Capítulo 12 de: "Todos los animales somos hermanos"
por Jorge Riechmann

 

ANIMAL PRÓJIMO

“Ese defecto que impide la comunicación entre ellos [los animales no humanos] y nosotros, ¿por qué no ha de ser nuestro tanto como suyo? No se sabe de quién es la culpa de no comprendernos; pues no les entendemos más que ellos a nosotros. Por este mismo motivo, pueden ellos considerarnos bestias, como hacemos nosotros con ellos. No es muy extraordinario que no les entendamos (tampoco lo hacemos ni con los vascos ni con los trogloditas).”
Michel de Montaigne

“La transmigración merece ser cierta. No sólo ser lo que miras, sino también haberlo sido o ir a serlo.”
Joaquín Araujo

“Hay carácter moral en todos los elementos de la naturaleza: puesto que todos avivan este carácter en el hombre, puesto que todos lo producen, todos lo tienen. Así, son una la verdad, que es la hermosura en el juicio; la bondad, que es la hermosura en los afectos; y la mera belleza, que es la hermosura en el arte. El arte no es más que la naturaleza creada por el hombre.”
José Martí (en el ensayo sobre Emerson)

“que vinguin tots, la vaca i el cavall/ amb una rosa de claror per marca” (que vengan todos, la vaca y el caballo/ con una rosa de fulgor por marca).
Joan Brossa

“Creo que una hoja de hierba es tan perfecta como la jornada sideral de las estrellas,/ y una hormiga,/ un grano de arena/ y los huevos del reyezuelo/ son perfectos también./ El sapo es una obra maestra de Dios/ y las zarzamoras podrían adornar los salones de la gloria./ El tendón más pequeño de mis manos avergüenza a toda la maquinaria moderna,/ una vaca paciendo con la cabeza doblada supera en belleza a todas las estatuas,/ y un ratón es milagro suficiente para convertir a seis trillones de infieles.”
Walt Whitman

“¡Padre de lo alto!/ ¡Contempla un Ratón/ agobiado por el Gato!/ ¡En tu Reino reserva/ una Mansión para la Rata!// Que muelle en seráficos armarios/ mordisquee todo el día,/ mientras confiados ciclos/ girando, solemnemente pasan.”
Emily Dickinson

Superar prejuicios

Una línea esencial de progreso moral a lo largo de la historia de la humanidad viene siendo la superación de prejuicios dirigidos contra grupos de seres humanos, a los que se excluía colectivamente de la comunidad de iguales. Así, progresivamente, hemos llegado a juzgar inaceptable la exclusión de la comunidad moral con pretextos "de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición" (Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, artículo 2.1).

Hace un siglo, en 1875, un tribunal de Wisconsin dictaminaba que una mujer no podía trabajar como abogada, ya que tal profesión sólo podían ejercerla las personas, y las mujeres no eran personas para el Derecho. En la justificación de la sentencia se incluían perlas como las siguientes:

"La ley natural determina al sexo femenino para parir y alimentar a los vástagos de nuestra raza. (...) Todas las profesiones de las mujeres que no concuerden con este deber sacrosanto y fundamental, como la profesión de jurista, son desviaciones del orden natural. Las peculiares características femeninas, como la suave dulzura y la acusada sentimentalidad, el ser fácilmente influenciables, (...) la subordinación del entendimiento a la pasión, por cierto que no hacen a las mujeres aptas para los litigios jurídicos" .

A mediados del siglo XX, el polígrafo don José María Pemán podía expresar su prejuicio racista con la sencillez de quien se sabe dentro de un consenso cultural:

"Los moros, como los niños o los salvajes, no veían más que lo que tenían delante de los ojos y no sabían ponerlo en relación con otras cosas lejanas para formar la idea de unidad" .

Textos como los dos anteriores nos escandalizan hoy porque se han quebrado los consensos culturales que los hacían posibles... más o menos. Pero sustitúyase, por ejemplo en el texto de Pemán, moros por chimpancés o por orangutanes, y nos hallaremos de nuevo dentro de un consenso cultural que sin embargo no es menos fraudulento que aquel otro, ni está menos basado en la ignorancia. Prejuicios racistas como la opinión de que las lenguas de los "primitivos" eran intrínsecamente más pobres y elementales que las lenguas europeas --opinión que para los europeos cultos de hace un siglo era indiscutible-- no han podido resistir la evidencia puesta a la luz por las ciencias sociales modernas. De igual modo, la opinión de que nos separa de los animales un "abismo ontológico" es incompatible con la teoría darwiniana de la evolución y con los hallazgos de la biología, la etología y la psicología modernas. Y no me cabe duda de que antes de que transcurra mucho tiempo se considerará que se trata de un prejuicio injustificable con la misma certeza que hoy sabemos que lo era aquella tesis racista de la infracomplejidad del lenguaje de los "primitivos".


