Publicado
en Diario Página 12, sección Psicología, el
13 de mayo de 1999 con el título:
"Lewis Carroll entendido como abusador de niñas".
Alicia en el país de las pesadillas
Los especialistas en abuso sexual contra menores suelen afirmar que el ofensor
no tiene una psicopatología específica, no pertenece a ninguna clase social
en especial y hasta puede ser una persona absolutamente exitosa profesionalmente.
Tampoco todos asesinan ni violan ni cometen sus crímenes estando alcoholizados.
La mayoría de los abusadores hasta pertenecen al entorno social de las pequeñas
víctimas.
Algunos abusadores, tal vez los más peligrosos por la sutileza con la que cometen
sus delitos, pueden parecerse a Lewis Carroll.
Retrato
de un abusador
Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), un pastor anglicano nacido en Inglaterra,
fue no solamente el autor de Alicia en el país de las maravillas sino un talentoso
fotógrafo y matemático. Su apodo era Lewis Carroll. Algunas de las fotos que
les sacó a sus pequeñas víctimas se conservan; otras, en las que ellas fueron
fotografiadas desnudas, han sido, según parece, casi todas destruidas por su
sobrino y albacea. En una de esas fotos, la niña está acostada en un diván,
como una pequeña maja desnuda violentada por la conducta y la mirada obscena
del artista. En casi todas las fotos, las criaturas tienen una expresión de
suma tristeza o de enojo. A esas pequeñas, hijas de familias de clases distinguidas
y pudientes de la sociedad inglesa, Lewis Carroll las vestía, en ocasiones,
con andrajos o en camisón. Mientras los padres y la sociedad toda ¿qué veían?
Más aún, ¿qué vemos?
Los psicoanalistas no podemos quedarnos, en todas las ocasiones, deslumbrados
frente a la estética de una foto o de un texto. No cuando esa foto o ese texto
violentan y lastiman a una criatura. Por lo contrario, tenemos la obligación
que nos exige nuestra profesión y nuestra ética: ir más allá de lo aparente
para leer entre líneas. En esta tarea, solitaria, a veces debemos enfrentarnos
con un mito - en este caso con el del maravilloso escritor que fue Lewis Carroll
- y denunciarlo. Y si lo hacemos, cien años después, es porque hoy sabemos mucho
más de la pornografía y de la prostitución infantil que en la época de Carroll.
Hoy sabemos que esa pornografía navega impunemente por Internet, que da grandes
ganancias económicas y que los pornógrafos se protegen entre sí, se ocultan
y se justifican unos a otros. No denunciarlos es hacernos cómplices, con nuestra
desmentida, de sus delitos.
El hermoso libro-objeto Niñas contiene algunas de las fotografías tomadas por
Carroll y un estudio preliminar particularmente interesante en el que su autor,
Brassaï, escribe reflexiones sumamente contradictorias: "Los trucos y la diplomacia
desplegados por este tímido pastor anglicano son singularmente similares a los
manejos de un seductor impenitente. Como un Landrú, contabilizaba meticulosamente
la lista de sus 'conquistas'" . En marzo de 1863 eran ciento siete las niñas
fotografiadas. Brasaï se pregunta "¿Cuál era la naturaleza de la extraña fascinación
que ejercían sobre él estas niñas?". Según este autor, no era en realidad a
ellas a las que Carroll amaba sino a "un cierto estado fugitivo, transitorio,
ese breve instante del alba que despunta entre el día y la noche. Todas sus
amigas- niñas no eran más que las médiums, las reveladoras de este estado, y,
gracias a ellas, el poeta conservaba el espíritu de la infancia?". Pero
nosotros podemos preguntarnos ¿hace falta desnudar cuerpos infantiles
y fotografiarlos para conservar "el espíritu de la infancia"? ¿Acaso
eran esas las motivaciones que incitaban a Landrú para cometer sus crímenes?
A Carroll no le interesaban ni los niños varones ni las jovencitas púberes.
Brassaï nos informa, en relación a las pequeñas, que "en cuanto sus sentidos
se despertaban y sus senos crecían, era el fin y el honorable clérigo se veía
condenado a reemprender la caza". De sus decepciones y malos tratos hacia las
niñas dan testimonio una gran cantidad de cartas publicadas en Los libros
de Alicia, con introducción de Eduardo Stilman y prólogo, a nuestro pesar,
de Borges. Las niñas, entre otras cosas, son para Carroll, sus "preciosas",
sus "tesoros", sus "queridas amigas". Como si un adulto pudiera
entablar con un niño esa relación asimétrica llamada amistad. Como si un adulto,
sépalo o no, quiéralo o no, no ocupara siempre para el niño el simbólico lugar
de padre.
Sabemos que Lewis Carroll dedicó sus textos a Alice Lidell, a quien conoció
en 1862. Ella tenía diez años y Carroll treinta. También es conocido por todos
que en 1865 los padres de Alice le prohibieron a Carroll que volviera a acercarse
a ella y a sus hermanitas y a frecuentar su casa. Además, rompieron todas las
cartas que el reverendo Dodgson le escribiera a Alice.
Tanto Stilman como Brasaï, así como Cohen -un biógrafo del autor de Alicia en
el país de las maravillas - niegan que el famoso escritor haya sido un abusador
de niñas. Como ellos se dedican a la literatura, sus reflexiones tendrían ceñirse
que a su especialidad.. Por otra parte, no hace falta ser psicoanalista para
comprender, a través de esas cartas y de esas fotos, que Carroll abusaba sexualmente
de sus pequeñas víctimas. Comprobamos, una vez más, que para ser un abusador
de menores no hace falta vivir hacinados en una villa miseria. Se puede ser
fotógrafo, clérigo, médico, ingeniero y hasta psicoanalista. Solamente hace
falta "fabricar" a un ofensor. Todos ellos son fabricados socialmente. Pero
esto ya es tema para otra nota.