Comentario de Liliana Pérez Ferretti. Publicado en la Revista de la Asociación Psicoanalítica Argentina. en 1995.

BATHORY.
Acercamiento al mito de la condesa sangrienta.
Isabel Monzón. Feminaria. Buenos Aires, 1984.
Sexualidad femenina, sexualidad y valorización narcisista, identidad de género son algunos de los articuladores que sirven de marco teórico referencial al texto de Monzón. Con prólogo de Emilce Dio Bleichmar, y a partir de las producciones literarias de Valentine Penrose y Alejandra Pizarnik sobre la vida de Erzsébet Bathory, la autora plantea algunas cuestiones de la formación del psiquismo en la mujer.
En la Introducción Monzón realiza una breve reseña de los datos históricos. La biografía de Penrose, de rigurosa documentación y exquisita prosa poética, recoge la historia de la condesa húngara nacida en 1560, quien muere emparedada en 1614. Un proceso realizado en 1611 la condena a esta pena, luego de encontrarla culpable de la muerte de 650 jóvenes. "He aquí la historia de la condesa que se bañaba en la sangre de las muchachas". El subtítulo "Una Niña Cautiva" anuncia algunas de las hipótesis desplegadas posteriormente. La condesa a los diez años, tras la muerte de su padre, es prometida en matrimonio, y pasa a vivir con su suegra. La permanente vigilancia y control de sus actos y pensamientos, como un intenso aburrimiento, parecen ser la constante de la vida de esta niña. "No todas las enseñanzas de su suegra caían en saco roto. Erzsébet aprendió de ella a apoderarse del otro, a tratar a las personas como si fueran objetos insensibles... No era ella misma... Era un mosaico... En la sangre de las demás encontraría aquello que le había sido arrebatado: la vida... Lo cierto es que hasta la muerte de su marido, la Condesa, pese a manifestar actos de crueldad, no mata a sus víctimas". Belleza y juventud, ideales asociados a la condición femenina, quedan amenazados. Erzsébet no tolera el paso del tiempo, la vejez. Las jóvenes, con su sangre, le permitirían mantener eternamente su belleza. La Condesa repudiaba envejecer ya que desde la óptica de sus ideales esto significaba dejar de ser hermosa, "perdiendo así la única forma de poder a la que tuvo acceso".
La autora pasa revista a la conceptualización de la melancolía en la Edad Media y en el Renacimiento. "Según Avicena era causa de tristeza, soledad, sospechas y temor, que da a los seres largos, penosos y corrompidos fantasmas." Retoma el comentario de Pizarnik sobre la Condesa titulado "El espejo de la melancolía": En su época, una melancolía significaba ser poseída por el demonio. Brujas, hechiceras fueron la representación del Mal, aquellas que cuestionaban un orden instituido. "La mujer ¿qué otra cosa es, un enemigo de la amistad, un castigo insoslayable, un mal necesario, una tentación natural, un peligro doméstico, una maldición de la naturaleza, pintada con colores hermosos", cita el Malleus Malleficarum. Según Monzón, Pizarnik y Penrose se burlan de esto llamando a Erzsébet "posesa, bruja, lunática y loba".
Un espejo empañado, un espejo sombrío, un espejo diseñado por la propia Condesa frente al cual pasa largas horas contemplándose, constituye uno de los elementos importantes del mito. Monzón nos propone, apoyando sus hipótesis en D. Winnicott, que la Condesa se miraba pero no se veía. Supone una falla en el organizador del rostro de la madre como precursor del espejo. "Pero qué fría morada la mirada de una madre que no ve a su hijo. Verlo significa reconocer su existencia: no verlo negársela... Prisionera de un narcisismo de muerte, tenía Erzsébet en su mirada la desierta insensibilidad de la luna... La inmensa mirada lejana que pareciera venir del fondo del orgullo es una descripción crudamente poética de la soledad narcisista." La autora revisa el análisis que lleva a cabo Freud de la neurosis demoníaca del pintor Haizmann, quien vende su alma al diablo para ahuyentar la tristeza.
La Condesa se entrega a los poderes de una mujer viejísima, Darvulia, hechicera del bosque que se instala en el castillo y suprime todo obstáculo exterior a los requerimientos de su ama.
La Virgen de Hierro, autómata que la Condesa adquiere, permite la consideración de la temática del doble. Monzón plantea el deslizamiento de la denominación de la Condesa Sangrienta a "Condesa Siniestra", por vía de la articulación de los conceptos desarrollados por Freud en "Lo Ominoso".
