Un pequeño homenaje para Silvia Bleichmar.
Sábado 24 de agosto de 2007


Queridos todos y todas y para los que quieran leer, voy a ir despacito para que me entiendan.

En primer lugar copio las palabras de un aviso fúnebre que se publicó en el diario La Nación, porque me emocionó mucho. Nunca leo los avisos fúnebres de los diarios excepto cuando muere alguien que me interesa, que respeto, o que de una u otra manera, amo.

Lo cito: "No te acerques a mi tumba sollozando. No estoy allí. No duermo ahí. Soy como mil vientos soplando. Soy como un diamante en la nieve, brillando. Soy la luz del Sol sobre el grano dorado. Soy la lluvia gentil del otoño esperado. Cuando despiertas en la tranquila mañana, soy la bandada de pájaros que trina. Soy también las estrellas que titilan, mientras cae la noche en tu ventana. Por eso, no te acerques a mi tumba sollozando. No estoy allí. Yo no morí. (Oración indígena) Y sigue diciendo: A mi querida doctora con respeto, admiración y amor. Gabriela Tomasini. 17 de agosto de 2007-La Nación."

Bellas palabras de alguien que, es evidente, amó y respetó mucho a Silvia.

Y ahora voy a referirme al dialogo que tuve con una de las hijas de Silvia, Marina, que es psicóloga, estaba muy dolorida, la fui a saludar, charlamos un rato aunque ella no me conocía. Me preguntó qué llevaba yo pendiendo en mi cadena, y le respondí que era un llamador de ángeles. Y ella me contó de una película que aún no vi."Qué bello es vivir" cuyo director es Billy Wilder.

En esa película pasa algo con un ángel, pero lo que más me quedó grabado de las palabras de Marina es que me cuenta-ese es mi recuerdo del jueves 16 de agosto- que esa película tiene que ver con lo que pierde un pueblo cuando se muere una persona. También mencionó algo de las campanitas pero yo creí que se refería a las flores. Luego de ver anoche la película entendí que la "campanita" era mi llamador de ángeles.
En realidad, según averigüé después el director de "Qué bella es la vida" es Franz Capra, pero hay otra llamada "Las alas del deseo" que si es de Wim Wenders.

En ambas películas hay ángeles.

Voy a citar un comentario que encontré por Internet sobre la película a la cual Marina se refirió y yo pude saborear anoche. Luego, lean con paciencia, ya que más adelante agrego lo que pensé y sentí.

¡QUÉ BELLO ES VIVIR! (It's a wonderful life)
 
Dirección: Frank Capra
País: USA
Año: 1946
Duración: 122 minutos
Género: Drama, fantasía
Intérpretes:
.........James Stewart (George Bailey),
.........Donna Reed (Mary Hatch Bailey),
.........Lionel Barrymore (Henry F. Potter),
.........Thomas Mitchell (William Bailey),
.........Henry Travers (Clarence Oddbody).
Guión: Frances Goodrich, Albert Hackett y Frank Capra;.
basado en una historia de Philip Van Doren Stern.
Producción: Frank Capra.
Música: Dimitri Tiomkin.
Fotografía: Joseph Walker y Joseph Biroc.
Montaje: William Hornbeck.
Dirección artística: Jack Okey.
Vestuario: Edward Stevenson.

SINOPSIS
Durante la Nochebuena de 1945, abrumado por la repentina desaparición de una importante cantidad de dinero, George Bailey (James Stewart), banquero de la pequeña localidad de Bedford Falls, toma la decisión de suicidarse. En el último momento, Clarence (Henry Travers), un viejo ángel que aún no ha conseguido sus alas, le hace recapacitar sobre el verdadero sentido de la vida.

