Poemas y Cuentos con Angeles
Mi
llamador de Ángeles venía acompañado de estas palabras:
A veces al amanecer, cuando no sabemos con certeza si estamos dormidos o despiertos, o a la hora del crepúsculo, cuando las sombras nos hace dudar de nuestros sentidos, adivinamos invisibles presencias, susurros, aleteos, risas contenidas y hasta puede rozar nuestra mejilla algo que no podemos definir. Son los Ángeles, vienen, van, escuchando nuestros secretos y susurrándonos melodías. Ahora, si tal vez los perdiste en el apuro por vivir, solamente hace falta que los convoques.
Para
esa convocatoria te invito - ahora que estás en
mi web - a leer
el poema de Olga Orozco "Conversación
con el ángel", las "Elegías
de Duino" y "El huerto de los olivos " de Rainer M. Rilke y otro bello texto de autor desconocido. Y también
te sugiero te dejes acompañar
por uno de esos encantadores llamadores de Ángeles, tan parecidos a los cencerros.
Pero no te olvides que a los Ángeles hay que saber escucharlos y siempre darles
una mano, además de no soltarte de la de ellos.
Isabel Monzón
El
ángel - Cuento
de Hans Christian Andersen
En la película “Código
de honor”, el personaje que encarna Vanesa Redgrave le relata a Jack
Nicholson este cuento cuando habla de su nieta asesinada y violada por un
abusador de menores.
Cada vez que muere un niño bueno, baja del cielo un ángel de Dios Nuestro Señor, toma en brazos el cuerpecito muerto y, extendiendo sus grandes alas blancas, emprende el vuelo por encima de todos los lugares que el pequeñuelo amó, recogiendo a la vez un ramo de flores para ofrecerlas a Dios, con objeto de que luzcan allá arriba más hermosas aún que en el suelo. Nuestro Señor se aprieta contra el corazón todas aquellas flores, pero a la que más le gusta le da un beso, con lo cual ella adquiere voz y puede ya cantar en el coro de los bienaventurados.
He aquí lo que contaba un ángel de Dios Nuestro Señor mientras se llevaba al cielo a un niño muerto; y el niño lo escuchaba como en sueños. Volaron por encima de los diferentes lugares donde el pequeño había jugado, y pasaron por jardines de flores espléndidas.
-¿Cuál nos llevaremos para plantarla en el cielo? -preguntó el ángel.
Crecía allí un magnífico y esbelto rosal, pero una mano perversa había tronchado el tronco, por lo que todas las ramas, cuajadas de grandes capullos semiabiertos, colgaban secas en todas direcciones.
-¡Pobre rosal! -exclamó el niño-. Llévatelo; junto a Dios florecerá.
Y el ángel lo cogió, dando un beso al niño por sus palabras; y el pequeñuelo entreabrió los ojos.
Recogieron luego muchas flores magníficas, pero también humildes ranúnculos y violetas silvestres.
-Ya tenemos un buen ramillete -dijo el niño; y el ángel asintió con la cabeza, pero no emprendió enseguida el vuelo hacia Dios. Era de noche, y reinaba un silencio absoluto; ambos se quedaron en la gran ciudad, flotando en el aire por uno de sus angostos callejones, donde yacían montones de paja y cenizas; había habido mudanza: se veían cascos de loza, pedazos de yeso, trapos y viejos sombreros, todo ello de aspecto muy poco atractivo.
Entre todos aquellos desperdicios, el ángel señaló los trozos de un tiesto roto; de éste se había desprendido un terrón, con las raíces, de una gran flor silvestre ya seca, que por eso alguien había arrojado a la calleja.
-Vamos a llevárnosla -dijo el ángel-. Mientras volamos te contaré por qué.
