenses
–y la mitad de los de afroamericanas– estaban precedidos por abuso.
Otra investigación hecha en India citaba la discordia conyugal y los
malos tratos de parte de los esposos y los suegros como el factor precipitante
más común de los suicidios de las mujeres.
Acerca del homicidio, el estudio de la OPS señala que “los datos
de una amplia variedad de países demuestran que la violencia doméstica
es un factor de riesgo importante en el homicidio de y por las mujeres”,
y que estudios realizados en culturas tan diversas como Canadá, Nueva
Guinea o los Estados Unidos confirmaron que “cuando las mujeres matan
a los hombres lo hacen a menudo en defensa propia y, generalmente, al cabo
de años de abuso prolongado y creciente”.
En la Argentina no contamos con investigaciones que den cuenta de las consecuencias
de los hechos de violencia en forma cuantitativa. Lucía Heredia, sin
embargo, considera que el nivel de suicidio no debe estar lejos de lo indicado
por la OPS a nivel mundial: en casos de violencia, la tasa de suicidio de
mujeres es 12 veces más alta que cuando no hay abuso. “Es un
tema que está en el aire porque hay una incitación muy fuerte
por parte de los varones, con este juego de someterlas y amenazarlas con el
abandono. Los cuadros más graves para las mujeres abusadas son cuando
las dejan por otra.
Ellas te dicen que les duelen más los cuernos que los golpes, porque
fueron llevadas ya a un enorme grado de dependencia. En esos casos es más
probable que aparezca el suicidio. Porque además el violento les conoce
la cabeza de arriba abajo y las lleva fácilmente a la situación
de suicidio.”
La
otra pandemia
Nota Madre: cicatrices
Si
bien hace años que se sabe que las víctimas de violencia –tanto
dentro de la familia como en el marco de conflictos armados o casos de violación–
se pueden contagiar el VIH como consecuencia del abuso (entre otras enfermedades
de transmisión sexual), los últimos años los organismos
nacionales e internacionales empezaron a alertar más severamente sobre
el tema. “La creciente propagación del VIH/sida entre las mujeres
y la violencia sexual están interrelacionadas. Si los gobiernos quieren
realmente luchar contra la enfermedad, deben hacer frente también a otra
pandemia mundial: la violencia contra las mujeres”, se señala en
el informe Women, HIV/Aids and Human Rights, presentado por Amnistía
Internacional en vísperas del 25 de noviembre de 2004, Día Internacional
para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. En el mismo documento
se decía: “Los estudios sugieren que en muchos casos la primera
experiencia sexual de una niña será forzada, y sabemos que una
de cada cinco mujeres será víctima de violación o intento
de violación a lo largo de su vida. Las prácticas tradicionales
como la mutilación genital, el matrimonio temprano o la costumbre de
que las mujeres que acaban de enviudar sean ‘heredadas’ por otros
familiares varones, aumentan asimismo la exposición de las mujeres al
virus”.
En el mismo sentido había alertado un año antes Noeleen Heyzer,
la directora del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (Unifem):
“Una de cada tres mujeres en el mundo será violada, golpeada, forzada
a tener sexo o abusada en el transcurso de su vida sólo por el hecho
de su sexo femenino. Según los últimos datos disponibles, 20 millones
de mujeres están afectadas a nivel mundial por el virus del sida, y debido
a ello sufren ataques y violaciones a sus derechos humanos. (...) A menudo,
la violencia proviene de un agresor cercano o compañero íntimo,
y la violencia surge debido a que las mujeres no pueden negociar sexo seguro
o rechazar intercambios no deseados. Pero la violencia también está
ligada a la brutalidad de la guerra, donde los cuerpos de las mujeres se han
convertido en parte del botín del campo de batalla, lo cual ha incrementado
dramáticamente las tasas de infección de VIH en las zonas de conflicto.
Solamente cuando se reconozca la relación que existe entre la violencia
contra la mujer y el VIH/sida se podrá hacer frente tanto a la pandemia
como revertir su avance”.
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