Ponernos en el lugar del otro

La capacidad de ponernos imaginativamente en el lugar del otro es un presupuesto de la vida moral en general, y también una condición para el desarrollo de otras capacidades morales. Shelley pensó que este tipo de imaginación hermanaba ética y poesía:

“La segunda función de la poesía es una función moral. Dice Shelley, en su Defensa de la poesía, que un hombre, para ser bueno, ha de imaginar intensa y compasivamente, ha de ponerse en el lugar de otro y de muchos otros. El órgano de la bondad es pues la imaginación. Y la poesía no es sólo (...) expresión de la imaginación sino también estímulo de ésta. Creando poesía o disfrutándola fortaleceremos el músculo de la naturaleza moral del hombre.”

En los mitos de muchas culturas las fronteras entre humano y animal son fluidas; los mitos de reencarnación vehiculan con particular intensidad la enseñanza moral del ponerse en el lugar del otro . Igual enseñanza moral básica de simpatía, empatía y compenetración con el otro transmiten las novelas protagonizadas por animales de nuestra infancia (el murciélago Atalafa, o el lobo Colmillo Blanco, o la mangosta Rikki-Tikki-Tavi...), prolongadas en grandes ficciones de la edad adulta, como los textos de Kafka o la novela de Andrzej Zaniewski La rata.

Ahora bien: en rigor, situarnos en el lugar del otro es imposible. Nadie siente sino su propio dolor, a nadie le ensombrece sino su propia melancolía, nadie disfruta sino su propio orgasmo, nadie vive sino su propia vida. Sin embargo, esta cosa imposible la hacemos constantemente en la práctica, y la convivencia humana resultaría imposible sin cierto desarrollo de la capacidad de empatía. (Este carácter de "imposible pero cotidiano" que exhibe el ponerse en el lugar del otro lo comparte con otra de las actividades humanas básicas para la convivencia de las gentes y sus culturas: la traducción de unas lenguas a otras.) Nos sentimos más ajenos e incomunicados con respecto a los "otros" que pertenecen a lejanas épocas y culturas: pese a todo, y de alguna forma, conseguimos aproximar su propia experiencia a la nuestra.

Meternos en la piel de otro puede ser tan difícil cuando esa piel es la lampiña piel humana, que cuando se trata de una peluda piel animal. La dificultad es de grado y no de cualidad. De entrada, no se ve por qué la facultad de empatía tendría que encontrar diferentes obstáculos en la línea que divide a las especies que en las múltiples barreras culturales que nos separan de otros seres humanos, o en las barreras sensoriales que nos separan del ciego o el sordomudo... Los obstáculos pueden ser mayores, pero no se ve por qué habrían de ser de diferente naturaleza.

Tenemos una necesidad urgente de desarrollar empatía hacia los animales en el mundo de finales del siglo XX. El escritor mejicano Carlos Fuentes declaraba en una entrevista: "Todos los horrores del mundo vienen de la incapacidad para imaginar a los demás. Cortés asesinó a los aztecas a diestro y siniestro porque no era capaz de entender su mundo, de imaginarlo. Creo que en la vida diaria, personal, debemos hacer el esfuerzo de imaginar al otro: no en términos políticos, sino humanos y psicológicos" . Una buena parte de los horrores que caracterizan la situación de los animales en las sociedades industrializadas tienen que ver, análogamente, con nuestra dificultad o nuestro bloqueo para ponernos imaginativamente en su lugar.


¿Sustituibles?

Quizá esta incapacidad para situarnos imaginativamente en el lugar del "otro" animal esté en la base de una de las objeciones que frecuentemente se hacen a las propuestas de mejora de la condición animal (y más específicamente a las propuestas de proteger la vida de los animales cuando se den ciertas condiciones): se arguye que los animales no humanos son sustituibles, intercambiables entre sí, mientras que los animales humanos no lo son. Me parece un error, y creo que de nuevo tenemos que habérnoslas con una diferencia de grado y no de categoría.