Remontaron el vuelo, y el ángel dio principio a su relato:
-En aquel angosto callejón, en una baja bodega, vivía un pobre niño enfermo. Desde el día de su nacimiento estuvo en la mayor miseria; todo lo que pudo hacer en su vida fue cruzar su diminuto cuartucho sostenido en dos muletas; su felicidad no pasó de aquí. Algunos días de verano, unos rayos de sol entraban hasta la bodega, nada más que media horita, y entonces el pequeño se calentaba al sol y miraba cómo se transparentaba la sangre en sus flacos dedos, que mantenía levantados delante el rostro, diciendo: «Sí, hoy he podido salir». Sabía del bosque y de sus bellísimos verdores primaverales, sólo porque el hijo del vecino le traía la primera rama de haya. Se la ponía sobre la cabeza y soñaba que se encontraba debajo del árbol, en cuya copa brillaba el sol y cantaban los pájaros.
Un día de primavera, su vecinito le trajo también flores del campo, y, entre ellas venía casualmente una con la raíz; por eso la plantaron en una maceta, que colocaron junto a la cama, al lado de la ventana. Había plantado aquella flor una mano afortunada, pues, creció, sacó nuevas ramas y floreció cada año; para el muchacho enfermo fue el jardín más espléndido, su pequeño tesoro aquí en la Tierra. La regaba y cuidaba, preocupándose de que recibiese hasta el último de los rayos de sol que penetraban por la ventanuca; la propia flor formaba parte de sus sueños, pues para él florecía, para él esparcía su aroma y alegraba la vista; a ella se volvió en el momento de la muerte, cuando el Señor lo llamó a su seno. Lleva ya un año junto a Dios, y durante todo el año la plantita ha seguido en la ventana, olvidada y seca; por eso, cuando la mudanza, la arrojaron a la basura de la calle. Y ésta es la flor, la pobre florecilla marchita que hemos puesto en nuestro ramillete, pues ha proporcionado más alegría que la más bella del jardín de una reina.
-Pero, ¿cómo sabes todo esto? -preguntó el niño que el ángel llevaba al cielo.
-Lo sé -respondió el ángel-, porque yo fui aquel pobre niño enfermo que se sostenía sobre muletas. ¡Y bien conozco mi flor!
El
pequeño abrió de par en par los ojos y clavó la mirada
en el rostro esplendoroso del ángel; y en el mismo momento se encontraron
en el Cielo de Nuestro Señor, donde reina la alegría y la bienaventuranza.
Dios apretó al niño muerto contra su corazón, y al instante
le salieron a éste alas como a los demás ángeles, y con
ellos se echó a volar, cogido de las manos. Nuestro Señor apretó
también contra su pecho todas las flores, pero a la marchita silvestre
la besó, infundiéndole voz, y ella rompió a cantar con
el coro de angelitos que rodean al Altísimo, algunos muy de cerca otros
formando círculos en torno a los primeros, círculos que se extienden
hasta el infinito, pero todos rebosantes de felicidad. Y todos cantaban, grandes
y chicos, junto con el buen chiquillo bienaventurado y la pobre flor silvestre
que había estado abandonada, entre la basura de la calleja estrecha
y oscura, el día de la mudanza.
FIN
Este texto se encuentra en:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/angel.htm
Conversación
con el ángel ![]()
de
Eclipses y fulgores
Olga
Orozco
Contigo en aquel tiempo yo andaba siempre absorta,
siempre
a tientas, a punto de caerme, pero indemne y eterna,
tomada
de tu mano.
Ya
casi te veía, lo mismo que al destello de un farol en la niebla,
una
señal de auxilio en la tormenta.
Sí,
tú, mi sombra blanca, transparencia guardiana,
mi
esfinge azul hecha con el insomnio y el íntimo temblor de cada instante,
igual
que una respuesta que se adelanta siempre a la pregunta.
Sin
duda que en algún sitio estarán marcados tus pies delante de mis pasos
porque
te interponías de pronto entre mi noche y mi abismo.
Sospecho
que convertías en refugios dorados mis peores pesadillas,
que
apartabas las setas venenosas y las piedras sangrientas
y
venciste acechanzas y castigos.