"La Virgen de Hierro es un doble de Erzsébet..., manipulada por su dueña, actúa su crueldad... Es un símbolo de aquella madre, de aquella suegra, que sin preguntarle nada, decidieron sobre el destino de la pequeña... Hay una sucesión de mujeres que estando vivas no lo parecen, en tanto obedecen como autómatas mandatos sociales y familiares."
La autora sugiere que Erzsébet intentó rebelarse destructivamente, por vía de la identificación con el agresor. "Si la madre de la ternura atrae porque puede volver a consolar y a cuidar de esos hijos que no son sin ambivalencia se alejan de ella, no menos atractiva es la madre de la crueldad... El Yo, víctima de las demandas narcisistas de los otros, se aisla en su fortaleza. El Yo victimario ejercerá todo su poder, mientras el Yo víctima se disfraza de él".
Tanto la Condesa como sus instigadoras, no hacían más que responder a la legendaria asociación de sangre con belleza-juventud. Monzón recorre las diferentes conceptualizaciones del tabú de la sangre y del tabú de la virginidad, para recalar en el análisis del mito del vampiro. Mito universal que sostiene la creencia en la inmortalidad y desmiente la inevitable muerte. Es el muerto que retorna necesitado de sangre para nutrirse en las venas de los vivos. Este mito da cuenta de un tipo particular de relación unilateral: él toma, pero no da nada; como contagia al vampirizar, sólo da la muerte... El vampiro no sufre, muerto en vida, aprende a desembarazarse de cualquier sentimiento que sea displacentero. Monzón destaca la importancia de las teorizaciones de Piera Aulagnier para comprender los vínculos pasionales.
"No hubo sino mujeres en sus noches de crímenes" (Pizarnik). "Sólo mujeres permanecían encerradas con la condesa y sus víctimas" (Penrose). Universo femenino que admite en su interior la clasificación en víctimas, hijas, ideólogas, cómplices, testigos y amantes. La casa de las menstruantes y el paritorio, en ciertas culturas, indican esta espacialidad del universo femenino al que al hombre le está prohibido acceder, mientras que el harén y el prostíbulo, si bien pertenecen también a un mundo de mujeres, cuentan al hombre e su condición de dueño o visitante privilegiado.
Monzón puntualiza algunas cuestiones referidas a la clase social y la posibilidad de ocupar uno u otro lugar en este universo: "Ideólogas, cómplices y víctimas pertenecían a la clase social baja, mientras que las testigos eran de la nobleza". Señala asimismo las características de la maternidad en la cultura de la época, para indicar una vez más que no es la condición de madre la que fue revestida de máxima valoración en el dañado narcisismo de la Condesa sino la belleza y la juventud. Sugiere, no obstante, posibles enfoques de la relación de Erzsébet con sus víctimas: madre envidiosa ante la belleza de sus hijas, objetos de los que no pueden prescindir: "como esas madres que creen que impidiendo el crecimiento de sus hijos pueden detener el avance del tiempo y la llegada de la vejez... Ella llevó al límite del asesinato esta creencia... Otras mujeres parasitan a sus hijos impidiéndoles moverse; en estos casos, es la maternidad la que sostiene la creencia de máxima valoración, sin sus hijos la vida no tiene sentido."
El tratamiento dado a la supuesta homosexualidad de la Condesa tanto por Penrose como por Pizarnik es analizado por la autora. Ésta concluye en una discutible hipótesis: "Cabe pensar que de haberse permitido ser lesbiana, la Condesa, en lugar de matar mujeres, las habría amado... La Dama de Csejthe se amparaba en la clandestinidad como las lesbianas... pero no se escondía para amar sino para matar... Como algunas mujeres que sometidas a mandatos que les prohíben quererse con el yo dolorosamente quebrado, se asesinan mutilando y pervirtiendo su propio deseo y el de la otra". Algo similar, nos dice, puede sucederle a personas desterradas en guetos: se vuelven crueles hasta el extremo de destrozarse unas a otras.
Varios
autores de la talle de M. Yourcenar, J. Cortazar, A. Pizarnik, V. Penrose, entre
otros, se han asomado al enigma planteado por Erzsébet. Ensayos, poemas
y novelas insisten en su develamiento. El valor de la obra de Isabel Monzón
es el otorgarle estatuto mítico, y analizarlo como un destino particular
de la sexualidad femenina. La teorización que sostiene de este concepto
nos conduce indefectiblemente al debate actual de psicoanálisis y feminismo.