CRÍTICA
Por Manuel Márquez

Hay películas cuya resonancia, derivada de un simbolismo que les hace trascender el mensaje que emana de los términos estrictos de su narración, alcanza un nivel mucho más alto del que cabría esperar de sus meros valores fílmicos, ya sean éstos mate-riales o formales; y, en algunos casos, con la particularidad de que dicha trascendencia se va acrecentando con el paso de los años, hasta el punto de que tales películas terminan alcanzando la categoría de auténticos iconos populares. Creo no equivocarme incluyendo "¡Qué bello es vivir!" en esta calificación, aun cuando su presencia y repercusión se hayan ido atemperando y moderando en estos últimos tiempos -no se preocupen, esto se arreglará con motivo de la revitalización comercial a que pueda dar lugar cualquier aniversario o circunstancia similar, y quizá tenga algo que ver en ello el hecho de que estos tiempos no sean, precisamente, muy propicios para ciertos mensajes que de este film se desprenden. Y es que "¡Qué bello es vivir!" -y, en tal sentido, ni su título original ni el que ostenta en su distribución española contienen el más mínimo ápice de engaño o despiste- es una auténtica oda a la bondad, a la supremacía de los valores morales positivos en la definición de la condición de una persona, y, sustentada en tal tesitura, exhibe, sin la más mínima ambigüedad, un retrato del mundo y sus gentes en el que no hay cabida alguna para matices éticos o espirituales que puedan enturbiar su mensaje de fondo: ahí radican todas sus miserias y grandezas, al menos desde el punto de vista temático.

Porque desde el punto de vista formal, o narrativo, el film de Capra muestra una solidez y hechuras sobre cuya consistencia quizá no haya prueba más concluyente que la de contemplar, pasados casi sesenta años desde su estreno, y habiendo sido objeto de reposiciones casi permanentes, tanto en la pantalla grande como en la pequeña, que no ha perdido ni un átomo de su frescura ni un paso de su ritmo: la película se contempla, se absorbe en un suspiro, y bien podría exhibirse como una muestra señera de una maestría en el ámbito del narrar cinematográfico que, hoy día, se hace cada vez más difícil de encontrar: es la maestría de la "mano invisible", de ese trabajo del director cuya brillantez radica en que no hay forma de apreciar dónde están los rasgos "autorales" porque, sencillamente, no existen (ni se pretenden...).

En cuanto a las harinas temáticas, éstas sí que son de otro costal. No es muy trabajoso entender que, tras la devastadora experiencia de la Segunda Gran Guerra, el público americano no estaba muy predispuesto a recibir historias de excesiva complejidad en cuanto al retrato de la condición humana que las mismas pudieran plantear, y, en ese aspecto, el film de Capra constituía un auténtico bálsamo que, como tal, fue multitudinariamente (y muy bien) recibido. Pero el retrato de ese George Bailey, encarnado con una naturalidad inconmensurable por un genial James Stewart (que labró con este papel buena parte de su prestigio como uno de los más grandes inmortales del firmamento hollywoodiense), está trazado con tan férrea linealidad y con tan nulas concesiones al más mínimo desvío de la recta vía, que se hace difícilmente creíble, tal es su cúmulo de bondad y mansedumbre; más aún cuando no estamos ante una bondad ineludible, o necesaria, determinada por la condición de carácter de su poseedor, ya que Bailey no es un pánfilo o un tonto, sino que es bueno porque así lo ha decidido, como opción moral: George Bailey tiene preparación, carácter y ambición, es decir, los mismos atributos y valía que podrían haberle convertido (de hecho, eso hubiera sido lo previsible, lo esperable) en otro Potter (su opositor y contrincante, un personaje cuya caracterización, física y emocional, le acerca más al prototipo del villano de historia de superhéroes que al del "malo del drama"), pero no escoge ese camino, y, llegado a cada una de sus encrucijadas vitales, Bailey siempre opta por el sacrificio personal y la renuncia a sus aspiraciones, en beneficio de aquellos que le rodean. Son ese altruismo y ese desprendimiento atributos que difícilmente casan con la escala de valores imperante a día de hoy, en la que la primacía de un individualismo a ultranza hacen que una figura como la de George Bailey pueda ser más bien tachada de ingenua que de bondadosa. No es un problema de envejecimiento del mensaje o de la tipología de los personajes: es que los tiempos que corren son como son.