Tal
vez hasta me contagiaras la sonrisa
y
lloraras después un larguísimo tiempo con mis lágrimas, vestido con mi duelo.
Después,
mucho después, en esos años en que creí perderte
en
algún laberinto o en una encrucijada,
fue
cuando me dejaste a solas, tan mortal, en el destierro.
Quizás
te convocaron desde lo alto para un duro relevo,
y
acudiste como un vigía alerta sin mirar hacia atrás,
aunque
a veces descubrí tu perfume de nube y de jazmín en una ráfaga
y
hasta palpé la suavidad que dejala huida de una pluma debajo de la almohada.
Ahora,
ya replegada toda lejanía con un golpe ritual,
frente
al fuego donde arde de una vez el lujoso inventario de todo lo imposible,
contemplamos
los dos el muro que no cesa,
no
aquel contra el que lloraríamos como estatuas de sal a la inocencia,
su
mirada de huérfana perdida,
sino
el otro, el incierto, el del principio y final,
donde
comienza tu oculto territorio impredecible,
donde
tal vez se acabe tu pacto con el silencio y mi ceguera.
El huerto de los olivos
Por
Rainer M. Rilke
Él
subía bajo el follaje gris,
todo
gris y confundido con el olivar,
y
metió su frente llena de polvo
muy
dentro de lo polvoriento de sus manos calientes.
Después
de todo, esto. Y esto era el final.
Ahora
debo irme, mientras pierdo la vista,
Y
por qué quieres que tenga que decir
que
existes, si yo mismo ya no Te encuentro.
Ya
no Te encuentro. No, en mí, no.
Ni
el otros. Ni en esa piedra.
Ya
no te encuentro, estoy solo.
Estoy
solo con la pena de todos los hombres,
que
yo intenté aliviar a través de Ti,
que
no existes. ¡Oh! vergüenza sin nombre...
Más
tarde se contaba: vino un ángel...
¿Por
qué un ángel? Ay, vino la noche
y
hojeaba indiferente en los árboles.
Los
apóstoles se movieron en sueños.
¿Por
qué un ángel? Ay, vino la noche.
La
noche vino, no era extraordinaria;
así
pasan cientos de ellas.
En
ellas duermen perros, en ellas yacen piedras.
Ay,
una triste, ay, una cualquiera,
que
espera hasta que vuelva a amanecer.
Pues
los ángeles no vienen a tales rezadores
Y
en torno a ellos las noches no se agrandan.
A
los que se pierden a sí mismos todo les abandona,
Y
están abandonados por los padres
y
excluidos del regazo de las madres.
La primera elegía
(del libro Las elegías de Duino)
Rainer
María Rilke
¿Quién,
si yo gritara, me escucharía
desde los órdenes angélicos? Y suponiendo
que un ángel de pronto me tomase contra
su corazón:
me extinguiría ante su existencia más fuerte.
Porque lo bello no es sino el comienzo de lo
terrible, que todavía podemos soportar
y admiramos tanto, pues impasible desdeña
destruirnos. Todo ánges es terrible.
Y así me contengo y trago el reclamo
de un oscuro sollozo. ¡Ay! ¿A quién podremos pues
recurrir? Ni a los ángeles ni a los hombres;
y las bestias, más sagaces, advierten ya
que no nos hallamos muy seguros
en el mundo interpretado. Nos queda,
quizás, un árbol cualquiera en la cuesta, que pudiéramos
verlo diariamente; nos queda la senda del ayer,
y la fidelidad demorada de una costumbre,
que complacida con nosotros se quedó para no irse.
¡Oh!, y la noche, cuando el viento lleno
de espacio cósmico nos consume el rostro, ¿con
quién quedaría ella,
la anhelada, la que duldemente nos desengaña, la
que arduamente
se anuncia al corazón aislado? ¿Es ella más ligera
para los amantes?
¡Ay!, ellos no hacen más que ocultarse uno al
otro su destino.
¿No lo sabes todavía? Arroja desde los brazos
el vacío
hacia los espacios que respiramos; quizás las aves
sientan con vuelo más ferviente el aire dilatado.