No son sustituibles el buey para el campesino o el perro para el pastor: para ellos se trata de seres vivos individuales con una idiosincrasia inconfundible, con una biografía concreta y personalísima, diferente a cualquier otra. A la inversa, hay animales humanos que piensan los asiáticos son todos iguales y sustituibles entre sí, o que en las batallas de la segunda guerra mundial los generales alemanes valoraban la vida de cada soldado individualmente y los consideraban insustituibles, mientras que entre las hordas rojas del ejército soviético la individualidad estaba poco desarrollada y los soldados eran intercambiables entre sí (no fantaseo: he oído defender en serio esta opinión). Por supuesto, se trata de un problema de conocimiento concreto y de distancia emocional en los dos casos, tanto para animales humanos como para no humanos. La ilusión de la sustituibilidad hunde sus raíces en el desconocimiento de las características concretas del individuo animal que consideremos, y en la indiferencia que nos inspire su suerte.

Theodor W. Adorno se rebelaba contra el principio de sustitución, que iguala a los individuos para que puedan reemplazarse unos a otros : esos individuos insustituibles no son sólo humanos.


El animal domesticado

Dos palabras, en este punto, sobre el animal domesticado. Él es un gozne, un umbral, una frontera: se halla a medio camino entre lo absolutamente otro del animal salvaje y lo familiar del ámbito humano (que nos resulta familiar porque nosotros mismos lo hemos construido).

De ahí la importancia del animal domesticado, que es la importancia de todas las fronteras. Lo que se juega en la relación humano/ animal domesticado va más allá de lo que una consideración estrictamente utilitaria puede hacer ver (no hay elemento ni situación en la vida humana donde la dimensión utilitaria no vaya acompañada de una dimensión simbólica). El animal domesticado no es sólo una fuente de leche, huevos, compañía, protección o servicios especializados (cuando uno es ciego o autista, por ejemplo): es también una puerta entre nosotros y "lo otro" de la naturaleza salvaje. El perro, además de todas las cosas que es, es también un vínculo entre el hombre y el lobo: creo que en la era de la crisis ecológica mundial nos interesa no romper ese vínculo.

Por los párrafos que anteceden, se verá que no me hace muy feliz la diferencia de trato que Jesús Mosterín y otros filósofos sugieren entre los animales sometidos a custodia humana y los animales salvajes . No creo ni que la "interferencia artificial" del ganadero a cuyos desvelos deben la existencia los animales de granja sea una circunstancia moralmente relevante a la hora de evaluar la muerte de estos (en detrimento de sus opciones), ni que en animales como los peces unos individuos sean reemplazables por otros, "por lo que lo importante fuera la conservación de los números de las poblaciones, más que el destino de los individuos".

Si acaso hubiera que establecer distinciones, más bien en sentido contrario: los seres humanos tenemos obligaciones especiales hacia los animales domésticos, que pueden sufrir mucho más que los salvajes cuando no se cumplen sus expectativas en relación con los seres humanos. Los hemos arrancado de su contexto natural –casi siempre de forma irreversible-- para hacerlos miembros de la comunidad humana (miembros de tercera categoría, pero eso tiene que cambiar): al tratarlos así, hemos contraído una responsabilidad especial. Hace más de un siglo Henry S. Salt señalaba:

“Aparte de los derechos universales que poseen en común con todos los seres inteligentes, los animales domésticos tienen un especial derecho a la cortesía y al sentido de equidad de los seres humanos por cuanto son no sólo sus criaturas compañeras, sino sus compañeros de trabajo. Están a su cargo y son, en muchos casos, miembros asociados a la familia y huéspedes de confianza en su hogar.”

¿Por qué les deberíamos una cortesía especial? Porque existe una suerte de “contrato animal” implícito entre nosotros y nuestros animales de trabajo y de compañía. Al lobo lo tratamos bien simplemente dejándole suficiente espacio vital y minimizando las interferencias; con respecto al perro tenemos responsabilidades mucho más exigentes, que se derivan de los vínculos mucho más estrechos, forjados desde hace más de 15.000 años .

“Se han convertido en seres con personalidad desdoblada, seres que llevan una doble vida. En una parte de su cerebro son gatos o perros adultos que se reconocen entre ellos, luchan, se aparean y crían a sus hijos. En otra parte de su cerebro siguen siendo para siempre infantiles, siempre gatitos o cachorros en su trato con nosotros. Continuamos siendo unos pseudopadres para ellos durante toda su larga vida...”