En cualquier caso, se trata de un desajuste (por denominarlo de alguna forma) que no empaña ni ensombrece la valía de esta enorme película, y que, por tanto, dejan intacta su valoración actual: la carcoma de los años lo va a tener muy difícil para hacer mella en este cuento (tenido por muchos como navideño, cuando de tal apenas si apunta la circunstancia meramente coyuntural de situar el acontecimiento desencadenante de su desenlace en la víspera de la Nochebuena: podría haber sido situado en cualquier otra fecha sin merma de la efectividad de su moraleja), al que, más allá de cuan identificado se pueda sentir cada cual con la naturaleza y carácter de su seráfico protagonista -que ése, y no otro- es el eje sobre el cual gira y en el cual se sustenta todo su armazón argumental, no se le puede negar una calidad cinematográfica notable.

Imágenes y sinopsis de "¡Qué bello es vivir!" - Copyright © 1946 RKO Radio Pictures y Liberty Films. Todos los derechos reservados.

Y ahora, luego de los excelentes y adecuados comentarios sobre esta gran película agrego lo que yo pude ver e ir engranando, mientras anoche la veía. Me hizo llorar, debo confesarlo.

La película empieza con una misión. Un ángel que aún no tiene alas, tiene que observar y conocer la vida de George Bailey y presentarse ante él en el momento necesario: Cuando George intenta suicidarse. Y ahí aparece Clarence, el ángel sin alas, un hombre simple, canoso, risueño. Él se tira al río y con ese acto logra que George también lo haga pero para salvar a Clarence.

Clarence se presenta ante George como su ángel guardián ante lo cual George se ríe y no le cree, claro! Como creer que todas las buenas personas tenemos un ángel guardián. Clarence confiesa ser un ángel de 2da clase porque aún no tiene alas y luego nos enteramos que, para tenerlas, tiene que hacer su tarea con su protegido. En un momento de desesperación George dice que quisiera no haber nacido. Y ahí se desata lo más interesante y conmovedor de la película de Capra. Clarence-al que en un momento George llama "Gabriel", le muestra a su protegido que hubiera pasado en ese pueblo si George no hubiera nacido. Y ahí entendí lo que quiso decir Marina, que distinto hubiera sido todo si no hubiera nacido su madre. O Marina, o vos, o yo, si queremos pensarlo.

George se desespera porque su esposa, madre de sus hijos, tuvo una vida distinta por no nacer él. Porque no habrían nacido los hijos de ambos, porque las personas humildes del pueblo no hubieran tenido sus casas- es que George queda a cargo de una humilde empresa de construcción que había fundado el padre.

Y desde esa empresa construyen casas para los trabajadores humildes, a los cuales el malo Potter (su opositor y contrincante) quiere despojarlos de todo. Y fundir a George para que no construya más. Es que no hubiera vivido el hermano de George que cae al agua helada cuando ambos son pequeños, pero George lo salva quedando sordo de un oído por lo frío del agua. Todo el pueblo hubiera sido distinto, también sus gentes, si no hubiera nacido George.

George le pide a su ángel nacer y así recupera el pueblo su vida, las gentes sus casas, los hijos a su padre y la preciosa Dona Reed a su compañero y marido. Ella desempeña un lugar especial en la película. A su manera, es también una heroína. Porque sin ella, George no hubiera logrado hacer lo que hizo.

Y algo más: una de las hijitas de George dice en un momento que cada vez que suena una campana, un ángel logra tener sus alas. Y así fue, suena una campana o campanilla y Clarence-Gabriel- logra sus alas luego de haber cumplido su tarea de ángel guardián.

Marina, la hija de Silvia, me había dicho algo sobre las campanillas pero yo creí que se refería a las flores -que según yo supuse - estaban en el jardín del velatorio, cuando en realidad ella se refería en ese momento a mi llamador de ángeles, que parece una campanita.