Sí,
las primaveras te requerían. Algunas estrellas
exigían que las percibieras. Se levantó
hacia ti una oleada desde el pasado, o,
cuando pasabas junto a la ventana abierta,
un violín se te entregaba. Todo esto era una misión
Pero, ¿es que la cumpliste? ¿No estabas siempre
distraído por la espera, como si todo te anunciara
un amante por llegar? ¿Dónde quieres esconderla,
si los grandes y extraños pensamientos entran y
salen
en ti, y permanecen más a menudo en la noche?
Pero si sientes la nostalgia, entonces canta a los
amantes; aún
no es bastante su renombrado
sentimiento.
Canta -casi nos envidias- a los abandonados,
que hallaste muchos amantes que los
satisfechos. Inicia
siempre de nuevo, inicia la inalcanzable alabanza;
piensa: si el héroe se mantiene aún en su misma
caída,
fue pretexto para ser;
su nacimiento último.
Pero la naturaleza exhausta recoge a los amantes
en su seno, como si no hubiera fuerzas
para cumplir esto dos veces. ¿Has pensado, pues,
bastante en Gaspara Stampa? [1] Que alguna muchacha, a
quien el amante
abandonara, sintiéndose ante el ejemplo exaltado
de esta amante: ¡ojalá pudiera ser yo como ella!
Estos dolores muy antiguos, ¿no deberán
finalmente sernos
más fecundos? No es tiempo ya de que
amorosamente
nos libremos del amado, y de estremecidos
resistamos:
tal como la cuerda resiste la flecha, para que en
la tensión del
salto sea más que ella misma. Pues un detenerse
no existe.
¡Voces, voces! Escucha, corazón mío, como antes
solo
escuchaban los santos, hasta que el inmenso
llamado
los levantaba del suelo; pero ellos, inconmovibles,
permanecían
arrodillados, sin atender a nada: así pudieron oír.
No es que tú
soportaras la voz de Dios, ni remotamente. Pero
escucha el soplo de la brisa,
escucha el mensaje incesante que se forma de
silencio.
Ahora susurra hacia ti desde aquellos jóvenes
muertos.
En donde estabas, en las iglesias de Roma y
Nápoles,
¿no te hablaba seriamente su destino?
O bien una inscripción se te imponía,
sublimemente,
como hace poco el epitafío de Santa María
Formosa. [2]
¿Qué quieren de mí aquellos muertos?
Quedamente debo
quitarles la apariencia de injusticia, que en
ocasiones
estorba un poco el movimiento de sus
espíritus.
Ciertamente que es extraño no habitar ya más
la tierra,
no ejercitar ya costumbres apenas aprendidas,
no dar más a las rosas y a otras cosas en sí
prometedoras
la significación del porvenir humano;
no ser lo que se era en manos infinitamente
temerosas,
y abandonar hasta el propio nombre, como un
juguete roto.
Extraño es no seguir deseando los deseos. Extraño
ver aletear tan sueltamente en el espacio todo lo
que tenía relación.
recuperación, para que
gradualmente se sienta un poco de eternidad.
Pero los vivos
comenten todos el error de distinguir demasiado
intensamente.
Los ángeles (se dice) no saben a menudo si andan
arrastra siempre consigo todas las edades por los
dos reinos
y hace acallar a ambos.
Finalmente, los muertos prematuramente ya no
nos necesitan.
Uno se deshabitúa suavemente a lo terreno,
igual que cuando
con dulzura se emancipa del pecho de la madre.
Pero nosotros,
para quiénes
desde la misma tristeza brota un progerso dichoso,
¿podríamos existir sin ellos?
¿Fue inútil la leyenda, cuando en el luto por
Lino, [3]
su balbuceante música atravesó la seca rigidez
de la materia?
¿Fue en vano que sólo en el espacio aterrado,
del que una vez para siempre salió un doncel casi
divino,
lo vacío haya entrado en aquella vibración, que
ahora nos
arrebata, nos consuela y nos ayuda?