Nos hemos situado con respecto a ellos en una posición de poder: ahora no podemos rechazar las responsabilidades que el poder conlleva. Forjar lazos de confianza y afecto con una criatura capaz de mantener ese tipo de relación, que así se vuelve dependiente de nosotros, para después destruirla premeditadamente, es una de las peores formas de crueldad concebibles. Recordemos el caso del joven chimpancé citado al comienzo del capítulo 2:

“Ruth Orkin, del Departamento de Psicología, relata a su madre un experimento llevado a cabo con un joven chimpancé al que se crió como si fuera humano. Cuando se le pedía que clasificara una serie de fotografías en dos montones, el chimpancé insistía en colocar una fotografía suya con las de otras personas, y no con las de otros simios.”

Este chimpancé, socializado dentro una familia humana, no puede concebir otra familia como la suya. Apenas cabe pensar un daño mayor para él que negarle afecto y reconocimiento por parte de quienes, a todos los efectos, son sus padres.


La fiesta de los toros y el chino Wong

“Somos el único animal que sabe que lo es y así se distancia de la animalidad”, afirmó Víctor Gómez Pin en Sevilla el 17 de junio de 2002, en la presentación de su libro La escuela más sobria de la vida, un ensayo filosófico que defiende la fiesta de los toros. El pensador recordó a continuación que ningún antropólogo ha encontrado nunca sociedad humana alguna que prescinda del sacrificio de animales.

Pero se podría replicar: ¿y qué? En primer lugar, sabemos que una de las líneas más claras de progreso civilizatorio a través de los siglos ha consistido en sustituir los sangrientos sacrificios reales por incruentos sacrificios simbólicos (comenzando por la eucaristía cristiana). En segundo lugar, cabe observar que también el sojuzgamiento de las mujeres es una especie de “constante antropológica”, y eso no cambia un ápice el juicio moral que puede merecernos. Aquí lo esencial es darnos cuenta de que la gran plasticidad cultural de la especie humana nos permite a veces superar, o cuando menos matizar y moldear, muchos factores de determinación biológicos, históricos y culturales.

También el gran poeta hispano-argentino José Viñals, en su libro aforístico Huellas dactilares, echa su cuarto a espadas en defensa del toreo. Tras espetar que “las objeciones ecologistas y otras yerbas me tienen sin cuidado y me producen desdén, así como las críticas animalitarias y formalistas de gente respetable como Manuel Vicent”, Viñals arguye que se trata de un “arte popular emocionante y bello”, y que sería “estúpido negar su trágica belleza así como su elevado poder catártico”, para concluir: “la alegría, el júbilo, la conmoción de los pueblos, son por ahora más importantes que las acusaciones de crueldad o truculencia”.

Pero, a mi juicio, ni las críticas humanitarias de gente como Manuel Vicent son “formalistas” (si no se quiere implicar que toda ética sea necesariamente “formalista”), ni es contradictorio reconocer la “trágica belleza y elevado poder catártico” de lo que ocurre en el ruedo, al mismo tiempo que uno desea su pronta abolición, quizá sin gastar demasiada “moralina de tres al cuarto”. Más allá de la estética sacrificial, susceptible en todo caso de intensas modulaciones simbólicas que rebajen su grado de crueldad, hay una dimensión ética en la relación humano-animal que a las puertas del siglo XXI no puede seguir ignorándose.

Razones sobre el toreo como las de Viñals siempre acaban por traerme a las mientes un episodio de la Rayuela de Julio Cortázar, el 14 del LADO DE ALLÁ, cuando el chino Wong accede a dejar ver a Oliveira las fotos de la sesión de tortura: el condenado atado al poste y el verdugo con los cuchillos, los ocho momentos de un suplicio atroz que en total duraba una infinita hora y media. Wong defiende que no se trata de tortura, sino que “en China se tenía un concepto distinto del arte”: y estoy seguro de que ello puede argumentarse con la misma veracidad estética que mi maestro don José Bergamín ponía en la transmisión de la música callada del toreo. Pero ni por un momento se nos ocurriría sostener que, en el caso de las refinadas artes tradicionales de la tortura en China, tradición, arte y ceremonia tienen más valor que el sufrimiento del torturado. Los valores estéticos y culturales no prevalecen sobre los valores éticos. Creo que en quienes defienden el toreo se da un fracaso análogo en la ponderación de bienes y males, valores y disvalores.

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Puede bajar el texto completo del Capítulo 2 en esta dirección:

http://www.animanaturalis.org/modules.php?goto=Wvst8_36