Cuando mi breve dialogo con Marina terminó le di una figura impresa de mi Arcángel Gabriel. Que ella aceptó gustosa. Le dije que la llevara consigo, creyera o no, que mal no le iba a hacer.

Recomiendo ver la película, es un canto a la vida y le agradezco a Marina-no conozco su dirección de correo- el haberme hecho conocer "Que bello es vivir" de Capra. Y ahora agrego un comentario que encontré por Internet de esa otra película que alguna vez vi y hoy vuelvo a verla. Cito: "En el film "Las alas del deseo" del director Wim Wenders, un ángel contempla la ciudad de Berlín desde la estatua resplandeciente del Ángel de la paz. Sus alas se borran mientras él desciende a las calles berlinesas a escuchar los pensamientos de los humanos; sólo los niños pueden ver su presencia porque ellos se preguntan por aquello que los adultos han dejado de cuestionar. "Cuando el niño era niño, era el tiempo de estas preguntas. ¿Por qué soy yo y no soy tú?. ¿Por qué estoy aquí y no allá?. ¿Cuándo empezó el tiempo y donde acaba el espacio?. ¿Es la vida bajo el sol tan sólo un sueño? Lo que veo y oigo y huelo ¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?
¿Realmente existen el mal y la gente que es mala? ¿Cómo es posible que yo que existo no haya sido antes de existir y que alguna vez yo, que existo ya no seré quien soy?" (Ángel)

Pensar en interrogaciones, pensar el tiempo, el espacio, el mundo desde la pregunta por el tiempo, el espacio y el mundo. Poder pensar la época y la humanidad; permitirnos pensar nuestra territorialidad desde la duda por nosotros como 'acuñaciones epocales': ¿quiénes somos, quiénes hemos sido, qué será de nosotros?

El ángel que es eterno, que existe antes de la historia, que es puro espíritu - está intrigado por este mundo -: humano, finito, histórico, que es pura materialidad. Ese ángel desea lo mundano, lo urbano, lo terrenal, lo fugaz, lo cotidiano; desea los olores, los colores, los dolores, los placeres de este mundo. Recorre los rostros, los lugares; entonces busca un rincón donde asirse, donde caer. Una mujer ilumina su búsqueda, vestida también de ángel, pero es sólo un disfraz.

Esta mujer es una extranjera, se siente desterrada, sola en un mundo extraño, sufre una pérdida constante, en una vida marcada por la soledad. Sólo busca consuelo en lo que queda de este lugar; en las sobras de lo que dejan otros, lo que los otros desprecian.

"A veces hablo de mí solo por fastidio. En momentos como éste. En momentos como ahora. El tiempo calmará todo. ¿Es el tiempo la enfermedad? Como si hubiera que inclinarse para seguir viviendo." "Qué raro no siento nada; es el final y no siento nada. Como si el dolor no tuviera pasado. Toda esa gente que recuerdo y recordaré. Empieza y siempre acaba (...). Por fin fuera en la ciudad. Saber quién soy y quién he llegado a ser (...)". "Casi siempre estoy demasiado consciente para estar triste (...). Estar aquí. Berlín. Aquí soy extraña, sin embargo, todo es familiar. De todos modos no me pierdo, siempre se llega al muro. Esperaré una foto en la máquina, me saldrá otra cara. Así iniciaría una historia. Los rostros, tengo ganas de ver rostros (...). ¿Cómo debo vivir? Tal vez esta no sea la pregunta ¿Cómo debo pensar?

Sé tan pocas cosas. Quizás porque soy muy curiosa. A veces me equivoco tanto porque hago como si hablara con alguien. Al cerrar los ojos dentro de los ojos cerrados incluso las piedras cobran vida." (Trapecista).

El ángel se convertirá en humano para ser un extranjero junto a ella. Ella que, al desaparecer el circo ha dejado de ser trapecista y busca en otro lugar un destino. "De todos modos no me pierdo, siempre se llega al muro", piensa en su búsqueda de identidad.