El
Ángel guardián ![]()
Por Gabriela Mistral
Es verdad, no es un cuento;
hay un Ángel Guardián
que te toma y te lleva como el viento
y con los niños va por donde van.
Tiene cabellos suaves
que van en la venteada,
ojos dulces y graves
que te sosiegan con una mirada
y matan miedos dando claridad.
(No es un cuento, es verdad.)
El tiene cuerpo, manos y pies de alas
y las seis alas vuelan o resbalan,
las seis te llevan de su aire batido
y lo mismo te llevan de dormido.
Hace más dulce la pulpa madura
que entre tus labios golosos estruja;
rompe a la nuez su taimada envoltura
y es quien te libra de gnomos y brujas.
Es quien te ayuda a que cortes las rosas,
que están sentadas en trampas de espinas,
el que te pasa las aguas mañosas
y el que te sube las cuestas más pinas.
El
Centinela Azul * ![]()
De Autor desconocido
Hay
ángeles que están destinados
a
volar hacia abajo dentro de la oscura niebla
Frecuentemente,
son atrapados allí
y
por un tiempo, pierden sus alas
y
están perdidos
a
veces por casi toda su existencia
Realmente
no importa, aún son ángeles
los
ángeles nunca mueren
Ellos
saben que la niebla se irá un día
al
menos por un momento.
Y
saben que serán reclamados entonces, al fin,
por
un cielo dorado.
Blue
Scout (Versión en inglés) ![]()
There
are angels who are destined
to
fly downward into the dark mists.
Often,
they get caught there,
and
for a time, they lose their wings
and
they are lost,
sometimes
for nearly a lifetime.
It
doesn't really matter, they are still angels;
angels
never die.
They
know that the mist will clear someday,
if
only for a moment.
And
they know that they will be reclaimed then,
at
last,
by
a golden sky.
*Gracias,
Sofía Franco, por habérmelo hecho conocer.
.Gracias,
Ezequiel, hijo mío, por tu traducción.
Los
dos ángeles
Por Rafael Alberti
Ángel
de luz, ardiendo,
¡oh,
ven!, y con tu espada
incendia
los abismos donde yace
mi
subterráneo ángel de las nieblas.
¡Oh
espadazo en las sombras!
Chispas
múltiples,
clavándose
en mi cuerpo,
en
mis alas sin plumas,
en
lo que nadie ve, vida.
Me
estás quemando vivo.
Vuela
ya de mí, oscuro
Luzbel
de las canteras sin auroras,
de
los pozos sin sueño,
ya
carbón del espíritu,
sol,
luna.
Me
duelen los cabellos
Y
las ansias. ¡Oh, quémame!
¡Quémalo,
ángel de luz, custodio mío,
tú
que andabas llorando por las nubes,
tú,
sin mí, tú, por mí,
ángel
frío de polvo, ya sin gloria,
volcado
en las tinieblas!
¡Quémalo,
ángel de luz,
quémame
y huye!
El Ángel
de La Guarda
por Silvina Ocampo
Porque somos hechos espectáculo al mundo,
y a los ángeles, y a los hombres.
I Corintios, IV, 9.
Artilmán, Zelibeth,
Rosalm, Tur,
todos tus nombres suenan en mi memoria juntos,
asimismo eras y serás un solo ángel de mi guarda.
Artilmán, te llamaba a la hora del poniente cuando
bañábamos
y dábamos de comer en bolsas de arpillera afrecho
a los caballos del río
cuando cruzábamos el Sarandí
y en otras orillas juntábamos damascos híbridos.
Tenías monedas de chocolate nuevitas y un vestido
de azúcar
y en tu mirada multicolor joyas deslumbrantes, luz.
Zelibeth, te llamaba en el desierto del cinematógrafo
cuando la caravana se detenía muerta de horror
ávida de sed a beber agua
y por no hallar otro sitio para amarnos
las imágenes del paisaje se volvían reales
con fragancia con aire con espacios.
Eras silencioso, voluptuoso como la noche. Llevabas
anteojos azules.
¡Por qué no pude fotografiarte!
Rosalm, te llamaba cuando
el desencanto ató
mil brazos
alrededor de mi garganta que tragaba saliva, aterrada,
sobre el pasto verde transformada en lebrel, en pez,
en sierva que espera el alma.
Me mirabas con curiosidad
con rubor de manzana.
Te asemejabas a las personas queridas.
"Tur", te
llamaba en la torre de humo fría
que forman las casuarinas húmedas
cuando creía que eras como una estatua,
o como El ángel triste de Filippino
Lippi o el
desesperado de Jerónimo Bosch
o como el que acompaña a Tobías en un cuadro
del Tiziano.
Tenías una camisa de
hilo blanca.
¡Ah, qué pobre eras!, pobre y prestigioso.
Comíamos pan, el que se guarda para rayar
en la cocina en los íntimos cajones.
De tanto mirarte se perdió tu forma en mis ojos.
Yo creo que nadie sabe amar y crear si no es a tu lado.
Te amo como te amaba. Todavía. En la multiplicación
de tus nombres con dicha de alas.
Santa María, La Egipcíaca
por Silvina Ocampo
Tú que has ardido en
fuego de pasiones,
que fuiste escándalo a los doce años,
que tuviste un sosía
y por capricho quisiste ir a la fiesta
de la Exaltación de la Santa Cruz
en Jerusalem y entrar en el templo
¿qué fuerza invisible te lo impedía?
Fue al levantar los ojos y ver a la virgen,
que lloraste
y por fin pudiste entrar en el templo,
allí sentiste la inspiración divina
de huir al otro lado del Jordán.
La sombra enamorada
escribió notas
con su pelo en el viento musicales,
quedaron en la arena, son preciosas,
las nubes más rosadas las escuchan
cuando el sol del poniente la contempla
y yo desde tan lejos la imagino
y Norah atentamente la dibuja
en el fondo desierto del desierto
con ángeles divinos que la escoltan.
¿Un tigre durmió a tus
pies en el desierto?
¿Se enredaba el viento en tu larguísimo pelo?
¿Una tempestad te arrastró a distancias
inacabables en busca de agua
infinita como el océano?
Abandonaste todos tus hábitos
hasta que San Zosimas te halló
y te dio la comunión.
Sabia fue tu muerte
en tu cuerpo inerte,
delirante quedó en los vitrales
de las grandes catedrales.
Tribute to angels, 1945
por H.D. (Hilda Doolittle)
(24)
Cada hora, cada momento
tiene su específico Espíritu acompañante;
la manecilla del reloj, minuto a minuto,
golpetea en torno a su órbita prescrita;
pero esta curiosa perfección mecánica
no debería separar sino antes bien relacionar
nuestra vida, este eclipse temporal,
con aquella otra...
...vida de la no
necesidad
de la luna de brillar en él,
pues golpeteaba minuto a minuto
(el reloj en mi cabecera,
con su pálido, luminoso disco)
cuando la Dama tocó;
yo hablaba informalmente
con amigos en la otra habitación,
cuando vimos la estancia de afuera
hacerse más ligera –y en el umbral
no había tal puerta
(se trataba de un sueño, desde luego),
y ella estaba ahí de pie,
en realidad, al doblar la escalera.
(26)
Uno de nosotros dijo, qué extraño,
ella está ahí de pie en realidad,
me pregunto: ¿qué la habrá traído?
y otro de nosotros dijo:
¿tendremos algún poder
nosotros tres juntos,
que actúa como una especie de imán
que atrae lo sobrenatural?
(pero todo era lo suficientemente natural,
según acordamos);
no sé lo que dije
o si dije algo,
pues antes de que pudiera hablar,
me di cuenta de que había estado soñando,
que yacía despierta ahora en mi cama,
que esa luz tan luminosa
era la carátula fosforescente
de mi pequeño reloj
y el leve golpeteo
provenía de las agujas.