El muro es el pasado, por él no podemos dejar de ser lo que somos; por el muro del pasado el presente debe volver a lo acontecido para sanar su herida siempre abierta.

Otros ángeles recorren la Biblioteca de Berlín, allí está el viejo poeta llamado Homero: él es el único que como un niño, se pregunta por el tiempo (devenir) y el espacio (territorio), por la identidad y la tragedia de saber al final quiénes somos.

Nostálgico de un mundo perdido, abandonado entre las ruinas de la ciudad cercada por el muro, busca inútilmente la plaza de Potsdam, el café, la tabaquería; los lugares que dejaron de existir después de la guerra. La plaza hoy es un desierto, un desván, el recuerdo de los cuerpos mutilados.
"El mundo parece perderse en la penumbra, pero yo narro como al inicio en mi canturreo que me sostiene protegido a través del cuento de las perturbaciones del presente y conservado para el futuro. Se acabó el empezar muy lejos hacia delante y hacia atrás a través de los siglos, sólo puedo pensar de un día para el otro. Mis protagonistas ya no son los guerreros y reyes sino las cosas de la paz (...). Pero nadie ha logrado aún entonar una epopeya de la paz. ¿Qué tiene la paz como para no entusiasmar a la larga y que casi no se pueda narrar sobre ella? ¿Debo rendirme ahora? Si me doy por vencido la humanidad perderá a su narrador. Y una vez que la humanidad lo haya perdido también habrá perdido su infancia." (Poeta)

El poeta, el último narrador, que como un niño abrirá la interrogación ¿quién soy?, ¿por qué soy yo y no tú? El narrador que ya no habla de la historia universal sino del instante fugaz en el que vivimos; que ya no encuentra un lugar que no esté cercado por las ruinas. El narrador es el único que puede escribir sobre la paz - porque es el único que puede soñar - para que ésta se transforme en un verdadero presente.

Un mundo sin la amenaza constante de la guerra, un mundo sin fronteras para pensar lo verdaderamente humano aún en la tragedia que arrastra el progreso cargado de imágenes vacías, ausente de poesía y de verdad.

Una clave aparece en la Biblioteca de Berlín poblada de ángeles: "Benjamín compró en 1921 el Angelus Novus de Paul Klee".

Para Walter Benjamín el cuadro representa el ángel de la historia; ese ángel no puede dirigir su mirada hacia el futuro, su rostro está inclinado hacia el pasado; el horror de lo acontecido no le permite ver lo porvenir.

Las almas no podrán descansar en paz, como decimos cuando alguien ha muerto, hasta saldar la deuda con un tiempo de injusticias que no ha sido resuelto sino que, por el contrario, ese tiempo ha sido absuelto.

El vencedor siempre será el mismo mientras queden en el olvido los crímenes cometidos en nombre del progreso, en nombre de un 'futuro mejor'.
"El ángel de la historia ha de tener ese aspecto. Tiene el rostro vuelto hacia el pasado. En lo que a nosotros nos parece como una cadena de acontecimientos, él ve una sola catástrofe, que incesantemente apila ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. Bien quisiera demorarse, despertar a los muertos y volver a juntar lo destrozado. Pero una tempestad sopla desde el Paraíso, que se ha enredado en sus alas y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al que vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Esta tempestad es lo que llamamos progreso." (BENJAMIN, Walter. La dialéctica en suspenso. "Sobre el concepto de historia". Chile. Arcis Lom. 1995. Página 54).

Los ángeles son los guardianes de la memoria, son los que nos acercan el consuelo de la eternidad, la promesa de la redención. Tal vez los niños y los poetas están más cerca de una conciencia (como autoconocimiento) que no tiene miedo de ver la tragedia de un mundo que se repite amurallado por la cobardía de justificar la violencia; de legitimar las desigualdades; de dar razones al sin sentido de la guerra. Sólo la memoria es capaz de derrumbar el muro de lo que hemos sido. De un lado del muro están los vencedores que son los dueños de la historia. Del otro lado, los vencidos serán los narradores de la verdad, oculta tras los velos de la clase dominante. Los personajes de "Las alas del deseo" que escribieron Wim Wenders y Peter Handke representan lo que somos como seres históricos: nuestra vida es una narración, somos los relatos de lo acontecido, somos equilibristas entre un pasado de horrores, un presente en ruinas y un futuro que augura un progreso que se encuentra atado a una mentira, a un olvido, a una injusticia.

"Narra, musa, el narrador. Arrojado a la orilla del mundo infantil, vetusto y a través de él; señala a cada cual. Mi público con el tiempo se volvió lector ya no está sentado en círculo sino cada uno por sí mismo y nadie sabe nada del otro. Soy un anciano con voz quebrada pero la narración sigue saliendo desde adentro y la boca entreabierta la repite, tan poderosa como fácil, una liturgia en la que no es necesario ser instruido en cuanto al significado de palabras y oraciones." (Poeta)

La infancia de la humanidad no es la edad primitiva, es el tiempo de las verdaderas interrogaciones.

También el filósofo nos advierte en sus sentencias:

"Aún el más valeroso de nosotros, rara vez tiene el valor de lo que realmente sabe..." (NIETZSCHE, Friedrich. El ocaso de los ídolos. Sentencias y dardos. Buenos Aires. Siglo XX. 1979. Página 7).

Sólo el ángel de la historia es capaz de mostrar la valentía de mirar el pasado con sus miserias y sus penumbras. No podrá desplegar sus alas hasta que aquellos que denuncian la barbarie del progreso dejen de ser señalados como los imprudentes, los necios o los dementes."

Isabel Monzón
Sábado 26 de agosto de 2007

Colisteras, gracias a esta nota de Clarín -porque da la dirección del velatorio- hoy a la mañana pude ir a despedirme de Silvia Bleichmar.
Tuvo un cáncer devastador pero aunque se creía que iba a morir en marzo, murió ayer, lúcida, dando cinco de sus seminarios, hasta que no pudo más.
Muchos y muchas llorábamos: pacientes, familia, colegas, amigas, alumnos... Hugo Bleichmar, el hermano mayor de Silvia, venía de Madrid con Emilce-Dio
Bleichmar, su cuñada. No llegué a verlos pero ellos iban a llegar a tiempo para despedirse. Ellos fueron mis maestros.
Una de las hijas de Silvia, Marina, es psicóloga, estaba muy dolorida, la fui a saludar, charlamos un rato aunque ella no me conocía. Me preguntó que llevaba yo en mi cadena, y le conté que era un llamador de ángeles. Y ella me contó de una película que aún no vi."Qué bello es vivir" cuyo director es Billy Wilder.
En esa película pasa algo con un ángel, pero lo que más me quedó grabado de las palabras de Marina es que me cuenta que esa película tiene que ver con lo que pierde un pueblo cuando se muere una persona.
Un pueblo digo yo. Un país. Y "Dolor País" es el título de un libro de Silvia Bleichmar. ¿Le dolerá al país la muerte de Silvia?, pienso que si.
Estaban las psicoanalistas Ana María Fernández, Marilú Pelento, Yolanda Orozco, María Raquel Scarazzini y varias más. Por la noche había estado el psicoanalista Alfredo Grande, quien me dio la noticia anoche a través de un email.
También estaban la actriz Marta Bianchi, responsable de la sección Mujer y Cine del INCA. Y la periodista Mónica Gutiérrez, excelente periodista, muy apenada.
Ana Fernández dijo "y ahora con quién podremos confrontar"?
Porque para poder confrontar tenemos que tener alguien de la riqueza de pensamiento de Silvia Bleichmar.
"Que bello es vivir" repito con las palabras de Marina.
Apreciemos la vida, y me quedo con la sensación de que Silvia no ha muerto, porque nadie muere si es buena persona, si ha hecho bien ayudando a otros y otras. Nadie muere si deja obra escrita y queda en el recuerdo de tantos corazones que hoy la lloramos

Un abrazo feminista
Isabel Monzón