(27)
Y sin embargo de sutil manera
ella estaba ahí más que nunca,
como si milagrosamente se hubiera
relacionado con el tiempo ahí,
lo cual no es cosa fácil
incluso para el experimentado extraño,
de quien no debemos olvidarnos
pues hay quien recibe a los ángeles
de improviso.
(31)
Pero nada de esto, nada de esto
la sugiere tal como yo la vi,
aunque posiblemente nos aproximemos
a cierta parte de su fresca bondad
en la graciosa gentileza
de las doncellas marinas de mármol en Venecia,
que ascienden por la escalinata del altar
en Santa Maria dei Miracoli,
o la aclamamos
con otro nombre en Viena,
Nuestra Señora de la Nieve
(32)
Pues en verdad puedo decir
que sus velos eran blancos como la nieve,
nada
más pleno sobre la tierra
los puede superar en blanco; puedo decir
que lucía bellísima, lucía hermosa,
iba engalanada con un manto
hasta
los talones,
pero no iba
sujeto
con un lazo de oro,
no había oro, ningún color,
no había resplandor en la tela
ni sombra de hilván y bastilla
cuando se dejaba caer; ella no lucía
ninguno de sus atributos de costumbre;
el Niño no la acompañaba.
(41)
Llevaba un libro, ya sea para decirnos
que era uno de nosotros, con nosotros,
o para sugerir que estaba satisfecha
con nuestra ofrenda, un atributo a los Ángeles;
y aunque hablaron los campanili,
Gabriel,
Azrael,
aunque los campanili respondieron,
Rafael,
Uriel,
aunque una distante nota sobre el agua
redobló Anael y Miguel,
fue implícita desde un principio
otra, profunda, innombrada, resurgente campana
que respondió, soñando a través de todos:
recuerda,
donde nunca hubo
necesidad para que la luna brillara...
no vi templo alguno.
(42)
Algunos nombran a esa campana tan profunda
Zadkiel,
la bondad de Dios,
él es regente de Júpiter
o Zeus padre o Teus padre,
Teus,
Dios; Dios el padre, padre dios
o el Ángel dios padre,
él mismo, el cielo aún en casa en una estrella
cuyo color es amatista,
cuya vela se enciende en violeta profundo
con las demás.
(43)
Y el punto del espectro
donde todas las luces son una sola
es blanco y blanco no es una falta de color,
tal como se nos enseña desde niños,
sino un todo color;
donde las flamas se mezclan
y las alas se encuentran, donde ganamos
el arca de la perfección,
estamos satisfechos, estamos felices,
comenzamos de nuevos;
Yo ví a Juan. Soy testigo
de las alas de arco iris, del alcance del cielo
y los muros de color,
las columnas de jaspe;
pero cuando la joya
se derrite en el crisol,
no encontramos cenizas, cenizas de rosa,
una alta vasija y un báculo de lirio,
no un vas
spirituale,
no una rosa mystica siquiera
sino un racimo color de rosa de jardín
o un rostro como rosa de Navidad.
He
aquí el florecimiento del cayado,
es el florecimiento de la leña quemada,
donde,
Zadkiel, nos detenemos a dar gracias
por levantarnos de nuevo de entre los muertos y vivir.
Londres Mayo 17-31, 1944.
[1] Dama italiana (1523-1554), abandonada por el Conde Collatino de
Collato, vertió su pasión en sonetos que el propio Rilke tradujo. (N. del
T.)
[2] Iglesia de Venecia. La inscripción, a la izquierda del portal,
reza:
Vixi allis dum vita fuit / post funera tandem / Non perii / at gélido /
in
marmore vivo mihi; / Helmandus Gulielmus eram / me Frandria luget; /
Hadria suspirat; paupersque vocat. / Oblit Fal. Octob. MDXCII (N. del
T.)
[3] Semidiós y poeta mítico, como Orfeo. Homero menciona en
su Iliada su lamento de extinción (N. del T.)